El mundo que la guerra nos ha legado
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El mundo que la guerra nos ha legado

Los conflictos armados han sido sinónimo de tragedia, pero también han contribuido a la creación de muchas cosas, desde la penicilina y las carreteras hasta el sufragio universal

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El mundo que la guerra nos ha legado

Deje que empecemos, como muchos hacen por la mañana, con un croissant. Pero, ¿cuántos de nosotros conocemos la conexión de ese bollo familiar con una de las victorias militares más decisivas de la historia? En 1683, cuando las fuerzas de Hamburgo llegaron a Viena y derrotaron a la armada otomana, se dice que los panaderos vieneses lo celebraron horneando medias lunas, el símbolo de las fuerzas musulmanas. Si esa batalla hubiera terminado de forma diferente, puede que el Imperio Otomano hubiese dominado el corazón de Europa durante los siguientes siglos, y los habitantes de la región se habrían vuelto en gran medida musulmanes. O fíjese en otros ejemplos más cercanos: imagine que las potencias del Eje, y no los aliados, hubiesen ganado la Segunda Guerra Mundial –o la Unión Soviética la Guerra Fría–.

La guerra ha moldeado el mundo en el que vivimos, y sigue moldeando muchas partes del planeta. Los que vivimos en el mundo desarrollado hemos podido disfrutar de lo que algunos historiadores llaman la ‘Larga Paz’ desde 1945, pero eso no es verdad para gran parte de Oriente Medio y partes de África y Asia. Europa y Latinoamérica no han vivido guerras sin cuartel entre estados en los últimos años, pero desde Irlanda del Norte hasta Argentina, han sufrido conflictos civiles armados dolorosos. Y las grandes potencias mantienen establecimientos militares caros y sus planes para combatir enemigos potenciales actualizados. Los líderes políticos y estrategas en Pekín y Washington miran al otro con desconfianza y asumen que puede que sus países tengan que combatir un día. Lo mismo pasa con Irán e Israel, China e India, y Pakistán e India.

Foto: La encrucijada político-militar en el sur de Asia evidencia la falta de liderazgo mundial

Puede que ignoremos la guerra y esperemos que solo suceda en otra parte o en otros tiempos, pero sigue siendo uno de los motores clave en la historia del ser humano. Puede que el eterno debate entre si hacer la guerra es inherente a la naturaleza humana o el resultado de tradiciones culturales y sociales nunca se resuelva. Lo que es innegable es que la guerra y la sociedad humana están tan profundamente entrelazados que no se puede entender el desarrollo de una al margen de la otra. Debemos entender la naturaleza de dicha relación y el poder y la dinámica de la guerra en sí misma si queremos tener alguna esperanza de ponerla bajo control.

Cuando los humanos dejaron de ser nómadas, recolectando y cazando lo que necesitaban, y se asentaron en comunidades agrícolas, tenían algo de valor que otros podían coger. Mudarse ya no era la opción fácil, así que los humanos aprendieron a defenderse con muros, armas y, con el tiempo, en clases de guerreros distintivas.

Defender tu propio grupo con éxito –y, a menudo, conquistar a otros– fue la base de los primeros estados e imperios exitosos. La guerra era la causa y la consecuencia. Un estado que tiene más recursos y los utiliza de forma más eficiente tiene más posibilidades de triunfar sobre sus rivales más pobres y débiles. La guerra iba de la mano del desarrollo de gobiernos sólidos y unidades políticas mayores. Muchas grandes potencias del pasado –como los Imperios Egipcio, Tang, Romano y Azteca– se crearon y mantuvieron por sus ejércitos, incluso si tales fuerzas iban acompañadas de cosas como una devoción compartida por el gobernante o los dioses.

