Aquel primer Angliru, el coloso de la Vuelta a España que hasta los coches temían bajar
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ERA UN CAMINO DE VACAS

Aquel primer Angliru, el coloso de la Vuelta a España que hasta los coches temían bajar

La Vuelta a España cambiaría para siempre con un puerto de montaña tan duro como sentimental, que ha dejado los mejores momentos de la carrera durante los últimos 20 años

Foto: Jiménez y Heras, durante la primera subida al Angliru. (EFE)
Jiménez y Heras, durante la primera subida al Angliru. (EFE)

"Ahí tenéis ya el final de etapa en el Gamonal".

Enrique Franco es un tipo con alma de 'showman'. Pelo blanco, barrigota rebosante, papada que se mueve mientras ríe o da noticias. Un poco como tu tío, el del pueblo, que siempre tiene un solysombra en la mano y cuenta esos chistes tan graciosos. Solo que en versión cañí. Aun más cañí, digo.

Franco (Enrique, por aclarar, del otro no toca que hablemos hoy) era organizador de la Vuelta a España. Jefazo de Unipublic, vaya, la empresa que cogió el invento moribundo allá por 1979 y logró relanzarlo hasta cotas antes inimaginables. Pilló la ola buena, no se vayan a pensar (la de Perico, y luego Indurain) pero también puso de su parte. Golpes de efecto, más que nada. Quería etapas acabando en sitios reconocibles, icónicos. Quería símbolos interesantes para el ciclismo, sí, pero también rentables desde un punto de vista publicitario. Un poco de frikismo viene bien si nos garantiza minutos en la tele, hombre. Así que el tipo combinaba Abantos y Lagos de Covadonga con Lisboa o el Santiago Bernabéu.

Y luego estaba el Angliru, claro.

Cima del Angliru. (EFE)
Cima del Angliru. (EFE)

La frase sobre Gamonal la pronuncia Enrique Franco el 27 de octubre de 1998. Era una mesa redonda con medios de comunicación nacionales. Para charlar sobre la pasada Vuelta, la de Olano, y el Chava, y "Hablar por hablar", y todas esas cosas. Éxito de los gordos, multitudes enardecidas (bueno, algo así), interés en todos los aspectos. Y ahora se descolgaba con eso. Miren ustedes, que ya tienen lo que tanto querían. El mito que es antes de ser. Trátenlo con cariño. Pongan de su parte.

Salto un par de años atrás. Enero de 1996. La revista 'Ciclismo a Fondo' lleva en portada a Miguel Indurain, que sale sentado, mirando a cámara, con una nuez entre los dedos. No me pregunten, no entiendo de semiótica. Que se venía una temporada chula, venía a decir el navarro. Ya ven, como para contarle nada de Les Arcs. ¿Les Arcs? ¿Qué es Les Arcs? No me suena Les Arcs. No debe ni existir Les Arcs, menudo nombre ridículo Les Arcs. Pero lo que nos interesa está casi escondido en páginas interiores. Un artículo, sobre cicloturismo. Lo firma Mario Ruiz, que es algo así como el puto amo en estas cosas. A Mario Ruíz ni me lo toquen. Mario Ruíz es alfa y omega, sobre todo cuando hablamos de sacar altimetrías. El tipo escribía una pieza que... en fin, acojonaba bastante. "La Gamonal, el muro asturiano", se titulaba. "Un 22% es su tarjeta de visita", ponía justo debajo. Allí Mario hablaba de un puerto monstruoso incrustado en Riosa, plena montaña central. Antigua zona minera, una de esas en las que, como dice Noemí Sabugal (¿aun no han leído su libro?), los hombres tomaban sidra en el chigre con ojos pintados de negro. Carbón en el alma del monte, carbón que se agota y ya nada queda. Ruiz sacaba el perfil de ese retorcer en asfalto. Doce kilómetros y medio al diez por ciento. Los últimos seis al trece, máximas salvajes. La Gamonal, lo llamaban entonces, por un pico que crestea cerquita de donde acaba la senda. Junto a un lago. Del Angliru.


