ARGEMINO BARRO, AUTOR de 'EL CANDIDATO Y LA FURIA'

"Hace dos años Trump secuestró nuestra atención y aún no nos hemos dado cuenta"

En el aniversario de una victoria que nadie creía posible, entrevistamos al autor de 'El candidato y la furia', una crónica brillante sobre la carrera de Trump hasta la Casa Blanca

Foto: El presidente de EEUU, Donald Trump, y la primera dama, en la Osan Air Base, Corea del Sur. (Reuters)
El presidente de EEUU, Donald Trump, y la primera dama, en la Osan Air Base, Corea del Sur. (Reuters)

Un año después de la victoria de Donald Trump seguimos preguntándonos cómo un candidato tan atípico llegó a la presidencia de la primera potencia mundial. Varios factores, como el cambio social en EEUU o su habilidad para captar la atención de las audiencias, explican un triunfo que Argemino Barro analiza en 'El candidato y la furia' (Editorial La Huerta Grande), una crónica brillante y ácida de la carrera de Trump desde los platós de televisión hasta la Casa Blanca; un viaje por los estados arrasados por la desindustrialización o la Quinta Avenida neoyorquina durante una campaña caótica. Entrevistamos al autor del libro, colaborador de El Confidencial, en el aniversario de una victoria que nadie creía posible.

Pregunta: Se cumple un año de la victoria de Trump, un año marcado por las polémicas y la inexperiencia del presidente, ¿en qué situación está Trump? ¿cómo está EEUU?

Respuesta: Donald Trump está igual que cuando ganó: la mayor parte del país lo detesta, pero tiene el apoyo de un sólido 25-30% del electorado. Una base que mantiene engrasada recurriendo de vez en cuando al mensaje populista que le dio la victoria. Estados Unidos aún trata de digerir a un presidente atípico, sin experiencia política y amigo del golpe de efecto, y por tanto impredecible. De momento Wall Street le da su confianza (la Bolsa ha crecido más de un 20% en un año), los demócratas exploran estrategias y los medios acuden al manual de la experiencia para entender a alguien que, en mi opinión, se guía por otros códigos. Como dijo la biógrafa de Trump, Gwenda Blair, a este diario: “El caos no es temporal. El caos es Donald Trump”.

P. ¿Por qué “la furia” para el título?¿"El fin del sueño americano" ha llevado a Trump a la Casa Blanca?

R. Parte de la sorpresa que supuso la victoria de Trump radica en un enfado del que no éramos conscientes. Mientras Nueva York o Silicon Valley crecían y creaban empleo, mientras Washington legislaba, las viejas regiones manufactureras se fueron quedando atrás de una manera sorda. Y ha sido el electorado de allí quien marcó la diferencia en 2016. Aunque el trabajador medio blanco de Ohio o Michigan siga viviendo mejor que el afroamericano o el latino medio, su estatus general ha empeorado en los últimos 25 años: gana menos, tiene menos hijos, bebe más y se muere antes. Los blancos sin educación universitaria forman el único segmento de población donde la mortalidad está aumentando. Cuestionan el futuro y el “sueño americano”, y ese malestar, esa “furia”, ha sido usada por Trump.

P. ¿Se ha radicalizado la sociedad estadounidense desde que Trump inició su campaña?

R. La polarización ya estaba presente, pero sin duda Trump la subió de revoluciones. Todas las encuestas retratan a un electorado partido en dos mitades cada vez más atrincheradas. Un fenómeno reforzado por las redes sociales y su efecto de “caja de resonancia”. La confianza en las instituciones, desde el Congreso a los medios de comunicación, tocó mínimos históricos en campaña. Es un fenómeno similar en todo Occidente: hay un descontento general hacia las élites y por eso los candidatos populistas como Trump, que dicen representar al pueblo llano y vociferan mensajes que uno le grita al televisor en la intimidad, están teniendo éxito. Un mensaje tan extremo, tan afilado, sólo puede ponerte muy a favor o muy en contra.

P. ¿Cuándo y porqué decidió el magnate convertirse en aspirante a la Casa Blanca?

R. La leyenda dice que se decidió el 30 de abril de 2011: cuando, en la cena de corresponsales de la Casa Blanca, el presidente Obama lo humilló públicamente. Se rió de su nula experiencia pública e incluso proyectó una imagen de la Casa Blanca llena de oro y neón, como si Trump viviese en ella. Fue una venganza por el bulo racista que Trump había alimentado sobre Obama: aquello de que no había nacido en EEUU. No sabemos qué pensaba Trump en esa cena. Lo que sí sabemos es que, en la misma noche electoral de noviembre de 2012, cuando Mitt Romney perdió las elecciones, Donald Trump registró una marca: “Make America Great Again”.

