"el mejor triunfo" del ciclista francés

Papel higiénico, "lumbris" y Jalabert: aquella primera Vuelta a España en septiembre

Hablamos con Jalabert sobre aquel año 1995 donde se produjo un enorme cambio en el calendario del ciclismo internacional. La Vuelta a España abandonaba la primavera y pasaba a septiembre

Foto: Jalabert no tuvo rival en la Vuelta a España de 1995.
Jalabert no tuvo rival en la Vuelta a España de 1995.

El año 1995 se produjo un enorme cambio en el calendario del ciclismo internacional. La Vuelta a España abandona la primavera y pasa al mes de septiembre. El experimento aun se mantiene a día de hoy, pero en aquel momento sorprendió a muchos. Hablamos con Laurent Jalabert, ganador de la prueba, para que nos cuente cómo afrontó ese territorio desconocido

Los más jóvenes habrán mirado esta Vuelta a España con ojos muy abiertos. Como platos. La Vuelta del año innombrable, la que se quedó con un fin de semana menos (como cuando pierdes de tu memoria todo lo que ha pasado entre viernes y domingo, y mejor así). Imágenes diferentes. Muy estéticas. Bosques de hojas que caen, mal tiempo, sombras alargadas para los ciclistas cuando asoma el sol. Aroma añejo. Aunque, en realidad, quienes tienen pocos años (dichosos ellos) no lo sepan. Porque la Vuelta no siempre se celebró en septiembre, amiguitos. No. La carrera española aparece, en nuestra juventud, ligada a chaparrones primaverales, nieve en las montañas, faros de los coches iluminando llegadas con niebla donde ya es casi de noche. Todo cambió hace ahora un cuarto de siglo. Qué viejos somos, joder. Esta es la historia de la primera Vuelta a España en septiembre.

Segunda, en realidad. Porque la Vuelta tuvo un nacimiento movidito. Venía de culo, vamos. Imaginen, primera edición en 1935, segunda un año más tarde. Tercera nada menos que en 1941. Desde entonces aparición y desaparición, irregularidad, temporadas donde se sale y otras que, mira, mejor nos quedamos en casa. Baile de estaciones, también. Abril-mayo al principio, luego junio, julio (sacrosanto Tour suspendido por la Guerra Mundial) y en 1950 que los ciclistas cruzan España entre agosto y septiembre. Victoria de Emilio Rodríguez por delante de su hermano Manuel. Delio, otro de la familia, había ganado en 1945 (hubo hasta un cuarto, Pastor, que no logró tan buenos resultados, y debió aguantar algunas cenas navideñas bastante incómodas). Vamos, que tampoco era para tirar cohetes la prueba. Tanto que no volvió hasta un lustro más tarde. Ya con las fechas clásicas. Las que se pensaban definitivas. Plena primavera, fines de abril, principios de mayo. A veces se solapaba con el Giro, las más había menos de una semana entre el final de una y el comienzo de otra. Qué importa, aquí es cosa de españoles, más allá terreno transalpino. El resto que se joda, o algo así. Si, total, lo que todos anhelan es el Tour.

Así nos tiramos cuarenta años. Cuatro décadas en las que la Vuelta cambia mucho. Cosa menor al principio, apenas objetivo serio para ninguno de los grandes. Subiendo escalones poco a poco. Anquetil, Gimondi, Merckx. También Hinault en 1978, cuando la carrera estuvo a punto de no acabar, a un tris de no volver nunca a celebrarse, si es que aquello se podía llamar celebración. Nosotros nos retiramos, dijeron desde El Correo Español-El Pueblo Vasco, periódico organizador. Muchos quebraderos de cabeza, y no están los tiempos para estas cosas. Acudió al rescate, casi sobre la bocina, una empresa especializada en la organización de eventos. Corridas de toros, más que nada, por plantear la cuestión. Se llamaba Unipublic y estaba ligada íntimamente a Franco. A los hermanos Franco, digo, que fue Enrique director de la prueba, y seguiría siéndolo durante muchos años. Aquella inicial Vuelta de 1979 mantuvo calendario, y bastante tuvo con salir adelante. Solo había un patrocinador (Lois, que puso diez millones, porque los ciclistas tienen pierna de sobra para que les queden bien los vaqueros) y el coche de Director de Carrera era propiedad del mismo Enrique. Ya ven, lo que hemos cambiado...

