El implacable fiscal Bertossa y sus guerras internacionales: de los Gadafi a Juan Carlos I
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El implacable fiscal Bertossa y sus guerras internacionales: de los Gadafi a Juan Carlos I

Hijo de un fiscal amigo de Garzón, el fiscal suizo que ha puesto contra las cuerdas a Juan Carlos I no dudó en mandar detener a un hijo de Gadafi. Este es el implacable Bertossa

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El implacable fiscal Bertossa y sus guerras internacionales: de los Gadafi a Juan Carlos I

"Yves Bertossa empezó su carrera con un apellido. Ahora tiene un nombre", escribió en 2013 la periodista Chantal de Senger en la revista digital ginebrina 'Bilan'. Bertossa, fiscal jefe adjunto de la República y Cantón de Ginebra, fue primero conocido, cuando ingresó en la magistratura, como el hijo de Bertrand Bertossa, quizás el más célebre fiscal jefe de la ciudad de Calvino, pero ahora ya destaca por sus propios méritos.

A sus 46 años, el fiscal que investiga en Ginebra por "blanqueo agravado" a Arturo Fasana y Dante Canónica, dos presuntos testaferros del anterior rey de España, y a la empresaria alemana Corinna zu Sayn-Wittgenstein, de 56 años, amiga íntima de don Juan Carlos, tiene a sus espaldas todo un historial de detenciones y condenas de personajes poderosos que han valido a Suiza alguna que otra crisis.

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Bertossa decidió investigar este supuesto blanqueo después de escuchar, en julio de 2018, las grabaciones, divulgadas por 'OK Diario', en las que la empresaria alemana narraba, al entonces comisario José Manuel Villarejo, sus negocios y su relación financiera con don Juan Carlos. Ordenó entonces los registros de los despachos de Fasana y Canónica en Ginebra donde halló la documentación de los bancos y de las dos fundaciones vinculadas al monarca español. A partir de ahí los llamó a todos a declarar, incluido a Álvaro de Orleans, primo de don Juan Carlos. Solo el rey emérito no ha sido aún llamado.

Gracias a su investigación ha trascendido que Juan Carlos I recibió, en 2008, 100 millones de dólares, transferidos por el rey Abdalá de Arabia Saudí, en su cuenta de la banca privada Mirabaud, y que dos años después él mismo llevó en efectivo a Ginebra 1,9 millones de dólares que le regaló Hamed Ben Issa al Khalifa, rey de Bahrein.

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Yves Bertossa no parecía en su juventud querer seguir la estela de su padre, Bertrand Bertossa. Este, de 77 años, fue elegido dos veces (1990 y 1996) fiscal jefe del cantón de Ginebra —su candidatura fue avalada por el partido socialista— y más tarde ejerció como juez en el Tribunal Penal Federal. Fue uno de los promotores, en 1996, del Llamamiento de Ginebra en el que un centenar de prestigiosos magistrados instaron a crear un espacio judicial europeo unificado para luchar más eficazmente contra la corrupción. Es miembro de Trial, una ONG suiza que apoya jurídicamente a las víctimas de crímenes de guerra, contra la humanidad o que han sufrido torturas. Estuvo en relación con una colega española, la fiscal general del Estado Dolores Delgado, y con el exjuez Baltasar Garzón.

En Ginebra el fiscal jefe es elegido en las urnas por seis años por sufragio popular al término de una campaña electoral, aunque el que ahora desempeña el cargo, Olivier Jornot, presentado por los partidos de la derecha, ni siquiera tuvo que someterse a votación para ser reelegido en febrero de este año. Era el único candidato. Los restantes 43 fiscales ginebrinos son elegidos por los cien diputados del Gran Consejo, el Parlamento del cantón (500.000 habitantes). Cuantos más escaños ostente un partido político, más magistrados podrá colocar en el ministerio público. En Ginebra la instrucción penal corre a cargo de los fiscales y no de los jueces.

Pese a estar "(…) más interesado por la pelota de fútbol que por los estudios", Yves Bertossa "se matriculó en la Facultad de Derecho por defecto y descubrió entonces que la materia le gustaba", escribió la periodista Fati Mansour en el diario 'Le Temps'. Cuando acabó la carrera se incorporó al bufete de Raymond Courvoisier, muy centrado en asuntos civiles.

