PRIMER DÍA DE CONFINAMIENTO

Ni policía ni diversión en el Madrid confinado: "¿Esto es ya la zona mala?"

Cerca de 850.000 madrileños han amanecido hoy en un nuevo confinamiento, pero su vida no ha cambiado mucho. No hay demasiados controles, pero tampoco posibilidad de ocio

Foto: Aunque la zona de salud Vista Alegre está cerrada, la entrada al metro queda fuera de la cuarentena. (Foto: Héctor G. Barnés)
Aunque la zona de salud Vista Alegre está cerrada, la entrada al metro queda fuera de la cuarentena. (Foto: Héctor G. Barnés)

—Si aquí hemos venido a morirnos, total, antes que después, qué más da.

(Escuchado en Vista Alegre el primer día del confinamiento electivo).

Introducirse en el corazón de las tinieblas, como algunos han denominado los barrios confinados de Madrid —37 zonas sanitarias de la capital, que afectan a alrededor de 850.000 ciudadanos— es una experiencia impactante. Sobre todo, porque esa Camboya profunda epidemiológica se parece sospechosamente a su barrio de la infancia, o a cualquier barrio de cualquier localidad española un lunes. No hace falta ni irse muy lejos. Dos pasos más allá de la casa donde uno vive está el más allá confinado.

En las primeras horas del confinamiento selectivo decretado por la Comunidad de Madrid, apenas parece haber cambiado nada en las calles de Carabanchel. El paisaje humano es el conocido, que consiste básicamente en trabajadores de los comercios locales, que han abierto sus establecimientos como de costumbre (los que han podido: en el barrio abundan cada vez más los locales cerrados), amas de casa haciendo la compra y algún que otro estudiante ocioso, amén de jubilados que disfrutan de los estertores del verano en un banco. Muchos de los vecinos trabajan fuera del barrio y utilizan el transporte público o el automóvil para desplazarse.

En una hora y media de paseo, no se ve a ningún policía por las calles en todo el terreno que va del Gómez Ulla a General Ricardos

Entre los que quedan, la vida transcurre de forma muy parecida a cualquier otro lunes de la mañana de recados, gestiones y quehaceres domésticos. En una hora y media paseando alrededor del perímetro, uno solo se ha cruzado con dos policías municipales, de camino a un domicilio privado. Al menos, por la tierra: sí que se oye algún que otro helicóptero sobrevolar la ciudad. Es fácil entrar y salir de la famosa línea azul que aparece en el documento de la Comunidad de Madrid que separa cada área, entre otras razones, porque el trazado es tan arbitrario como las fronteras de los países africanos, separados por líneas rectas que no tienen en cuenta accidentes geográficos. Ningún vecino atiende a los carteles de las calles para saber si entra en terreno vedado.

En todo ese tiempo, no aparece ni un policía ni un control, que durante estas dos primeras jornadas tan solo advertirán a los vecinos, sin multarlos. No hay dos policías ni en la vía Carpetana. O están bien escondidos, o son como los rastreadores. Uno se lo puede achacar al karma: de igual forma que a uno no le toca la lotería, tampoco le toca ninguno de los 60 puntos aleatorios que supuestamente controlan el paso en los barrios confinados y que, al parecer, no se encuentran entre General Ricardos y el Gómez Ulla, donde las carpas instaladas son una ominosa advertencia de lo que está por venir.

El detalle más exótico para los vecinos es una reportera de la ETB que, a la salida del metro de Carabanchel, explica en euskera a su audiencia cómo se vive el confinamiento madrileño. Paradójicamente, son los vecinos a los que han venido a observar los que escrutan con más detalle a la periodista. Es uno de los pocos recordatorios que muestran que algo no va bien, si dejamos a un lado cierto repunte en las compras de papel higiénico.

Una sensación que choca con las imágenes que llegan de Puente de Vallecas, donde varios coches de policía controlan el acceso al barrio. Se lo enseño a un vecino. “Pues yo no he visto nada aquí”.

"Ya me tocará"

—¿Esta es la parte buena o la mala?

—Esta es la mala, la mala.

—Yo me he librado por poco, vivo pasado Carpetana, en la zona buena. Pero ya me tocará.

—Toma, la compra.

(Conversación entre carnicero confinado y clienta no confinada escuchada en el Centro Comercial La Laguna).

