CON EMPLEADOR, JEFES Y CONDICIONES LABORALES

Explotación sexual voluntaria: el país que 'exporta' chicas de compañía a toda Asia

Las jóvenes que viajan a países prósperos para trabajar en la industria del sexo por deseo propio es un fenómeno en auge en Asia. Entramos en el mundo de la 'explotación sexual voluntaria'

Foto: Chicas de compañía especializadas en clientes japoneses en el barrio de Thaniya, en Bangkok. (Foto: Alberto Corzo)
Chicas de compañía especializadas en clientes japoneses en el barrio de Thaniya, en Bangkok. (Foto: Alberto Corzo)

Cuando Sasa se monta en el vuelo que la llevará de Bangkok a Tokio se pone los auriculares y busca una canción japonesa en su iPhone 8. Es el tema de pop nipón favorito de moda. Sabe que durante un par de semanas lo escuchará, alumbrada bajo neones, varias veces todos los días. Y que terminará tremendamente borracha cada noche. Tampoco duda que en muchas de esas ocasiones también acabará en la cama con alguien por quien no sienta nada, pero que pagará unos billetes por ello. Y aun así, sonríe mientras escucha música y vuela.

A Sasa, que nació en una muy humilde villa del noreste de Tailandia, le gusta Japón cuando se trata de dedicarse al que considera su trabajo oficial. Su único empleo. Los salarios, dice, son más elevados y los hombres nipones muy generosos. Aunque también más exigentes y de gustos dispares, pero el dinero compensa. Sus amigas, en cambio, trabajan la mayoría en Singapur y en Corea del Sur. Y repite constantemente la palabra trabajo, la justifica, trata de incidir en ello siempre. Tiene empleador, jefes y condiciones laborales. Además de unos ingresos de más de 4.000 euros mensuales. Y Sasa se enfada -y mucho- si alguien le dice que lo que hace es prostitución.

Esta joven pertenece a un fenómeno cada vez más reconocido en Asia, algo que cada vez cuesta más ocultar: el de las chicas de compañía y de cabarés en los países ricos del continente que llegan de Tailandia de forma organizada y voluntaria. Tratando de evitar los engaños y las redes explotadoras que ha habido siempre, y que cada día se persiguen más. Para algunos, esta situación es tan paradójica como la forma en la que otros la llaman: explotación sexual voluntaria.

Tailandia, además de Vietnam y Filipinas, es uno de los países que más ha sufrido históricamente por tráfico de personas y explotación sexual en Asia, viendo cómo muchas mujeres acababan engañadas en países de mayor poder adquisitivo donde se les había prometido una vida mejor. Japón, por ejemplo, era hace una década el mayor receptor de personas para la explotación sexual, procedentes del Sureste Asiático, Europa del Este y Latinoamérica, según la ex secretaria general de Amnistía Internacional, Irene Khan. La nacionalidad más numerosa en la trata en el país nipón era la tailandesa. Con el desarrollo de otras naciones, como Corea del Sur, Singapur, Malasia o Hong Kong, el tráfico de trabajadoras sexuales desde Tailandia y otros países pobres hacia dichos estados más prósperos empezó a ser algo constante.

Sin embargo, la mejora de la economía tailandesa, junto a la mayor persecución de la trata de personas en el mundo -Japón “aún no cumple totalmente con los mínimos pero ha mejorado mucho”, afirma el gabinete estadounidense contra la trata de personas- han propiciado este otro fenómeno organizado. Es cada vez más visible en Bangkok, donde no son los proxenetas quienes captan a mujeres tratando de engañarlas, sino que son chicas jóvenes las que solicitan este trabajo y negocian sus condiciones. Algo que se vio favorecido también porque a los ciudadanos tailandeses se les permite la entrada en dichos países por periodos de dos a ocho semanas sin necesidad de visado.

Las mismas trabajadoras sexuales nos lo cuentan.

Catálogo de chicas y servicios ofrecido por un conductor de tuk-tuk en Thaniya. (A. Corzo)
Catálogo de chicas y servicios ofrecido por un conductor de tuk-tuk en Thaniya. (A. Corzo)

En Singapur y Corea, el sexo es voluntario

El fenómeno de la inmigración ilegal siamesa en Corea del Sur y Singapur es tan grande que a quienes se dedican a ello ya les han puesto un nombre en Tailandia, Phee Noi: “pequeños fantasmas” en tailandés. Una de ellas es Pui, a quien no le gusta que le llamen así. “No es cierto que todas las que venimos a Corea del Sur trabajemos en bares”, afirma la joven de 25 años, originaria de una familia de clase media de Bangkok, aunque ella misma sabe que no podrá aguantar mucho más tiempo en Seúl. Lleva varios meses de ilegal y con el visado caducado.

