A partir de junio será el Molowni nervionense

Joaquín Caparrós, la bala que le queda al Sevilla (y a Castro) para evitar el batacazo

Joaquín Caparrós vuelve a su casa, la de siempre. Rodeado por sevillistas en el cuerpo técnico, no cobrará un euro por sentarse en el banquillo, pero tiene mando en plaza y ya maneja todo

Foto: Joaquín Caparrós, en su primer entrenamiento en el Sevilla. (EFE)
Joaquín Caparrós, en su primer entrenamiento en el Sevilla. (EFE)

Dicen que Joaquín Caparrós (Utrera, 1955) duerme como un bendito y se despierta tan eléctrico como una lavadora. Es fútbol en estado puro, sevillismo desparramado y sin disimulo. Lo fue estando en el Depor y lo siguió siendo en el Athletic y en todos los equipos que vinieron después. Ahora, cuando las llamas de un incendio se asoman por los ventanales de Nervión, acude manguera en ristre a su auxilio. El Sevilla lo necesita y Pepe Castro, su amigo, también. Y allí va Joaquín (Jokin en Bilbao) con su caballería de jugadores/sevillistas a disparar esa bala que aún queda.

El domingo por la tarde, Caparrós se puso el chándal del Sevilla después de doce años de ausencia, acarició el escudo como si fuera el pecho de un bebé y salió al césped pletórico, a mirar a los ojos a los suyos, porque, como dijo en la presentación, “verle la cara al futbolista, hay que verle la cara, y si le brillan los ojos, entonces sí, pero sin verle la cara no puedo decir nada”. Y lo que vio le gustó. Porque una plantilla tan mustia como una flor en agosto comenzó a sonreír y a correr espoleada por Joaquín y su tropa de ayudantes/sevillistas.

Porque todos los coroneles del utrerano portan gen nervionense: Antonio Álvarez (campeón de Copa en 2010), Paco Gallardo, Carlos Marchena (campeón del mundo con España), Enzo Maresca (campeón sevillista y el último vestigio de Montella) y Luci (escudero de Joaquín desde los tiempos del Depor). Ellos, más los preparadores Juanjo del Ojo y Carlos Otero, ya han enchufado las agotadas pilas de los futbolistas, que comienzan a soltar lastre. Incluso el brasileño Ganso, apartado del equipo por el anterior técnico, se encuentra en el grupo para remar con los dientes apretados. Mucho fútbol, mucho sevillismo entre los ayudantes.

Paco Gallardo, que fue extremo, se encarga de la logística, de tener todo a punto, de coordinar a unos y otros. Con su sonrisa y nervio (“es un fatiga: a las siete menos cuarto de la mañana ya me estaba llamando para explicarme cosas del trabajo”), pone a todos firmes; Marchena es la moderación y el compromiso; Álvarez aporta experiencia, diálogo y dosis de humor a tanto esfuerzo; Luci, el que mejor conoce a Caparrós, añade gotas de vivencias y ajusta mil detalles; Maresca explica el pasado reciente y lo que nadie entendía. Con ellos, como una sombra, también se encuentra Pablo Blanco, mítico director de cantera, que apoyará en todo al nuevo técnico blanco.

Caparrós y ayudantes están a pie del cañón a las ocho. La plantilla del Sevilla se cita en la Ciudad Deportiva a las nueve, para desayunar. Se entrena a las once y dos horas y media más tarde, casi al filo de las dos, todos a comer (el club, además de nutricionista, dispone de cocinero profesional en nómina, que a diario se abastece de alimentos de primera calidad en el mercado) en el nuevo y amplio comedor ubicado en los bajos del graderío del Viejo Nervión, a pocos metros del vestuario. Caparrós quiere a todos juntos, porque juntos van a realizar la dura travesía de cuatro partidos que quedan para conseguir una plaza para disputar su torneo fetiche, la Europa League, de la que es pentacampeón.

Joaquín Caparrós será el técnico sevillista en los cuatro partidos que le quedan al equipo. (EFE)
Joaquín Caparrós será el técnico sevillista en los cuatro partidos que le quedan al equipo. (EFE)

Quiero música ahí dentro…

Durante el entrenamiento, Caparrós puro: “Vamos, quiero música ahí dentro, vamos, vamos”. Mucha intensidad en las acciones, tanto trajín que al espectador le gotean las sienes de sudor. No hay momento para un respiro. Entre medias, diálogo. Ha hablado con los capitanes, uno a uno. Con los que no estaban y con los que están. Por ejemplo, con N´Zonzi, que le prometió implicación y profesionalidad. Y le basta a Joaquín. El de Utrera cuenta con todos. Incluso cuenta con aquellos que apenas olieron la camiseta de titular en los últimos meses, como es el caso de Roque Mesa. Caparrós se encuentra favorablemente sorprendido por las maneras de Sandro, un futbolista que el pasado año se salió en el Málaga, apenas la olió en el Everton y en el Sevilla todavía no ha estrenado su casillero de goles. Con Montella actuaba pegado a la banda, sin apenas visión para su demoledor disparo con la derecha. Con Caparrós tendrá sitio. Lo mismo que el canterano Carlos Fernández, ya incorporado de hecho al primer equipo. Y desde esta misma semana se incorporarán Pozo y Lara, dos jugadores del filial, internacionales en las categorías inferiores de España, que darán forma en el proyecto futuro del Sevilla.

Porque Caparrós, que no cobrará un euro por sentarse en el banquillo, será el Luis Molowni (venerado por el técnico) del Sevilla, un director de fútbol con mando en plaza, que visionará todos los espacios del club, en cuyo proyecto tendrá especial protagonismo la cantera (olvidada en los últimos tiempos) y los jugadores top. También apostará por un entrenador nacional. Con mucha hambre, según filosofía sevillista y asumida por Joaquín Caparrós. Competitividad, sangre y fútbol. Un ideario que no regresa, aunque llevaba un tiempo dormido.

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