ANTES, TODO ERA DESCAMPADO

Una rotonda, tres Españas: la glorieta de Móstoles donde se decidirán las elecciones

A un lado, el PSOE y el PP. Al otro, Podemos. En el último rincón, Ciudadanos. Cuatro partidos en cuatro calles. Viajamos al lugar más competido de la periferia de Madrid

Las obsesiones demoscópicas conducen a los politólogos a buscar Ohios, lugares mágicos de la geografía española que, como versiones a pequeña escala del conjunto del país, nos permitan desentrañar quién triunfará en las elecciones y quién se dará el batacazo. La rotonda del Aldi a las afueras de Móstoles, que debe su nombre a la popular cadena de supermercados alemana, no es un Ohio, sino más bien un nudo gordiano de la realidad electoral española.

Si uno se coloca en su centro exacto y gira la cabeza apenas unos grados, puede observar una circunscripción que en las elecciones generales de abril votó mayoritariamente al PSOE (y que para más inri, se había decantado por el PP en 2015), otro que lo hizo a Unidas Podemos y el último, el más grande, que apostó por Ciudadanos. En las grandes ciudades abundan las fronteras que separan barrios obreros de burgueses, rojos de azules, rentas altas de no tan altas. Lo que no es nada frecuente, por no decir excepcional, es encontrar una encrucijada entre cuatro opciones políticas diferentes. En pleno feudo socialista, que sigue imponiéndose en las municipales en el barrio que en las generales vota a UP.

Para entender la en apariencia sorprendente versatilidad del barrio no hay que remontarse a herencias históricas, diferencias de renta —aunque las haya— o rencillas comunitarias, sino, paradójicamente, a una mezcla de grandes expectativas y agridulce decepción. "Aquí no puedes saber a quién vota la gente, no sales a la calle y dices 'mira, ese vota a Podemos'", explica Carlos, electricista de 36 años. Vive en la calle Andrómeda, una pequeña avenida de dos carriles que separa la zona del PSOE de la de Podemos. "Hay gente de todo tipo, magrebíes, españoles jóvenes, gitanillos...".

Aquí no sabes a quién vota la gente, no sales a la calle y dices 'mira, ese vota a Podemos'. Hay españoles jóvenes, magrebíes...

Es posible que las tres Españas que se juntan en la rotonda del Aldi no sean más que la misma en sus distintas etapas. Sacando la brocha gorda, la España de la inmigración a la ciudad dormitorio que prosperó durante los años 90 y pudo comprarse un chalet adosado en la época del 'boom' inmobiliario (PSOE-PP); la que sufrió la crisis de 2008 y 2011 (Podemos); y la que comenzó a respirar un poco a partir de 2013 (Ciudadanos). Y que muestra que, frente a los discursos identitarios de la política 'mainstream' (Cataluña, banderas y rock and roll), el diablo electoral está en los detalles (municipales).

La particular disposición sociológica alrededor de la rotonda no podría entenderse sin el PAU 4 Móstoles Sur, un gigantesco plan de ampliación urbanística inaugurado en 2008 que llegó a proyectar la posibilidad de meter a entre 60.000 y 80.000 familias y que se quedó en unas nada despreciables 15.000/20.000 familias nacidas entre los 70 y los 90. El PAU engloba al barrio podemista y al naranja, que coinciden en una sensación parecida: la traición de todas esas promesas que el PP de Esteban Parro, alcalde entre 2003 y 2011, presentó en el "folletito", como lo recuerdan los vecinos. El extrarradio del extrarradio iba a ser el paraíso, y se quedó en la Seseña de Móstoles.

En esa clave puede entenderse la sensible variación del voto calle a calle, en una huida hacia adelante. "Si no nos hacen ni caso, habría que ir probando a ver si alguien hace algo", explica Carlos. "Primero el Arteta [alcalde socialista entre 1999 y 2003], luego el Parro, que lo tenía abandonado… Pero al final los políticos solo vienen en campaña electoral y luego se olvidan". La última de ellas, la alcaldesa Noelia Posse, en la cuerda floja tras su reelección el pasado mayo. "Otra caradura", añade.

