Crónicas de un murciano en Oriente Medio (I)

Si intentas describir Israel con cuatro pancartas, eres un estafador

Siempre metido en asuntos desagradables y condenado, por ser el más fuerte, al papel de villano en esta película sin fin, Israel quiere emitir una imagen de apertura y tolerancia

Foto: Dos mujeres se besan durante el Gay Parade de Tel Aviv, Israel. (Reuters)
Dos mujeres se besan durante el Gay Parade de Tel Aviv, Israel. (Reuters)

La propaganda es ingenua pero poderosa. Cada año, Israel invita a periodistas de todo el mundo a conocer de primera mano el frenesí de la semana gay de Tel Aviv. Siempre metido en asuntos desagradables y condenado, por ser el más fuerte, al papel de villano en esta película sin fin, el Estado sionista quiere emitir una imagen de apertura y tolerancia. Necesita contrarrestar los efectos de la propaganda propalestina, que se alimenta del hambre que provoca el bloqueo de Gaza, se expande con la construcción de muros y queda justificada ante los pacifistas de todo el mundo por los excesos del ejército de Israel.

En Tel Aviv no hay pistas de que nos encontremos en un país en guerra. Al sur, encaramada a un promontorio, está Jaffa, la ciudad antigua, donde conviven sin conflicto árabes y judíos. De paseo por la avenida Dissengoff con Carmela Ohev-Zion, nos saludan desde los balcones las banderas blancas de Israel y las multicolor del orgullo gay. Cuando saco el tema de la guerra, Carmela me pregunta cómo creo que viven los homosexuales en Gaza bajo el puño de Hamás, y pone la misma expresión suspicaz de los funcionarios israelíes que hacen el control de pasajeros en el aeropuerto de Barajas. Ante mi silencio, ella misma responde a su pregunta:

- Los asesinan en público como en Irán.

Le pregunto si, como me han contado, existe entre la comunidad gay de Israel un movimiento contrario el servicio militar obligatorio de tres años y ella responde con una evasiva. Más tarde, hablando con algunos activistas homosexuales que ya han pasado por la mili, sabré que aunque este movimiento existe, no es nada mayoritario. Ninguna idea preconcebida sirve aquí. De hecho, en un país cuya vida familiar se rige por las normas del rabinato, donde ni siquiera existe el matrimonio civil, una vez que una pareja gay se casa -normalmente, lo hacen en Canadá- incluso puede adoptar niños en Israel.

Así, veré parejas de lesbianas con sus hijos de paseo por el bulevar Rostchild y comprobaré que Tel Aviv se ha convertido en un oasis de libertad en Oriente Medio. A 90 kilómetros de la malograda Gaza, a 70 de la sagrada Jerusalén, a 200 de Damasco, esta pequeña ciudad costera es un trozo de Europa donde los hombres juegan al voley playa con mujeres en bikini. En las terrazas y pubs nocturnos de Sheinkin, donde dan cerveza fría hasta que amanece, reina un relajamiento moral que convierte a los religiosos en carcas inadaptados. Ni siquiera se respeta el 'shabbath'.

La postura izquierdista de la juventud de Tel Aviv es bien conocida en todas partes. Contrarios a la expansión de los colonos, cínicos con los ultraortodoxos que pasean bisbiseando palabras sagradas, es fácil encontrar a veinteañeros deseosos de emitir una imagen más justa y más plural de su país. En este ambiente, Ron Huldai, quien fuera piloto de guerra y hoy es alcalde de Tel Aviv, ha ido virando hacia la izquierda del Partido Laborista, y hoy no faltan los que le animan a postularse como alternativa al conservador Netanyahu, que en las últimas elecciones se asoció a partidos radicales para obtener la mayoría de gobierno.

Pero todo esto son vuelos rasantes sobre una realidad tan compleja que no admite resúmenes ni generalizaciones.

Un participante en el desfile del Orgullo Gay en Tel Aviv, el 3 de junio de 2016. (Reuters)
Un participante en el desfile del Orgullo Gay en Tel Aviv, el 3 de junio de 2016. (Reuters)

'Pink washing'

La estrategia de Israel con el orgullo gay de Tel Aviv no es un secreto para su enemigo más feroz en el ámbito de la propaganda: el catarí Omar Barghouti, fundador de la organización BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones), que equipara el Estado sionista con la Sudáfrica del 'appartheid'. Por toda la calle Frischman me encuentro pintadas de espray que denuncian la intención demagógica del Gobierno con el lema 'You Can't Pink Wash the Occupation', es decir, 'No puedes lavar con rosa la ocupación'.

