SESGOS INDIVIDUALES Y FALLOS POLÍTICOS

Los errores que no habríamos cometido si escuchásemos a los sociólogos

La mayoría de decisiones técnicas sobre la pandemia han dejado de lado las ciencias del comportamiento. Muchos errores estratégicos son obvios para los sociólogos

Foto: Gente paseando por la calle con mascarilla. (EFE)
Gente paseando por la calle con mascarilla. (EFE)

Hay una máxima en ciencia política que afirma que la mera publicación de una ley no garantiza su cumplimiento. Por supuesto, el Estado dispone de herramientas para garantizar que así sea, desde la sanción económica al uso de la fuerza, pero son recursos extraordinarios para casos excepcionales. Una norma que no se va a cumplir de forma generalizada está llamada al fracaso. Trasladado al terreno de la pandemia con un ejemplo reciente, establecer restricciones por áreas sanitarias, cuando ni siquiera sus límites nos quedan claros, es el atajo más corto para el fracaso.

Un ejemplo más de uno de los agujeros negros de la así llamada nueva normalidad: la aplicación de medidas sanitarias en un vacío sociológico, sin detenerse a pensar en el impacto desigual que pueden tener en cada grupo social o sin pensar en mecanismos que faciliten la comprensión de las medidas y, por lo tanto, de su adopción. Una omisión de las ciencias del comportamiento del debate que puede explicar tanto parte de los contagios de la segunda ola, como la incomprensión de algunas medidas recientes.

Las personas que viven al día se aíslan menos: "Cualquier científico social se habría dado cuenta en menos de cinco minutos"

Una de las herramientas para el cumplimiento de normas a nivel individual son los 'nudges', pequeños acicates que pueden "ayudar a convertir las pequeñas recomendaciones en hábitos", como explica Marta Cerezo Prieto, investigadora de la Universidad de Salamanca especializada en el tema. "Parten de la premisa de que nuestra mente es imperfecta, no siempre tomamos las decisiones más convenientes para nosotros mismos ni para la sociedad en general", añade. "Todos tenemos una serie de sesgos cognitivos que nos limitan o desvían, en mayor o menor medida, en el momento de procesar información".

"No basta con los carteles con mensajes como 'ponte la mascarilla', es necesario promover un uso correcto de la misma", recuerda. Algunos ejemplos que propone son, por ejemplo, la facilidad de acceso, colocando dispensadores de gel en lugares visibles o llamativos, o señales visuales que permitan establecer la distancia de seguridad, pero también la claridad en los mensajes o la coherencia. Los 'nudges' deben ser libres (no pueden imponer una opción), no deben conllevar recompensas financieras y deben promover comportamientos buenos para el individuo y para la sociedad.

Pero no se trata únicamente de medidas a nivel individual, sino que también las decisiones políticas han sido víctimas de esos sesgos. Como siempre ha recordado el sociólogo del CSIC Luis Miller, mientras en otros países las ciencias del comportamiento forman parte de los procesos de toma de decisiones a través de los BIT (Behavorial Insight Teams), especialmente desde que Cass R. Sunstein pasase a formar parte del gabinete de asesores de la Casa Blanca, España ha centrado la mayoría de sus decisiones en un marco exclusivamente sanitario.

No todos pueden permitirse acatar las medidas

El pasado fin de semana, un 'preprint' sugería que en Reino Unido solo un 18% de personas se autoaíslan si tienen síntomas de covid. El porcentaje descendía entre las clases más bajas, si dependían de sus ingresos diarios para sobrevivir y si tenían hijos a su cargo. Como señalaba la experta en salud pública Clare Wenham, una conclusión de la que "cualquier científico social se habría dado cuenta en menos de cinco minutos".

"Los sociólogos vamos a ciegas en España, porque aún no tenemos las conclusiones del estudio de seroprevalencia y el CIS no pregunta por esto"

La mayor parte de diagnósticos y decisiones han obviado condicionantes como la movilidad, la densidad poblacional, el urbanismo, la ocupación laboral (quién puede teletrabajar, quién no) o la ausencia de estímulos para cumplir esas medidas. Como recuerda Miller, "no ha habido en ninguno de los comités ni sociólogos ni antropólogos ni expertos en geografía urbana ni humana. Solo se ha ido incorporando economistas y una psicóloga".

Algunas de las cuestiones que se han debatido durante las últimas semanas como el confinamiento por barrios o en qué debe consistir ese confinamiento tienen "todos los ingredientes de un problema sociológico, con diferencias de partida que influyen en la capacidad de las personas de cumplir o no cumplir". Factores que no han sido observados, por ejemplo, a la hora de acompañar restricciones con medidas complementarias para aliviar su impacto.

