Los rusos cruzan la frontera para comprar comida por el embargo contra Europa
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UNA NACIÓN ADICTA AL PATRIOTISMO

Los rusos cruzan la frontera para comprar comida por el embargo contra Europa

Los discursos que piden que Rusia se repliegue sobre sí misma encuentran eco entre la población y el Kremlin, que habla de los ‘beneficios’ de una política autárquica

placeholder Foto: Un ruso camina ante una serie de pósters con imágenes del presidente ruso, Vladimir Putin, en San Petersburgo. (Reuters)
Un ruso camina ante una serie de pósters con imágenes del presidente ruso, Vladimir Putin, en San Petersburgo. (Reuters)

En Narva, donde se sitúa la frontera más antigua de Rusia, el número de ciudadanos rusos que cruzan la frontera para comprar comida se ha disparado desde que entró en vigor la prohibición de importar productos europeos. Incluso han aparecido ya quince compañías en San Petersburgo que organizan viajes especiales a esta ciudad de Estonia.

De acuerdo con Urmas Aas, inspector estonio de aduanas, más y más rusos vienen a comprar a este lugar. Se dejan entre 300 y 400 euros en comida. Los productos lácteos parecen ser los más apreciados, seguidos de la fruta y la carne. Pero “siempre han venido, y los estonios también van allí a recargar el depósito”, defiende Anatoli, un jubilado que camina varios kilómetros al día.

Lo paradójico es que cuando se les pregunta a esos ciudadanos si el embargo de comida europea está justificado –la medida que les obliga a perder hora y media en la frontera para comprar queso francés–, los afectados responden que sí, que Moscú debe demostrar su poder. Anatoli dice que en esta ciudad no hay separatismo: “El nacionalismo se limita a unos pocos imbéciles. No habrá problemas mientras en Tallín (capital de Estonia) nos traten bien”. Para este jubilado “la culpa de lo que está pasando en Ucrania es de Kíev. Vemos que en otros países también hay separatismo y allí no los bombardean”.

Paradójicamente, el sector más afectado por la prohibición de alimentos europeos es el turismo, en el que ha bajado el gasto por la devaluación del rublo. Además, la inflación interanual ha alcanzado un 8% este septiembre (16,8% en la carne y 14% en el pescado)

El día es soleado en Narva y miles de pájaros cruzan el cielo de esta región en su migración otoñal hacia el sur. Frente al río que separa las dos fortalezas medievales, pregunto a los pescadores sobre el conflicto que tiene lugar en Ucrania. “Otro periodista”, responden hastiados; “Estamos bien en Europa”, añaden con desdén.

La vendedora de un quiosco ubicado en la antigua entrada de aduanas comenta que ella no cree “ni a unos ni a otros. Lo que quiero es que todo siga igual”. Este miedo a los cambios es difícil de entender en una comarca que sufre la mayor tasa de desempleo de Estonia y lleva décadas perdiendo población. Narva llegó a ser una prestigiosa ciudad industrial, pero le ha costado entrar en el Siglo XXI. A las ciudades fronterizas se las mima o se las abandona, no existe término medio. Desde hace un par de años, Narva parece despegar impulsada por las ayudas de la Unión Europea; “el nuevo imperio interesado en este lugar”, ironiza Kaarel, quien trabaja como historiador en el fantástico edificio del Narva College (50% pagado con fondos europeos).

“En Europa no sólo estáis desinformados, no os queréis enterar”

Para evitar el registro de los agentes de aduanas los ciudadanos rusos llevan los paquetes cerrados. “Lo curioso es que no se quejan. Yo creo que la agitación política promovida por la televisión los tiene a todos convencidos”, nos cuenta Vladímir al lado del puente fronterizo. En frente de su casa nos encontramos con otro Vladímir, nada parco en acusaciones: “Vosotros en Europa estáis ignorando el sufrimiento de Ucrania; no sólo estáis desinformados, es que no os queréis enterar”. Sobre la posibilidad de que ocurra algo parecido aquí reconoce que ya es tarde para pedir la independencia de Narva.

Antes de llegar al puente fronterizo, a la izquierda, hay un mirador en el que decenas de jubilados toman el sol y hacen ejercicio. “Nadie nos necesita”, dice Galina, de 60 años. El 90% de la población de esta ciudad estonia es ruso-hablante, aunque los niños ya mezclan el idioma estonio con el de Pushkin.

