otra lección magistral del mejor del mundo

Cuando Messi está a su nivel los demás problemas del Barcelona no importan

Leo Messi marcó tres goles y dio el cuarto, haciendo suya la remontada del Barcelona en el campo del Sevilla. No importa que todo lo demás falle, en una tarde inspirada es imparable

Foto: Messi celebra un gol con Dembélé. (Reuters)
Messi celebra un gol con Dembélé. (Reuters)

Sí, es posible que este texto que va a continuación les suene. Ven patrones que se repiten, la misma secuencia una y otra vez, obcecada en repetirse en el tiempo como si la historia fuese una foto fija. La realidad, que es terca. Leo Messi volvió a ser el mejor jugador del partido, de sus botas salió lo mejor que se vio en el Sánchez Pizjuán y él solo consiguió ganar un encuentro en Sevilla que se le había complicado en dos ocasiones. Del juego, del flujo del balón y de todas las demás cosas se puede hablar el tiempo que se quiera, pero lo que explica el resultado final es un jugador argentino, de 31 años y superior a todos sus congéneres. Hay millones de jugadores de fútbol en el mundo, pero solo él es Messi.

Venía el prodigio de un par de partidos un poco por debajo de su media, lo que le situaba en un plano similar a otros mortales que también en juegan al fútbol. En Sevilla aprovechó para recordar su naturaleza extraterrestre, esa insólita capacidad de hacer todo de la manera correcta y a tres o cuatro velocidades más que lo que tiene a su alrededor. La secuencia de su 'hat-trick', el que cimentó la sentencia en Nervión, es la demostración de que él solo puede ser todos los jugadores que se puedan imaginar.

El primero, por ejemplo, cuando el Sevilla ganaba gracias a un gol de Navas. Un balón que queda botando en el medio del área, su llegada en el momento justo y saca la pierna como aguijonazo. La volea se va a donde Vaclik nunca podría agarrarla. La pega con la tibia, no de la manera más ortodoxa, pero Messi es capaz de colocar el cuerpo casi sin pensarlo y logar la dirección perfecta para el balón.

Un rato después marcó Mercado, en lo que no era más que regatear la tragedia, porque Messi seguía por allí, pululando, con hambre. Ya era la segunda parte y, de nuevo, un balón quedó en la frontal. Messi levantó la cabeza y decidió disparar con la derecha. Con una colocación perfecta, también inalcanzable para el guardameta. Repetimos, con la derecha. La fama de los zurdos es que son muy zurdos, que la otra la tienen para apoyar. La de Messi vale más que unos cuantos imperios.

Un pequeño inciso aquí, para hablar no del partido sino del lugar en la historia del jugador. Hace unos meses Pelé, ilustre bocazas, dijo que no era para tanto. Que bueno, bien, pero que solo hace un regate y juega con una sola pierna. Paparruchas. Puede decir misa gregoriana, pero lo que hace ese chico todos los años en la liga no está al alcance de nadie. Los desorbitados egos pueden tratar de rebajarle, pero la realidad es que nunca antes se vio un jugador que fuese excelente todas las semanas. Igual el mejor partido de Maradona es mejor que el de Messi. O se puede defender que el Pelé de los mundiales fue lo más diferencial que se vio. Pero ninguno de ellos pasó una década siendo diferencial cada semana, en todos los partidos, a la vuelta de todas las esquinas.

No importa que falle todo lo demás

Volvamos un rato de la leyenda al presente. Le dejamos marcando una volea perfecta para empatar, pero todavía le quedó más. En el tercero demostró que el emperador también puede hacer trabajo sucio. Un fallo del portero, que dejó el balón perdido en el centro del área. Ahí se abre la carrera para ver quién es el más listo, si los centrales hispalenses o los delanteros azulgranas. Pero qué absurdo de pregunta, el más listo será ese que ve el fútbol antes de que pasa, un vidente del balón. Faltaba un gol más, de Suárez, que se quedó solo frente al portero y definió con sutileza. Bien, la frase previa no es del todo cierta. No "se quedó" solo, más bien "le dejaron" solo. Y no hay que ser un druida para saber quién fue el que lo hizo. Efectivamente, Messi, con un nuevo pase perfecto, de esos que solo él ve.

No solo es el mejor jugador del mundo, es absurdo incluso plantear alternativa, es que lo es prácticamente siempre. Y ahora los contrarios, que existen, dirán no sin razón que lleva tres años sin ganar la Champions League. Y es rotundamente cierto, lleva demasiado tiempo sin ganar en Europa. Es por él, por supuesto, pero sobre todo es porque su equipo en otro tiempo estaba dos peldaños por debajo de su talento y ahora está cuatro. Eso se nota, claro, porque antes se le pedía que fuese la punta de lanza de una máquina potente, ahora que sea el milagro cotidiano de un equipo de naturaleza errática.

Dembélé, corría sin sentido, Coutinho volvió a ser un desaparecido, el mediocampo generó más bien poco. La mejor noticia, fuera de Messi, es que volvió Umtiti, un jugador que ha tenido la rehabilitación más extraña de los últimos años. No tuvo su mejor partido, pero el hecho de que haya vuelto ya es algo positivo en sí mismo. Poca cosa ¿verdad? Bueno, es que el juego en el Barcelona lo tienen que generar jugadores como Arturo Vidal, ya suficientemente presentado con anterioridad. Sus mejores descripciones giran alrededor del coraje, el valor y el esfuerzo, esas cosas que marcan carácter pero no fútbol. Nadie diría de él que es fluido, que tiene una prodigiosa visión de juego o que hace de este deporte algo más fácil. Pero corre mucho.

Cuando terminó la exhibición con fuego de verdad, Messi habló. No se le da tan bien. No será recordado por su verbo ni por su carisma. Es tópico y plano. Como si todo eso importara. "No hicimos nuestro mejor fútbol en esta racha y eso hacía que todo fuese más difícil", explicó. Pero en realidad, su equipo en Sevilla no fue muy diferente al de las últimas semanas. La diferencia real fue él, que sí hizo su mejor fútbol. Cuando eso ocurre, queda poco que decir.

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