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Retrato de Federico Valverde a caballo en la explanada del Santiago Bernabéu
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DESDE EL MUNDO REAL

Retrato de Federico Valverde a caballo en la explanada del Santiago Bernabéu

En 'Desde el mundo real' se repasará la actualidad e historia del Real Madrid. De las noches de grandezas y remontadas a los fracasos del Santiago Bernabéu. Fede Valverde, el nuevo héroe madridista, es el segundo protagonista de la sección

Foto: Fede Valverde celebra su gol ante el Atlético de Madrid. (EFE/J.J. Guillén)
Fede Valverde celebra su gol ante el Atlético de Madrid. (EFE/J.J. Guillén)

Un mediocampista uruguayo, esa nación que da los espíritus más invencibles del fútbol. ¿De dónde sale esa narrativa? ¿Quién es Fede Valverde y cómo es su juego? Se analizan su juego, sus límites y su nueva relevancia en el equipo.

Este chico se va a salir del campo. Eso se escuchaba cuando Fede Valverde cogía el balón allá por octubre del 2018 con Julen Lopetegui en el banquillo. No era un piropo. Había sorna en la frase, como si el chico corriera de más y se dejara atrás el balón o el sentido común, tanto da. No causó una gran impresión de principio Fede. La memoria reciente del madridista flotaba entre Kroos y Modric, dos pintores renacentistas que parecían conocer los destinos del fútbol. Valverde era rectilíneo y abnegado, ninguna cualidad importante parecía asomar en él. No molestaba. Era rápido. Pero gustaba su nacionalidad. Era uruguayo.

Foto: Marco Asensio. (Reuters/Juan Medina)

Una de las aristocracias del fútbol. Hace miles de años, cuando el fútbol era un deporte, los uruguayos ganaron dos Mundiales. El segundo contra Brasil, el 'maracanazo', la mayor sorpresa que nunca se haya dado sobre el césped. Sobre esos eslabones, los futbolistas uruguayos han edificado una personalidad furibunda. Juegan como si se fuera a acabar el mundo y su confianza está a la altura de su pasión. Es un caso parecido al del Real Madrid: es el pasado el que se encarama sobre el presente y llena al jugador de un espíritu que le hace pasearse por el campo como si la victoria le estuviera predestinada. Así que había que confiar.

Fede siguió jugando y aprendiendo. En un segundo plano, construyendo en los alrededores del equipo, nunca en el centro, donde Casemiro, Kroos y Modric seguían siendo intocables. Todos los balones divididos, todos los rebotes y esas pelotas ambiguas que están tan cerca de no ser nada o de acabar en una portería, eran de Valverde. De repente, el madridista comenzó a interesarse por él. Su fútbol no era de terciopelo, pero se complementaba con el de los artistas. A la pausa —cada vez más frecuente— de Modric, correspondía la estampida por la banda de Valverde. Si los delanteros rivales dejaban a Casemiro fuera de plano, aparecía el uruguayo en el último suspiro para amputar el gol de la garganta rival. En ataque devolvía las paredes y llenaba los espacios vacíos, pero todavía no se había desvelado lo que fuera que llevara por dentro. Aunque había destellos.

En un partido contra el Barcelona, Fede condujo el balón en una contra y partió al equipo azulgrana en dos. Iba montado en una zancada gigantesca, de dibujos animados. Fue tan sencillo como tirarse a una piscina y nadar. Y es que Valverde corre como nadie corre. No es un esprínter ni el hombre más rápido del mundo. Tampoco lleva la pelota cosida al pie, pero cuando arranca, acelera a tal velocidad que parece manejado por hilos invisibles. Y toda la complejidad del fútbol, se vuelve tan simple que da la risa. Es Fede y nadie le va a pillar.

placeholder Valverde se ha ganado un hueco en el once inicial. (EFE/Rodrigo Jiménez)
Valverde se ha ganado un hueco en el once inicial. (EFE/Rodrigo Jiménez)

En la última temporada de Zidane como entrenador, la 2020-21, Valverde merodeaba la titularidad. Sus cualidades ya se habían desvelado plenamente: no solo era un chico para todo, el que hacía las coberturas a los laterales y tapaba los agujeros en el medio del campo, también corría la banda como un falso extremo y era el primero y el último en presionar. Aquel 'box to box' con el que soñaba Mourinho y que nunca se materializó, lo teníamos delante. Le faltaba algo de imaginación en la frontal del área, pero a cambio enganchaba con tremenda violencia disparos conectados con el alma. El tipo de trallazo que casi se disfruta mejor si da en el larguero y deja temblando la portería durante un rato. Ese que tenía Stielike, otro mediocampista de acero que todavía resuena en el imaginario madridista.