No estoy de acuerdo en la visión clasista que se suele dar del PAU. Aquí se prometieron cosas que no se han cumplido

Servicios, ocio, buenas viviendas a precios baratos, rápido acceso a la radial 5, la autopista de peaje que une el PAU con Madrid… pocas cosas se han ido concretando. "No estoy muy de acuerdo con esa lectura del PAU un poco clasista que se suele hacer como de gente que quería ser más de lo que es", me explica mientras subimos por Andrómeda, Jesús Gil Molina, que fuera jefe de prensa de Podemos hasta Vistalegre II, formó parte del equipo de Ganar Móstoles que estuvo en el ayuntamiento y vecino de toda la vida. "Aquí la gente vino engañada. Se le prometieron unas cosas que no se le han dado". La farmacia es el gran caballo de batalla. Según donde vivas, es posible que debas caminar hasta media hora para llegar a la más cercana.

La creación de una ciudad

En realidad, ninguna de las tres zonas existía hasta hace relativamente poco. Esto todo antes era campo, literal: durante mucho tiempo, los mostoleños solo visitaban la zona para ver los fuegos artificiales de las fiestas de septiembre o, como es el caso del que escribe, para dar vueltas con el coche tras sacar el carnet de conducir sin causar destrozos significativos. El campo aún sigue presente. Si te asomas por la calle Osa Mayor, más allá de los cuatro carriles solo hay secarral.

Los chalets de las Dunas: votaron al PP antes de volver al PSOE en abril. ¿Repetirán? (Foto: Jorge Álvaro Manzano)
Los chalets de las Dunas: votaron al PP antes de volver al PSOE en abril. ¿Repetirán? (Foto: Jorge Álvaro Manzano)

Móstoles fue durante mucho tiempo uno de los municipios estrella del llamado cinturón rojo. La situación comenzó a cambiar a comienzos de siglo, cuando los chalets adosados, un elemento disonante en la sinfonía de bloques de apartamentos de toldo verde, brotaron en lo que antes era un descampado donde abundaban "los chinos de heroína y las jeringuillas". Jesús, que fue al Julián Besteiro, el colegio que se encuentra a las espaldas de la zona de chalets que PSOE y PP se disputan, recuerda el 'shock' que supuso encontrar viviendas con placas que rezaban "aquí vive la familia Pérez". El 'boom' económico se tradujo en forma de un pequeño lujo para mostoleños venidos a más que apoyaron al PP en los tiempos de bonanza.

"Mi madre los llamaba 'los chalets de quiero y no puedo'", recuerda Alberto, de 26 años, que vive en un barrio lindante. Los edificios presentaban como novedad la piscina comunitaria, imposible de ver desde el exterior pero muy evidente desde la vista aérea de Google Maps. Los contados vecinos que se ven por la calle rondan la edad de la jubilación. "¡Hombre, que ya no se te ve el pelo!", le dice uno a otro en mitad de la calle. "Pues ahí estoy con la reforma de la casa, ya ves, llevo dos semanas". "A mí me va a tocar también pronto", le responde el otro. Es la una de la tarde: trabajos de la jubilación. Ese, y decidir si votar de nuevo al PSOE o volver al PP, a quien la Gürtel y otros casos de corrupción le dieron la puntilla en 2015.

Lo mirábamos con recelo, en plan 'van a tener mejores casas que nosotros', pero pronto nos dimos cuenta de que no iba a ser así

Fue poco después de la construcción de los chalets de Las Dunas, como popularmente se conoce a la zona, cuando bajo la alcaldía y presidencia de la comunidad popular comenzó a plantearse la posibilidad del PAU como refugio para los hijos de los pioneros que convirtieron a Móstoles en la segunda ciudad más grande de la comunidad. El 'boom' inmobiliario llegaba a las afueras de las afueras. "Era la gran promesa para el barrio", recuerda Andrea, que ahora tiene 25 años, y que se crio en los chalets del otro lado de la calle. "Recuerdo oír en casa todo lo que iban a poner: que si gimnasio, que si tiendas", recuerda. "Había mucha expectación. Piensa que solo había un parque, un supermercado gigante (el Lidl), un polígono industrial y ya".