Soldados chinos custodian el paso de Nathu La, en la frontera con la India en el Himalaya. (EFE)
Soldados chinos custodian el paso de Nathu La, en la frontera con la India en el Himalaya. (EFE)

Las guerras en Europa desde el siglo XVII crearon nuestro estado centralizado actual, que ha sido copiado alrededor del mundo. Para extraer y gestionar los recursos para luchar, desde hombres a armas y comida, los estados tuvieron que desarrollar burocracias y poderes coercitivos. Las estadísticas y los censos actuales surgieron de la necesidad de contar lo que tenían disponible. Las definiciones modernas de ciudadanía empezaron a modo de un intento de los gobiernos por encontrar a quién podían mandar a luchar en su nombre. Para financiar y mantener la armada en la que confiaba Gran Bretaña para proteger sus islas y su creciente imperio global, el gobierno británico aprendió a tomar prestado de los ciudadanos y creó una nueva institución –el Banco de Inglaterra– para emitir bonos.

Cuanto más fortalecían los estados sus propias fuerzas, más poder coercitivo conseguían sobre sus ciudadanos. Como Thomas Hobbes reconoció, una sociedad estable requiere el consentimiento de sus ciudadanos para ser gobernados, pero lo que siempre sostiene y refuerza ese consentimiento es el monopolio del estado en el uso de la fuerza para coaccionar a aquellos que no quieren seguir las leyes para que lo hagan, ya prohíban robar al vecino u obliguen a pagar los impuestos.

Incluso las sociedades en las que las normas democráticas están profundamente arraigadas recurrirán a la fuerza para defenderse de una subversión interna o una amenaza externa. Durante las dos guerras mundiales, los gobiernos democráticos como Gran Bretaña y EEUU ejercieron controles sobre la sociedad –del consumo, del derecho de movilidad o de la asignación de recursos– que sería intolerable en tiempo de paz. Y, a través del reclutamiento, las democracias obligaron a los jóvenes a servir, luchar y morir en sus ejércitos.

El crecimiento de estados centrales fuertes convirtió las guerras en algo más mortal y destructivo porque podía alinear fuerzas mayores

El crecimiento de estados centrales fuertes convirtió las guerras en algo más mortal y destructivo. Al movilizar y extraer recursos de sus sociedades, los gobiernos podían alinear fuerzas mayores y mantenerlas en campañas más tiempo. El gran aumento en la capacidad productiva como resultado de la Revolución Industrial, que empezó en el siglo XIX, hicieron posibles ejércitos de reclutas más grandes que podían estar en combate meses y después años sin parar. El impuesto sobre la renta, una responsabilidad inusual y leve en EEUU antes de 1914, creció progresivamente, primero como medida de emergencia durante la Primera Guerra Mundial y después cuando el gobierno estadounidense descubrió que podía cobrar más impuestos sin cargarse la economía.

Lo que en tiempo de paz parece demasiado caro se convierte en una necesidad en tiempo de guerra, y las sociedades encontraron los recursos de alguna forma. En una calle de Oxford, una placa histórica en el muro de lo que solía ser un hospital dice que allí se usó por primera vez la penicilina con éxito para tratar una infección en 1941. El medicamento, que hasta ya ha salvado millones de vidas, fue desarrollado en 1928, pero se consideró demasiado caro como para producirlo hasta la Segunda Guerra Mundial.

Incluso en tiempo de paz, las preparaciones de los gobiernos para la guerra pueden traer beneficios sociales y económicos. Al igual que el sistema de carreteras interestatales estadounidense que la administración de Eisenhower construyó en los 50, muchas de las vías de ferrocarril construidas en Europa en el siglo XIX fueron impulsadas por razones estratégicas –y un mejorado transporte estimuló el crecimiento económico–.

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En 1899, el gobierno de Inglaterra y la sociedad se horrorizaron cuando uno de cada tres voluntarios para la guerra colonial en Sudáfrica fue declarado no apto. Eso convirtió la sanidad pública en una cuestión de seguridad nacional y condujo a innovaciones tales como comidas gratuitas en los colegios para niños pobres. A medida que la guerra se iba mecanizando y las armas se volvieron más sofisticadas en el siglo XIX, las fuerzas armadas necesitaban hombres mejor educados, lo que estimuló el gasto en la educación pública. Durante la Guerra Fría, el gobierno de EEUU vertió muchos recursos destinados a defensa en las universidades, lo que provocó, entre otras cosas, la investigación que hizo posible Silicon Valley.

