No es cuánto ganas, es cuántos días trabajas: el salario mínimo no reduce la pobreza
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El reto de reducir la desigualdad

No es cuánto ganas, es cuántos días trabajas: el salario mínimo no reduce la pobreza

El problema de las rentas más bajas no es de salario por hora de trabajo, sino la baja intensidad laboral que tienen por culpa de la parcialidad, la temporalidad y el desempleo

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El debate sobre el salario mínimo interprofesional (SMI) ha sido muy acalorado en España en los últimos meses y subirá de tono a medida que se acerque el año 2022, cuando experimentará una nueva subida, hasta situarse en el entorno de los 1.000 euros al mes en 14 pagas. España pasará a situarse entre los países de Europa con mayor salario mínimo sobre el salario medio, entrando así en una nueva fase para el mercado laboral nacional. El debate sobre la subida del SMI ha dejado de lado, en muchas ocasiones, las conclusiones de la literatura económica, que lleva años estudiando el impacto de los salarios mínimos sobre el empleo y la distribución de la renta.

Un estudio publicado este mes en IZA World of Labor (una plataforma de publicación de investigaciones académicas sobre el mercado laboral) por Richard V. Burkhauser, profesor de la Universidad de Cornell y Kevin Corinth, de la Universidad de Chicago, recoge la última evidencia disponible sobre los efectos reales de las subidas del salario mínimo. Lo que encuentran los dos economistas es que el impacto de las subidas del SMI no es homogéneo, en algunos casos provoca destrucción de empleo y, en otros, apenas se generan efectos sobre la cantidad total de trabajo demandada. Sin embargo, en lo que hay pocas dudas es en que esta política no genera efectos en la reducción de la pobreza.

Foto: Imagen: Sergio Beleña. Opinión

El motivo del fracaso del SMI como herramienta contra la pobreza es que "la mayor parte de la gente que vive en la pobreza no trabaja y muchos de los empleados pobres no trabajan a tiempo completo", escriben los autores. La pobreza no está relacionada con el salario por hora de trabajo, que es lo que regula el SMI, sino con la baja intensidad laboral de los trabajadores de las rentas más bajas. El problema es no llegar a final de mes con un empleo que garantice jornadas a tiempo completo durante todos los días laborables.

Esto explica por qué los incrementos del SMI no han servido para reducir las tasas de pobreza. De hecho, en los países con mayor precariedad en el empleo, tanto en términos de parcialidad como de temporalidad, se puede producir una subida del SMI y un aumento de la pobreza en paralelo.

En España, por ejemplo, el 80% de los trabajadores con un empleo a tiempo parcial están en los dos primeros deciles de renta, esto es, en el 20% con menos recursos de entre los trabajadores. Porque las familias que ni siquiera trabajan están en una situación todavía peor, pero sus rentas no se ven alteradas por el SMI. Además, casi el 90% de las personas que se encuentran en estos dos deciles más bajos de renta trabajan a tiempo parcial. Esto es, trabajar a tiempo completo garantiza salir de los deciles más bajos de ingresos.

Un trabajador que cobre el SMI pero trabaje a tiempo completo estaría entre el tercer y el cuarto decil de la distribución de la renta, esto es, por encima del 30% de los trabajadores con menos recursos. Un estudio de 2017 muestra la incidencia del salario mínimo entre las personas pobres en los distintos países de Europa. En casi la totalidad menos del 10% de los pobres eran trabajadores cobrando el SMI. La gran mayoría, por el contrario, son inactivos, desempleados o autónomos.

Foto: EFE.

Es por este motivo que el salario mínimo difícilmente pueda conseguir nunca resultados destacables y positivos en la reducción de la pobreza. "En contraste con los efectos sobre el empleo, la evidencia de que las subidas del salario mínimo no son efectivas reduciendo la pobreza es mucho menos polémica", escriben los autores. En otras palabras, hay un consenso generalizado en que no consigue efectos en la reducción de la pobreza.

En cuanto a la incidencia del SMI sobre el empleo, es cierto que existe una evidencia muy heterogénea que puede ser consecuencia de que todas las subidas del SMI no son iguales. En primer lugar, porque el porcentaje de subida influye en el resultado, así como el nivel de partida del SMI. En segundo lugar, porque el ciclo económico influye mucho en la evolución del empleo. Y, en tercero, porque la estructura económica de los países y la flexibilidad del mercado laboral inciden en cómo las empresas se ajustan al nuevo entorno regulatorio.

En cualquier caso, la mayor parte de la evidencia muestra un cierto efecto negativo del SMI sobre el empleo. "La revisión de la literatura a fecha de 2021 encuentra que el 79% de la nueva ola de estudios sobre el salario mínimo estiman una elasticidad negativa del empleo", señalan los investigadores. En la mayor parte de los casos, los efectos negativos se concentran en los trabajadores menos cualificados y en los jóvenes, que son los que aportan menor valor añadido por tener menor capital humano.

En España, el estudio que elaboró el Banco de España sobre la subida del SMI del 22% de 2019 también mostraba un impacto negativo del SMI sobre el empleo. En este caso, como la entrada en vigor coincidió con una fase expansiva del ciclo económico, el efecto negativo se apreció en términos de pérdida de empleos que se habrían creado sin esta política, incluyendo en el cálculo aquellos que se destruyeron.

La subida del SMI afectó a 1,6 millones de asalariados, de los cuales, en torno al 90% siguieron trabajando con mayor retribución. Sin embargo, se provocó la pérdida de más de 100.000 empleos. En términos de distribución de la renta, si bien se consiguió que algunos trabajadores mejoraran su situación, otros perdieron todos sus ingresos. Estos resultados coincidirían con la mayor parte de la literatura existente: los incrementos del SMI tienen una elasticidad negativa sobre el empleo, aunque no es muy significativa.

De esta forma, aunque provoca la pérdida (o no creación) de algunos empleos, al mismo tiempo permite mejorar la situación de otros trabajadores. Lo que está claro es que, en términos de pobreza, esta herramienta no consigue reducir el porcentaje de población en una situación de vulnerabilidad económica. Será necesario, por tanto, buscar otras vías más eficaces para conseguir este propósito.

En España, por ejemplo, el 80% de los trabajadores con un empleo a tiempo parcial están en los dos primeros deciles de renta, esto es, en el 20% con menos recursos de entre los trabajadores. Porque las familias que ni siquiera trabajan están en una situación todavía peor, pero sus rentas no se ven alteradas por el SMI. Además, casi el 90% de las personas que se encuentran en estos dos deciles más bajos de renta trabajan a tiempo parcial. Esto es, trabajar a tiempo completo garantiza salir de los deciles más bajos de ingresos.

Un trabajador que cobre el SMI pero trabaje a tiempo completo estaría entre el tercer y el cuarto decil de la distribución de la renta, esto es, por encima del 30% de los trabajadores con menos recursos. Un estudio de 2017 muestra la incidencia del salario mínimo entre las personas pobres en los distintos países de Europa. En casi la totalidad menos del 10% de los pobres eran trabajadores cobrando el SMI. La gran mayoría, por el contrario, son inactivos, desempleados o autónomos.

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