Evolución de los precios

El IPC alarga la sombra de la deflación en España al cerrar 2014 con una caída del 1%

El fuerte descenso de la cotización del crudo arrastra al coste de la cesta de la compra española al mayor descenso interanual desde el verano de 2009

Foto: El ministro de Economía, Luis de Guindos
El ministro de Economía, Luis de Guindos

Los más puristas se resistirán a hablar de deflación. Pero el caso es que los precios están cayendo en España. El Instituto Nacional de Estadística (INE) acaba de anunciar que el coste de la cesta de la compra habitual de los hogares españoles se abarató en diciembre un 1% con respecto al mismo mes de 2013. O lo que es lo mismo, si antes costaba 100 euros, ahora se limita a 99 euros. Como el dato corresponde a diciembre y da carpetazo por tanto al 2014, los precios confirman lo previsto: que por primera vez en la historia reciente de España han terminado un año en negativo. 

Pero no queda ahí la cosa. El -1% de diciembre constituye el mayor descenso interanual de los precios desde el 1,4% registrado en julio de 2009, es decir, cuando la economía -española y mundial- todavía estaba sintiendo los coletazos del colapso provocado por la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008. Y aún se podía haber acercado más a ese registro, puesto que en diciembre se esperaba un retroceso interanual del -1,1% que finalmente ha sido una décima inferior. Además, ese -1% acentúa la evolución que ya se había registrado en noviembre, cuando los precios abarataron un 0,4% en tasa interanual, frente al -0,1% de octubre.

Tras esta caída figura como protagonista principal el desplome de la cotización del petróleo. El mes pasado, los precios del transporte cayeron un 3,4% con respecto a noviembre y un 5,5% con respecto al año anterior, reflejando el efecto escalón registrado entre diciembre de 2013, cuando las gasolinas y los lubricantes subieron, y diciembre de 2014, cuando ambos productos bajaron por el impacto del hundimiento del crudo.

El mes pasado, el barril de crudo Brent, de referencia en Europa, cayó un 18%, un retroceso que repercutió en que las gasolinas y los lubricantes registraran retrocesos mensuales del 8,4% -frente al 1% que subieron en diciembre de 2013-. Ambos productos se convirtieron así en los elementos que más pesaron en la caída general de los precios, por delante de las prendas de vestir (-2,4% mensual) y las frutas frescas.(-4%). 

De hecho, si de esa cesta de la compra se quitan los productos energéticos y los alimentos frescos, para obtener la denominada inflación subyacente, se obtiene como resultado que los precios se congelaron el mes pasado con respecto a diciembre de 2013. Es decir, no subieron ni bajaron, sino que se situaron en el 0%, una décima por encima de la lectura de noviembre.

Esta segunda lectura, más fina, es la que sigue alimentando el debate entre los desinflacionistas -aquellos que defienden que aún no se puede hablar de deflación, sino de enfriamiento en la marcha de los precios- y los deflacionistas -los que creen que tras seis meses consecutivos de tasas negativas ya se puede hablar abiertamente de deflación-. 

Entre la 'deflación buena' y la profecía autocumplida

Este pulso interpretativo distingue igualmente entre la deflación buena y la deflación mala. Como si se tratara del colesterol, que tiene sus dos versiones -la buena y la mala-, una caída de los precios que viene auspiciada por un descenso de los costes -como en este caso el del petróleo- no resulta tan peligrosa. De hecho, en un momento con el actual, en el que la economía española está reuniendo ingredientes para consolidar la recuperación, el descenso de la factura energética favorece a las arcas públicas, a las empresas y al bolsillo de los consumidores. Por tanto, libera recursos con los que reanimar la inversión y el consumo privado. 

Además, para hablar de deflación mala faltan varios de los elementos que la definen. Entre ellos, el descenso de la confianza de los consumidores o la posposición de las decisiones de compra a la espera de que los precios sean más baratos en el futuro. Ambos parámetros son los que constriñen de tal modo el consumo que provocan la deflación mala, la que introduce a la economía en una senda peligrosa porque paraliza la actividad. Vamos, como la que lleva sufriendo Japón desde hace más de 10 años. 

El problema, sin embargo, reside en que la frontera entre la buena y la mala es muy difusa. Y la deflación mala puede acabar emergiendo, como una profecía autocumplida, a base de encadenar meses de caidas en los precios que mermen las cuentas de las empresas y retraigan el consumo. Este riesgo, existente en España y también en el conjunto de la Eurozona, es que el empujará con toda probabilidad al presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, a lanzar medidas excepcionales el próximo 22 de enero con las que imprimir más euros para intentar erradicar el fantasma de la deflación. Por el momento, la sombra de ese fantasma se sigue alargando. 

 

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