Paradójicamente, prepararse para la guerra o el combate puede aumentar el poder de negociación de los ciudadanos en su sociedad y en su relación con sus gobiernos. Las élites políticas aprendieron que las concesiones –extender el sufragio o proporcionar servicios sociales–, más que coacción eran la forma más efectiva de ganar lealtad y cooperación. Como un miembro de las altas esferas de Rusia dijo antes de la Primera Guerra Mundial: “Es imposible gobernar contra el pueblo cuando es necesario acudir a él para la defensa de Rusia”. La Revolución rusa de 1917 mostró lo que pasa cuando el pueblo retira su apoyo.

Al final de la Primera Guerra Mundial, el gobierno británico otorgó a los hombres y mujeres de clase obrera de más de 30 años el derecho a voto, en reconocimiento a su contribución al esfuerzo bélico. Tras la Segunda Guerra Mundial, el nuevo gobierno laborista en Gran Bretaña introdujo el estado de bienestar, en parte para evitar la depresión que había seguido el final de la Primera Guerra Mundial, pero, más importante, como recompensa por los sacrificios en tiempo de guerra de los civiles.

Homenaje a Winston Churchill, primer ministro británico en la II Guerra Mundial, en Londres. (Reuters)
Homenaje a Winston Churchill, primer ministro británico en la II Guerra Mundial, en Londres. (Reuters)

Las guerras han dejado su huella en nuestras sociedades de otras formas igualmente importantes: en nuestros valores, nuestro arte, nuestro lenguaje, en la misma forma en la que nos definimos. ‘La Ilíada’ de Homero, ‘Guerra y paz’ de Tolstói y ‘Apocalypse Now’ de Francis Ford Coppola fueron creadas del horror, y sí, la fascinación de la guerra. Para la mayoría de alemanes, los recuerdos de la Segunda Guerra Mundial son una carga de vergüenza, mientras que los rusos tienen una orgullosa historia de fortaleza, resistencia y triunfo. La Guerra de Independencia y la Guerra Civil de EEUU son parte de lo que significa ser estadounidense, incluso aunque los propios estadounidenses todavía discrepen sobre el significado de esos conflictos.

La historia de la guerra ha demostrado siempre que la cultura y los principios pueden inclinar la balanza hacia la victoria o la derrota. Las sociedades o clases se han construido alrededor de una ética militar. En la antigua Esparta, se separaba a los niños de sus familias para que entrenasen y creasen lazos entre ellos. Sus madres les despedían con la advertencia: “Vuelve a casa con tu escudo” –perderlo era una desgracia– “o cargado encima de él”. En 1917, cuando EEUU entró en la Primera Guerra Mundial, la canción de George Cohan, ‘Over There’, sonaba parecido: “Complace a tu padre / por tener tal hijo / Dile a tu amor que no te añore / Que se alegre de que su chico está en el frente”. Los jóvenes británicos de las altas clases fueron educados para ser valientes y resolutivos frente a la lesión o la muerte tanto en el deporte como en la guerra. Antes de las dos guerras mundiales, las revistas de chicos, los colegios privados que se enorgullecían de ser espartanos, los juegos populares y las organizaciones paramilitares desde los relativamente inocentes ‘boy scout’ hasta la traumatizante juventud nazi lo daban todo para inculcar valores militares en países desde Gran Bretaña hasta Japón.

Las culturas cambian, por supuesto. Los militaristas Alemania y Japón de los años 30 tienen poco que ver con las democracias pacifistas de hoy. Y la cultura solo explica una parte de por qué combatimos. A veces sentimos que no tenemos elección. Los estadounidenses no eran un pueblo especialmente militarista en 1941. De hecho, la mayoría esperaba permanecer al margen del conflicto que envolvía al mundo. Pero el ataque japonés en Pearl Harbor cambió todo eso de la noche a la mañana.