'El candidato y la furia'.
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'El candidato y la furia'.

P. La investigación de la injerencia de Rusia en las elecciones avanza; tras la caída de Paul Manafort, el fiscal asegura que tiene pruebas suficientes para acusa al general Flynn, uno de los asesores más destacados del presidente. ¿Es posible un 'impeachment'?

R. “Impeachment” son palabras mayores. Sólo ha habido dos “impeachment” en la historia de Estados Unidos y ninguno tuvo éxito (Nixon dimitió antes de someterse a uno). El caso de la presunta connivencia con Rusia es indudablemente grave; la investigación va creciendo y se acerca más y más a Trump, pero, cuando uno lee un periódico y tiene la impresión de ver a Trump entre rejas, conviene dar un paso atrás y tomar aire. El Partido Republicano, aunque sea a regañadientes, apoya a Trump. Sólo lo critican quienes están de salida o fuera del juego, como John McCain o los Bush. El resto arriman el hombro e incluso han adoptado un estilo de campaña “trumpiano”. El estilo que, de momento, tira de muchos votantes.

P. ¿Ganaría hoy Trump unas elecciones?

R. Dado que su base continúa siendo fiel, según los sondeos, es posible que sí las ganara. Una encuesta a gran escala dividió en bloques el electorado que votó a Trump. La mayoría de sus votantes fueron conservadores de toda la vida y defensores del libre mercado; gente que hubiera votado a cualquier candidato republicano. Y luego tenemos un 20% nuevo, fluctuante, parte del cual votó a Obama pero que esta vez se movilizó por Trump. Son ese perfil que decíamos: gente blanca, de clase obrera y de los estados del interior que resultan clave por su peso electoral. Poblaciones que han menguando, se han empobrecido, y se sienten agraviadas. Por eso Trump se ha presentado como el redentor de “los olvidados”. Su eslógan en 2020 va a ser “Keep America Great”.

P. ¿Ha cumplido las promesas que le llevaron a la presidencia?

R. Las grandes reformas legislativas, como la revocación del Obamacare, la inversión masiva en infraestructuras o el recorte fiscal, siguen en el tintero (es posible que el plan fiscal sea lo primero en aprobarse a finales de año). A nivel ejecutivo sí está siendo activo: Trump ha sido el presidente que más decretos ha aprobado desde Lyndon Johnson hace 50 años. Ha decretado casi el doble que Obama en el mismo periodo. Sobre todo se ha cargado regulaciones financieras y medioambientales y está aplicando la mano dura que prometió con la inmigración: más policía fronteriza, más detenciones y la trastabillada prohibición de viajar a ciudadanos de países de mayoría musulmana. Poco a poco su gestión ya se nota a pie de calle.

P. Hablas de Trump como un hipnotizador de audiencias, que sabe cómo manipular los cerebros de los oyentes en su beneficio. ¿Cómo lo hace?

R. Eso dice Scott Adams, creador del cómic “Dilbert” y única persona que vaticinó la victoria de Trump desde el principio. ¿Cómo se supone que hipnotiza? Por ejemplo adjudicando marcas a sus adversarios. Fíjate en “Crooked Hillary”. “Crooked” significa “corrupto” y también “tortuoso”, dos adjetivos muy sensibles para una persona con varios escándalos a cuestas y que no está en una condición física óptima. Además suena bien, con aliteración, como “Lying Ted” o “Fire and fury”. Trump prueba diferentes marcas y, cuando una prende en la audiencia, la adopta y la repite y repite. Al final, cada vez que ves a Hillary percibes algo torcido y corrupto. Es hipnosis, pero también se puede llamar branding.

La perspectiva trumpiana preocupa porque, con Trump, EEUU ya no se ve a sí mismo como un guía moral o como un paraguas para las democracias

Trump usa un lenguaje muy colorido y descriptivo. No te habla de cosas técnicas de inmigración, sino de mexicanos que asesinan a niñas de matrícula de honor. O de yihadistas ajusticiados con balas bañadas en sangre de cerdo. Aunque sean bulos, son imágenes pegadizas y transmitidas en un lenguaje, según estudios, que entiende un niño de nueve años. Es el lenguaje sensacionalista del meme, del cotilleo. Es, en definitiva, un lenguaje viral.