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Como aspiraba a dedicarse de lleno al derecho penal acabó, en 2003, abriendo su propio gabinete junto con su amiga, la letrada Yaël Hayat, militante de la Liga Internacional contra el Racismo y el Antisemitismo. Compaginaba el ejercicio de la abogacía con un puesto de profesor asociado en la Universidad de Ginebra.

Tan solo trabajaron juntos cuatro años porque en 2007 Yves Bertossa optó por seguir los pasos de su padre. Bajo el padrinazgo de los socialistas se presentó a la elección. "Tengo la sensación de haber alcanzado el techo de la satisfacción que proporciona este oficio y la defensa de los intereses individuales", declaró entonces para justificar su decisión. "Inicio una etapa en la que se impone la necesidad de participar en una obra colectiva", concluyó.

Este "temible penalista, que defiende la causa de los criminales empedernidos con ardor y eficacia, tendrá que demostrar que puede llevar la toga del acusador con igual convicción", escribió la periodista Fati Mansour tras le elección de Bertossa a la fiscalía. Al joven fiscal, tenía entonces 33 años, lo llamaban el pequeño Bertossa, recordando así de quién era hijo. Él intentó desmarcarse de la figura de su progenitor: "Mi padre no ha sido para mí un factor de motivación sino más bien de orgullo".

El pequeño Bertossa no tardó en hacerse un nombre que se consolidó aún más cuando en 2011 fue elegido fiscal jefe adjunto y se hizo cargo de la unidad especializada en los delitos financieros. Se empezó a labrar la reputación de cazador de delincuentes de cuello blanco. Tenía 37 años, "era joven, pero ya tan brillante y combativo como su padre", comenta Thierry Fischer, periodista de la radio pública suiza.

Tengo la sensación de haber alcanzado el techo de la satisfacción que da este oficio y la defensa de los intereses individuales

Su unidad de delitos financieros sufrió, sin embargo, el otoño pasado, una hemorragia de fiscales —cinco de sus nueve integrantes se marcharon— que la prensa suiza atribuyó al "desgaste, sobrecarga de trabajo, tensiones y atmósfera pesada". Esa merma de efectivos explica, en parte, la lentitud con la que avanza la investigación sobre Corinna zu Sayn-Wittgenstein y los testaferros de don Juan Carlos.

A lo largo de los 13 años que lleva en la fiscalía, a Bertossa le ha tocado lidiar con casos que tuvieron amplia repercusión mediática. Mandó detener en 2012 al empresario checheno Boulat Tchagaïev, por la quiebra fraudulenta del club de fútbol Neuchâtel Xamax, del que era presidente; ordenó en 2017 registrar las oficinas del HSBC Private Bank por "blanqueo agravado" tras las revelaciones de su exempleado Hervé Falciani; ese mismo año también investigó al director del grupo Addax Petroleum y al jefe de su asesoría jurídica por presunta corrupción de funcionarios nigerianos; dirigió el registro en 2018 de los despachos de cinco concejales de Ginebra sospechosos de haber incurrido en gastos injustificados equiparables a la malversación de caudales públicos.

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Dos asuntos le propulsaron a las portadas de los periódicos. El julio de 2008 estaba de guardia cuando la policía pidió su aval para detener a Hanibal Gadafi, hijo del dictador libio, y a su esposa embarazada, Aline el-Skaf, que se alojaban en el Hotel Président Wilson de Ginebra. Habían sido denunciados por maltrato por una criada tunecina y un criado marroquí. Un médico confirmó después que tenían lesiones compatibles con haber sufrido agresiones.

Tras comprobar que la pareja no gozaba de inmunidad diplomática, Bertossa dio luz verde a la detención. Desencadenó así las represalias de Muamar el Gadafi que secuestró a dos suizos residentes en Libia; suspendió los visados para ciudadanos suizos; anunció la retirada de los haberes libios de la banca suiza; vetó los vuelos de Swiss a Libia y mandó encarcelar al hermano, residente en Libia, de uno de los criados. Estos acabaron retirando la denuncia. El presidente de la Confederación helvética, Hans-Rudolf Merz, viajó entonces a Trípoli para presentar sus disculpas. Algunos políticos de derechas criticaron al fiscal por haber tomado una decisión "precipitada y desproporcionada" que tuvo un elevado coste diplomático.