La Plaza del Sol, al otro lado de la rotonda: aquí no votan al PP, votan a Ciudadanos. (Foto: Jorge Álvaro Manzano)
La Plaza del Sol, al otro lado de la rotonda: aquí no votan al PP, votan a Ciudadanos. (Foto: Jorge Álvaro Manzano)

No hay mostoleño menor de 35 años que no recuerde los míticos sorteos del PAU celebrados en los polideportivos municipales para repartir a los vecinos los nuevos pisos de VPO, siempre y cuando cumpliesen determinados requisitos como no superar los 35 o cierto nivel de renta. Aun antes de la crisis, era la mejor lotería que te podía tocar. Un piso en propiedad muy por debajo del valor de mercado en una zona joven y con servicios, parada de Metrosur incluida. Una salida desde las profundidades de la tierra hasta la nada, porque entonces no había nada, más que miles de pisos por levantar.

Entonces, la nada. "Cuando llegó, la decepción fue enorme: grandes avenidas blancas, unos edificios desangelados que parecían sacados de una película distópica, no había gente, ni bares, ni nada", recuerda Andrea. "Una tienda de comestibles y poco más. Tampoco había zonas verdes, era imposible sentarse en ningún lado. Ni árboles, ni sombras. Un horror". Algo semejante recuerda Alberto de su infancia: "Nosotros puede que lo viésemos incluso con recelo, rollo 'el PAU llega ahora y van a tener mejores casas y mejores calles', pero pronto se esfumó esa idea".

La compostadora de la discordia

Aún hay clases, y dentro de las clases, hay clases. Pequeñas diferencias en la construcción, en los procesos de venta de unas viviendas y otras o el mero diseño de las calles pueden decantar la balanza hacia un lado u otro además de, claro, esa variación de renta que te hace elegir una papeleta u otra. Los primeros habitantes del PAU llegaron en 2008, y son los que apoyaron a Unidas Podemos en las últimas elecciones. También, los que gozan de un menor nivel de renta (27.539 euros). Como recuerda Alberto, "se mudaban desde pisos viejos, viejos, muchos con alquileres de protección social, con niños peques". Los edificios tienen tan solo un poco más de glamour que el habitual edificio de apartamentos.

En la calle Andrómeda, entre Podemos y PSOE, abundan los bares y comercios como bazares o tiendas de alimentación regentadas por orientales. (Foto: Jorge Álvaro Manzano)
En la calle Andrómeda, entre Podemos y PSOE, abundan los bares y comercios como bazares o tiendas de alimentación regentadas por orientales. (Foto: Jorge Álvaro Manzano)

Edificios de apartamentos, locales comerciales ocupados, tiendas de alimentación y bares. A diferencia del resto del PAU, parece Móstoles. Hasta las tapas. Un pincho de tortilla con torreznos para acompañar un mosto no está mal, comparado con el pan con chorizo de la acera de Ciudadanos. Como recuerda Jesús Gil, es una zona en la que Podemos hizo muchas cosas, de la que provenía alguna concejala como Susana García, donde abundan las organizaciones vecinales y que por su propia disposición geográfica, está mucho más integrada en la configuración clásica mostoleña.

Entonces, uno cruza la rotonda y se encuentra en terreno Ciudadanos. Un gigantesco edificio que recuerda a las Colmenas de la M30 de José Banús, formado por viviendas de protección oficial, da la bienvenida al paseante. Como cantarían Carolina Durante, aquí no votan al PP, votan a Ciudadanos. Pero no hay Cayetanos. La fauna humana matinal está formada por distintas combinaciones de los elementos "carrito de bebé", "abuelo" y "parejas jóvenes", predominando la combinación "mamá" + "carrito".

Hay treintañeros que se van al culo del PAU porque no pueden pagar otra cosa

Es a partir de este punto donde el caos se adueña de la planificación urbana. Un edificio de apartamentos de 10 plantas, un puñado de chalets adosados, una calva en forma de solar sin construir y una ausencia llamativa de locales comerciales (gimnasio, solar, bar, solar) muestran que la construcción de esta zona fue mucho más libre, y los precios, que pueden llegar a alcanzar los 300.000 euros, más oscilantes. Un cartel muestra una idílica urbanización con piscina, donde una mujer generada por ordenador disfruta del sol. Detrás del cartel, un solar más. Según Idealista, 161.467 euros por 86 metros cuadrados con garaje.