La primera Vuelta a España llegó en 1935.
La primera Vuelta a España llegó en 1935.

Los 80, el boom del ciclismo en España

Y la Vuelta despega. Edición de 1983, con “lo” de Serranillos (vamos a volver al puerto, ya verán). Dos años más tarde, “lo” de Perico y Recio. Kelly, Pino, apoteosis colombiana con Lucho. La bici se puso de moda a finales de los ochenta y un gentío abrumador rodeaba a los ciclistas en casi cada ascensión. “Me estoy volviendo loco” y entrevistas con punto cañí en los resúmenes de la noche. Edad de oro, solo que no pudimos saberlo.

“Tanta gente no la he vuelto a ver en la Vuelta”, nos dice Javier Mínguez, un clásico de la prueba como director que vivió su evolución desde la primera edición con Unipublic hasta más allá del año 2000. Con todo, la participación era un poco... mejorable, por decirlo suavemente. En España existían tantos equipos de todos los niveles (desde transatlánticos a pequeñas barquitas para pescar maganos) que el pelotón se engrosaba casi sin esfuerzo, pero los de fuera pasaban bastante del tema. Todo eso debió pesar en el ánimo de quienes mandan, sin duda. Y empezó a gestarse el asunto.

Hein Verbruggen era un tío con ideas. Buenas o malas, pero ideas. Algunas, de hecho, me parecen una cosa o la otra depende de cómo tenga el día, porque soy así de incoherente. La Copa del Mundo, por ejemplo, que nace en los últimos tiempos de Luis Puig y se consolida con el holandés al mando. Eso, a veces la echo de menos y otras pienso que está bien en el baúl de los recuerdos. Pero en fin, que nos desviamos. Hein Verbruggen era presidente de la Unión Ciclista Internacional a principios de los años noventa, y tenía bastantes proyectos. Globalizar el ciclismo. Cubrir con carreras importantes todos los meses del año. Mejorar el retorno publicitario. En pocas palabras... pasta (Que siempre es el plan más grande de todos).

Bernard Hinault en la Vuelta de 1983. (Archivo)
Bernard Hinault en la Vuelta de 1983. (Archivo)

El cambio de fecha

En uno de esos análisis deportivo-crematísticos Verbruggen y su séquito se dieron cuenta de que la temporada de ciclismo en carretera era breve, muy breve. Y que, además, tenía una enorme depresión entre el final del Tour y los Campeonatos del Mundo. Un mes nada menos, oigan. Un mes. Ummmm, ¿me suena de algo ese tiempo? Sí, podría funcionar. Así que a principios de febrero, año 1992, la noticia salta a los medios. Unipublic estaría sopesando la posibilidad de mover su mejor cita. Vuelta a España en septiembre. Es solo una idea, oigan, hay que estudiarlo todo. Lo cierto es que antes de eso Giro y Tour se negaron a ello. Para qué, si tenemos toda la idiosincrasia montada detrás. Pero la Vuelta cavila... Oigan, igual eso atrae más marcas. Mejor participación. Visibilidad. Igual, con un poco de suerte, hasta nos viene Indurain, que tiene pinta de dominador. Sí, podría funcionar.

La idea no agradaba a los grandes protagonistas. Prácticamente todos los directores españoles de la época se oponen a ello. Tradición. Identidad. El hecho de coincidir con el final de la Liga de Fútbol, que transformaba esa primavera española en frenesí mediático-deportivo año a año. Dónde vamos ahora. ¿Septiembre? Pero si aun están presentándose los fichajes, si hasta los cromos cambian de un día a otro. Y problema adicional: ese mes era el clásico para la Volta a Catalunya. Sin obstáculos por ahí. Un intercambio, pensaron, les iría bien a ambas.

Dicho y hecho. Diciembre de ese mismo 1992, después de los Juegos Olímpicos, y el AVE, y la Expo y todas esas cosas. También primer doblete de Miguel Indurain, por señalar detalles. Se anuncia oficialmente el cambio de fechas para la Vuelta Ciclista a España. A partir de 1995 será en septiembre. Una bomba. A modificar todo un calendario, unos planes de entrenamiento, una forma de entender el ciclismo temporada tras temporada. El presidente de la Federación Española de Ciclismo, Joan Serra, eleva sus quejas. Como todo lo que sube debe bajar, las mismas quedan para el olvido. La Vuelta será en septiembre, Unipublic y la UCI están de acuerdo. Ahora... ¿qué tal saldrá el experimento?