Foto: EFE.
Foto: EFE.

Una de las razones, lamenta Miller, es la falta de fuentes de información. Mientras que antes del verano ya se publicaron en Reino Unido estudios sobre las características particulares de los distritos, en España, las conclusiones del estudio de seroprevalencia tan solo han trascendido a entornos médicos. El CIS tampoco es de gran ayuda. "Aquí el CIS solo pregunta por las circunstancias personales (si has tenido que ir al médico por síntomas) desde mayo, pero no pregunta si cumples las medidas de aislamiento", añade. "Por lo que estamos totalmente a ciegas".

Los desconocidos son peligrosos, la familia no

El cierre de los parques y de otros lugares públicos, una de las primeras medidas que se ha tomado para atajar el virus en muchos municipios, es junto con la obligatoriedad del uso de la mascarilla en la calle el síntoma de que una percepción equivocada ha penetrado también en la mente política: que los desconocidos en lugares públicos son más contagiosos que los familiares en entornos privados. Dos esferas que en muchos casos se reflejan en entornos abiertos (menos peligrosos) y cerrados (más peligrosos).

"En mi familia somos responsables", "si total no tenemos síntomas"... El sesgo de autopercepción nos hace relajarnos en privado

"En este sentido, los sesgos de autopercepción optimista acechan: 'En mi familia somos muy responsables', 'casi no salimos de bares', 'ninguno de nosotros tiene síntomas'...", recuerda Cerezo. Sin embargo, en las reuniones familiares pueden llegar a producirse casi la mitad de los brotes. Es posible que uno de los factores que expliquen el aumento de contagios durante los meses de verano, en el que las familias se han reencontrado tras un confinamiento estricto, sea este. "No es un 'pilla a pilla' en el que en casa estemos a salvo".

Miller saca a colación el término de cooperación hipócrita a este respecto: apoyar en público el cumplimiento de una norma que no se acata en privado. Es decir, la vigilancia mutua en entornos públicos como las calles ha servido para llevar mascarilla en todo momento y reprender al que no lo hiciese, pero también para que en círculos con cierta confianza esas medidas se relajen. El "total, aquí no nos ve nadie".

Para el sociólogo, la medida, que no se repite en otros países de nuestro entorno, es una mala política que genera más problemas de los que soluciona. "Si todos los epidemiólogos están insistiendo en la importancia de la mascarilla en espacios cerrados, ¿por qué el mensaje no es este?", se pregunta. Como recordaba, el cierre de parques y el uso de mascarilla en lugares amplios "van de un efecto nulo a uno contraproducente, ya que obligan a pasar más tiempo en espacios cerrados, en muchos casos en bares y restaurantes, sin mascarillas".

Lo muestran los resultados de la séptima oleada de la encuesta Funcas sobre el coronavirus. Mientras que para un 63% de los consultados la utilización de mascarilla en lugares públicos es muy importante, el porcentaje desciende hasta el 44% en un domicilio con personas no convivientes, donde la peligrosidad es mucho mayor.

Las medidas tienen que poder mantenerse durante meses

La pandemia juega en distintos tiempos, desde el corto de la declaración del estado de alarma en marzo hasta el largo de medidas como la higiene de manos, el teletrabajo o el uso de mascarillas, que se prolongarán más allá del final de la pandemia. Que la mayoría de decisiones busquen un impacto directo y a corto plazo genera una incertidumbre continua en lugar, como recuerda Miller, de intentar mantener medidas básicas y que puedan sostenerse durante mucho tiempo.

"La administración pública está en el presente, no tienen esa idea de 'vamos a hacer todo lo posible para que la vida sea todo lo cómoda posible y ser ágiles cuando lleguen tratamientos y vacunas, porque nos quedan tal vez meses y años'", recuerda el sociólogo. Uno de los problemas que se ha encontrado España últimamente es que ha sido más reactiva que proactiva, planteando de nuevo cierres y reaperturas graduales para controlar la curva desbocada en lugar de atajar el problema tempranamente.

"En la primera ola se hizo lo mismo en todos los países, pero imagínate si en otros lugares pueden hacer vida normal mientras seguimos confinados"

Algo que psicológica y socialmente puede ser muy dañino, especialmente si España se convierte en un caso aparte en el entorno europeo: "Como ya hemos perdido el control sobre la segunda ola, al final da la sensación de que solo confinamientos estrictos van a conseguir doblegar la curva", prosigue. "La suerte que tuvo el gobierno es que, en la primera ola, en todos los países se tomaron decisiones parecidas, pero imagínate que en otros se gestiona mejor y se permite llevar a cabo una vida más normal y en España nos veamos luchando la curva descontrolada con confinamientos continuos".

