Victoria 'txuri-urdin' por 2-1

Manual de supervivencia del Mirandés: tuteó a la Real Sociedad y ya le espera en Anduva

El conjunto de Iraola cayó por la mínima en Anoeta y el billete para la final de Copa se rifará en Anduva. La Real fue mejor, pero no concretó. A los donostiarras les tocará sufrir en Miranda de Ebro

Foto: El Mirandés celebra el gol de Matheus durante la ida de semis ante la Real en Anoeta. (EFE)
El Mirandés celebra el gol de Matheus durante la ida de semis ante la Real en Anoeta. (EFE)

El Mirandés se agarra a la Copa. No quiere desprenderse de ella tan fácilmente, no quiere caerse de la cama y despertar del sueño. El equipo de Iraola sobrevive en su hábitat natural y ahora también fuera de él. El conjunto de Segunda ya no sorprende a nadie. Se ha quitado la careta, la piel de cordero, y ha mutado hasta convertirse en un cazador voraz. La Real dominó la pelota, tal y como estaba previsto, pero no terminó de concretar las llegadas y le tocará sufrir en el pequeño infierno de Anduva para pasar a la final. El billete está carísimo por ambos lados. Athletic y Real, los dos principales favoritos, viajarán con renta mínima a los choques de vuelta. Los guipuzcoanos lo tendrán especialmente difícil. Celta, Sevilla y Villarreal ya besaron la lona antes. El Mirandés sale sonriente de San Sebastián pese a la derrota (2-1).

Y eso que Oyarzabal, en el minuto cuatro, adelantó a los donostiarras de penalti. Parecía que podía ser una noche de vino y rosas para la Real, que había desmontado a los burgaleses a las primeras de cambio, pero nada más lejos de la realidad. Al Mirandés no le acomplejó el imponente escenario y siguió fiel a su esquema, jugando muy junto y saliendo rápido de su área para montar sus contraataques. Merquelanz estuvo cerca de empatar el duelo en un chut desde fuera del área, pero fue el de siempre, Matheus, quien empató el duelo en el 39'. El futbolista brasileño, pichichi de la competición con seis goles (y suplente en Segunda), recibió en el área tras una buena recuperación rojilla, se la acomodó, recortó a Le Normand y la puso al palo zurdo de Remiro, que no pudo evitar que el gol subiera al marcador con algo de suerte. La locura total. Los 1.000 mirandeses presentes en el campo estallaron de júbilo. Los 34.000 restantes, en sus casas. El milagro volvía a hacerse realidad.

La Real contuvo el aliento

Sin embargo, esta vez no hubo tiempo para recrearse. Odegaard aplacó la revolución apenas tres minutos después con un remate a bocajarro. Su gol llegó tras dos sonoros paradones de Limones. La Real había conseguido sacudirse el susto antes del descanso, pero nunca terminó de despojarse de él. Lejos de meter el turbo tras la vuelta de vestuarios, a la Real empezaron a entrarle dudas. No se envalentonó y prefirió conservar para angustia de sus seguidores. Por lo general, a este equipo los partidos a todo tren le suelen encender, pero algo tiene el Mirandés que impone tanto. La Real no se lanzó de cabeza a la aventura porque sabía que una contra le podía meter en un serio compromiso. Los rojillos son brillantes en los espacios, más en campos grandes. La responsabilidad de llegar a una final de Copa tres décadas después pesa demasiado. Miranda no tiene nada que perder, San Sebastián sí. En general, los burgaleses fueron mejores que la Real en el segundo tiempo.

Anoeta contuvo la respiración como pocas veces esta temporada. Los partidos importantes cuesta mucho cerrarlos. Los 'txuri-urdin' no estuvieron cómodos y Remiro sacó los guantes a relucir para evitar el hundimiento. Es el Mirandés un equipo que presiona fuerte, que juega muy junto y que tiene las ideas muy claras. Sin artificios, emplea un fútbol muy práctico, vertiginoso y consistente. Su principal baza: la presión que descarga en sus rivales a medida que el tiempo se consume. El equipo de Alguacil picó piedra, pero los pases que hilvanó en el medio no llevaron a ningún lado. No hubo manera de encontrar un resquicio, un pequeño agujero, en la bien organizada defensa del Mirandés. El sudor de los guipuzcoanos era frío como el hielo. No lo dijeron en voz alta porque el orgullo va por dentro, pero acabaron pidiendo la hora pese a que Limones sacó una manopla clave cuando el partido tocaba a su fin para mantener el marcador apretado y darle una nueva oportunidad a los suyos.

La Real sufrío hasta con la pelota en los pies, mientras que el Mirandés sigue disfrutando. Poco a poco, los de Iraola también empezaron a pensar en lo que tenían y no estaban dispuestos a perder. Minimizaron riesgos, plantaron el autobús y maniataron a los donostiarras, incapaces de crear ocasiones serias de peligro más allá del balón parado. Anduva, con sus dimensiones estrechas y una grada pegada al terreno de juego, ya espera su día grande.

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