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"Yo llegué vivo a Lampedusa"

Lampedusa es puerta de inmigrantes hacia Europa. 8.000 han muerto antes de llegar a sus costas. Tres supervivientes narran su odisea a 'El Confidencial'

Foto: Inmigrantes en una de las barcas que llega a Lampedusa (Reuters)
Inmigrantes en una de las barcas que llega a Lampedusa (Reuters)
Dictaduras, hambre, guerras, sangre, emergencia, túneles, traficantes, desierto, cárceles, sobornos, violaciones, aislamiento, engaños, mar abierto, estrellas, rezos, miedos. Y luego, Lampedusa.

Veinte kilómetros cuadrados en mitad del Mediterráneo. Es la fotografía de una isla italiana, que siendo sinónimo de inmigración, para Occidente, siempre estará lejos. Será casualidad, pero este trozo de tierra, geográficamente, ya es África. No obstante, es la meta de muchos inmigrantes, que aunque no tengan claro qué vida les espera, saben que se han librado del peligro y de la muerte.

El perfil de la desesperación no es sólo cosa de la pobreza extrema. Ambes T., de 40 años, eritreo, es maestro en una escuela de primaria en su país. El color oscuro de su piel y sus facciones son testigos de que fue el Cuerno de África su punto de partida, en un viaje cuyo éxito no estaba en absoluto garantizado. “Me marché de mi tierra en agosto de 2012. Crucé la frontera con Sudán y cuando llegué a la capital, Khartoum, me quedé en ella varios meses para obtener el dinero suficiente para seguir mi camino”.

Ambes T. reza en la Iglesia de San Gerlando. (Manuel Tori)
Ambes T. reza en la Iglesia de San Gerlando. (Manuel Tori)
Los eritreos que comienzan su andadura sin mucho dinero es habitual que escojan como primera parada Sudán, el país vecino, donde trabajan de cualquier cosa: el objetivo es continuar el viaje. Además, en este caso, Ambes no estaba solo en la empresa. Su amigo veinteañero Grma fue su compañero de penurias.

Vengan de donde vengan los inmigrantes que llegan a Lampedusa, todos pronuncian algo que, con los rigurosos silencios y las miradas pensativas que acompañan dicha palabra antes y después, es sinónimo, simplemente, de lo peor. Sahara, desierto. Ambes parece estar incómodo hablando de la travesía. “Fue una de las experiencias más duras que yo haya vivido nunca. Sólo pensaba en llegar y ver el mar”. Lo que no sabía entonces es cuánto llegaría a odiarlo.

Tras la huída del hogar y el desierto, la estancia en Libia es uno de los momentos de más incertidumbre. “Llegado a Trípoli, pasé muchísimo tiempo en un apartamento fuera de la ciudad con otras personas. Teníamos comida y agua, para que no tuviéramos que salir”. Viviendo como ratones, a la espera de que alguien le abriera la jaula para salir corriendo. Es así como les tratan los contrabandistas libios, los traficantes de personas. Son aquellos que hacen negocio con las esperanzas de otros.

"Nos vamos mañana"

La incertidumbre se convierte en sorpresa ante las palabras: Vámonos, hoy es el día. Ahora es el momento. “No cogí nada, nos teníamos que ir directamente. No hay posibilidad de elegir la fecha, pero tampoco la de escoger el barco por el que uno está arriesgando su vida”, comenta con una normalidad que deja sin palabras a cualquiera que lo escuche. El Nos vamos mañana, para él, fue el día 2 de octubre.

Un grupo de eritreos ve documentales delante del Archivo Histórico de Lampedusa. (Manuel Tori)
Un grupo de eritreos ve documentales delante del Archivo Histórico de Lampedusa. (Manuel Tori)

En medio de la noche, él y otros se fueron hacia el puerto de Trípoli. “Subimos a un barco pesquero, estábamos completamente a oscuras. Recuerdo que cuando salimos el mar estaba muy tranquilo. No podíamos dormir ni tumbarnos, sólo había sitio para sentarse. Terminé haciendo amigos”. El barco en el que estuvo Ambes estaba más lleno que de costumbre. Si normalmente embarcan 180 personas de media, esta vez eran 521.

A las 03.30 del día siguiente, tras poco menos de 290 kilómetros, los migrantes llegaron cerca de la costa de Lampedusa. Algo poco habitual, ya que suelen quedarse a medio camino. “Vimos las luces de la isla a lo lejos. Ya no podíamos seguir, estaba entrando algo de agua en la parte inferior del barco. Dos pesqueros que vimos no se pararon. Para tratar de ser vistos, el capitán del barco, somalí, encendió gasolina para arrojarla al mar”, relata con gestos de seriedad mientras reconstruye la escena: “Sentí miedo”. Ese alumbramiento mal conseguido fue la causa de que prendiera fuego el brazo del capitán y, más tarde, también el motor. Todo el mundo se fue al lado opuesto del barco hasta que, por el desequilibrio, terminó volcándose. A dos millas en línea recta del puerto de Lampedusa, 366 serán los muertos del naufragio del 3 de octubre de 2013.  

