No está claro si por estrategia o, peor aún, por afinidad y convencimiento, el PP ha reanimado su gran campaña de blanqueo a Vox. Lo ha hecho esta semana la figura senatorial o emérita de Cospedal, pero tiene mucha más relevancia la contribución de Isabel Díaz Ayuso en Valladolid.

El populismo de la presidenta madrileña amalgamando argumentos es tan flagrante como el esfuerzo para legitimar un gran pacto con la ultraderecha. Ella misma lo ha inaugurado en Madrid, pero el peso de Vox va a resultar mucho más determinante en Castilla y León. Y mucho más elocuente respecto a la debilidad del candidato Mañueco.

Necesita el PP a Vox de manera estructural, igual que va a necesitarlo Casado. Por eso se ha abierto el camino a la propaganda de homologación, naturalmente en los términos preventivos que ha expuesto a Ayuso. Mejor pactar con el partido de Ortega Lara —aunque no haga falta, añade Ayuso— que con el de los secuestradores.

Deberían los populares diferenciarse de Abascal, no acunarlo. Y reparar en la manera en que Vox sabotea al Gobierno de Juanma Moreno en Andalucía. Porque Vox, independientemente del patrioterismo, de la xenofobia o del machismo, es el antisistema y la antipolítica.