Lo que no han entendido las autoridades es que no se están dando "empujoncitos" que ayuden a la gente a pensar en largo plazo, sino que ,además, se está fomentando el cortoplacismo. "No podemos estar pensando en confinamientos de quince días continuos que están abocados al fracaso, sino pensar que todo este curso vamos a estar así y que todos los planteamientos relacionados por ejemplo con el teletrabajo lleguen hasta junio, no hasta noviembre", añade.

La falacia de la vacuna fomentada desde el Gobierno y algunas comunidades puede terminar siendo una tragedia psicológica al ofrecer falsas esperanzas a medio plazo que casi con total seguridad se van a ver traicionadas. "La estrategia es la de decir 'esto se va a acabar', no la de 'cuidado, que queda mucho'", recuerda Miller. "Se combinan dos cosas: los gobiernos intentando manejar expectativas y dar la información poco a poco para que la gente no se venga abajo y el autoengaño de nuestro día a día". Una estrategia que a largo plazo puede ser mucho peor.

El problema, coinciden los expertos, es que a los seres humanos nos cuestan los largos plazos. Por eso fracasan los propósitos de Año Nuevo, las dietas o las colecciones de fascículos. "En el contexto de la pandemia, la presencia de estos sesgos puede ser crucial para la adopción de nuevos hábitos en salud. Es por ello que, para no desmotivar a la población y evitar 'apuntarnos al gimnasio y no acabar yendo', es necesario plantear objetivos en el corto plazo", recuerda Cerezo. Es lo que ocurrió durante el primer confinamiento estricto, que se diseñó para un plazo de dos semanas y terminó durando prácticamente dos meses.

Si ellos no se ponen de acuerdo, no cumplo

El enfrentamiento político y la incertidumbre han marcado las últimas tres semanas de lucha contra la pandemia. Un tira y afloja más parecido a la negociación de un fichaje futbolístico que a la toma de medidas de salud pública. También, uno de los caminos más cortos para la desafección ciudadana. "Es un auténtico escándalo", valora Miller. "Negociar un umbral es como si yo pido negociar el índice de grasa corporal para poder decir que no estoy obeso".

"En los temas sanitarios no hay pelea, por lo que lo más fácil es escuchar a técnicos y científicos, llegar a acuerdos privados y explicarlos de forma pública"

La retransmisión pública de la negociación de las medidas puede marcar un antes y un después en la percepción de las medidas sanitarias. El sociólogo recuerda que, según sus últimas investigaciones que publicará a lo largo del mes, la opinión pública no está polarizada en cuanto a servicios públicos y sanidad. "Con temas sanitarios, a la inmensa mayoría de ciudadanos les podrías vender cualquier cosa, por lo que sería fácil escuchar a técnicos y científicos, llegar a acuerdos en privado y explicarlos bien de forma pública, porque en esos temas no hay pelea", añade.

El gran error ha sido llevar una cuestión donde no hay polarización (la salud) a otro donde sí lo hay (la cuestión territorial), a diferencia de lo que ocurre en EEUU donde sí hay polarización respecto al tipo de medidas o la intervención sanitaria. "Es una actitud pirómana", recuerda Miller. Que también influye de manera especial en otros aspectos. Por ejemplo, la dificultad para dar marcha atrás con determinadas medidas, "que no sería aplaudido por la oposición sino que serviría para hacer sangre".

"La multiplicidad de opiniones en torno a la gestión y evolución del virus se diseminan y refuerzan cuando los líderes de opinión creen que sus argumentos son los únicos válidos", recuerda Cerezo. "Es autopercepción optimista".

En esas situaciones de discusión abierta sobre medidas entran en juego dos sesgos cognitivos. Por un lado, el de confirmación ("damos más importancia y valor a argumentos que reafirman nuestras ideas y rechazamos los contrarios", explica Cerezo) y el de disponibilidad ("aquello que se nos viene a la mente es lo más común o lo más importante", es decir, "seguro que la mayoría piensa igual que yo"). Por ejemplo, pensar que el virus se transmite por superficies, algo a lo que cada vez da menos importancia la OMS pero que ha quedado en el subconsciente de muchas personas, lo que lleva a extremar la precaución en la limpieza mientras se dejan de lado otras medidas más importantes.

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