Ambes tuvo suerte, sabía nadar. “Salté directamente al agua y nadé durante tres horas, que se dice pronto, aunque creo que en algún momento la corriente fue a nuestro favor. Hacía mucho frío, pero nadé, nadé y nadé. Traté de no pensar, sólo en seguir la dirección de una costa que sabía que estaba cerca porque veía sus luces”. Al llegar el alba, fueron vistos por el barco del heladero Vito Fiorino, quien le salvó a él y a otros 46 más. “Recuerdo que grité, lloré, sonreí y volví a llorar”.

El futuro se hace de rogar

Tras 13 meses de viaje, ahora el futuro en Lampedusa se hace de rogar. “Llevo esperando aquí 7 semanas, a los supervivientes del naufragio nos retienen más tiempo porque tenemos que declarar ante la policía italiana. Todavía no he testificado, por eso estoy aquí”, confiesa. Las sonrisas no cubren lo suficiente las miradas de preocupación que le delatan. “No sé dónde iré. Lo que sé es que vengo de un país dictatorial y que he llegado a uno de acomodados”.

Salté directamente al agua y nadé durante tres horas, que se dice pronto, aunque creo que en algún momento la corriente fue a nuestro favor

Pronto saldrá rumbo a Sicilia para ser identificado y solicitar la protección internacional como refugiado. Siendo Eritrea un país bajo una estricta dictadura podrían darse las condiciones para que Ambes tramite su petición de asilo político. Así, llevaría a cabo su sueño: “Quiero traer a mi mujer y a mi hijo. Al pequeño lo dejé en casa con tres meses. ¡A saber lo grande que está!”. La condición es innegable: “Quiero que vengan en avión”.

Sin querer, aflora su faceta didáctica contando anécdotas de Italia y Eritrea en la época colonial, pero de vez en cuando también se desahoga: “Odio esta isla. Mire donde mire, veo el mar y pienso en los amigos que han muerto en él. Estoy deseando salir de aquí”.

Las historias que terminan en Lampedusa, no empiezan siempre en África. Naji, de 23 años, es un chico palestino de la franja de Gaza. Sabe qué es escapar de una zona de conflicto, teniendo que cruzar otras dos. Sonriente, poco reflexivo y con alguna que otra cicatriz facial. Él, que no todos, viste con ropa de calle donada por vecinos lampedusanos, como Francesca D., que la ofrecen a los recién llegados para que los atuendos deportivos no se conviertan en un uniforme y les etiqueten.

Se siente cómodo, en el centro de acogida, al relatar su historia. “Para salir de Gaza y llegar a Egipto tuve que entrar en un túnel a 370 metros bajo tierra. Tras cruzarlo, pasé por Alejandría. esperando no tardar mucho en dirigirme hacia la frontera con Libia”, detalla sin olvidar el calor sufrido. “Caminé durante doce horas para atravesar ciertos tramos de carretera situados en zonas desérticas”.

Unos migrantes guardan cola para llamar por teléfono en  Via Roma, Lampedusa. (Manuel Tori)
Unos migrantes guardan cola para llamar por teléfono en Via Roma, Lampedusa. (Manuel Tori)

Una vez en territorio libio y llegado a Benghazi, trabajó un año entero como pintor. “El viaje desde Gaza se hizo largo y tenía que ganar dinero para continuar”, afirma Naji. Tras una breve permanencia en Trípoli, se desplazó a Zuwara, una ciudad costera cerca de la frontera con Túnez: “Conseguí llegar allí a través de unos amigos que sabían que desde Zuwara se podía salir rumbo a Italia”.

Traficantes de personas

A diferencia de otros, Naji no tuvo que lidiar con policías, cárceles o traficantes libios. Salvo a su llegada al puerto de Zuwara: “Para salir tienes que pagarles 1.500 dólares. Puede ser en otra moneda siempre que respetes el total, pero quienes organizan los viajes cobran habitualmente en dólares estadounidenses”, explica.

Al preguntarle acerca de los traficantes, confiesa: “En esos momentos, no consigues entender bien quién está al mando, tienes miedo de saber más de lo que debes. Un conocido te lleva a otro hasta que ya te ves montado en el barco y no es difícil, como en mi caso, que al final se termine pagando en grupo”.

En el centro de acogida hay de todo, aunque no abunde. Con comer, beber y dormir, tras un largo viaje, me conformoSu embarcación llevaba, ese día, 130 personas y el viaje duró 23 horas: “En mi barco coincidí con 5 familiares míos”, comenta orgulloso Naji. Sigue detallando: “Al contrario de como creía, íbamos equipados con suficiente comida y bebida. Bebíamos cada hora y comíamos cada 4. Llegamos a las inmediaciones de Lampedusa a las 04.00 de la mañana. A diferencia de otros compañeros de viaje, la travesía no fue difícil para mí”, comenta tranquilo.