Pui trabaja para una de las más grandes agencias fuera de la legalidad a las que recurren las chicas que quieren trabajar en bares en otros países asiáticos. Desde que empezó, solo se ha movido entre Singapur y Corea del Sur. “Lo normal es ir a Singapur hasta que se te agote el visado, entonces vuelves a Bangkok y esperas un mes hasta ir a Seúl; agotas allí el visado y vuelta a empezar”.

El trabajo que realizan Pui y sus amigas se centra en karaokes y bares para hombres locales adinerados donde se presupone que el sexo puede ser de compra y venta. El empleador tailandés se camufla como una agencia de representación, y a las chicas les paga el viaje hacia Singapur o Seúl, además de ofrecer un lugar donde dormir y un salario que puede llegar hasta los 1.400 dólares. A veces, hay un representante en el país que negocia con ellas y habla tailandés.

“En Singapur y en Seúl ganas menos dinero porque no has de acostarte con nadie si no quieres”. El trabajo, que empieza a la tarde y acaba entrada la madrugada, se basa en hacer de chica de compañía para los hombres que vayan al bar donde ellas trabajen. Y ganan comisiones por cada bebida que ellos les paguen. “Todas las noches acabo borracha”, comenta Pui sin darle importancia.

Por supuesto, muchos de esos hombres esperan acostarse con ellas, pero eso es algo que empleada y cliente negociarán al acabar el trabajo y solo si ellas aceptan. La agencia no les obliga, pero muchos clientes del bar esperan poder acceder a ello. Sobre todo tras gastar bastante dinero en copas en el bar para las acompañantes.

En Corea del Sur no saben cómo combatir esta problemática, y es por eso que cada año deniegan la entrada al país a unos 20.000 tailandeses que podrían buscar trabajos ilegales en zonas agrarias o en bares de noche. Y es que de los 101.000 siameses que el pasado año residieron en el país surcoreano, más de la mitad incumplieron sus visados. Pui es ya una de ellas. Ahora tiene novio y prefiere quedarse con él en Seúl. “A él no le importa que trabaje en el bar”. Más que nada porque se conocieron allí.

Club de karaoke para residentes en Bangkok, en cuyo neón dice 'dinero'. Muchas chicas empiezan en sitios así. (A. Corzo)
Club de karaoke para residentes en Bangkok, en cuyo neón dice 'dinero'. Muchas chicas empiezan en sitios así. (A. Corzo)

Guetos tailandeses

El Gobierno tailandés, desde el año pasado, ha pedido en varias ocasiones a las jóvenes que van voluntariamente a trabajar a los bares de noche de Singapur que se replanteen la situación. Fue la primera vez que desde el poder se reconoció que existe un flujo voluntario desde Tailandia hacia otros países para trabajar en bares. Si bien en Singapur son muchas las mujeres que pueden trabajar en el filo de la prostitución y evitar acostarse con sus clientes, otras directamente acceden a un trato en el que el sexo es un requerimiento desde el primer instante.

Gina, por ejemplo, vive en la región de Chiang Mai, al norte de Tailandia. Es transexual y trabaja algunas noches en el mundo del espectáculo, donde gana poco más de 200 euros mensuales. Es por ello que suele recurrir a una agencia que la envía esporádicamente a Singapur, donde sigue una agenda marcada con varios clientes con los que acostarse por horas cada día. Antes de coger el vuelo hacia el país portuario, sabe más o menos con cuántos hombres tendrá que acostarse diariamente. En un mes así puede ganar bastantes miles de euros.

Uno de los problemas a los que se enfrenta Jin es que en Singapur, donde la prostitución no es ilegal pero puede ser delito, es que quienes la ejercen se enfrentan a multas de hasta 2.000 euros si son descubiertas. ¿Se gana el suficiente dinero como para que la multa sea un mal menor? “No, en ese caso no compensa”, lamenta Jin, quien pese a ello sigue recurriendo a ello.

