"Me estaba debatiendo entre suicidarme o no, y llamé a este teléfono"
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Una llamada puede salvar la vida

"Me estaba debatiendo entre suicidarme o no, y llamé a este teléfono"

Él es una de las muchas personas que, a lo largo de los cincuenta años del Teléfono de la Esperanza, han marcado su número

placeholder Foto: Joven con depresión. (Unsplash)
Joven con depresión. (Unsplash)

"La chica me pedía que me tranquilizara. Oía lo que me decía, pero no la escuchaba. En aquel momento, lo único a lo que conseguía prestarle atención era al debate que me colapsaba la cabeza", narra Álvaro en un impactante audio de WhatsApp. "Estaba discutiendo conmigo mismo si matarme o no".

Álvaro es una de las muchas personas —pues parecen pocas, pero no lo son— que, en un momento puntual de sus vidas, han tenido que marcar ese número que todos tenemos mitificado, romantizado y apartado de nuestra cotidianidad, como si de un lejano y místico tema tabú se tratase: "no sé por qué lo hice. Simplemente lo marqué. Me sentía derrotado. Aunque me quisiera suicidar, no creo que lo fuera a hacer 'de verdad'. Bueno, no lo tengo claro. Quizá sí que lo habría hecho. Marqué por miedo. Marqué porque quería morirme, pero no quería morirme… no sé cómo explicarlo. Es una sensación rara. Sientes que vas a hacer una cosa de la que puedes llegar a arrepentirte. Yo creo que no quería arrepentirme. O al revés. Quería arrepentirme. Muerto no podría haberme arrepentido de nada".

Él es una de las muchas personas que, a lo largo de los cincuenta años del Teléfono de la Esperanza, una asociación sin ánimo de lucro que se dedica a atender a personas en crisis, han marcado su número en busca de ayuda. En busca de un punto de apoyo, de un poco de compresión y de humanidad que decante la balanza hacia el lado de la vida. Porque el otro es la muerte. El apagón. Y en ese lado no hay ningún número al que marcar.

"No sé por qué lo hice. Simplemente lo marqué. Me sentía derrotado. Aunque me quisiera suicidar, no creo que lo fuera a hacer 'de verdad'"

"Nos llaman personas completamente destrozadas", me relata por teléfono José Cabrera, un psicólogo clínico con más de veinticinco años de experiencia en la Asociación Internacional del Teléfono de la Esperanza. Él podría haber sido la voz anónima que abrazase a Álvaro desde el otro lado de la línea durante aquella tarde de junio de 2019, pero las casualidades no son tan sencillas de conseguir. "Muchas de las llamadas que atendemos tienen un desenlace feliz, pero también te entran otras en las que solo puedes llamar a emergencias e intentar que la persona te hable, que esté consciente. Te cuentan que se han tomado un bote de barbitúricos y que están sintiendo cómo se mueren. Pero no hace falta que te digan nada: tú mismo te das cuenta de que sus voces se van quedando sin fuerzas".

En España, se suicidan 3.650 personas al año. Diez al día. Una cada dos horas y media. Son datos tan heladores como reales: en este país, el suicidio mata el doble que los accidentes de tráfico, recopila once veces más víctimas que los asesinatos, y, por hacer una sencilla comparación, roba anualmente ochenta veces más vidas que la violencia machista. En España, el suicidio ya es la primera causa de muerte entre los jóvenes.

A pesar de lo desbocada que está la pandemia destructora de la salud mental, este tema no monopoliza ni tertulias ni editoriales de periódicos, ni obliga a la DGT a sacar impactantes campañas de prevención al inicio de cada verano. Son muertes silenciosas que se olvidan en un contador todavía más olvidado que, día a día, va engordando sus horripilantes números: "el suicidio sigue siendo un tema tabú", explica José. "Hasta hace no mucho, a los suicidas los enterraban fuera del cementerio. Parece que no se puede hablar de esto".

