MÁS fragmentados y menos jerárquicos

Los herederos de Pablo Escobar: así ha evolucionado el narcotráfico

Más fragmentados y menos jerárquicos. Así son los herederos de los grandes cárteles de la droga. La nueva estructuración de negocio en redes dificulta la acción de las autoridades

Foto: Cacheos en busca de traficantes en la frontera entre Brasil y Colombia, en Tabatinga. (Reuters)
Cacheos en busca de traficantes en la frontera entre Brasil y Colombia, en Tabatinga. (Reuters)

Haciénda Nápoles sigue recordando hoy en día el máximo apogeo del cártel de Medellín, una de las mayores organizaciones dedicadas al narcotráfico que ha conocido la tierra. El antiguo cuartel general de Pablo Emilio Escobar Gaviria, el capo de los capos de la droga en Colombia, es hoy un parque de atracciones con hotel y zoológico. Todavía pueden verse allí los hipopótamos importados por el narco desde el otro lado del charco.

Desde Hacienda Nápoles se ordenaron atentados, ejecuciones y secuestros cuando el cártel de Medellín dominaba toda la cadena de producción y distribución de cocaína en Colombia. Escobar controlaba las plantaciones, los laboratorios, el contrabando, la distribución y la exportación de la droga. Poco escapaba a su control. Era otra época. El capo fue abatido en 1993. Con él se extinguió el cártel de Medellín, herido de muerte meses antes por la presión de las autoridades. Dos años después caería también la organización rival, el cártel de Cali.

La desaparición de ambas entidades supuso la muerte de un modelo: el de los todopoderosos monopolios del narcotráfico colombiano. El país solo conocía hasta entonces una forma de producir droga. A través de grandes organizaciones, muy jerarquizadas y localizadas en puntos muy concretos de la geografía nacional. Ya nada es como antes. La estructura del tráfico de droga ha mutado, apareciendo nuevas entidades, más pequeñas y especializadas. Ningún grupo controla ahora toda la cadena del tráfico de cocaína en Colombia.

Organizados en redes de pequeñas células

“El narcotráfico se ha fragmentado. Ahora se articula en una organización de tipo red que funciona a través de alianzas o pactos entre entidades locales articuladas alrededor del negocio”, comenta a El Confidencial Juan Garzón, experto colombiano en el mercado ilícito de drogas. “En esto ha tenido que ver la ofensiva del Estado con la captura de figuras importantes del negocio. También las disputas entre distintos grupos, que ha sido muy fuertes en algunas zonas”, añade el experto. La nueva estructuración de negocio en redes, compuestas por numerosas células, dificulta la acción de las autoridades. Los eslabones caídos de la red son sustituidos rápidamente, impidiendo el cese de las operaciones delictivas.

Los actores que participan en el negocio no solo se han multiplicado. También están más especializados. Hay quienes dirigen sus esfuerzos a la exportación de la droga o incluso a invertir en zonas de cultivo. Algunos se dedican a comprar la producción. Otros al procesamiento. “La fragmentación surge también por la diversificación de los mercados ilegales. Ahora hay otras actividades ilícitas que han cobrado importancia, como la minería ilegal, el contrabando y la extorsión”, evalúa Garzón.

En efecto, según el Informe Mundial de Drogas de la ONU, la exportación de cocaína supone ingresos de entre 940 y 1.400 millones de euros para las organizaciones criminales colombianas. La minería ilegal de oro les hace ingresar entre 1.700 y 2.400 millones de euros al año.

El sigilo como arma

Los nuevos grupos del narcotráfico se organizan de una forma más horizontal que los antiguos cárteles. No existen cabecillas tan dominantes como Escobar. La disciplina es menor, sus redes de lavado de dinero son más elaboradas y también están más dispersos geográficamente, dificultando la labor de rastreo de las autoridades.

