Jaque a Rusia: Putin, ‘kaputt’
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"LA EXISTENCIA DEL RÉGIMEN ESTÁ EN RIESGO"

Jaque a Rusia: Putin, ‘kaputt’

La caída de los precios del petróleo, el desplome del rublo y las sanciones impuestas por Occidente ponen al Kremlin en jaque. ¿Cuáles son las expectativas?

placeholder Foto: Putin estrecha la mano del ministro de Defensa, Sergei Shoigu, durante una reunión en la residencia Bocharov Ruchei, en Sochi. (Reuters)
Putin estrecha la mano del ministro de Defensa, Sergei Shoigu, durante una reunión en la residencia Bocharov Ruchei, en Sochi. (Reuters)

El paisaje de la crisis es bien conocido en España: tiendas que cierran, restaurantes vacíos, pobreza... En el caso de Rusia hay que añadir algunos rasgos específicos, como el desplome de la moneda local (el rublo ha perdido más de un 30% de su valor en lo que va de año), la dependencia de las exportaciones de petróleo (el precio del crudo ha caído un 30% en unas semanas), y las sanciones occidentales a empresas y líderes políticos rusos.

Además están los condicionantes políticos. Si en España la democracia “no es real”, en Rusia incluso le faltan letras a la propia palabra. Es decir, que la pluralidad es poco más que cero. Con este cuadro, conviene preguntarse si está el régimen de Putin en riesgo. Como dice el director del Centro Levada, Lev Gudkov, “la euforia no puede durar para siempre, sobre todo cuando los costes se hacen claros”.

Hace diez años Putin prometió que el país duplicaría su PIB y que alcanzaría a Portugal en renta per cápita. Casi lo ha logrado, pero ¿a qué coste?; y ¿cuáles son las expectativas?

La situación es ciertamente complicada. La caída del precio del petróleo le va a costar a las arcas rusas unos 70.000 millones de euros; las sanciones occidentales, unos 30.000 millones; y la fuga de capitales, unos 100.000. La devaluación del rublo puede maquillar el estancamiento de la producción industrial y la caída del crudo, ya que los exportadores cobran en dólares y gastan en rublos.

Todo esto ha aumentado, lógicamente, el consumo de productos locales, pero la dependencia de inversiones extranjeras, de tecnología y de capital, sigue siendo crucial. Los bancos locales lo tienen cada vez más difícil para acceder a mercados internacionales y financiarse. De hecho, varios bancos rusos han empezado a limitar las ventas de euros y dólares a 10.000 por cliente, según el diario Izvestia.

“Las sanciones ya tienen efecto sobre la población”

El déficit del Estado ruso rondará el 2 o 2,5% el próximo año, según estimaciones. Su deuda soberana es relativamente pequeña, pero el problema aparece en el sector privado, el cual adeuda, según números del banco central ruso, más de 500.000 millones de euros (115.000 a pagar antes de nuevo año).

Con el precio del petróleo por las nubes era muy fácil hacer de economista en Rusia, señala el periodista Alexandr Baunov. Hace diez años Putin prometió que el país duplicaría su PIB y que alcanzaría a Portugal en renta per cápita. Casi lo ha logrado, pero ¿a qué coste?; y ¿cuáles son las expectativas?

La dependencia de inversiones extranjeras, de tecnología y de capital, sigue siendo crucial. Los bancos locales lo tienen cada vez más difícil para acceder a mercados internacionales y financiarse

Lo cierto es que a corto plazo los rusos podrán viajar menos. Y si lo hacen, van a mirar más dónde gastan. Alexander Reznik, investigador del centro de estudios políticos de la Universidad Estatal de Perm, confirma a El Confidencial que “las sanciones tienen efectos en la población común porque los precios suben claramente y los salarios no”.

“Las turbulencias van a llegar, pero el invierno no es la mejor época para protestar. Además, parece que la gente aún no ha perdido la fe en el régimen y que las zonas rurales duermen, como siempre han hecho. La maquinaria política del Estado, la propaganda, contribuyen a esto. Y la población cree que no será peor que los noventa, que si ya sobrevivió a ese período loco aguantará esto también”, opina.

Las cuatro ‘Rusias’

Las oficinas de cambio de divisas, con sus carteles obmen valyuta y una sopa de números similar al bingo, vuelven a estar de actualidad en las ciudades rusas. Además, Natalia Zubarevich, directora del Instituto de Estudios Sociales para el Desarrollo Regional de Moscú, advierte de la polarización social en Rusia y del riesgo de que algunos productos empiecen a faltar en las estanterías de los supermercados.

Para Zubarevich, hay cuatro Rusias diferentes: la Rusia de consumo y grandes ciudades (Moscú, San Petersburgo…), que abarca el 21% de la población; la Rusia de producción industrial, obreros y tamaño medio (Tolyatti, Magnitogorks…), donde vive el 25% de la población; la Rusia rural (38% de la población), que se mantiene al margen de los debates políticos y los flujos económicos; y la Rusia restante, que es el Cáucaso norte (Chechenia, Daguestán…) y la Siberia sur (Tuva y Altai), las cuáles albergan el 6% de la población, carecen de clase media y donde los jóvenes sueñan con emigrar. A esta cuarta Rusia habría que añadir ahora Crimea.