"En España, se suicidan 3.650 personas al año. Diez al día. Una cada dos horas y media. Son datos tan heladores como reales"

La salud mental de la población, según diferentes organizaciones como el Plan Nacional Contra el Suicidio o la propia Asociación del Teléfono de la Esperanza, va deteriorándose cada vez más. Y la otra pandemia, la del covid, es una de las principales causas de que esto pase, explica José: "durante el 2020, hemos recibido un 38% más de llamadas. Además del porcentaje total, se ha incrementado hasta el 55% el número de personas que nos contactan con una intencionalidad suicida clara. Esto es horrible. Supongo que se debe a la pandemia, a las bajas expectativas y a la ausencia de planes vitales que provoca la precariedad laboral. Además de personas con algún tipo de trastorno mental, nos contacta gente sin ninguna patología previa que piensa en quitarse la vida". Ese es, por ejemplo, el caso de Álvaro.

"Yo era un tipo más o menos normal", comienza a relatar en un nuevo audio el propio Álvaro, aunque en este con la voz más congestionada que en los anteriores. "Veintinueve años, con estudios superiores", que no necesita acreditar, pues su forma de expresarse lo delata, "un contrato temporal más o menos bueno y una novia en otra ciudad con la que me quería mudar. Pero de repente todo cambia. De repente, por la mañana te llama tu jefe y te dice que el contrato no te lo renueva. Y de repente también, te llama tu pareja, a quien vas a ir a ver ese mismo fin de semana, y te dice que no puede seguir así. Que es mejor dejarlo. Y te lo dice por teléfono".

"Que conste que no era por amor como tal", quiere dejar claro antes de seguir, "sino por sentir que mi vida se había ido a la mierda. Que todo lo que quería y valoraba se había ido a la mierda sin que yo me pudiera preparar para ello".

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"Es muy habitual", continúa explicando José Cabrera, "que muchas personas nos llamen en medio de una crisis. Personas que jamás han pensado en suicidarse y que se consideraban felices, pero que se ven envueltas en algún tipo de problema vital que los hace pensar en quitarse la vida. Normalmente, solemos clasificar estas llamadas en tres tipos: los que barajan el suicidio como una opción, los que tienen una crisis y tienen el suicidio sobre la mesa, como recurso para salir de su problema, y los que se encuentran en pleno acto suicida". El caso de Álvaro, aunque rompe con las normas de esta clasificación, podría encorsetarse dentro del segundo:

"Recuerdo que, después de colgar a mi pareja… bueno, expareja", se corrige a sí mismo antes de continuar, "entré en crisis. Me tiré en la cama y me puse a llorar. No sé cuánto tiempo. Como hora y media. Pero sin parar, ¿eh? Después tiré por la terraza todo lo que me había regalado ella, pero al minuto me arrepentí y bajé a la calle a buscarlo en zapatillas y pijama. Estaba histérico".

"Me puse las deportivas, 'me' cogí la cartera y me fui a una zona de copas muy conocida de Madrid. Allí conseguí comprar cocaína y me encerré en un bar a beber chupitos de ron. El camarero y el resto de los clientes me miraban raro. Me tiré dos horas bebiendo chupitos. Después de cada chupito, bajaba al baño, me metía un 'lijazo' y volvía para sentarme a la barra y pedirme otro trago. En esos momentos no había virus y se podía abrevar en las barras", interrumpe su relato soltando una carcajada entumecida por una neblina amarga. "Cuando salí del bar, imagínate cómo iba. Recuerdo que no era capaz ni de liarme un cigarro. Me los ponía en la boca y se me caía todo el tabaco. Caminé hasta una calle y me senté en un portal a llorar. Pero a llorar como nunca he llorado en mi vida, mucho más fuerte que después de hablar con mi exnovia. Creo que me dio un ataque de ansiedad. Sentía que no había nada. Que no tenía a quién recurrir. Que mi vida se había acabado y que solo existía el dolor y que la mejor opción era suicidarme. En mi cabeza empezó un debate horrible, que en su momento me parecía lógico, sobre si hacerlo o no. Pero de repente, se me ocurrió buscar en Google el número del Teléfono de la Esperanza. Me cogió una chica. No recuerdo su nombre. Quizá se llamaba Sara o quizá Sandra. Creo que era algo así".

