otro recital de la estrella del barcelona

Messi, el hombre que convierte partidos de fútbol en prodigios de un individuo

Leo Messi marcó tres goles y dio dos asistencias más en un partido del Barcelona que no estaba siendo bueno. No importa, mientras él esté, la posición de los azulgrana será de ventaja

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La explicación del partido del Barcelona fue exactamente la misma de la semana anterior: Leo Messi. Si contra el Espanyol fueron las faltas, contra el Levante, su juego en general. No importa el camino, la conclusión es siempre coincidente, cuando él está en el terreno de juego, genera un campo magnético irresistible a su alrededor. No gana siempre, eso es imposible, pero siempre acerca a su equipo al objetivo más básico, la victoria. Al Levante, 0-5.

Hay que pedir a la RAE nuevas definiciones de excelencia, porque lo del chico no se puede encuadrar en las categorías que existían antes de que él apareciese. Messi es rápido, es hábil, es listo jugando, es fiero, es competitivo, es todo lo que un jugador de fútbol puede llegar a soñar. En el Barcelona, club que le debería poner una estatua en cada esquina, ha sido brillante cuando el equipo lo era y trascendente cuando no. Lo que hay a su alrededor puede ser mejor o peor, ahora mismo no pasa su mejor época, pero él siempre está tocando el cielo, como caminando sobre las aguas.

Esta vez fueron tres goles y una asistencia en la primera hora del partido. Hay delanteros y mediocampistas que no son capaces de hacer en meses lo que el chico hace en una sola hora. Hubo pequeños errores del Levante en defensa en los dos primeros goles, pero es un poco lo de menos, si no hubiesen existido, se los hubiese inventado 'la pulga' en esa batalla brutal suya contra los elementos.

La pelea de Messi es contra la historia, en hacerle pensar al mundo si hubo antes otro que hiciese tanto por su equipo. Quizá Di Stéfano. Bien, si toda la lista que se le ocurre al mundo es esa, un mero 'quizá Di Stéfano', estamos hablando de una locura. ¿El Maradona del Nápoles? Era brutal, sin duda, también efímero. ¿El resto? No, no hay resto, Pelé no jugó campeonatos tan competitivos, Cruyff, Beckembauer o, en realidad, cualquier nombre que quieran poner no están en este nivel.

Messi, este domingo. (EFE)
Messi, este domingo. (EFE)

La evolución del genio

Porque su magisterio es perpetuo, en todos los partidos es el mejor de su equipo. No es solo la estrella, es la guía, es despampanante. Messi era un runrún cuando tenía 12 años, una sorpresa cuando debutó siendo poco más que un adolescente y una sucesión casi interminable de faenas perfectas, de partidos ganados por su equipo por un único motivo, su presencia, que mediatiza todo lo que hay a su alrededor, que infunde terror en los rivales y una confianza infinita en los compañeros. Es muy sencillo jugar con él porque en el fondo sus compañeros saben que se tiran a la piscina con flotador y manguitos, con una opción perpetua de seguridad.

Poner contexto es complicado, pero se puede diseccionar el partido contra el Levante y entenderlo. No es más que otro de los muchos de Messi, que es la excelencia metida en una cadena de montaje. El Levante tiró varios córneres, un tiro al larguero. Estaba dominando al Barcelona, que está haciendo un año bastante raquítico futobolísticamente. Hubo paradas de Ter Stegen y miedos en la defensa de los de Valverde. Todo eso fue real, aunque más tarde los espectadores supieran que iba a ser un espejismo. No porque el partido fuese a cambiar radicalmente en lo colectivo, pero es que iba a aparecer de nuevo Messi.

Asistencia a Suárez, carrera para el segundo, con la derecha el tercero y también el cuarto, en un disparo seco. Es la quintaesencia del fútbol, como un bárbaro arrasando un poblado. ¿Lo más increíble de todo? Que Messi no es Messi. A ver, sí, pero con matices. Lo más fuerte que han podido vivir los aficionados a este deporte en la última década, mucho más todavía los barcelonistas, es la evolución lógica de un jugador tremendo. En todas sus versiones ha sido devastador, como ninguno otro sabía ser, pero no son todas ellas iguales.

El chico que correteaba desde la banda y hacía diagonales eternas ya no está. Aunque en ocasiones pueda amagar con ello, y provocar así el pánico en sus marcadores, ya no es ese jugador. Ahora está más cerca del área, ya no forma parte del espectáculo la larga carrera, pero sí esa arrancada brutal y devastadora, una suerte futbolística que el resto de jugadores pueden entender y analizar, pero que de ninguna manera son capaces de ganar. Solo Messi es capaz de parar a Messi.

El pilar de una institución

Porque cuando el balón toca sus pies, en esos lugares calientes de este deporte, todo es posible menos el error. Si lo necesario es un pase, lo dará; si por el contrario la resolución perfecta de la jugada requiere de un disparo, será su elección. Si tiene que conducir un poco más, lo hará. Y esa es, probablemente, la mayor de sus virtudes, no es tanto su increíble habilidad o la velocidad y precisión con la que hace todo, sino su entendimiento del juego, esa constante sensación de que lo que sale de sus pies es lo que dicta los designios del espectáculo.

El Levante, que salió goleado, tiene el pequeño consuelo de que no se puede jugar contra los elementos. Paco López, un hombre honesto que ha construido un equipo notable, puede levantar la cabeza, su plan salió bien, pero solo contra los humanos.

Alrededor del Fútbol Club Barcelona pueden ocurrir cientos de cosas. Es una institución enorme, pueden tener problemas en la construcción del nuevo estadio, nóminas desaforadas, un equipo de baloncesto algo fallón. Puede dormirse Dembélé y Coutinho parecer un jugador vulgar; Piqué puede pelearse con un guardia urbano, el presidente puede jugar con ir o no a Miami, acudir a reuniones. Pueden romperse unos contratos y firmarse otros. Todo eso le ocurre a cualquier club, pero el resto no tiene la certidumbre de saber que llegará el partido clave, llegará Messi de nuevo y barrerá lo que se ponga por delante.

No, no es el Balón de Oro del último año y, por lo que se ve, a Pelé no le gusta. ¿Qué más da? Llegará el domingo y, como todos estos años, Messi jugará, masacrará y se irá con la cabeza agachada y la boca cerrada. Es un prodigio, y a los prodigios no se les mide con las normas de los demás.

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