ocho victorias culés en el bernabéu desde 2009

Real Madrid - Barcelona: Messi y el síndrome del 2-6

La llegada de Guardiola al banquillo del Barça cambió el fútbol y, en particular, los Clásicos. El Madrid no ha vuelto a saber equilibrar una balanza que Messi siempre se encarga de destrozar

Foto: Con un ojo morado y la boca ensangrentada, Messi es igual de decisivo. (Reuters)
Con un ojo morado y la boca ensangrentada, Messi es igual de decisivo. (Reuters)

Lionel Messi es la mayor pesadilla de la historia del Real Madrid. Si nos agarramos a los puros datos, esa primera afirmación que abre este artículo es una realidad demostrada empíricamente. Pero el terror que siente el madridismo con Messi va mucho más allá. Es un miedo que se ha colado en lo más hondo del espíritu blanco, algo que se siente en el espinazo, ese frío gélido que sube por la columna vertebral hasta el cerebro cuando el argentino controla un balón, con ventaja o sin ella, da lo mismo, puede resultar igualmente mortal. No existe un remedio. No hay una pastilla que uno se pueda tomar para calmar el nervio. Mentira, sí, un calmante para caballos. No para que se lo tome el aficionado, sino para inyectársela al 'enano' para que no se despierte el día del partido y no acuda al Bernabéu.

El Bernabéu... Chamartín. ¿Recuerdan cuando era un campo inexpugnable? Para cualquiera, no solo para el Barça. Qué tiempos. Especialmente en estos partidos ante el mayor enemigo. El Madrid no es firme en casa contra el Barça desde que el Clásico se llamaba modestamente Madrid-Barça. Vamos a ser un poco más exactos: desde el 2-6. Aquel día, el Barça implantó un virus en el sistema del Madrid y tras ocho años de intentos, de investigación, de prueba y error, no ha habido ni un solo entrenador que haya dado con el antídoto. Un síndrome de inmunodeficiencia sin cura. Existen paliativos, días en los que al Madrid se le alinean los astros y puede regalarle a su afición una victoria de prestigio, pero son los menos.

Fue todo tan simple que, visto con la perspectiva del tiempo, sobrecoge todavía. Llamó un día Guardiola a Messi a la ciudad deportiva. Era tarde, muy tarde. "Leo, ven, ya sé cómo ganar al Madrid", vino a decirle Pep. Messi fue a su encuentro y entonces le explicó qué iba a pasar en la capital de España ese fin de semana. La idea era brillante, pero no era nueva. Así había ganado al Sporting a principio de temporada. Messi jugando donde su dorsal indica, de '10', por detrás de los delanteros. Se alejaría de la banda derecha, el hábitat que había construido previamente para él Frank Rijkaard y que años más tarde rescataría Luis Enrique para repetir triplete. Messi detrás de Eto'o y Henry.

Messi, el día en que infectó al madridismo. (Cordon Press)
Messi, el día en que infectó al madridismo. (Cordon Press)

Lass no acabó llorando en ese partido porque, bueno, porque no tocaba. Pero bien pudo venirse abajo. Él y todo el madridismo alrededor de la Tierra. Messi solo hizo dos. Pero generó un fútbol nunca antes visto en el Bernabéu. Una sutileza técnica, una belleza creativa y una contundencia mortífera aunadas en 170 centímetros de futbolista. Ese día no hubo fotos de aficionados con bufandas blancas aplaudiendo a la Pulga, pero es imposible que no rompieran en una ovación en su interior, al unísono que sentían cómo su corazón lloraba.

Lloraban porque entendieron en ese preciso instante que era un 2-6, una vergüenza incomparable, pero ese desastre anunciaba muchos más. Todos los que Messi quiera. Desde ese 2 de mayo de 2009, festividad en Madrid, la revuelta culé no tiene fin. Se han jugado 14 Clásicos en el Bernabéu en este tiempo, de los cuales el Barça se ha llevado ocho. ¡Ocho de 14! El resto, tres empates y tres victorias del Real Madrid. ¡Tres de 14! No hay un partido en casa contra el Barça que haya sido cómodo para el Madrid desde el del pasillo en 2008, hace casi una década. Ese 2-6 fue un atentado terrorista, pues generó pavor entre las víctimas y tuvo una onda expansiva que llega hasta nuestros días.

Hasta un Clásico en que el Madrid era favorito al 100% y se hablaba más de posible goleada al más puro estilo PSG o Juventus. De alguna manera que Zidane no supo explicar, el favoritismo ejerció de laxante. Los blancos, que venían del subidón de adrenalina de la Champions, los azulgranas, que venían de la depresión de su eliminación. Unos se acongojaron, otros sintieron el poder de su adalid y lo siguieron al campo de batalla como si les empujara un imán que ellos mismos no podían controlar. Hasta André Gomes hizo algo bien. Se le vio desde el primer balón que tocó. El crío estaba excitado. Primero sacó de quicio a Casemiro, luego a Marcelo, luego a Ramos, luego al Bernabéu. Y así será hasta que él quiera.

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