Y con Angliru quedará finalmente.

"La leyenda del 'puerto que nadie sube' es una exageración, claro, pero la mayoría de quienes lo intentan deben hacer algún tramo andando"

Digamos que Mario se hacía eco de rumores dichos 'sotto voce' desde hacía unos años. Fue en 1993 cuando se asfaltó ese monstruo, antigua ruta de ganaderos y caminantes. Para acceder a pastos y la balsa de agua que hay en la cima. Y lo hicieron a lo bruto. Lo del asfalto, digo. Nada de dejar que el burro tire por la zona más fácil. No, no... siempre hacia arriba, sin importar pendientes. Una locura. Tanta que, cuentan, las primeras veces que algunos subían había conductores que se negaban a descender. Que no responden los frenos, que nos despeñamos. Terror para todos...

Sobre todo para los cicloturistas. La Gamonal empieza a convertirse en un pequeño secreto, una joya a descubrir. Estamos a mediados de los noventa y los desarrollos no tienen nada que ver con los de hoy. Tampoco las bicis. Así que empieza la leyenda del "puerto que nadie sube". Es una exageración, claro, pero la mayoría de quienes lo intentan deben hacer algún tramo andando. Dos ejemplos. En la primera marcha cicloturista que llegaba a su cima, año 1998, ninguno de los cincuenta tipos que lograron acabar lo hizo sin bajarse de la bici. Y otro... Se habla sobre la apuesta de Félix Pis, un señor de Llanes. Más de setenta años, barriga de quien vive bien la vida. Él apostó medio millón de pesetas a que era capaz de domeñar la bestia. Y las ganó. Que, oigan, por 3.000 euros no les digo yo que servidor...

En fin, las noticias vuelan. Y empiezan a tejerse leyendas. La carta que Miguel Prieto, informático en la ONCE, envió a Unipublic para informarles del descubrimiento. Siete meses después del reportaje de Ruíz, aclaramos, así que alguna idea tendrían. Pero, joder, quedaba tan bien lo del "ciego que descubrió el Angliru"... La bola había echado a rodar, cuestión de tiempo que la Vuelta a España recogiese el guante.

Sobre todo porque los medios se vuelcan con la nueva estrella. Que no es un pedalista, ahora, sino una señora carretera. Ya ven, cosas raras. Todos entendían el potencial que tenía aquel asunto. Se llegó hasta a escribir un libro ('Angliru, la nueva cumbre del ciclismo', obra de José Enrique Cima, que tenía tanto de folleto publicitario como confusiones entre "desnivel" y "pendiente"). Y los campeones más importantes del ciclismo español peregrinaron hasta Asturias para ver aquello. Que es cosa de no creer, hazme caso, si no lo sientes no puedes hablar.

(Bueno, peregrinaron allí los escaladores, que eran quienes importaban. Gente como Olano o Casero elevaron quejas desde la distancia, pero como ellos no atacaban en montaña y andaban justos de carisma pues nadie los quiso escuchar).

El primero es, claro, José María Jiménez. Ídolo absoluto, en lo más alto de su popularidad. El tipo que enardece las masas, el golfo que cierra los bares. Tan hispano, eso. Tan trágico a la larga. Es él quien da el impulso definitivo para este nuevo puerto. Día tres de octubre de 1998, apenas un mes más tarde de su Vuelta a España gloriosa, de aquel torbellino mediático en el que estuvo envuelto y que tenía tantos secundarios que tampoco es plan de nombrarlos aquí a todos. Quizá en otra ocasión. Pues eso, que se va el Chava para ascender el Angliru, todo chulapo con su piñón de veintiún dientes. "Que voy a ir tranquilo, joder, subo de sobra". Y mira, no. Tiene que parar cuando sólo lleva dos kilómetros y medio de la parte dura. Allí cambia la rueda trasera con un cicloturista (Eladio Llanos, minero y clásico de la zona). Un veintiocho. Mejor. Para arriba y a sudar. "Es exageradamente fuerte, no me esperaba rampas tan duras. Tenéis que pedir un final de etapa porque aquí se decide la Vuelta a España". El icono ha hablado, todos saben lo que habrá de ocurrir.