Los humanos siempre han luchado por causas que ven superiores a ellos mismos, por esa sensación de que algo llamado nación les sobreviviría

Los humanos siempre han luchado por causas que ven superiores a ellos mismos. Los guerreros árabes que salieron de la Península Arábiga en el siglo VII eliminaron los antiguos regímenes, conquistaron ciudades ricas y sofisticadas y dejaron una huella duradera en Oriente Medio y la mayoría del sur de Europa porque buscaban una recompensa divina. Los ciudadanos-soldados de la Revolución Francesa aterrorizaron y desmoralizaron a sus oponentes porque avanzaban por el campo de batalla cantando canciones revolucionarias y asumiendo riesgos que soldados más prudentes no asumirían. Muchos de los millones que combatieron en las dos guerras mundiales estaban inspirados por el nacionalismo, una sensación de que algo denominado nación les sobreviviría y valía la pena morir por ello.

Los individuos y las naciones también luchan por supuestos cálculos, para ganar algo –ya sea tierra, botines o esclavos– sin tener que pagar un alto precio. Los aventureros españoles que derrocaron los Imperios Azteca e Inca encontraron que la posibilidad de una inmensa riqueza superaba al riesgo de morir. En los siglos XVIII y XIX, los poderes europeos financiaron ‘guerras de gabinete’ concebidas para fines limitados. El gran hombre de estado Otto von Bismarck seleccionó a los enemigos de Prusia uno por uno en guerras cortas para formar el estado actual de Alemania.

Era un precedente peligroso. Los líderes y el ejército que hicieron los planes antes de la Primera Guerra Mundial pensaron que podrían gestionar el conflicto también, pero esa guerra, y así sucede a menudo, se les fue de las manos. Como dijo el compatriota de Bismarck Carl von Clausewitz, la guerra sigue su propia lógica.

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¿Podríamos vivir sin guerras? Muchos de los intentos a través de los siglos de limitar o eliminar la guerra por completo han fallado porque tendemos a tacharlos de inútiles en su misma concepción. Ese pesimismo ignora los éxitos del pasado y crea los fracasos del futuro. Podemos extraer esperanza de los griegos, que tenían días sagrados en los que no combatían, de acuerdos de armas internacionales efectivos o del desarrollo de las leyes modernas de la guerra –especialmente desde los horrores de la Segunda Guerra Mundial– que gobiernan el trato humano de civiles y prisioneros.

Debemos mantener esa esperanza, porque las previsiones de futuras guerras para la humanidad son en efecto nefastas. Las capacidades para hacer la guerra están cambiando y adentrándose en nuevos campos. El espacio ya se está militarizando, lo que seguramente lleve a una nueva carrera armamentística. La proliferación de armas pequeñas relativamente baratas como los drones coloca una mayor potencia de fuego en muchas manos peligrosas. Las guerras biológicas y químicas están supuestamente prohibidas por acuerdos internacionales, pero sabemos que la investigación continúa en decenas de estados rebeldes, incluida Rusia.

Las próximas décadas verán probablemente más proliferación nuclear a medida que potencias inseguras como Irán y Arabia Saudí intentan agarrar la posibilidad de fuerza disuasiva nuclear. Quizás lo más alarmante de todo, la guerra podría alejarse del control de humanos que toman decisiones cuando la inteligencia artificial llegue a controlar armas autoguiadas y algoritmos de guerra.

En el inestable orden internacional de hoy, los países están más preparados que nunca para desconfiar de propósitos hostiles. Vemos posibilidades crecientes de recrudecimiento, ya sea en Oriente Medio, en la frontera entre China e India o en el Mar del Sur de China. La guerra no es meramente una parte importante de nuestra historia. Es nuestro presente y, salvo que haya alguna revolución en la conciencia humana, también nuestro futuro.

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