pierden el control de abengoa tras 74 años

Los Benjumea, la última estirpe real del 'establishment' forzada a hincar la rodilla

El apellido vinculado al poder desde los tiempos de Primo de Rivera ha tenido que claudicar ante la banca y ceder el control de una compañía internacional por no decir la verdad a los accionistas

Foto: El expresidente de Abengoa, Felipe Benjumea (5i), durante el estreno de la compañía en el Nasdaq. (EFE)
El expresidente de Abengoa, Felipe Benjumea (5i), durante el estreno de la compañía en el Nasdaq. (EFE)

"No mentirás" es el octavo mandamiento de la Iglesia Católica y prohíbe falsear la verdad en las relaciones con el prójimo. Una sentencia que los Benjumea, familia cristiana donde las haya, vinculados a organizaciones espirituales, han oído en numerosas ocasiones. Sin embargo, los hasta ayer accionistas de control de Abengoa han difuminado tal principio en las relaciones profesionales con sus allegados, en este caso los accionistas de la multinacional de ingeniería industrial, creada en 1941 por Javier Benjumea Puigcerver, apellido que dio un ministro en la dictadura de Primo de Rivera, en primer lugar, y de Franco, en segunda instancia. Una empresa que tras triunfar en España supo exportar una gran tecnología al mundo. Pero fue demasiado rápido, hasta amasar una deuda de 7.000 millones que enmascaraba con artilugios contables que su auditor, Deloitte una vez más, permitía sin sonrojarse.

En abril de este año, el equipo directivo de Abengoa se presentó ante más de 200 accionistas cualificados en lo que se conoce como 'Investor Day' para ofrecer las líneas maestras del futuro de la compañía 3.0. Dos jornadas intensas en Londres en las que el consejero delegado, Manuel Sánchez, aseguró que el grupo era “una historia fascinante de crecimiento” con una “sólida posición de caja”. Aquellos días de principios de primavera, la compañía cotizaba a 3,30 euros por acción.

Apenas un mes y medio después, Sánchez abandonaba Abengoa por 'motivos personales', tras asegurarse un finiquito de hasta nueve millones de euros hecho expresamente un mes antes. En la primera semana de julio, el exdirectivo, al parecer ya recuperado, anunciaba su incorporación a Blackrock, uno de los mayores fondos de inversión del mundo, con posiciones en la propia compañía con sede en Sevilla.

El consejero delegado de Abengoa, Santiago Seage. (EFE)
El consejero delegado de Abengoa, Santiago Seage. (EFE)

El 16 de ese mismo mes, Abengoa vendía un 4% de su capital a inversores profesionales a 2,8 euros por acción, colocación acelerada en la que el nuevo consejero delegado, Santiago Seage, aseguró a los compradores de estos títulos que la sociedad gozaba de una buena situación financiera. Lo mismo dijo a un grupo de periodistas con los que se entrevistó a petición propia. 

Sin embargo, apenas dos semanas después, en pleno derrumbe de la cotización por las sospechas de varios 'hedge funds', el primer ejecutivo de la familia Benjumea reconocía que no iba a cumplir con los objetivos financieros, que varios bancos le habían cortado las líneas de liquidez y que, tras negarlo el viernes 31 de julio, el 'holding' necesitaba urgentemente una ampliación de capital de 650 millones de euros. En la conferencia telefónica con los inversores previa a la rendición, Seage titubeó ante las afiladas interpelaciones de sus accionistas, no supo responder a cuestiones clave como cuál era la situación real de la caja o si los bancos le habían cerrado el grifo para financiar determinados proyectos. Fue el peor síntoma. Ayer no admitió preguntas en abierto en la 'conference call' que mantuvo con los analistas. Al más puro estilo presidente del Gobierno.

Tal y como mandan los cánones financieros, ese pecado lo han pagado caro. Tan caro como que la familia Benjumea ha perdido por primera vez en 74 años el control de la compañía. Ahora, cuando cotiza a menos de un euro, estará monitorizada por una troika de bancos -Santander, HSBC y Credit Agricole- que han exigido la dimisión del presidente, la suspensión del dividendo, la cesión de la mayoría del consejo de administración, la imposibilidad de invertir y la aceptación de un plan de venta de activos de 1.200 millones que supone el achatarramiento del grupo. En definitiva, que tendrán que hacer lo que los acreedores les exijan.

Un mal trago para una familia de rancio abolengo de Andalucía, miembros de la Real Maestranza de Cabellería, muy cercanos al rey emérito Juan Carlos I, en cuyo consejo siempre han dado cabida a personas vinculadas con el poder tradicional,como Alberto Aza, exjefe de la Casa Real; José Borrell, exministro de Obras Públicas; Fernando Solís Martínez-Campos, conde de Torralva; Ricardo Martínez Rico, exsocio de Cristóbal Montoro, o el hermano de Miguel Sebastián, exministro de Industria con Zapatero, al que fulminó tras el cambio de Gobierno.

Foto: Reuters.
Foto: Reuters.

Son los últimos en claudicar de una estirpe de apellidos ilustres como las Koplowitz (FCC), los Ruiz Mateos (Rumasa), los Martínez Sampedro (Codere) o Luis Delso (Isolux) que han pasado por episodios similares. Otros, como los peculiares accionistas de Sacyr, se salvaron por la campana gracias al Banco Santander y a Repsol, mientras Villar Mir (OHL) aún intenta salir del mayor apuro de su vida con una ampliación de capital de 1.000 millones de la que, como los Benjumea, también renegaba a principios de año ante unos inversores a los que increpó por hacer una lectura errónea de la contabilidad de la constructora.

Una forma de gestionar en el alambre de la que la ACS de Florentino Pérez fue pionera y de la que fue exonerada tras un agujero mayúsculo -llegó a reconocer pérdidas de 2.000 millones en 2012- por los bancos más próximos al poder y por los gobiernos del PSOE y del PP, que le han perdonado los 1.350 millones de euros del gaseoducto del Castor. Todos ellos, como Javier Monzón, presidente de Indra hasta enero (la empresa ha admitido una herencia de números rojos de más de 500 millones), íntimos amigos del 'establishment' y los partidos mayoritarios.

Compañías locales que tenían el BOE a su alcance y los resortes reales para llamar al jeque de turno. Empresas que, como la propia Abengoa, ACS, Sacyr y OHL, supieron internacionalizarse y exportar su gran conocimiento técnico, pero que pensaban que lejos de nuestras fronteras valía el mismo modelo de relaciones. Error mayúsculo. Una forma de gestionar que los inversores institucionales ya no aceptan, que castigan con severidad y que no responde a las exigentes demandas de transparencia en la administración y en las finanzas.

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