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El sentimiento que doblegó Álvaro en ese momento, de pérdida fuerte y de rotura de un proyecto vital, lo pueden sentir muchas personas. De hecho, el Teléfono de la Esperanza, además de atender a quienes piensan en suicidarse, escuchan y orientan a quienes les llaman porque les sucede esto: "es muy habitual", vuelve José. "Mucha gente que nos llama, no tiene intenciones suicidas aparentes o visibles, por lo que hay que ser precavidos. Estos casos hay que tratarlos con un especial tacto para saber exactamente a qué nos enfrentamos. Es habitual que hagamos preguntas como "¿en qué estás pensando exactamente?" o "hay muchas personas que llegan a proponerse soluciones drásticas por sentir cosas como tú, ¿es tu caso?". Hay que ser muy delicados con las formas. Aun así, seguimos diciendo que hablar de suicidio no fomenta el suicidio. Eso lo 'tenemos que tener' todos bien clarito. Hablar de ello desde la lógica, los datos y la información, como estamos haciendo tú y yo ahora, no fomenta nada. Hay que hablar desde la desromantización y la serenidad, olvidándonos de esa imagen idealista del suicidio como una salida. El suicidio nunca es una salida porque, la persona que se lo plantea lo hace por estar atravesando una crisis que le coarta su perspectiva de la realidad. No está en sus plenas facultades. No entiende que eso no es una salida y que no va a aliviar su dolor", termina asegurando José. Esto expuesto, precisamente, es muy parecido a lo que sintió Álvaro.

"Después de colgar a la chica del Teléfono dejándole con la palabra en la boca, me levanté, quizás más ebrio que antes, pues los chupitos me habían terminado de subir, y me fui al metro. Lo que sentí allí fue horrible, en serio. Creo que es la peor experiencia que he tenido en mi vida", le interrumpe su propia voz, que lo ahoga. "Recuerdo bajar al andén y mirar a las vías. Mirarlas como nunca lo había hecho. Mirarlas como si me estuvieran llamando. Como si fueran imanes y yo acero. Empecé a sentir un cosquilleo en los pies. Empecé a sentir que la única solución era tirarme al metro. Lo vi como algo entre lógico y romántico", asegura, usando la misma expresión 'romántica' que José, "y pegué un par de zancadas hacia la línea del andén. Estaba dispuesto a saltar. Solo estaba a unos centímetros e iba a hacerlo…".

"En estos casos", explica José refiriéndose a aquellos en los que el suicida está a punto de tomar la decisión de quitarse la vida, "lo importante es tranquilizar a la persona para que no lo haga. Ofrecerle ayuda y orientación, sobre todo orientación, para que vea con sus propios ojos que no es una solución lógica. No sirve de nada disuadirlo una vez si luego va a volver a intentarlo. Cuando la persona ve la luz y se da cuenta, es una maravilla. Mira, recuerdo un caso de un chico, en Canarias, que llamó diciendo que iba con un coche a toda velocidad por la carretera. Que se iba a estrellar o a tirarse por un barranco. Yo estaba en la misma isla que él, así que salí a buscarle. Como si fuera una película. Al final, el chaval mejoró y salió de su atolladero. Seguimos en contacto y, a los dos años, me lo encontré por la calle. ¿Sabes lo que me dijo? Que menos mal que no lo había hecho. Que se habría perdido el nacimiento de su sobrino. Lo bueno es que muchas de las llamadas que nos llegan acaban en final feliz".

"Ofrecerle ayuda y orientación, sobre todo orientación, para que vea con sus propios ojos que no es una solución lógica"

"…pero en el último momento pegué una zancada hacia atrás. En el último momento, ¿eh? Fui tan consciente de que iba a hacerlo, que me dio miedo. Me vi con tanta fuerza y motivación para saltar a las vías, que me acojoné y salí corriendo de la estación para no matarme. Porque, en el fondo, no quería morir. Y llamé de nuevo al Teléfono. Les expliqué la situación. Me dijeron lo que tenía que hacer. Me ofrecieron asistencia sanitaria y todo".

"Poco a poco", finaliza Álvaro, esta vez enviando un audio más motivador, "fui recuperándome. Volví a tener intenciones suicidas días más tarde, pero no tan fuertes como la crisis que sufrí en el metro. Además, que ya sabía cómo gestionarlas. Fui a terapia, le conté el caso a mis amigos y recuperé la confianza en mí mismo, además de las ganas de vivir. Creo que, lo peor de estar a punto de suicidarte, es el pánico que le entra a tu instinto de conservación. Porque te das cuenta de que realmente eres capaz de hacerlo".

El Teléfono de la Esperanza es el 717003717. Es un servicio gratuito y anónimo.

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