messi, de penalti, y piqué salvaron el partido

Réquiem por el 'estilo Barça', la victoria es más vulgar con Vidal o Boateng

El Barcelona ganó al Valladolid en un partido gris, denso, aburrido, con poco juego y, desde luego, muy lejano a todos los conceptos que todavía se venden como la esencia del club catalán

Foto: Piqué y Messi celebran un gol ante la mirada de Boateng. (EFE)
Piqué y Messi celebran un gol ante la mirada de Boateng. (EFE)

El tradicionalismo no tiene más remedio que vestirse de negro y bajar la cabeza en el FC Barcelona. Un club tan orgulloso de sus esencias que las repite hasta la saciedad y defiende su existencia hasta cuando es evidente que están extintas o fugadas. Venció al Valladolid, eso sí, porque a falta de pan buenas son tortas. Mientras tanto Xavi Hernández, el más radical de la doctrina, debió retorcerse de dolor cuando se encontró que en el once estaban Arturo Vidal y Kevin-Prince Boateng. Se ganan la vida jugando al fútbol desde hace años, pero es improbable que el mítico capitán del Barça los considere futbolistas. Para él no es exactamente lo mismo. Atletas, quizá. Deportistas, prácticamente seguro. ¿Futbolistas? No, por favor.

Chirrían los dos como rasgar una pizarra cuando suena la filarmónica de Viena. Vidal es un jugador contundente e impreciso, de mucho recorrido y poca pausa. Algo que igual sería aceptable en este contexto en un lateral o un central, incluso llegado el caso en un ariete, pero en ningún caso en un interior. Esa era la posición de Xavi y de Iniesta y, se supone, la centralita de las esencias. Los jugadores que allí se desempeñan están obligados a vestir frac hasta cuando el barro llega hasta los dientes. No es solo una profesión, es un estilo de vida. El chileno no se parece a eso; es rudo, es fuerte, no es (en otro contexto) un mal jugador. Pero ahí, en medio del Camp Nou, suena a blasfemia para una religión apócrifa.

Lo de Kevin-Prince Boateng es, cuando menos, curioso. En su caso, por posición, no está tan obligado a ser una sinfonía, pero lo que parece inexplicable es el planteamiento que llevó a los directivos a pensar que él era la solución para ser suplente de Luis Suárez. Aunque solo sea porque KPB (llamémoslo así con intención de resumir) no fue nunca un delantero como tal. Y, por más que en algún momento de su carrera allí le hayan colocado, no ha empezado a serlo de repente. Sus compañeros de ataque, en este caso Messi y Dembélé, hacían lo posible para no entregarle el balón. No parece que haya ojeriza, es solo que presumen que dejarle el balón al nuevo es el camino más corto hasta perderlo. Del otro fichaje invernal, Murillo, solo se puede decir que ya tiene cogida la medida a la grada del Camp Nou.

De esos dos jugadores y del ambiente general de la temporada se contagió todo el equipo. Hubo cambios para dar descansos y trote cochinero. Por momentos el Barça pareció un equipo lento y pesado, con pocas ideas. Tiene, eso sí, a Leo Messi, que incluso en los días menos brillantes, como pudo ser este, tiene ratos en los que puede someter a cualquier rival. Messi y diez más parece suficiente para esta liga de nivel no muy alto. Lo de Europa, que no deja de ser el objetivo prioritario, casi único, es otro cantar. En los tiempos recientes no ha servido con eso, y el equipo, lejos de mejorar esta temporada, se ha ido degradando un poco más, siendo más rústico y menos fino, aumentando el número de partidos que, como este, se ganan más por inercia que por juego.

Un gran Piqué

Esa inercia, en este caso, correspondió a un penalti sobre Piqué. Antes de entrar en lo concreto de la jugada, Piqué fue de lo mejor de los azulgranas, tanto atrás como sacando el balón. Incluso saliendo con él hasta la cancha contraria, en esas veces que parecía que solo él era capaz de sacarle un poco de casta y juego al conjunto. En cuanto al penalti en sí, que marcó Messi, pues fue blandito, suavecito, bizcochón, una mano en la espalda, dos muslos que se pegan. La fuerza de la jugada tiró a Piqué del mismo modo que pudo haberlo dejado en pie, quizá si el jugador hubiese tenido interés en ello, que no fue el caso. El árbitro no dudó y, vista la repetición, el penalti se puede justificar. Pero...

Messi, por cierto, falló otro penalti y se lo detuvo Masip. De hecho, el portero del Valladolid fue de lo mejor de todo el encuentro, pues también le sacó una prodigiosa mano al argentino en un remate imposible que ya parecía encargar el certificado de defunción del encuentro. El Valladolid no sufrió en exceso, trató de montar algunas contras con intención, pero al final del encuentro se topó con su cruda realidad: un Barcelona mediocre sigue siendo suficiente para ganar un partido así. Tampoco es para llevarse las manos a la cabeza, la historia del fútbol está rebosante de equipos grandes que son capaces de matar en casa sin quitarse la bata.

Los tres puntos son buenísimos para el Barcelona, porque acercan el título y porque los últimos partidos fueron tropiezos. Volver a la senda de la victoria a veces es suficiente. Ahora llegará la Champions, la vuelta de la Copa, lo que queda de Liga... esta temporada está aún por definir sus resultados, que pueden ser muy exitosos, pero ya es difícil que quede en la memoria como un año de fútbol brillante. Porque no lo ha sido, y eso en ocasiones es un problema de ejecución pero, peor todavía, en este caso parece formar parte de un plan. Bartomeu, en sus entrevistas, seguirá hablando del ADN Barça, de que cualquier jugador del mundo sabe a lo que va a jugar cuando llegue a ese club, pero ya no es cierto. Este Barça no es ese Barça que está en la imaginación y los fichajes de la temporada han dejado claro que ni siquiera está pensado para llevar a cabo ese juego. Y ya si eso, otro día, hablamos de Coutinho. Obras son amores.

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