Fueron inmobiliarias privadas las que fueron poblando el más allá del PAU, lejos del VPO y del VPPL (vivienda protegida de precio limitado). Los vecinos son mandos intermedios de grandes superficies como Decathlon que habían ascendido tras años en la empresa, profesores, profesionales que trabajan en Móstoles, o algún que otro rebotado, como ese amigo que compartía piso en mitad de la nada con un propietario que le dejaba una habitación a cambio de ayudarle a pagar la hipoteca. A él le da igual la demoscopia, porque él no vota, sobrevive. Si desde 2008 fueron los mostoleños los que ocuparon el barrio, desde 2013 dieron el relevo a "foráneos" con un poco más de poder adquisitivo. "Yo conozco al menos 15 ingenieros, pero también monitores de gimnasio o perfiles más bajos", recuerda Cristóbal, otro vecino.

¿Y si la resolución del misterio está en esta inocente compostadora? (Foto: Héctor G. Barnés)
¿Y si la resolución del misterio está en esta inocente compostadora? (Foto: Héctor G. Barnés)

Más allá, los colonos, como los denomina Alberto. "Principalmente, treintañeros que se van al culo del PAU porque no pueden pagar otra cosa", explica. "Se nota mucho la gente que vive aquí porque no puede pagar nada más 'vivo' y la gente que vive aquí sin salir de su urbanización". ¿Colonos por qué? "Pues porque esa zona justo ni siquiera recuerdo qué era antes de constituirse. Era todo terreno baldío. Antes solo iban los yayos a pasear. Es como otro pueblo".

Un pueblo que también vota a Ciudadanos, con una renta aproximada de 33.521 euros. Para Jesús, se trata de una cuestión de hartazgo. Quizá también de proximidad: hay varios concejales naranjas en la zona. "Llevan toda la vida escuchando promesas y oyendo excusas", recuerda. Quizá todo se reduzca al pequeño y controvertido puesto de compostaje en el centro del PAU, un pequeño dispositivo instalado por Ganemos Madrid e ideado por Emilio Santiago. Incluso antes de colocarse, la gente ya olía mal (aunque no huela). "'Pasáis de nosotros pero venís aquí a hacer experimentos', nos decían los vecinos", recuerda Gil. "Sabíamos que íbamos a perder votos por ahí".

Y entonces, llegaron las ratas asesinas

Hace algo más de un mes, un equipo de la cadena regional Telemadrid acudió a un bloque de viviendas de la avenida de la Estrella Polar, en el punto en el que el barrio vuelve a ser socialista, para investigar el misterioso ataque de una rata a una vecina llamada Katrina. "Atacada por una rata en su propia casa en Móstoles", rezaba el titular. La realidad ofrece mejores metáforas que la ficción.

Lo que hay es un rechazo hacia lo antiguo. Esta gente vino con las promesas del PP, no con Rivera ni Errejón

La respuesta del ayuntamiento, paciencia. Esa es la paciencia que se acaba en el PAU, y que se convierte en volátil pólvora electoral. Como recuerda Jesús, "mucha gente vota en función de con quién se cabrea en cada momento". Ni siquiera los intentos de abrir comercios, actuales y pasados, han dado resultado. El vecino recuerda que se han ofrecido facilidades de todo tipo para abrir una farmacia en la zona, pero nadie ha querido. La más que probable alternativa, la apertura de un centro comercial, sería otro clavo más en el ataúd del aislamiento.

Cristóbal maneja cuentas de Twitter y Facebook donde protesta sobre el abandono del PAU, y empieza a enumerar problemas: "Educación: se estuvo pidiendo un colegio público desde 2013 y llegó el año pasado (y de dimensiones reducidas); transporte, problema endémico, todos los autobuses tardan 30 minutos en salir; mantenimiento: según el ayuntamiento, el barrio está sobredimensionado, lo que significa que no tienen efectivos para tenerlo limpio con regularidad; impuestos: IBI disparado; sanidad, se supone que entra en la siguiente hornada de centros pero está parado; enlace radial 5, eterna promesa". También el imparable ascenso de los precios de alquiler. O la guinda del pastel: una residencia de ancianos en el barrio más joven de Móstoles.