La diferencia más sustancial es que El Corte Inglés ha cerrado las cubetas donde ofrecía ropa interior, camisetas y accesorios a precio de saldo

Los mercados siguen siendo el centro neurálgico de la vida del barrio los lunes por la mañana. La conversación gira hacia el confinamiento, aunque también hay espacio para la poca pegada del Real Madrid en ataque. "Yo del barrio no salgo nada, hijo mío, y menos con esto, yo vivo siempre así", explica una anciana al pollero del mercado de Vista Alegre. “Ha sido una sorpresa, no pensaba que nos fuesen a confinar otra vez. Bueno, ya nos veremos por aquí entonces”. Otra diferencia sustancial de las zonas confinadas es que, a contrario de lo que ocurre con barrios que se han salvado por los pelos como Lavapiés, no suelen recibir visitas turísticas.

La diferencia que más llama la atención a simple vista es el cierre de las cubetas donde el 'outlet' de El Corte Inglés ofrecía a sus clientes ropa interior, camisetas o accesorios de saldo. Una zona ahora acordonada por una cinta que apela al cliente: “No pasar”. Se podría decir que hay poca gente, pero es que nunca hay demasiada gente. Eso, y el cierre de parques, aunque en esta zona en concreto escasean tanto que apenas se nota la diferencia. Otra cosa será cuando llegue la noche, como recuerdan algunos comerciantes locales. "Si hay que cerrar a las 10 sí se notará por la terraza, pero ya estábamos cerrando pronto". Al cierre de los bares, muchos vecinos buscan cobijo en sus propios hogares, o en hogares ajenos.

Cola en la farmacia de la calle Laguna. (H.G.B.)
Cola en la farmacia de la calle Laguna. (H.G.B.)

Hay otras paradojas irónicas. La oficina de Correos de Hermanas Alonso Barceló, por ejemplo, es donde llegan los avisos de los distritos no confinados, por lo que es necesario entrar en la zona confinada para recoger los paquetes o pagar multas. ¿Hará falta salvoconducto?, se preguntan los vecinos. Por si acaso, van haciendo cola y recogiendo sus cosas, por lo que pueda pasar.

Aquí siempre hay colas

—Mira qué cola hay. Vamos a tardar mucho.

—¿Cuánto tiempo era el confinamiento?

—Quince días.

—Entonces podemos volver mañana. Tenemos tiempo.

(Conversación escuchada a una pareja anciana en la cola del Bankia de la calle Oca).

Al otro lado del paso de cebra comienza la zona confinada. (HGB)
Al otro lado del paso de cebra comienza la zona confinada. (HGB)

En Carabanchel, se hace cola para casi todo. En concreto: para sacar dinero, para comprar lotería, para obtener libros de texto en la cooperativa del barrio, para comprar medicinas, para ser atendido en el médico (si eres un poco más del sur, de Abrantes, ni eso) y, sobre todo, para realizar kafkianas gestiones administrativas. A la entrada de la oficina de Línea Madrid de Vista Alegre, justo al otro lado de la plaza de toros, 40 personas se agolpan para hacer sus gestiones. Y se agolpan porque el método de organización de la oficina, en la que un guarda jurado va dando paso a grito pelado —con mascarilla— a los distintos turnos no contribuye a la dispersión especial. “Estamos confinados pero tenemos que seguir haciendo cola”, lamenta una joven hondureña.

"Si la gente sigue trabajando y estudiando, ¿para qué?", se pregunta una joven universitaria

Abandonando ya el terreno peligroso, dos universitarias se quejan acaloradamente mientras toman el sol en un parque del barrio. "Yo, es que no entiendo este despliegue policial", lamentan. "Si la gente sigue trabajando y estudiando, ¿para qué?". En realidad, ni siquiera hay un gran despliegue policial. La vida no parece haber cambiado mucho. Poca policía, poca diversión, eso sí.

Apenas 24 horas antes, las calles del distrito habían sido inundadas por una manifestación que partió del centro de salud General Ricardos y que recorrió de Carabanchel Bajo al Alto, entre gritos de "¡Ayuso dimisión!", "¡Confínate tú primero!" y "¡No es confinamiento, es segregación!".

Un par de horas después de la manifestación, un par de amigas toman algo en la terraza de uno de los bares de las regiones frontera no confinadas, pero desde donde puede otearse zona cuarentenada.

—Pero tú estás en la zona confinada, ¿no?

—Sí.

—¿Qué vas a hacer?

—Yo voy a salir, y que me digan lo que quieran.

—¿Y si te para la policía?

El encogimiento de hombros de respuesta fue una ambigua mezcla de agotamiento, rebeldía, estoicismo e indiferencia.

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