El Chava, en plena etapa del Angliru. (Archivo)
El Chava, en plena etapa del Angliru. (Archivo)

Por allí pasan otros. Siempre la misma historia, ligeras variaciones. Vengo a entrenar, llevo poco desarrollo, si voy a mi ritmo llegaré arriba aunque sufra un pelín. Imposible. Todos acaban poniendo pie a tierra. El tema de los piñones empieza a tener tanto color como las propias apuestas sobre quién ganará el Tour del 2000 (ay). Que si un 26, que si 30, que si ponme por favor triple plato. A la vez... augurios. Rubiera decía que era "inhumano, máxime cuando se dice que la UCI debe cuidar a los ciclistas. A quienes tuvieron la idea de traer aquí la carrera les haría subir en bici para poder seguirles en coche y disfrutarlo". El dilema de la experiencia, o "si no has hecho 200 kilómetros bajo la lluvia no puedes criticarnos", como si de la muerte únicamente hablasen los difuntos. Aun no estaba en U.S. Postal, aclaramos. "Aquí se pueden ir a casa 50 tíos", añadía. Escartín pensaba parecido. "Si no explican bien cómo es el puerto, medio pelotón sube con la bici en la mano". Olano decía que no era una montaña 'anti-Olano', y Casero se puso en plan gracioso diciendo que "tendría que llamar con un aviso de bomba para no subir ese día el Angliru". Ji, jí, ja, já.

Lo cierto es que estaba justificado. El miedo, digo. Luego veremos que todo se exageró, se magnificó como si los ciclistas estuvieran dentro del casa de 'Gran Hermano', pero la cosa no era para menos. Hasta aquel entonces muy pocos puertos de cierta distancia presentaban tramos sostenidos por encima del diez por ciento. El Mortirolo, claro, también Fedaia, o Lavaredo. En el Tour aun menos. Puy-de-Dôme, pero Puy-de-Dôme ya no se subía. El Muro de Sormano, en la Lombardía de unas décadas antes, solo que se abandonó porque casi todos subían a empujones... Pendientes fuertes, sí. Durante muchos kilómetros, también. Pero eso... totalmente distinto. Un 23,5 % llegaron a decir (que esa es otra, cada nueva medición arrojaba datos mayores, y todos temíamos que se llegase a la verticalidad absoluta de seguir con ello). Algo inédito. El terror a lo desconocido, el abismo que se asoma a tu alma cuando tú miras hacia él. Nietzsche en bici. Guillaume Martin estaría orgulloso.

Foto: Induráin y Olano posan con las medallas de oro y plata del Mundial. (Reuters)

Así que todos pensando. Un domingo, doce de septiembre, año 1999. Qué pasará, qué misterios habrá, puede ser mi gran noche. Porque, en realidad, aquella tarde fue de noche. Viento, lluvia y niebla. O lo que en el norte llamamos un "llévate la chaquetita porque igual refresca". Todas las preocupaciones se multiplicaban.

El Angliru era, ya, estrella indiscutible de la Vuelta. Para crear ambiente la sintonía oficial de esa edición era 'El garrotín', espídico experimento de un Hevia sin complejos. Gaitas electrónicas, que es algo así como sobaos con nata por encima. Pero daba el pego, oigan, y acompañaba de manera fenomenal. La prensa también ponía de su parte, claro. Palabras bonitas, todos entendían que, a más publicidad del Angliru, más impacto de la carrera; y, a más impacto, más pastita a repartir. Algo así. Majadas y prados tenían nombres ya familiares para todos. Piedrusines, Aviru, Cabanes. Y, sobre todo, la Cueña les Cabres, que casi ha quedado como epítome de dureza y rampas imposibles. Sí, cuestas de cabras. Casualidad, o no. González Linares (que le ganó una etapa en el Tour a Merckx y unas cuantas elecciones a tipos con menos victorias) decía que "en cuanto al polémico sufrimiento del Angliru hay que recordar que el ciclismo es un deporte de sufrimiento". Ya ven, Pero Grullo a pedales. El 'Marca' llevaba una portada doble con el dibujo del alto (muy coqueto ello) y una foto de José María Jiménez disfrazado de montañero (o volviendo de parranda, vaya usted a saber) bajo el titular "Chava lo va a intentar subir el primero". Teníamos escenario y teníamos guion perfecto. Ahora había que cumplirlo.