Bertossa se resarció tres años después, en octubre de 2011, cuando cayó el régimen libio y su líder fue asesinado. Se prodigó entonces en los medios de comunicación. Se mostró comprensivo con lo sucedido en Libia porque "la población sufrió atrocidades durante décadas". Recordó que aquellos dos criados de Hanibal Gadafi no padecieron "acoso o simples bofetadas; se trababa de graves agresiones". ¿Fue sometido a presiones?, le preguntó un periodista. "Hay que aprender a vivir con ellas", contestó escuetamente. "Si tuviera que rehacerlo, lo reharía", declaró, pese al precio político que tuvo para su país.

Yves Bertossa, fiscal del cantón de Ginebra, sale de las oficinas de la filial suiza del banco HSBC en Ginebra. (EFE)
Yves Bertossa, fiscal del cantón de Ginebra, sale de las oficinas de la filial suiza del banco HSBC en Ginebra. (EFE)

La investigación, llena de sobresaltos, sobre Erwin Sperisen, de 50 años, el que fue máximo jefe de la Policía Nacional Civil de Guatemala (2004-2007), le proporcionó a Bertossa algo menos notoriedad, pero le dio muchos más quebraderos de cabeza. En 2006 policías y fuerzas paramilitares llevaron a cabo, con la participación de Sperisen, la operación bautizada Pavo Real, un asalto al penal de Pavón, cerca de la capital guatemalteca, para ejecutar extrajudicialmente a varios reclusos.

Cuando la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala y el ministerio público empezaron a indagar sobre aquellos hechos, Erwin Sperisen huyó con su familia a Suiza, cuya nacionalidad posee además de la guatemalteca. Vivió cinco años en absoluta tranquilidad hasta que, en agosto de 2012, se topó con Yves Bertossa que había sido alertado la familia de una víctima apoyada por la ONG Trial.

"Erwin Sperisen era el garante y tenía que asegurarse de que la integridad física de los reclusos sería protegida durante el asalto" a la prisión cuyo objetivo era, en teoría, restablecer el orden, recalcó Bertossa durante su alegato. "Sin embargo, no hizo nada para impedir la presencia de los asesinos, no hizo nada para impedirles actuar y les dejó que maquillaran la escena del crimen" para disimular lo sucedido, resaltó. "Ginebra", le espetó al acusado, "no es un refugio para los suizos que perpetran asesinatos en el extranjero".

Sperisen y sus abogados apostaron por recusar al fiscal que pedía nada menos que la cadena perpetua para el exjefe policial. Denunciaron los vínculos de Bertossa con Trial. El Tribunal Federal rechazó el argumento porque su relación con la ONG se había circunscrito a corregir benévolamente un libro publicado por ella.

"Ginebra", le espetó el fiscal Bertossa a un acusado, "no es un refugio para los suizos que perpetran asesinatos en el extranjero"

El acusado se encaró con Bertossa en varias ocasiones durante la vista. La reprochó aspirar a dirigir la política de Guatemala "desde su pequeño despacho" en Ginebra. "Pretende dictar la manera en la que yo debería de haberme comportado [en el penal de Pavón] sin conocer la realidad local" de Guatemala, exclamó. Su objetivo es "hacer publicidad para sus amigotes y la asociación de su padre", añadió en una clara alusión a Trial de la que Bertrand Bertossa es uno de los responsables.

Sus argumentos no convencieron al tribunal que en primera instancia se alineó con el ministerio público y lo condenó a cadena perpetua. Sperisen siguió recurriendo. El Tribunal Federal de Lausana rebajó finalmente la condena, en noviembre pasado, a tan solo 15 años de cárcel por la muerte de siete reos en el marco de la operación Pavo Real. La sentencia dejó un cierto sinsabor al fiscal, según cuentan en su entorno.

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