Hong Kong, en cambio, tiene una legislación más laxa frente a la prostitución. Generalmente, es legal pero se prohíbe su actividad en burdeles. “Yo no voy a Hong Kong porque allí la agencia sí me obliga a acostarme con un mínimo de clientes”, recuerda Pui.

En la llegada al aeropuerto de Hong Kong, a la veinteañera Namwan la paran en inmigración. El agente revisa sus varias entradas en el país, le pide reservas de hotel y planes de viaje. Ella no las tiene y no convence al agente diciendo que tiene una amiga con la que se alojará. “¿Y dónde vive esa amiga?”, pregunta el agente. “En Wan Chai”, responde ella, uno de los distritos al norte de la isla de la antigua colonia británica.

Un ojeador callejero recibe una comisión por llevar clientes a un local de Bangkok. (A. Corzo)
Un ojeador callejero recibe una comisión por llevar clientes a un local de Bangkok. (A. Corzo)

Motivaciones de una ‘voluntaria’

La prostitución en la isla de Hong Kong se separa por zonas y nacionalidades. Las tailandesas son minoría, pero se concentran en unos pocos bares específicos, sobre todo en las zonas de Wan Chai o Mongkok. Algunos locales llaman a estos sitios como Thai bars y son frecuentados por hombres hongkoneses. Si bien también hay chicas procedentes de Indonesia, en los bares las separan de las tailandesas. “Las tailandesas cuestan más dinero, no podemos mezclarlas”, comenta un camarero en uno de estos bares.

En ellos, las chicas son simplemente de compañía y piden copas a los clientes. Pero en un momento de la noche, ellas han de conseguir que algún hombre acceda a ir con ellas a algún hotel por horas. Para ello, el cliente antes ha de abonar una cifra al bar por llevarse a la joven. “Nosotros no tenemos habitaciones, eso sería ilegal según nuestra legislación”, recuerdan en los bares. La prostitución solo está permitida cuando se hace en un apartamento con suministros separados y dirección postal. En la intimidad, las mujeres cobran lo que negocien con el cliente.

Sasa, la tailandesa que cambió su aldea por los barrios rojos de Japón, no duda en decir que los motivos que la llevaron a dedicarse a esta profesión son “los mismos que los de cualquiera”. Tiene el último teléfono móvil de moda, bolsos de diseñadores franceses y planea comprarle una camioneta a sus padres. En el continente que más valora las marcas de lujo, poder ir a la última llega a ser excusa para cambiar de país.

Ella, que trabaja en bares para japoneses, explica la mutación que tuvo que sufrir y sus motivaciones. “Los japoneses son los hombres más complicados, pero si logras entrar dentro, es donde más dinero hay”, afirma. Sasa empezó trabajando en un bar de karaoke en Thaniya, la zona de luces rojas nipona de Bangkok. Para poder empezar a viajar a Japón, antes tuvo que operarse la cara dos veces, hacerse implantes de pecho y aprender a maquillarse y peinarse como gustan los nipones. “Lo importante es el dinero, a un japonés le dices que estás enfadada porque se ha ido con otra y te da mil euros para irte de compras, en su país contentar a una chica cuesta mucho más”, comenta sin esquivar que eso es posible gracias a que, en Bangkok, muchos de los japoneses que van a los barrios rojos son ejecutivos de grandes multinacionales que ocupan puestos de poder en la capital tailandesa. También señala Sasa que no cualquiera puede entrar en el círculo de los hombres económicamente poderosos de Japón. “Has de vestir de una manera específica, hablar su idioma un poco, tener una actitud afín a su cultura y ser guapa”.

En Hong Kong, una amiga de Namwan nos cuenta que ha trabajado para varias de estas supuestas agencias tailandesas. “Antes fui a la universidad, pero no acabé el primer año”. La joven, que tiene poco más de 20 años, afirma que una amiga le habló de esta posibilidad. “Podría estar en casa de mis padres, pero esta es la única manera que tengo de llevar la vida que quiero llevar”. Es un fenómeno común en muchos países de Asia que incluso se lleva al cine; muchas chicas jóvenes entran en la prostitución no por necesidad, sino por poder acceder a bienes de lujo que no podrían adquirir con su nivel adquisitivo.

Pui, desde Seúl, quita hierro a la situación diciendo que “todo es amistad” con las chicas de los bares donde trabaja, se acuesten con clientes o no. Al fin y al cabo, uno de los extras que se pueden sacar es invitando a sus amigas a entrar en el círculo. Como si aquello fuera una comisión por referencias.

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