La cima del Angliru, en una edición sin covid-19. (EFE)
La cima del Angliru, en una edición sin covid-19. (EFE)

Salió bien. Todo, en general, salió bien aquel año. La Vuelta tuvo participación de campanillas y un ganador con pedigrí más que probado en la figura de Ullrich. Al pódium subieron también Roberto Heras, con gran futuro, e Igor González de Galdeano, que siempre acompasaba muy bien la respiración. La carrera fue entretenida, vibrante. Ah, y Vandenbroucke dejó un montón de pasta por los puticlubs de toda España. Dicen que robaba el coche del equipo y se plantaba en esos bares con neones rosas y ambiente turbio. No sé si visualizan la escena, porque un vehículo oficial no pasa precisamente desapercibido... Pues ahora imagínenlo aparcado a la puerta de... En fin. Eso. Imaginen.

Las leyendas sobre la dureza del Angliru proliferaron entre ciclistas

Volvamos a lo nuestro. Que el asunto iba de perlas. Olano líder (lo que es bueno, porque así el idolazo patrio podría bajarlo del pedestal a golpe de ataque en montaña), la estrella alemana cerca (lo que es bueno porque da caché), los escaladores lejos-pero-no-tanto (lo que es bueno porque favorece ofensivas) y el puerto-mito (aun inédito, recuerden) acercándose. Digno del mejor guionista.

Así que los días anteriores la cosa va de calentar el tema. Desarrollos, por ejemplo. Los Kelme saldrán con triple plato. En la época si tú lucías tres platos los puristas te miraban con malos ojos, escupían a tu paso, decían cosas como "gordito" o "inútil". Imaginen el impacto. Telekom, lo mismo. Tonkov contó que cargaría un 39x25 y todos se llevaban las manos a la cabeza. "Es que soy de arrastrar desarrollo". Luego rectificó y metió unos cuantos dientes más. Cuando en 2011 Juanjo Cobo conquistó el Angliru (sucedió, se lo juro) movía un 34x32... Los tiempos cambian que es una barbaridad...

Entonces eso. El gran día. Adelantamos un datito. Cuatro millones y medio de espectadores lo vieron por la tele. Casi la mitad de quien estuviera con la pantallita encendida a aquella hora, domingo 12 de septiembre de 1999, miraba atento lo del Angliru. Impresiona en abstracto. Impresiona aun más si ven lo que llegó más tarde.

La cosa es que fue un día de sí pero no. Sí, claro, aunque. Un "Mira tú". Principalmente por los descensos. Que estaban allí para todos, programadas desde el principio. Pero oigan... la cosa quedó algo deslucida. No en lo visual, no... allí insuperable. Pero lo otro. Recapitulemos... Bajando la Cobertoria se estraza Fernando Escartín, pódium en Francia apenas un par de meses antes. A casita. Bajando El Cordal el tema se pone dantesco. "Piepoli me ha dicho que igual esto no es lo suyo, que se había caído hasta tres veces", explicaba Eusebio Unzúe. "La subida al Angliru no tiene peligro, hay que subir y se sube", dirá después Manolo Saiz, director de Olano. "Pero con las bajadas hay que tener más cuidado". Precisamente el vasco se fue a la cuneta en el descenso de El Cordal, subiendo después por entre zarzas empapado y con cara de susto, un poco como cuando vas a pescar angulas y pasa la Guardia Civil. Días más tarde, en los Pirineos, abandona la Vuelta a España. Me fisuré una costilla allí, en Asturias, y del mismo esfuerzo acabé por romperla...