El sigilo es su mejor arma. Por eso, aunque los nuevos narcos siguen siendo muy violentos, sus acciones armadas no son tan fastuosas como las protagonizadas por el cártel de Medellín, instigador de atentados tan sangrientos como el ataque bomba al vuelo 203 de Avianca, en 1989, en el que murieron 110 personas. Una acción de ese calibre podría dar al traste con las nuevas organizaciones. Atraería la atención las autoridades de medio mundo. También, por supuesto, la del mayor enemigo de los narcotraficantes: los cuerpos de seguridad de EEUU.

Fagocitados por los mexicanos

La fragmentación de los narcos colombianos ha propiciado el aumento de influencia de los cárteles mexicanos en el país. Grupos como Los Zetas son quienes controlan ahora la exportación de la cocaína hacia Estados Unidos. “Los traficantes colombianos perdieron control y protagonismo con el fortalecimiento de la ruta de la droga a través de Centroamérica. Mexicanos y centroamericanos han adquirido un papel más importante”, analiza Garzón.

Los narcos colombianos, en cambio, han fortalecido su presencia en la ruta africana y en la que llega directamente a Europa a través del mar, que compromete a países como Venezuela, Brasil y Argentina. “También hemos tenido un proceso de diáspora criminal. Los líderes del tráfico ilícito colombiano han optado por trasladarse a otros países en búsqueda de seguridad, anonimato y, digamos, nuevos emprendimientos. Si uno repasa buena parte de las últimas capturas de narcos colombianos, se han dado fuera del país”, cree Garzón.

Agentes antinarcóticos tras destruir un laboratorio de cocaína, en el estado de Gauviare, Colombia. (Reuters)
Agentes antinarcóticos tras destruir un laboratorio de cocaína, en el estado de Gauviare, Colombia. (Reuters)

Una transición violenta

La mutación del narcotráfico en Colombia no ha sido, ni mucho menos, pacífica. El vacío de poder dejado por los grandes monopolios a mediados de los 90 propició centenares de muertes en todo el país. Los sucesores inmediatos fueron el cártel del Norte del Valle, surgido de las cenizas del cártel de Cali, y las Autodefensas Unidas de Colombia, el grupo paramilitar más sanguinario de Colombia, ideado, en parte, por antiguos integrantes del cártel de Medellín.

“La asociación entre el narcotráfico y el paramilitarismo es muy cercana. En muchas zonas son dos caras de un mismo fenómeno. Grupos que se enfrentaron a la guerrilla pero a su vez eran ejércitos privados de organizaciones de traficantes”, explica Garzón. Fue entonces también cuando los dos principales grupos subversivos del país, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Ejército de Liberación Nacional (ELN), entraron con más fuerza en el negocio.

"Es posible que la guerra por el control del narcotráfico se recrudezca al salir las FARC del negocio"“El papel jugado por las guerrillas tiene que ver mucho con el control que tienen del territorio. Las FARC están ubicadas en zonas periféricas muy importantes para el cultivo de coca. También en corredores estratégicos para el tráfico. Cobraron impuestos por esas actividades. Fue una fuente de recursos. En algunos lugares también gestionó transacciones en alianza con organizaciones criminales. Todo iba atado a la capacidad de controlar a las poblaciones, ofreciendo seguridad y la capacidad de resistir la presencia del Estado”, comenta Garzón.

Vínculos con políticos

En esa etapa ya no existía ningún grupo que contase con el control de todas las etapas del tráfico de drogas. A pesar de ello, todavía existían figuras reconocibles, como Diego Fernando Murillo, alias ‘Don Berna’, antiguo miembro del cártel de Medellín. Era escolta de Fernando ‘El Negro’ Galeano, uno de los socios de Escobar. El capo decidió matar a ‘El Negro’ y Don Berna cambió de bando, formando parte de los grupos que dieron caza al líder del cártel de Medellín.

Lideró durante años el grupo narcotraficante conocido como ‘La Oficina de Envigado’, que comenzó a crecer a finales de los 90. Fue también comandante de las AUC. Son conocidos sus vínculos con empresarios, fiscales y fuerzas armadas. Las conexiones de los narcotraficantes con las altas esferas de la vida pública estaban, en aquella época, en su máximo apogeo. Hasta 65 congresistas fueron arrestados en 2006 por haberse valido de apoyo paramilitar para imponerse en las elecciones.