Llegó Ancelotti y no le hizo mucho caso a Valverde. Era un jugador de rotación, importante pero no trascendente. El centro del equipo estaba en otro lado y el uruguayo parecía un parche, nunca la solución. El fútbol del Madrid era exquisito, pero cansado, se atacaba por erosión y solo la eclosión de Vinícius hacía presagiar una buena temporada. La energía infinita de Fede, su tensión justa, su limpieza y sencillez que contrasta con el juego barroco de Kroos y Modric, comenzó a llamar a las puertas del once titular. Sin Valverde, todas las vías estaban abiertas para los contrarios, especialmente en Europa, donde el ritmo abrasaba a los mediocampistas oficiales y los balones divididos parecían negados a los blancos por ley. El campo parecía enorme y el Madrid, una isla perdida en la tempestad. Y saltaba la segunda unidad, con Camavinga, Fede y Rodrygo y todo cambiaba. Una vez igualado el físico, el superior espíritu madridista hacía el resto.

En los últimos y más importantes partidos de la temporada, Valverde ya se había hecho con la titularidad. El Madrid jugaba en un 4-4-2 en el que el uruguayo era el brazo extensible de Modric, una espada de doble filo en defensa y un jugador que arribaba al ataque como una inundación. Porque Fede es un llegador. En estático, sus recursos son limitados, no traspasa las paredes ni acompasa el tiempo a su respiración. Así que se las apaña para estar siempre a punto de romper en el área. Así fue en el gol que dio al Madrid la Champions League contra el Liverpool. Una miniatura del Real, parsimoniosa y exacta, que saca el balón de su área como si transportase un tesoro inca. Y Valverde, que acelera por la banda a una velocidad razonable pero imposible para los rivales. Suelta un latigazo que cruza en diagonal el área de los 'reds' y al otro lado encuentra a Vinícius. Es gol y la Copa de Europa vuelve a Madrid. Una nueva sociedad se acaba de sellar.

placeholder Valverde marcó la diferencia en la final. (Reuters/Kai Pfaffenbach)
Valverde marcó la diferencia en la final. (Reuters/Kai Pfaffenbach)

Valverde y Vinícius son como dos niños que se entienden a voces a ambos lados del río. La rapidez suburbial del brasileño y la zancada inmisericorde del uruguayo. Así convierten al Madrid en un equipo lleno de túneles secretos en el centro y de líneas verticales en las bandas. Unos esconden la pelota mientras otros atraviesan los prados. El equilibrio del que habla Ancelotti lo representa Valverde en su figura estilizada. Es el arbotante de una catedral gótica, llena de luz y de sombra, donde cada uno se sostiene en las virtudes del otro hasta formar un orden natural, nada forzado, fuera de las ordenanzas del automatizado fútbol europeo actual.

Este es el momento de Valverde. Junto a Vinícius, el jugador más importante del actual Madrid. Ya llega y golea como nos habían contado que haría. Al contrario que con Asensio, se ha materializado sobre el campo, aquello que el jugador esbozó en un principio. Echando para atrás la memoria, solo se parece a Gerrard, el que fue el príncipe en el Liverpool. Fede ya tiene una Champions en su pecho y puede que alguna más en el corazón. Su límite es el terciopelo de su pie derecho. La sensibilidad que pueda adquirir en un mundo más frío, un mundo donde ya no estén Modric o Kroos. La espada y el verso. Pero ese mundo todavía no ha llegado.

Y recordemos que Fede es uruguayo.

Un mediocampista uruguayo, esa nación que da los espíritus más invencibles del fútbol. ¿De dónde sale esa narrativa? ¿Quién es Fede Valverde y cómo es su juego? Se analizan su juego, sus límites y su nueva relevancia en el equipo.

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