Por delante... pues el caos. Todos ascienden más o menos como pueden, a cámara lenta, clavaditos sobre el asfalto cual periodistas especializados en ciclismo. Las imágenes son espectaculares, pero hay un problema... Se llama Pavel Tonkov, es ruso, y quiere chafar la fiesta a todos derrotando al héroe patrio. El Chava va remontando (ha dejado clavado a Heras en la Cueña), pero no tiene tiempo, porque faltan pocos metros para la cima y Tonkov saca casi un minuto. Y aquí... otro de los invitados sorpresas. El GPS, ese cálculo exacto de las diferencias que aquel día falló más que Patrick Kluivert en un campo de tiro. Por despejar polémicas, conspiranoias y demás (como si no tuviese bastantes el ciclismo de por sí)... Mientras el cartelito en pantalla marca cuarenta y un segundos de margen a falta de kilómetro y medio, una medición sobre el terreno arroja la exigua cifra de catorce. En fin, quedarán años y años de que si me agarré a las motos, que si me frenaron los coches, que si un helicóptero me acercó hasta allí, a tu rueda. Pero la realidad se pone muy en plan la navaja de Ockham, amigos...

Porque al final Jiménez gana, claro. Que es lo que querían todos. "Se lo dedico a España entera, pues tenía una deuda con ellos y conmigo mismo", dirá el héroe. Yo soy español, español, español, lololo. Y etcétera, ya saben. Mismo tiempo para el ex-soviético (por lo que la llegada ha sido oficialmente al 'sprint', ejem), y por detrás... goteo. Un minuto a Heras, algo más a Beltrán, minuto y cuarenta y cuatro segundos a Olano (“espléndido Abraham Olano”, Pedro González en su salsa), otro minutejo a Ullrich. El décimo a tres, Vandenbroucke pierde cinco (y sin putas de por medio, que se sepa), Zülle siete. Mauri es trigésimo en la etapa nueve minutos más tarde que el Chava. Diferencias grandes, como siempre deja (o dejaba hasta hace nada) este puerto. Que no les cuenten milongas.

Foto: Jalabert no tuvo rival en la Vuelta a España de 1995.

Solo que... solo que parecía poco. Digamos que todo el mundo esperaba un circo con gladiadores y al final tuvimos a los payasos de la tele. Que son muy divertidos, pero... Nadie subió con la bici en la mano (en parte por los empujones, también hay que decirlo), nadie perdió mundos en cien metros, la estrella mediática con asfalto y nubes no abrió distancias nunca antes vistas. ¿Quieren un dato? Al día siguiente se llegaba a Los Corrales de Buelna, concretamente al polígono de Barros. Antes había que subir el puerto de Collado de Cieza, un segunda cortito pero con rampas muy duras. Aquel día hizo... en fin, no sé cómo describirlo. El vendaval que se levantó arrastró pancartas de publicidad, vallas y a un conocido mío que casi se nos cae monte abajo. Unas risas, no vean. Pues bien, casi en la cima del Collado atacó Tonkov, y con él se fueron Olano y Ullrich (descolgadísimo pasó Laurent Jalabert, penando toda esa Vuelta, y mi amigo Pipa se lanzó a cogerle rueda durante unas decenas de metros, la mayor gesta deportiva que jamás haya protagonizado alguien en mi círculo de amistades). La bajada era espeluznante y los tres se tiran para abajo. En meta sacan cuarenta segundos sobre los escaladores. Tanta gaita y tanto Angliru y mira... cuatro kilometritos bien echados en descenso y Olano casca al Chava la mitad de lo que perdió en Asturias. 'Sic transit gloria mundi', y todo eso.

Ulrich y Olano, en La Vuelta de 1999. (Reuters)
Ulrich y Olano, en La Vuelta de 1999. (Reuters)

Ah, después vinieron otros asuntos. Lo de Abraham en los Pirineos, lo de Vandenbroucke en Ávila, lo de Ullrich aquí y allá. Declaraciones, polémicas radiofónicas, Manolo Sáiz preguntando a un periodista deportivo si era tonto o se lo estaba haciendo. Unas risas. Pero eso fue más tarde. En la época d. A.

Después del Angliru.

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