mercado de divisas

Rusia quiere un rublo alto, Suiza un franco bajo... ¡bienvenidos al mundo de las divisas!

Es el mercado de los mercados. El más poderoso y líquido del mundo. Por eso, para impotencia de los gobernantes, suele escaparse a su control. ¡Así es el mundo cambiario!

Foto: Rusia quiere un rublo alto, Suiza un franco bajo... ¡bienvenidos al mundo de las divisas!

Respetado y temido. Atrayente y distante. Pero, sobre todo, poderoso. El mercado de divisas no tiene rival en el universario financiero. Propiamente, se podría decir que es el mercado. Ha quedado patente esta semana, con el desplome del rublo agitando los cimientos internacionales, con Suiza haciendo historia para enfriar el franco, con el real brasileño volviendo a sufrir... ¿Por qué se comportan así las autoridades? ¿De qué depende el comportamiento de las monedas? ¿Qué tienen las divisas para ser tan interesantes y tan desconocidas a la vez? Siete claves ayudan a conocer mejor este apasionante mercado. 

1. El mercado de los mercados. El de las divisas es el mercado de los mercados. No hay ninguno más global, más dinámico, más líquido y que pase más horas abierto. Levanta la persiana el domingo por la noche y la baja el viernes por la noche, sin interrupciones ni parones por el camino. En sesión continua. Como muestra de lo engrasada que está su maquinaria, cada jornada negocia 5,3 billones de dólares -unos 4,3 billones de euros-, según los últimos datos del Banco Internacional de Pagos (BIS). Esa suma le convierte en el mercado más líquido del mundo. 

La incapacidad de anticipar los cambios en la oferta y la demanda de las monedas se encuentra en la raíz de que los resultados estadísticamente robustos para pronosticar la evolución de los tipos de cambio tengan el mismo éxito que el de hacer pronósticos tirando una moneda al aire

2. Impredecible. Aparentemente, el comportamiento de las divisas responde a unos patrones muy definidos, con los tipos de interés, el crecimiento o la balanza por cuenta corriente como principalmente referencias. Pero, en realidad, prever su evolución en función de los denominados fundamentales económicos no siempre es posible y, sobre todo, no anticipa con exactitud los momentos en los que cambia el sentimiento del mercado. El expresidente de la Reserva Federal (Fed), Alan Greenspan, fue muy explícito en un discurso pronunciado en 2004: "La incapacidad de anticipar los cambios en la oferta y la demanda de las monedas se encuentra en la raíz de que los resultados estadísticamente robustos para pronosticar la evolución de los tipos de cambio tengan el mismo éxito que el de hacer pronósticos tirando una moneda al aire".   

3. Mucho más que economía; es algo patriótico. La divisa es una pieza clave en el engranaje económico y financiero de cualquier país. Pero es mucho más que eso. También son un símbolo, un emblema patriótico. O como se decía en Reino Unido, que tuvo que soportar en el siglo XX las sonadas devaluaciones de 1931, 1949 y 1967, una "cuestión de orgullo". 

4. Pero es clave para la economía. Ahora bien, aunque trasciendan lo económico, si las divisas importan tanto se debe a que son claves en una economía. Lo son para sus exportaciones, para sus importaciones, para su competitividad, para su capacidad de compra... Y todo con muchos matices. Porque una divisa menos fuerte abarata las exportaciones e incrementa la competitividad, pero en paralelo también encarece las importaciones e introduce presiones inflacionistas. Y en unos momentos convienen unos efectos y en otros, unos diferentes. Por eso con las divisas existe tanta confusión. 

Un país no puede tener a la vez un tipo de cambio fijo, libertad de capitales y autonomía monetaria. Se pueden tener dos de los tres; pero nunca los tres a la vez

5. La 'trinidad imposible'. Incluso aunque en ocasiones parece todo lo contrario, en economía existe una serie de principios inquebrantables. Uno de ellos consiste en la denominada trinidad imposible. ¿Qué establece? Que un país no puede tener a la vez un tipo de cambio fijo, libertad de capitales y autonomía monetaria. Se pueden tener dos de los tres; pero nunca los tres. ¿Qué elección impera? La más habitual es que, conforme los países se van desarrollando, se queden con la libertad de capitales y la autornomía monetaria y sacrifiquen la fijación del tipo de cambio. O lo que es lo mismo: dejan que sea el mercado el que determine el valor de su moneda. Muchos países no terminan de comprender la relevancia de esta elección... hasta que comprueban la potencia del mercado de divisas en forma de los vaivenes que sufren los tipos de cambio de sus monedas.  

6. Fuera del alcance de los políticos. Cuando los países lo comprueban, las autoridades tiemblan. ¿El motivo? Que se dan cuenta de que algo tan relevante como el valor de su divisa no está en sus manos. Para los gobiernos menos advertidos -o más orgullosos-, presenciar fuertes variaciones en su moneda sin que ellos puedan hacer nada es interpretado como una afrenta. Y reaccionan culpando a los mercados y asegurando que ellos tomarán el control. Es un error. Y más aún en un mercado tan líquido como el de divisas. "Cinco o seis siglos de experiencia han enseñado a los mercados que cuando el Estado empieza a dar seguridades ha llegado el momento de ponerse a cubierto", asegura Gregory Millman en su libro Especuladores internacionales: los nuevos vándalos.

Los países cuentan con herramientas para influir en el comportamiento de sus divisas. Pero esa medidas tienen costes... y no garantizan el éxito

¿Significa eso que los países no pueden hacer nada por debilitar o fortalecer sus divisas? No. Sí tienen herramientas a su alcance. Como subir los tipos de interés si quieren impulsar su moneda o frenar su caída y bajarlos para debilitar su divisa o contener su apreciación. También pueden recurrir a intervenciones directas en el mercado -para comprar o vender su divisa en función de lo que necesiten- o a medidas aún más extremas, como la imposición de controles de capitales -corralitos-. De nuevo la alargada sombra de la trinidad imposible: para estabilizar la divisa sacrificas otra pieza, la de la libertad de capitales. 

Ahora bien, nada es gratis. Y ninguna de estas iniciativas está exenta de riesgos, de costes y de efectos secundarios. Y algo más: si un país ha optado por dar libertad a su divisa para que sea el mercado el que determine su valor, ninguna garantiza el éxito. Lo comprobó claramente Reino Unido en 1992. No quería salir del proyecto que condujo al euro. Y se comprometió a defender la libra. No lo consiguió

7. Dos mundos en uno. Aunque no tienen seguridad absoluta, los países no dudan a la hora de estrujar sus herramientas si lo estiman preciso. Esta semana se han producido dos ejemplos extraordinarios: Rusia subió el lunes los tipos de interés al 17% para fortalecer el rublo y Suiza los bajó el jueves hasta situarlos en terreno negativo por primera vez desde los años 70 para debilitar el franco. Son los últimos ejemplos de la bipolaridad en la que se mueve el mundo: mientras unos países, con Rusia o Brasil a la cabeza, quieren apreciar su divisa para retener a los inversores y contener las presiones inflacionistas y otros países o regiones, como Suiza o la Eurozona, persiguen depreciar su moneda para enfriar las tensiones deflacionistas. 

 

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