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Una cadena alimentaria llena de mercurio, y nosotros somos el último eslabón
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Una cadena alimentaria llena de mercurio, y nosotros somos el último eslabón

Este metal pesado, sobre todo sus versiones orgánicas, es bioacumulable y, dependiendo de lo que vayamos a comer, lo estamos ingiriendo involuntariamente

Foto: El mercurio es un metal muy tóxico. (iStock)
El mercurio es un metal muy tóxico. (iStock)

El mercurio es persistente. En primer lugar, lo es en la prensa de todo el mundo, dado que a menudo podemos encontrar artículos en los que se avisa tanto de sus niveles como de su impacto en la salud, tanto la nuestra como del planeta. En segundo, también persiste en nuestro organismo y en la naturaleza. Cada vez hay más y poco podemos hacer para evitarlo.

El problema con este metal pesado no tiene nada de 'nuevo'. Sus efectos negativos en la salud, como se explica en un estudio elaborado por la investigadora Julia R. Barret, de la National Association of Science Writers (NASW) de EEUU, llevan conociéndose desde mediados del siglo XIX. En concreto, los de las variantes orgánicas de este metal.

"La cantidad de mercurio en los peces está relacionada con su posición en la cadena trófica"

Existen tres 'tipos' de mercurio con el que podemos entrar en contacto:

  • El primero es el elemental (el famoso mercurio líquido a temperatura ambiente). Las fuentes más comunes son los termómetros (que, si se nos ha roto alguno, seremos conscientes de lo tremendamente difícil que es de limpiar), las amalgamas de algunos empastes dentales (ya en desuso) y determinados tipos de bombillas fluorescentes. De todos modos, gracias a diversas regulaciones europeas, a día de hoy es muy difícil seguir encontrándolo. La parte buena del mercurio en su forma elemental es que es muy denso y pesado, con lo que se desprende de la piel y, en el caso de ser ingerido, recorre nuestro sistema digestivo de extremo a extremo sin ser absorbido. De todos modos, sus vapores (a temperatura ambiente, una pequeña parte de mercurio se evapora) pueden provocar intoxicaciones si son inhalados. Los síntomas más comunes de intoxicación por mercurio elemental son el sabor metálico en la boca, los vómitos, las encías inflamadas y sangrantes y la tos fuerte.
  • El segundo es el mercurio inorgánico. Este comprende todos los compuestos químicos en los que los átomos de mercurio están unidos a otros elementos. Las fuentes más comunes son algunos minerales, productos de limpieza industrial y pilas (aunque no son los únicos). En este caso, el mercurio sí es tóxico si se ingiere y los síntomas son el ardor de estómago y garganta, así como la diarrea y los vómitos sanguinolentos. En el caso de que el mercurio atraviese la barrera intestinal, puede atacar a los riñones y al cerebro, lo que puede provocar la muerte con exposiciones a grandes cantidades o crónicas.
placeholder El pez espada es uno de los más contaminados por mercurio. (iStock)
El pez espada es uno de los más contaminados por mercurio. (iStock)
  • Por último, nos encontramos con el mercurio más peligroso: el orgánico. Este es el que está unido a compuestos del carbono y su forma más común es el metilmercurio (CH3Hg). Este elemento se genera con diversas reacciones químicas como la combustión de algunos hidrocarburos y otros procesos industriales. El problema que tiene es que es bioacumulable (no se elimina), con lo que sus niveles aumentan año a año. Tanto lo ha hecho en los últimos 100 años que hoy en día se encuentra en una parte considerable de los animales marinos, especialmente en algunas zonas del globo. Los síntomas de su ingesta son el entumecimiento y dolor cutáneos, los temblores, la incapacidad para caminar, la ceguera, la pérdida de memoria, las convulsiones y la muerte. Del mismo modo, si una mujer embarazada está expuesta a metilmercurio, aumentan las posibilidades de que su hijo nazca con una discapacidad mental.