Varias veces al día, el operador de teléfono cambia, dependiendo de para dónde sople el viento. Beeline, Tele2, Beeline, Tele2… “¿Crees que pasamos hambre? Nuestras tiendas están llenas”, responde con enfado un ciudadano ruso frente a la aduana, donde hay una cola de cinco o seis personas y ocho coches. Ellos prefieren no extenderse sobre el tema. Paradójicamente, el sector más afectado por la prohibición de alimentos europeos es el turismo, en el que ha bajado el gasto por la devaluación del rublo. Además, la inflación interanual ha alcanzado un 8% este septiembre (16,8% en la carne y 14% en el pescado). Y a pesar de todo, las encuestas confirman que la aprobación de las políticas de Putin llega al 87%. Además, el 66% de la sociedad rusa considera que el país va bien y el 84% está a favor del embargo. ¿Cómo es posible?

El ‘patriotismo’ es la clave

La clave aquí es la idea rusa de ‘patriotismo’. Sanciones, fuga de capitales y de cerebros, aislamiento internacional, disminución del nivel de vida… todo esto parece una bagatela si se compara con la grandeza de Rusia. De hecho, los medios de comunicación llaman a los ciudadanos a hacer sacrificios “patrióticos” y demostrar de que el país no necesita a nadie, que lo tienen todo.

Toca sufrir por la recuperación de Crimea, “nuestro territorio”. Y recuerdan que antes “Rusia estaba arrodillada y ahora se está levantando; todos nos temen y por tanto envidian”. Libertad, bienestar, lucha contra la corrupción, desarrollo de infraestructuras y diversificación económica, todo puede esperar cuando se trata de demostrar poder.

La población rusa ha recuperado la idea de que la grandeza de su país depende de su demostración de fuerza en el mundo, del miedo que levantan. Esa demostración de poder va desde organizar macro-eventos como los Juegos Olímpicos de invierno o el Mundial de Fútbol a realizar obras megalómanas e intimidar a sus vecinos. En este sentido, Rusia parece ser más grande y mejor si toma Crimea, condiciona la política de Kíev, amenaza a los países bálticos, o ridiculiza a Bielorrusia y Kazajstán (ojo una vez que desaparezcan Lukashenko y Nazarbáyev).

El Kremlin alega, además, una moralidad superior a las convenciones internacionales y el multilateralismo. Para asegurar la unidad de Ucrania se vieron forzados a quedarse con parte de su territorio y para estabilizar la situación tuvieron que apoyar a los rebeldes. Igualmente, para mantener la estabilidad internacional, deben ignorar los canales establecidos de diálogo y cooperación, los cuales estarían deslegitimados -a ojos de Moscú- por los dobles estándares occidentales.

Una mujer compra queso en una tienda de Moscú (Reuters).Una nueva civilización

En los últimos meses los medios de comunicación rusos han empezado a presentar su país como una civilización aparte, en este caso eurasiática. La idea se basa en el gran poder, espiritualidad y autosuficiencia del mundo ruso (russky mir), pero también en el temor que despierta entre los vecinos. La ideología o creencia ‘eurasiática’ fue formulada en los años veinte del pasado siglo por un grupo de emigrados rusos que no encontraba su sitio en el mundo. La propuesta estuvo durmiendo hasta el colapso de la URSS y en los últimos años ha encontrado eco en los despachos del Kremlin.

En Rusia, las comparaciones con Europa datan ya de varios siglos. Cuando la comparación es negativa para Moscú, aparecen los manidos discursos de que Rusia es única. A este tipo de realismo mágico se le añade, con frecuencia, la coletilla de que “a Rusia no se le puede entender con la razón”, verso del poeta romántico Fyodor Tyuchev. Sin embargo, desde que comenzó el conflicto en Ucrania, el sentimiento antieuropeo ha aumentado y de forma paralela el apoyo a la teoría eurasiática.

En Rusia hay quien cree que reinventándose como civilización acabarán con su condición de periferia de casi todo, de centro hacia fuera. Pero como decía Aristóteles, una doble negación es siempre una afirmación. Intentar ganar más peso internacional a través del aislamiento sólo refuerza su condición periférica. La cooperación con los otros países que forman los BRICS y los discursos que claman multipolaridad parecen no bastar al Kremlin. La nueva respuesta de Moscú a su condición periférica no es la de integrar el país de forma diferente, sino la de ponerlo en cuarentena.

La maldición del “mal de ímpetu”

Irónicamente, la influencia rusa sobre los territorios del antiguo imperio zarista nunca ha sido tan baja. Además, el país depende todavía de las exportaciones energéticas (la mitad de la recaudación fiscal y el 20% del PIB) y de inversiones extranjeras que traigan capital, tecnología y el llamado know-how. En su estrategia de confrontación, el Gobierno de Putin está utilizando a la población rusa de los países vecinos con el objetivo de asegurar la soberanía geopolítica, es decir su poder.

Lamentaba el poeta Iosif Brodsky (premio Nobel 1987) que el mal ruso es la saña con la que se tratan los unos a los otros. Otro hombre de letras, Iván Goncharov, señaló un cierto “mal de ímpetu” como el problema mayor del país, una radicalidad primitiva que puede llevar a los rusos a no salir de la cama en meses o a recorrer kilómetros voluptuosamente sin motivo o justificación. También lo decía el chiste, los soviéticos fueron capaces de mandar el primer hombre al espacio pero no de producir lavadoras decentes.