Gerson Gálvez Calle, alias 'Caracol', tras ser detenido por la policía colombiana, en Bogotá. (Reuters)
Gerson Gálvez Calle, alias 'Caracol', tras ser detenido por la policía colombiana, en Bogotá. (Reuters)

Evolución tras el desmantelamiento de las AUC

Las sospechas llegaron incluso al entorno del expresidente Álvaro Uribe. Su padre fue acusado de tener vínculos con traficantes de Medellín. Su hermano tiene pendiente un juicio por la supuesta conformación de grupos paramilitares en Antioquía. Fue Uribe, en cualquier caso, quien promovió la desmovilización de las AUC entre 2003 y 2006. Don Berna, por ejemplo, se entregó en 2005, tras un espectacular operativo de búsqueda por parte de las autoridades.

El desmantelamiento del mayor grupo paramilitar del país propició una nueva evolución de los grupos narcotraficantes. Algunos líderes descontentos con el proceso de cese de actividades siguieron en el negocio de la cocaína, formando grupos más pequeños, en una época en la que también el Cártel del Norte del Valle agonizaba por luchas de poder entre sus miembros. Si en estos momentos hay una red hegemónica en el narcotráfico colombiano, que realmente tenga operaciones a nivel nacional, ese es el Clan del Golfo, conocido anteriormente como los Urabeños, y formado, en parte, por antiguos miembros de las AUC.

Mutación tras la desmovilización de las FARC

El proceso de evolución del narco colombiano ha entrado actualmente en una nueva etapa. El detonante ha sido la firma de los acuerdos de paz entre las Farc y el Gobierno colombiano. “Los territorios donde estaba la guerrilla están siendo ocupados actualmente por fuerzas armadas ilegales que buscan el control de los cultivos de coca y las rutas por donde se mueve la droga. Es posible que la guerra por el control del narcotráfico se recrudezca al salir las FARC del negocio. La entrada de los cárteles extranjeros es cada vez más evidente”, señala Julián Quinteros, miembro de Acción Técnica Social, una ONG colombiana que diseña políticas públicas frente al consumo de drogas.

El experto pide enfocar la lucha en los eslabones más fuertes de la cadena y no en los pequeños vendedoresEl Gobierno de Juan Manuel Santos está negociando otro pacto con el ELN. La segunda mayor guerrilla de Colombia también está disputando el territorio dejado por las FARC. Su desmovilización acentuaría la evolución del mercado de drogas en Colombia. Otros miembros disidentes de las FARC han decidido, además, continuar en el negocio. Alrededor de 300 guerrilleros no se han acogido al proceso de desmovilización. Existe el peligro, según los expertos, de que se les unan otros guerrilleros si los acuerdos de paz no son implementados con celeridad.

Lo que sigue existiendo es el vínculo de las organizaciones narcotraficantes con la fuerza pública y elementos de la política, aunque con un perfil más bajo: “Las conexiones siguen existiendo, aunque es más difícil encontrarlas a nivel nacional. Son mucho más recurrentes a nivel local. La corrupción de las Fuerzas Armadas y la policía es una condición para que en los territorios puedan transitar los insumos químicos necesarios para elaborar la droga y para que el producto pueda ser trasladado y salir por los puertos del país”, reflexiona Garzón.

El experto reclama enfocar la lucha en los eslabones más fuertes de la cadena y no en los pequeños elementos como los pequeños vendedores de las ciudades o los correos humanos que llevan la droga a Europa y EEUU. “Nuestra sociedad se ha dedicado a perseguir y no a prevenir. Cuando las autoridades logran cerrar una forma de narcotráfico, ya hay dos o tres nuevas, dándose una falsa noción de éxito que permite a los narcos seguir con sus negocios”, señala, por su parte, Quinteros, abogando por la concienciación de la población para acabar con un negocio que ha dejado su sello a base de “plomo” en Colombia durante más de cuatro décadas.

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