Error humano

Como de muchas otras catástrofes medioambientales y de salud pública, el ser humano es el principal responsable. La presencia de mercurio en la naturaleza se debe, principalmente, a que es un elemento extraordinariamente útil para muchas industrias, al mismo tiempo de que se genera de forma involuntaria en la quema, por ejemplo, de determinados tipos de carbón.

Pero la principal fuente de metilmercurio a la que estamos expuestos hoy en día se debe, según explica la investigadora Julia R. Barrett, "a los fungicidas utilizados a nivel mundial en 1914. Su uso global provocó envenenamientos masivos de agricultores por todo el planeta y muchos episodios de intoxicaciones alimentarias".

placeholder Los peces depredadores, como el atún, acumulan mercurio. (iStock)
Los peces depredadores, como el atún, acumulan mercurio. (iStock)

Pero el episodio masivo de contaminación a nivel mundial más importante ocurrió en entre las décadas de los años 30 y 60 en la bahía de Minamata, en la costa occidental de la isla de Kyushu, en Japón. Se calcula que, durante casi 40 años, se vertieron en total más de 27 toneladas de compuestos de mercurio al océano por parte de la compañía Chisso Corporation. El consumo por parte de la población local de productos marinos contaminados, en particular crustáceos, provocó, según calculan algunas fuentes, más de 2.500 casos de un desorden neurológico denominado enfermedad de Minamata.

Esta afección se caracteriza por la alteración del sentido del tacto en cara, manos y pies, pérdida de los sentidos de la vista y el oído, parálisis y muerte. En 1952, un estudio elaborado por un grupo de investigadores suecos determinó que el responsable de estos millares de casos de Minamata era el mercurio que la industria había vertido a sus aguas desde hacía 20 años.

placeholder Los lagos europeos tienen cada vez más mercurio. (iStock)
Los lagos europeos tienen cada vez más mercurio. (iStock)

Las formas orgánicas de mercurio se depositan entonces en espacios naturales gracias a las lluvias, llegando, finalmente, al mar. Es aquí donde pasan a formar parte de la cadena trófica: de moluscos, pasando por pequeños y grandes peces, y llegando, finalmente, a nosotros. Un estudio de la Universidad de Oxford ha relacionado, directamente, el consumo de pescado contaminado con las intoxicaciones por mercurio. Según la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición, "la cantidad de mercurio en los peces está relacionada con su posición en la cadena trófica, por tanto, los depredadores de mayor tamaño como el pez espada, los tiburones, el atún rojo y el lucio tienen concentraciones más altas".

Esto es de especial relevancia para los más pequeños y para las mujeres embarazadas, dado que son los más vulnerables frente a los dañinos efectos de este metal pesado.

Foto: Ethyl, el aditivo que nos costó un siglo de gasolina con plomo. (Ilustración: Irene de Pablo)

Y los niveles de mercurio no paran de aumentar. Según un reciente informe de la Agencia Europea del Medio Ambiente (EEA, por sus siglas en inglés) el 40% de las masas de agua dulce superficiales de la Unión (ríos, lagos y pantanos) contienen unos niveles superiores a los máximos seguros establecidos de mercurio. De hecho, según el informe publicado por la agencia comunitaria, de las 111.000 masas de agua dulce superficial de la UE, 46.000 tienen concentraciones excesivas. Según apuntan desde la organización, el depósito de mercurio se debe principalmente a la combustión de carbón y algunas maderas, y, en menor medida, también a la minería de oro y a otros procesos industriales.

Este es un problema, no solo nuestro, sino de todos los habitantes del planeta. En cuanto los compuestos orgánicos del mercurio tocan el agua de mar, el problema se extiende entre continentes, ayudado por multitud de peces que, sin saberlo, se convierten en un servicio de taxi cuya carrera finaliza en nuestra mesa.

El mercurio es persistente. En primer lugar, lo es en la prensa de todo el mundo, dado que a menudo podemos encontrar artículos en los que se avisa tanto de sus niveles como de su impacto en la salud, tanto la nuestra como del planeta. En segundo, también persiste en nuestro organismo y en la naturaleza. Cada vez hay más y poco podemos hacer para evitarlo.

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