A pesar de todo, las encuestas confirman que la aprobación de las políticas de Putin llega al 87%. Además, el 66% de la sociedad rusa considera que el país va bien y el 84% está a favor del embargo. ¿Cómo es posible?

Existe otro mal ruso: el complejo de inferioridad, o más concretamente, el desasosiego por sentirse periferia a pesar de ser geográficamente extensos. De ahí que midan su grandeza por el miedo que despiertan en el resto del mundo. A principios de año ya advertí en este diario cómo las tendencias conservadoras y autoritarias se habían consolidado en Rusia. También de cómo los sectores más liberales de la sociedad rusa están abandonando el país por la falta de aire fresco. E incluso de que podría haber guerra en el este de Ucrania porque un líder que basa su poder en la intimidación no se puede mostrar débil y ceder gratuitamente su influencia sobre Kíev. Este conflicto se ha convertido en un dilema existencial para Putin, su forma de gobernar Rusia y su lógica imperial de la geopolítica.

Ahora, insultado por las sanciones occidentales, el Kremlin se ha apresurado a responder con la prohibición de importar alimentos procedentes de los países que apoyaron las medidas punitivas, además de perseguir a algunas compañías occidentales con sede en Rusia (McDonald’s, por ejemplo). Ante la nueva ola de sanciones, el Gobierno ruso ha amenazado con extender la prohibición a productos industriales (coches, maquinaria, ropa…) y cerrar parte de su espacio aéreo (Siberia) a las compañías occidentales. Incluso podrían dejar de utilizar el dólar como divisa.

“Un bloque de hielo que flota hacia el siglo XIV”

Mientras tanto, los discursos que piden que Rusia se repliegue sobre sí misma van encontrando eco entre la población y el Ejecutivo. Por ejemplo, Dmitry Rogozin, cabeza de la industria armamentística rusa, dice que el país sólo puede confiar en sus propias fuerzas. Mientras, que Sergey Glaziev, consejero económico de Putin, ya ha hecho público un informe sobre los “beneficios” de una política autárquica.

La mentalidad de ‘estado de sitio’, la creencia de que ‘todos están equivocados’ y la sospecha de que ‘todos están contra nosotros’ están favoreciendo en Rusia no sólo una forma de gobernar paternalista y un nacionalismo exacerbado (y oportunista), sino también un retorno a valores arcaicos y una represión del pluralismo que alcanza tintes paranoicos; como acusar de colaborar con “los fascistas” a aquéllos que están contra la guerra, o llamar “traidores” a músicos que participan en conciertos para ayudar a las víctimas de la guerra (Andrei Makarevich, por ejemplo).

En una reciente entrevista, el escritor Vladimir Sorokin describe Rusia como “un bloque de hielo que está flotando hacia atrás, hacia el siglo XIV”. Muchos países han aprobado medidas para favorecer la natalidad a través de reforzar favores familiares, pero eso no ha llevado a reprimir minorías sexuales como en Rusia. Además, la represión se ejerce con una brutalidad arcaica. Recuerden como policías cosacos dispersaban a latigazos una intervención de las Pussy Riot en Sochi.

Putin parece haber conseguido finalmente su mayor aspiración: que el mundo tema a él y a su país, que los consideren incómodos, desagradables y antipáticos. De hecho, el mandatario ruso presume de que “Rusia, por suerte, no es miembro de ninguna alianza, lo cual garantiza nuestra soberanía”. Sin embargo, Rusia no tiene más peso a nivel internacional si es temida e impredecible, sino que se convierte en una doble-periferia: aislada y encerrada en sí misma. Algunos analistas han señalado que la creciente separación entre Rusia y Europa beneficia a Moscú. Nada más lejos de la realidad. Todos pierden con el deterioro de las relaciones. El Kremlin ya no tiene aliados, sólo socios comerciales y vecinos que les temen.

Putin se ha convertido en rehén de sus políticas. Su obsesión por la seguridad, su sentimiento revanchista, su paternalismo y su incapacidad para entender las protestas sociales de 2011 y 2012 han arrastrado a Rusia a la no civilización: aislada política, económica y culturalmente, replegada en los sectores más conservadores, desconfiando de todos y reprimiendo la pluralidad. Un sprint o escapada hacia el pasado que sólo puede traer consecuencias negativas. ¿Qué tipo de Rusia veremos en una década? ¿Tiene el Kremlin miedo del siglo XXI o este tipo de prácticas anuncia un retroceso a formas de gobierno autoritarias en todo el mundo?

* Francisco Martínez es antropólogo de la Universidad de Tallín.

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