incómodas consecuencias del caso khashoggi

Las contradicciones del PSOE (y de tantos otros) ante el crimen de un Estado opulento

La exigencia de responsabilidades está obligando a políticos de todo el mundo a posicionarse frente a Arabia Saudí. Y a la hora de la verdad, las consideraciones económicas pesan mucho

Foto: Palco de honor en el foro económico Iniciativa de Inversión Futura, celebrado ayer en Riad. (Reuters)
Palco de honor en el foro económico Iniciativa de Inversión Futura, celebrado ayer en Riad. (Reuters)

Hace tan solo 20 días, el PSOE y Ciudadanos votaron en el Parlamento Europeo una resolución no vinculante que exigía un embargo de las ventas de armas de la Unión Europea a Arabia Saudí, responsable de bombardeos aéreos y de un bloqueo naval a Yemen que “ha provocado miles de muertos”. Los eurodiputados del Partido Popular la rechazaron mayoritariamente. Ayer, martes, el PSOE y el PP unieron fuerzas en la comisión de Defensa del Congreso para derrotar las iniciativas de Podemos, ERC, PDeCAT instando a dejar de exportar armas al reino de los Al Saud. Ciudadanos se abstuvo.

¿Qué ha cambiado en menos de tres semanas para que el PSOE y también Ciudadanos modifiquen el sentido de su voto? La guerra en Yemen sigue su curso y se conocen ahora más detalles del asesinato, en el consulado saudí en Estambul, del periodista disidente Jamal Khashoggi. Habría, en teoría, más motivos para querer sancionar al régimen de Riad. La dirigente política con más peso en la UE, Angela Merkel, instó además el domingo a sus socios europeos a seguir al ejemplo de Alemania, que anunció la suspensión de sus ventas de material bélico a Arabia Saudí.

Ha cambiado que los mensajes simbólicos que se envían desde el hemiciclo de la Eurocámara en Bruselas quedan algo diluidos en medio de tantos grupos de tantas nacionalidades y es ante el Congreso español donde el partido que gobierna de verdad se retrata. Ha cambiado también que después de que la ministra de Defensa, Margarita Robles, apostase por cancelar el envío de unas bombas a Arabia Saudí, los mensajes emitidos por Riad dejan caer que peligra el contrato para la construcción por Navantia, en Cádiz, de cinco corbetas.

El PSOE y el Gobierno al que respalda no son los únicos en incurrir en contradicciones desde que trascendió el crimen de Estado perpetrado en Estambul. Incluso en Alemania, el país europeo que ha ido más lejos en su condena, el ministro de Economía, Peter Altmaier, rehusó precisar si se cancelarían los contratos ya aprobados en lo que va de año. Ascienden a 400 millones de euros. El acuerdo de gobierno concluido entre Merkel y los socialdemócratas ya preveía dejar de suministrar armas al reino, pero no se cumplió.

Otros dos dirigentes occidentales, el canadiense Justin Trudeau y el presidente de Valonia, Willy Borsus, quien otorga las licencias de exportación de esa región belga donde se concentran las fábricas de armamento, han dejado también entrever que podrían renunciar a vender a Arabia Saudí, pero no se han atrevido a darlo por seguro. Dejar de suministrarle armas conlleva el riesgo de sufrir represalias del mayor exportador de petróleo del mundo.

Suecia las padeció cuando, en marzo de 2015, decidió suspender su cooperación militar con Arabia Saudí que llevaba aparejados varios contratos armamentísticos. Stefan Löfven, primer ministro sueco, invocó entonces la guerra de Yemen en la que Riad encabeza la intervención militar extranjera. El castigo saudí fue además inmediatamente secundado por Emiratos Árabes Unidos (EAU).

La ministra de Defensa, Margarita Robles, en el Congreso de los Diputados, el 17 de octubre de 2018. (EFE)
La ministra de Defensa, Margarita Robles, en el Congreso de los Diputados, el 17 de octubre de 2018. (EFE)

O todos o (más bien) ninguno

Renunciar a vender significa que otro socio europeo u occidental podrá suplir el hueco dejado por el país que se apunta al embargo. “No tendría ningún efecto positivo si somos los únicos que paramos las exportaciones y otras potencias colman el boquete”, recalcaba Peter Altmaier. “Solo se presionará al Gobierno de Riad si todos los países europeos se ponen de acuerdo”, insistía.

Los europeos distan mucho de estar de acuerdo. Francia, Reino Unido y Alemania, los tres principales exportadores europeos de armas a Arabia Saudí, publicaron el domingo un comunicado conjunto “condenando con la mayor firmeza” el asesinato, pero no hicieron ni la más leve alusión a un embargo.

Francia ha superado recientemente al Reino Unido en ventas de armas al régimen de Riad. Su rechazo a imponer un embargo ni siquiera parcial, compartido por el Reino Unido, no obedece solo a motivos económicos. El presidente Emmanuel Macron lo explicaba recientemente ante las cámaras de France 24: “Tenemos con Arabia Saudí y con EAU una importante relación basada en la confianza y que no es solo comercial, que es estratégica” para mantener la estabilidad de la región. Ante la misma pregunta, el presidente Donald Trump hubiese sido quizá más explícito recordando que Riad es el dique de contención al expansionismo de Irán en la región.

Los occidentales creen que deben elegir entre lo malo y lo peor, y por eso prefieren a Arabia Saudí antes que a Irán, a sus ojos la más infame de las potencias regionales. El asesinato de Khashoggi, que ha tenido un enorme eco mediático, les incomoda más que esa guerra discreta de Yemen, apenas cubierta por la prensa, en la que ha habido ya al menos 10.000 muertos civiles. Más de ocho millones de civiles yemeníes dependen, para sobrevivir, de la ayuda humanitaria internacional.

El crimen de Estado perpetrado en Estambul es obra de la camarilla que rodea al príncipe heredero saudí, Mohamed ben Salman, el hombre fuerte del reino. Los líderes europeos confían ahora en que el terremoto político desencadenado por ese asesinato se lleve por delante al heredero al trono y que Arabia Saudí vuelva a ser lo que era antes de su designación por el rey Salman, una monarquía teocrática y totalitaria, pero discreta. Si se exceptúa la olvidada guerra de Yemen, el reino wahabita solo mataba entonces de puertas para adentro. No les ponía en apuros, como ha hecho el joven impulsivo Mohamed ben Salman.

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