Tras años pidiendo un colegio, finalmente abrió sus puertas en septiembre de 2018. (Foto: Jorge Álvaro Manzano)
Tras años pidiendo un colegio, finalmente abrió sus puertas en septiembre de 2018. (Foto: Jorge Álvaro Manzano)

El colegio aún no llega hasta los cinco años, por lo que cuando los niños llegan a esa edad deben marcharse a otro centro lejano; la línea 524 se inauguró en julio de 2018 con un recorrido de 25 kilómetros y frecuencias de paso de entre 20 y 30 minutos. Los atascos son legendarios: cada mañana, se puede tardar hasta media hora en abandonar el PAU, encerrado en tu coche en tu propio barrio porque no hay más formas de salir. La gran pesadilla suburbana. A perro enfermo, todo son pulgas, casi literalmente. En julio, varios vecinos denunciaron el envenenamiento de varios perros, una hipótesis que la policía rechazó.

Y sin embargo, se trata de una de las zonas de Móstoles con mayor nivel de renta, entre 30.000 y 35.000, tan solo superada por El Soto. O por sus vecinos de enfrente, los del PPSOE. "Debe ser que todo el ayuntamiento vive en el PAU, que nos han hecho subir las rentas con sus 83.000, 73.000, 52.000...", bromea un usuario de Twitter en referencia al elefante en la habitación que es la gestión de la presente alcaldesa. Como cantaba Neil Young, "pagaste por esto y te dieron aquello". "Lo que hay es un rechazo a lo antiguo", concluye Jesús. "Esta gente vino con Parro y el PP, no con Rivera ni con Errejón".

"Esto es clase media y clase media-baja". Sin embargo, es una de las zonas de Móstoles con mayor nivel de renta, tan solo superada por El Soto

La ideología queda de puertas adentro. Apenas cuento un par de banderas españolas en los cientos de balcones organizaditos con la racionalidad de Marie Kondo. En las quejas es difícil descubrir simpatía hacia un partido u otro, pero sí reproches. Hay una narrativa común. El hartazgo ante una expectativa incumplida, una sensación de abandono, decepción con la clase política. La descomposición de una sociedad en calles de cuatro carriles y edificios construidos hacia dentro, hacia la piscina interior. La esperanza de una vida "buena, bonita y barata" que al final no fue ninguna de las tres cosas.

En el extrarradio del extrarradio

Apenas hemos caminado por un par de calles, hacia lo más profundo del territorio Cs, cuando mi móvil vibra y una notificación anuncia que he dado ya 10.000 pasos. En el PAU vacío se pierde la noción del espacio y del tiempo. Apenas hay información para la vista del periodista. No hay colorcillo. Un edificio, un solar, un edificio. Un señor, un joven, otro anciano. Las personas podrían ser robots colocados por una inmobiliaria para mostrar que alguien vive ahí, los edificios parecen las colmenas setenteras del aluvión que aparecían en películas como 'La semana del asesino' de Eloy de la Iglesia o 'Duerme, duerme, mi amor' de Francisco Regueiro.

Solar sin edificar. (Foto: Jorge Álvaro Manzano)
Solar sin edificar. (Foto: Jorge Álvaro Manzano)

Pero es demasiado fácil caer en la tentación del estereotipo. El PAU como invento de pobre clase trabajadora que sueña con ser clase media, para la cuales el aislamiento del mundo, el cierre social en colegios concertados y centros comerciales los hacen sentirse en una versión 'low-cost' de La Moraleja. Pero el colegio concertado que se proyectó en 2015 fue paralizado, en parte, por la acción de los vecinos que no quisieron dar luz verde a un privado en una zona sin uno solo público. La demanda es la de más bares, comercios de proximidad y actividades sociales. Los conciertos celebrados en la Plaza del Sol se llenaban. "Esto es clase media y clase media-baja", recuerda Cristóbal.

¿Y el 10 de noviembre, qué? ¿Qué pasará en esos tres barrios que, paradójicamente, coincidieron en votar a la socialista Noelia Posse como alcaldesa hace apenas unos meses? Desde luego, será poco representativo de lo que ocurra en el resto de España, ya que el PSOE se enfrenta a un voto de castigo mayoritario ante lo que los vecinos perciben no solo como una corruptela más, sino como un ataque a la imagen de honradez mostoleña. "Ya no nos conocen por las empanadillas, nos conocen por la alcaldesa", decía recientemente una vecina. Una vez más, será la decepción la que introduzca su voto en la urna.

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