P. La política en EEUU, entonces, no es racional…

R. Ninguna política es totalmente racional. Hay un lingüista cognitivo, George Lakoff, que dice que los progresistas suelen perder las elecciones porque se centran en un mensaje dirigido a nuestro yo consciente: un mensaje empírico, racional, lleno de datos y porcentajes. Cosas muy coherentes que podrían funcionar de maravilla, pero que no se quedan contigo cuando sales del mitin. Los republicanos, en cambio, se centran más en la emoción: con ellos todo va de “libertad” o de “América”. Términos básicos y enraizados, resortes emocionales. Obama practicó esta magia con “Hope” (esperanza) o con “Yes We Can”. No habría sido el caso de Hillary Clinton.

El presidente de los EEUU, Donald Trump en el Gran Palacio del Pueblo en Pekín, China. (EFE)
El presidente de los EEUU, Donald Trump en el Gran Palacio del Pueblo en Pekín, China. (EFE)


P. Más del 50% de las declaraciones del presidente son falsas o muy falsas. Hay quien asegura que padece un grave trastorno mental narcisista. ¿Trump está loco o es una estrategia?

R. No sé cuál será su estado mental, pero esa manera de ser, esa manipulación de la realidad (lo que él llama “hipérbole veraz”), es lo que lleva haciendo toda la vida y le ha servido para estar donde está. Imagino que él ve la realidad como algo que se puede moldear para tus propios fines. Es cínico e inmoral, pero útil. Fíjate en su promesa estrella, el muro con México. Racionalmente es una estupidez. Es absurdo. Un muro sería carísimo, difícil de construir, legalmente polémico, seguramente ineficaz, etcétera. Ahora bien, a la vista está que el muro es algo simbólicamente muy nítido capaz de encender pasiones tribales. El muro hizo despegar su campaña, le dio su primer titular, dominó el debate nacional, y no hay mitin de Trump donde no se cante “Build the wall”. A esto se le llama persuasión.

P. “El objetivo de Trump es crear contenido para nuestro enorme sistema mediático”. ¿Cuál ha sido el papel de los medios en su meteórica carrera política?

R. Donald Trump domina el 'show business'. Lleva décadas marinándose en ese caldo. Él da a las audiencias lo que muchas audiencias quieren: escándalo y morbo. Y por eso los medios, y aquí me atrevo a generalizar, le hemos dado todo el espacio del mundo. ¿Quién quiere hablar del salario mínimo cuando tienes a un líder político diciendo que puede disparar a alguien en mitad de la Quinta Avenida y no perder ni un voto? El contenido sobre Trump ha multiplicado los lectores y esto nos ha hecho perezosos a los periodistas. Es muy fácil levantarse a las 7 de la mañana e ir directamente a Twitter para ver qué ha dicho Trump y escribir una noticia. Esto él lo sabe, por eso tuitea poco antes de que las redacciones de EEUU preparen la agenda del día. Muchas veces hablamos de lo que él quiere que hablemos, y dos años y medio después de que secuestrase nuestra atención aún no nos hemos dado cuenta.

P. Trump es un presidente aislacionista, hostil con las países que considera enemigos y que ha aplicado recortes en programas e instituciones de política exterior. ¿Cómo afecta su presidencia al resto del mundo?

R. Donald Trump ve la vida como un depredador. Por eso ha llenado su gabinete de halcones del Pentágono y tiburones de las finanzas. O comes o te comen; una visión que se refleja en su plan presupuestario. Todos los departamentos sufrirían recortes salvo dos: defensa y vigilancia fronteriza. Es decir, que les den a los débiles, sean personas o estados. Que se pongan las pilas. La perspectiva trumpiana preocupa porque, con Trump, Estados Unidos ya no se ve a sí mismo como un guía moral o como un paraguas para las democracias. Va primando el ojo por ojo, el qué hay de lo mío. Y esto preocupa mucho. Angela Merkel ha dicho que Europa ya no puede contar con Estados Unidos y el Reino Unido post-Brexit. El mundo se está realineando y estamos todos sentados rígidos al borde de la butaca como en una película de terror.

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