Mientras espera que lo lleven a Sicilia, vive con normalidad sus primeros días en Lampedusa: “En el centro de acogida hay de todo, aunque no abunde. Con comer, beber y dormir, tras un largo viaje, me conformo”. Y añade: “Me encantaría poder estudiar para luego trabajar. Mi sueño es irme a Bélgica, tengo un primo allí que podría ayudarme”.

Ante la perplejidad de quien no entiende cómo pudo mantener tal templanza en la travesía, explica: “Gaza está en guerra y Libia es muy muy peligrosa. No sentí ningún miedo rumbo a Lampedusa porque el peligro que sentía y del que venía era mayor frente al peligro de lo desconocido hacia al que me estaba acercando”.

"Menores no acompañados"

Via Roma, calle principal de Lampedusa, última hora de la tarde. Delante del Archivo Histórico hay un grupo de chicos eritreos mirando el televisor del local mientras se proyectan documentales de Rai Uno sobre la isla. Entre los 8 o 9 chicos que hay sentados, también está Denden, un eritreo que, en su discreción, propia de los 14 años, esconde una historia que mezcla ternura y valentía. Él, como muchos otros adolescentes, pertenece al colectivo de los “menores no acompañados”.

En Eritrea tiene ocho hermanos y un padre que está en la cárcel. Cuando decidió marcharse a Europa para buscar suerte su familia le recomendó que no mirara atrás. “Fueron ellos quienes se encargaron de contactar y pagar directamente a los traficantes pasando todo de mano en mano en cada etapa de mi viaje. Nunca llevé ese dinero conmigo”, añade.

“Vivía en Omhajer, una pequeña ciudad a 10 kilómetros de la frontera con Sudán. Mi amigo Roble, de 14 años también, ha sido mi compañero de viaje”, comenta con satisfacción. “Nos marchamos de casa el pasado marzo, empezamos caminando tres horas hacia la frontera”. El Sahara es la parte más difícil: “No tuve suficiente comida ni agua. Hacía mucho calor de día y mucho frío de noche. Fue sin duda lo peor, y eso que lo cruzamos en coche en siete días”, explica.

Su estancia en Libia tampoco fue fácil, tuvo que escapar de Trípoli dos veces. El barco de Denden, como muchos de los barcos que zarpan de Libia, era muy viejo. Tan viejo que técnicamente tenían que haberlo desguazado. “La primera vez que me escapé de Trípoli, el motor del barco se rompió en tres ocasiones y pasamos 36 horas en el mar, sin rumbo, con la maquinaria estropeada”, comenta. Es habitual que los traficantes libios, de acuerdo con la policía, utilicen las embarcaciones en desuso para hacer negocio con los inmigrantes. Ni siquiera se preocupan acerca de quién les tiene que conducir a Lampedusa: "Tú sigue la Estrella Polar", es una de las frases más utilizadas por los que lideran el contrabando de personas.

Tras la partida fallida, fue arrestado por la policía libia y estuvo 23 días en prisión. Finalmente, él y los demás detenidos fueron puestos en libertad, posiblemente bajo pago. Aún así, al escaparse, fueron perseguidos por los mismos que les dejaron huir: “Recuerdo que empezaron a disparar a diestro y siniestro. Éramos más de 200 hombres. La mitad nunca llegó al barco, por eso en mi segundo y último embarque éramos muchos menos”, detalla. El resto, para él, ya fue historia.

Miedo y orgullo

Sonriente y callado, nunca abandona la cruz que lleva orgulloso en el cuello, símbolo de su cristianismo ortodoxo, muy practicado en el Cuerno de África. Pese a su mirada decidida cuando está entre adultos, su espíritu imperante sigue siendo el de la broma y el juego. La condición de joven migrante no puede competir con la del adolescente. Y sus amigos adultos que le acompañan y le quieren, bien que lo saben.

A Denden le queda sólo llegar a Sicilia. Su amigo Roble ya está allí, esperándole para celebrar la huída de Eritrea, uno de los países menos democráticos del mundo, conocido también como la “Corea del Norte africana”.

Denden B., de 14 años. (Manuel Tori)
Denden B., de 14 años. (Manuel Tori)
Mientras algunos chicos se marchan para hacer cola en la cabina de teléfono para llamar a sus familias, otros se quedan sentados frente a la pantalla. El responsable del Archivo Histórico, el lampedusano de adopción Antonio Taranto, no piensa cerrar todavía aunque son las 21 horas. Hoy, como muchas otras noches, aprovechando el buen nivel de inglés de los eritreos en general, ya ha quitado el documental de Rai Uno. Empieza a oírse la música de la 20th Century Fox.

La Europa de los vuelos a bajo coste, entra en contraste con quienes navegan el Mediterráneo, protegidos sólo por ellos mismos, para alejarse del Sur del Mundo. La única opción, para gente como Ambes, Naji o el joven Denden, es poner en bandeja, rumbo al Norte, el precio de la vida. No siempre sale bien. Que se sepa, en los últimos 20 años, 8.000 historias se han perdido por el camino. Lampedusa, según el destino de cada uno, se convierte así en la ambientación de una obra cuyo principio o final, siempre improvisado, lo escribe sólo la fuerza del mar.

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