En su opinión, existe una diferencia generacional entre los que nacieron en la URSS, quienes ya padecieron el encontrar los estantes vacíos en el supermercado y lucharon por más libertades, y aquellos que han nacido después. Según Zubarevich, son los pensionistas, los más jóvenes y los trabajadores del sector público los que apoyan a Putin. Los primeros y los últimos por haber subido las pensiones y sueldos; los segundos por la exaltación patriótica, y el no haber vivido las dificultades de la Unión Soviética. La frustración se ha extendido entre la Rusia más educada, liberal y crítica al ver que su voz no era escuchada. A estos rusos, concluye Zubarevich, “sólo les queda emigrar”.

“La propia existencia del régimen está en riesgo”

Sergei Guriev, profesor de ciencia política en la Universidad Science Po de París, va más allá y asegura que, con estos condicionantes económicos, “la propia existencia del régimen está en riesgo”. Guriev ve en Rusia un escenario de “estabilidad precaria”, en el que la caída de los ingresos del petróleo en las arcas estatales va a conllevar una nueva renacionalización de empresas y un mayor peso del Krémlin en la economía.

‘Las turbulencias van a llegar, pero el invierno no es la mejor época para protestar. Además, parece que la gente no ha perdido la fe en el régimen y que las zonas rurales duermen. La maquinaria política del Estado contribuye a esto’

“No podemos predecir con certeza cómo será Rusia en 2030, pero seguro que el país sufrirá cambios sustanciales en los próximos años, ya que la situación actual es insostenible”, concluye Guriev en un reciente artículo.

De acuerdo con el sociólogo Oleg Yanitsky, en Rusia se alternan periodos de modernización con saltos hacia atrás. Consciente de ello, el empresario Andrei Movchan ha invitado en un reciente artículo a imaginar posibles escenarios para Rusia. Según su visión, el “nacionalismo feudal” de Putin sobrevivirá hasta 2018. Para entonces, el nivel de vida habrá retrocedido, la economía estará estancada, las reservas agotadas y Rusia aislada del mundo. Esto obligará a Putin a dar paso a un hombre de su confianza, que abrirá gradualmente el país. En su distopía, Movchan dice que los huertos volverán a los parques de Moscú, que los ciudadanos no podrán sacar divisas y que la censura controlará internet.

Varias figuras han secundado este juego. Por ejemplo, el economista Vladislav Inozemtsev ve un futuro aún más negro: el consenso pro-Putin obligará a aquéllos que no están de acuerdo a emigrar. Rusia perderá así más de 700.000 habitantes por año. Ante la imposibilidad de cooperar, Occidente invertirá en la periferia rusa. Países como Ucrania, Bielorrusia, Georgia y Moldavia entrarán en la UE. Después de haber perdido los mercados energéticos europeos, Rusia se convertirá en un país satélite de China, un suministrador secundario de recursos naturales, pero respetado por su tamaño. Así será hasta que Putin muera, más allá del año 2030 y todavía en el cargo de presidente.

Son los pensionistas, los más jóvenes y los trabajadores del sector público los que apoyan a Putin. Los primeros, por haber subido las pensiones; los segundos, por la exaltación patriótica

Otro ejercicio practicado por varios periodistas rusos es el de equiparar la situación actual con diversos escenarios históricos: como el año 1913, que marcó el final del crecimiento económico de la Rusia zarista y desembocó en la Revolución bolchevique; 1998, año en el que el rublo sufrió una gran devaluación influenciada por el contexto internacional; la Alemania de Weimar, con inflación por las nubes y totalitarismo en auge; el final del franquismo, que dio paso a la transición democrática; o la Turquía de Kemal Atatürk, en la que el padre de la patria levanta los restos del imperio, aprueba medidas autárquicas y crea cohesión social con un discurso nacionalista y antioccidental.

Estos pensamientos circulan actualmente por Rusia, aunque no todo el mundo se atreve a discutirlos en público. En general, cuando aparecen críticas en los medios de comunicación nunca son contra el régimen en sí, es decir, no ponen en cuestión el sistema general, su estructura y figuras de poder, sino que los errores parecen ser hechos aislados o accidentales. Algo parecido pasaba durante la URSS. Esta forma de reducir la discusión pública ha vuelto a estar vigente en Rusia, como explica detalladamente el periodista Ivan Davydov.

El Kremlin y su aparato mediático prefiere agitar el pasado que hablar del futuro. Tal vez no estamos tan lejos de lo que Vladimir Sorokin describió en su novela El día del oprichnik. Da vértigo pensar qué puede venir en Rusia después de Putin.

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