"Me duele leer las cosas que se escriben en Europa sobre mi país. ¿Y yo qué? ¿Y los que piensan como yo qué, dónde están? Somos muchísimos, pero vuestra prensa nos pinta como si fuéramos todos Netanyahu o Lieberman"Los israelíes se refieren a estas pintadas con un timbre de voz que va del desprecio hasta el humor, pasando por la complicidad. Al contrario de lo que es habitual en España, aquí una persona puede manifestar una opinión y después otra que parece contradictoria. Es prácticamente imposible hablar con dos israelíes que piensen lo mismo sobre cualquier asunto político, ni siquiera entre los más fanáticos de cualquier idea. De hecho, se pueden encontrar feministas entre las ultraortodoxas que se afeitan la cabeza y van por la calle con peluca, pacifistas entre los altos oficiales del ejército y partidarios de que Palestina se convierta en un Estado entre los diputados más nacionalistas del Gobierno.

Israel es el Estado de la letra pequeña. Ariel, 23 años, gay, alto, fuerte, asquenazí, se queja de que la izquierda europea confunda la parte con el todo:

- A ver si lo escribes tú, yo siempre se lo cuento a los periodistas, pero nada -se queja-: el Likud de Netanyahu solo tiene 30 diputados de 120 y el primero que los detesta soy yo. Me duele leer las cosas que se escriben en Europa sobre mi país. ¿Y yo qué? ¿Y los que piensan como yo qué, dónde están? Somos muchísimos, pero vuestra prensa nos pinta como si fuéramos todos Netanyahu o Lieberman (se refiere al actual ministro de Defensa, que a lo largo de su vida ha manifestado recurrentemente opiniones racistas y antiárabes).

Jerusalén, una ciudad que parece ideada por el demonio para complicar la vida de los fieles de las tres religiones monoteístas, es un buen ejemplo de diversidad. Allí conviven en un equilibrio milagroso musulmanes, judíos y cristianos de toda clase. Al otro lado del Muro de las Lamentaciones, que en vísperas del aniversario de la toma de la ciudad estaba atestado de estudiantes de sinagoga nacionalistas y bravos, tenéis la Explanada de las Mezquitas. Cuando yo apoyé la cabeza en el muro, los muecines empezaron a cantar, y más allá se escuchaban las campanas de las iglesias cristianas.

Palestinos protestan por la presencia de judíos rezando en la Ciudad Vieja de Jerusalén, el 26 de julio de 2015. (Reuters)
Palestinos protestan por la presencia de judíos rezando en la Ciudad Vieja de Jerusalén, el 26 de julio de 2015. (Reuters)

Lo llaman convivencia

La lucha constante por el espacio logra un extraño equilibrio pero impide la armonía, incluso en el seno de una misma comunidad. La Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén, erigida sobre el monte Gólgota, es un buen ejemplo. Guarda en sus galerías la Piedra de la Deposición donde lavaron a Cristo, el agujero donde plantaron la cruz de Cristo y el sepulcro del que, según el Nuevo Testamento, salió Cristo resucitado. Este edificio ha sido el escenario de una guerra permanente desde el día en que lo levantó Elena, esposa del emperador Constantino.

La prueba más palpable es que un musulmán abre la puerta del templo cada mañana, porque los cristianos se mataban por tener la llave; la más estrambótica, una vieja escalera de madera apoyada contra una ventana de la fachada. Su presencia se debe a una batalla monumental entre varias órdenes y congregaciones que querían hacerse con el control de las reliquias, que se saldó con una orden estricta: quien tuviera algo en ese momento, se lo quedaba. El dueño de la escalera, un armenio, dejó su escalera apoyada en la ventana y prohibió que nadie la tocase nunca más. Era el año 1757. Ahí sigue.

Bien: si esto ocurre en un templo, ¿qué decir de las distintas comunidades de judíos que coexisten en Israel? Los asquenazíes, rubios y de ojos azules, ocupan el escalón más alto de la pirámide social. Sus caras aparecen en los billetes de shekels, que escasean entre los inmigrantes eritreos y sudaneses, que ocupan el escalón más bajo de la sociedad y se agolpan en el barrio de la estación central. Entre esos dos extremos, un abanico que va desde los árabes musulmanes y los árabes cristianos -israelíes todos ellos-, los judíos marroquíes, sirios, balcánicos e iraquíes, y los judíos forrados que vienen de Francia, Estados Unidos y Rusia.

En contra de lo que dicen las propagandas cruzadas, cualquier intento de describir Israel en pocas palabras, en una pancarta o unos cuantos tuits, debería considerarse un acto de estafa intelectual.

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