unos 2.300 empleados serán despedidos

Donald Trump contra sus diplomáticos: caos e histeria en el Departamento de Estado

El programa aislacionista del presidente está llevando a importantes recortes en programas e instituciones de política exterior. Muchos critican unas decisiones que consideran peligrosas

Foto: Entrada del Departamento de Estado en Washington, en junio de 2017. (Reuters)
Entrada del Departamento de Estado en Washington, en junio de 2017. (Reuters)

Donald Trump ganó las elecciones con una serie de mensajes breves y abruptos, entre ellos “America First”: la promesa de una política exterior más práctica, individualista y hosca. EEUU debe dejar de ser el padre protector e indulgente del mundo, dice esta corriente; debe ocuparse más de sí mismo. Lo cual implica reducir su vasta diplomacia.

El cambio ya está en marcha. El secretario de Estado, Rex Tillerson, un 'oilman' de Texas sin experiencia en el sector público, va a tener que recortar los fondos de su ministerio un 28,5% (si se aprueban los presupuestos presentados por la Casa Blanca) y despedir al 9% de su plantilla: unos 2,300 empleados civiles y diplomáticos en todo el mundo. “Sé que un cambio así es realmente estresante para mucha gente”, reconoció Tillerson ante sus empleados a principios de mayo. “Puedo prometeros que, una vez esto se haya acabado, vais a tener una carrera mucho más satisfactoria y gratificante”. El secretario hizo una pequeña gira interna para conocer el clima de opinión del departamento.

Los Estados Unidos de Trump ya no quieren dar sin recibir a cambio. Washington planea recortar un tercio la ayuda al desarrollo y dar 1.000 millones de dólares menos a la ONU para sus operaciones de mantenimiento de la paz. El Programa de Intercambio Cultural y Educativo también vería su dinero caer a la mitad y el presidente renegocia o abandona tratados que considera desventajosos, como el NAFTA o el acuerdo climático de París.

A menos compromisos, menos diplomáticos. Rex Tillerson ha verbalizado la intención de no mezclarse en los problemas de otros. “A medida que pasa el tiempo, habrá menos conflictos militares en los que Estados Unidos estará directamente implicado”, declaró, y se preguntó “por qué los contribuyentes de EEUU deberían estar interesados en Ucrania”.

Jared Kushner durante un evento sobre tecnologías emergentes en la Casa Blanca, el 22 de junio de 2017. (Reuters)
Jared Kushner durante un evento sobre tecnologías emergentes en la Casa Blanca, el 22 de junio de 2017. (Reuters)

Kushner, hombre para todo

El presidente Donald Trump escenificó este distanciamiento cuando visitó Bruselas el mes pasado para regañar, entre otras cosas, a los 24 de 29 aliados de la OTAN que no pagan lo acordado. Mientras los líderes de Francia, Canadá o Alemania paseaban juntos por entre jardines soleados, el republicano iba detrás, en un vehículo, y fue grabado estrujando manos y dando un fuerte empellón al premier de Montenegro. Días después, en un discurso inusual, la canciller Angela Merkel dijo que Europa ya no puede contar con el viejo amigo americano.

Otro ángulo de este repliegue es el estilo directivo del presidente, que gobierna a través de un reducidísimo círculo de confianza. Su yerno, Jared Kushner, de 36 años, está a cargo de decenas de tareas, muchas de ellas diplomáticas: hablar con China, mejorar las relaciones con México y negociar la paz en Oriente Medio. Los Gobiernos del mundo tienden a negociar directamente con el Despacho Oval sin pasar, como era habitual, por el cuerpo diplomático.

“Si el presidente no escucha al Departamento de Estado, la diplomacia de EEUU es torpe, en el mejor de los casos, y en el peor corremos el riesgo de alienar a nuestros amigos y aliados y socavar los largamente mantenidos valores americanos”, dice a El Confidencial Rebecca Gibbons, profesora visitante de Gobierno en Bowdoin College. “Los poderes extranjeros no mirarán a Estados Unidos en busca de liderazgo. Los diplomáticos serán marginados si los líderes extranjeros piensan que estos no tienen influencia en el Gobierno de EEUU”.

Este cambio de prioridades genera fricciones en el Departamento. A principios de junio dimitió un alto cargo de la embajada estadounidense en Pekín y un día antes el embajador en funciones en Reino Unido defendió públicamente al alcalde de Londres, Sadiq Khan, que había sido criticado por Trump en Twitter. Al comienzo del mandato, cerca de mil funcionarios firmaron un manifiesto contra la prohibición temporal de viajar a los ciudadanos de siete países de mayoría musulmana, que fue suspendida por la justicia, al menos hasta ayer. Y las filtraciones a la prensa reflejan el descontento de una burocracia nombrada por anteriores presidentes.

El secretario de Defensa James Mattis y el Jefe del Estado Mayor Conjunto general Joseph Dunford testifican ante un comité del Senado, el 13 de junio de 2017. (Reuters)
El secretario de Defensa James Mattis y el Jefe del Estado Mayor Conjunto general Joseph Dunford testifican ante un comité del Senado, el 13 de junio de 2017. (Reuters)

Embajadas clave sin cubrir

Donald Trump ha nominado, de momento, a diez embajadores, entre los que no están los puestos clave de Londres o de Moscú, y el Senado sólo ha confirmado a cinco de ellos, incluida la representante en la ONU, Nikki Haley. El resto de embajadas, 165, siguen esperando a ser llenadas, igual que varias vicesecretarías. “¿En qué teoría de gestión no hay un secretario asistente para Europa o Asia?”, se pregunta Dan Fried, alto diplomático retirado que sirvió con los gobiernos de Bill Clinton y George W. Bush, en el portal Politico. “¿Cómo haces que una administración sea efectiva si tus instituciones son débiles?”.

Estados Unidos mengua, pero se llena de púas. La pérdida de peso del cuerpo diplomático está siendo compensada con un mayor poder para los militares. El mismo presupuesto que espera reducir los fondos diplomáticos quiere subir el gasto militar un 9% para modernizar la marina y el arsenal nuclear. Y los generales tienen acceso privilegiado al oído presidencial.

La influencia de los halcones se deja notar en decisiones como el bombardeo a una base militar siria el pasado marzo y en la propia formación del gabinete Trump, el más castrense desde la segunda guerra mundial. El secretario de Defensa, el general James Mattis, va a ser desde ahora el pleno responsable de la estrategia en Afganistán; Mattis y el teniente general H. R. McMaster, consejero de seguridad nacional, cargan con parte del fardo diplomático, y alejarían suavemente al comandante en jefe de la visión aislacionista del “America First”.

Este lento reequilibrio rima con la idea conservadora de transformar el Gobierno en algo más semejante a una empresa; un ente magro, económico y efectivo, según la derecha republicana. Reducir el llamado “poder suave”, la promoción del American Way of Life, el intercambio cultural, la ayuda externa, y a la vez erizarse como un puercoespín. Una de las críticas más famosas a esta postura fue expresada, paradójicamente, por uno de los hombres fuertes de Trump: el propio general James Mattis: “Si no financias completamente el Departamento de Estado”, declaró en 2013, “entonces necesitaré comprar más munición”.

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