“Para nosotros fue difícil plantear la temporada con la Vuelta en septiembre”, continúa Javier Mínguez. “Lo otro estaba más pensado, probado de años anteriores. Momento álgido para los equipos de casa, darlo todo y después sobrevivir. Esto era distinto”. No todos pensaban igual. “Resultó más sencillo preparar la Vuelta en septiembre que en abril”, nos dice Laurent Jalabert (Mazamet, 1968). “Aunque, en realidad, como yo corría casi todo pues no cambiaba demasiado”. Jalabert se comportó aquel septiembre de 1995 como Atila al frente de una horda que llevaba maillots amarillos y anagrama de cuatro letras en el pecho. Pero adelantamos acontecimientos.

La Vuelta a España empezaba el 2 de septiembre de 1995. Gran novedad. Albricias y zapatetas. Iba a ser en Zaragoza, lo que provocó una polémica inicial durante la presentación de los equipos, al recibir Juan Fernández pitada unánime por parte de los espectadores. Juan, director de Mapei, había dejado fuera de la carrera al ídolo local Escartín, después de saber que éste abandonaría su equipo en dirección al Kelme cara al año siguiente (allí pedalearía para Álvaro Pino, otro que sabe bien lo que es la Vuelta en primavera). Malos augurios. Miguel Indurain no iba a correr la ronda de casa (“en España exportamos las mejores naranjas y nosotros comemos mandarinas”, llegó a decir Enrique Franco en sutilísima metáfora...) y la afición parecía huérfana de outsider patrio.

"Las nuevas fechas trajeron nombres, pero no hombres. La mentalidad hacía las diferencias y nosotros íbamos convencidos para hacerlo bien"

Y eso que la concúrrela era buena. Mucho mejor, en cualquier caso, que los últimos años. Durante el trienio ganador de Rominger habían pisado la ronda conjuntos tan pintorescos como Wigarma, Russ-Baikal (nombre acojonante, por cierto), Gaseosas Glacial, Varta o Recer Boavista. Y no era lo peor. Los otros, los buenos, acudían sin sus grandes figuras, reclutas de relleno que paseaban España al ritmo del último éxito musical. Visto lo visto la cosa va para arriba, al menos en nombres. Cinco de los diez mejores en el anterior Tour (Zulle, Rijs, Jalabert, Mauri, Virenque). Más Pantani. Más Della Santa. Más otros que iban a protagonizar un montón de líneas años más tarde. Bartoli, por ejemplo. Incluso un jovencito alemán pelirrojo y con pendiente, ya saben ustedes de quién hablo. En la práctica... bueno, agua. “Aquel primer año yo vi un nivel menor en septiembre del vivido por abril”, sigue contando Jalabert. “Las nuevas fechas trajeron nombres, pero no hombres. La mentalidad hacía las diferencias y nosotros, en un equipo español, íbamos convencidos para hacerlo bien. Aquella vez fue algo experimental para todos. Incluidos los extranjeros, claro”.

(Ah, la canción oficial fue Jaguarundi, de Víctor Coyote. En la época me parecía espantosa, pero visto lo que ha venido después, y lo que tenemos este año, pues oigan... hasta con cierta nostalgia escucho la rima esa de “lumbri” con “mundi”).

Prólogo y... ya tenemos ídolo español. O contendiente, vamos. Uno que llegaba bien descansadito, Abraham Olano. Se había roto la clavícula en la Volta a Catalunya (mejoró actuación respecto a 1994, cuando salió positivo por cafeína... sanción de un par de meses, que entonces las cosas se hacían así) y no pudo correr el Tour, así que arribó a Zaragoza con hambre de bici. Esa de la que hablaba Jalabert. Victoria y primer líder. Mapei empieza a desenredar la madeja.

Exhibición de Jalabert

Después... en fin, monólogo. Jalabert empieza a hacer y deshacer a gusto. Tanto que a veces ni se acuerda. Le comento que ataca por vez primera en la tercera etapa, subiendo Alisas antes de la meta en Santander. Él duda. Tiene memoria excelente, conserva (casi) todos los detalles de aquella carrera, pero es que arranco en tantas ocasiones... Ese día no sirvió para demasiado su intentona, porque desde el puerto hasta la mar había viento de cara, pero marcaba tendencias. “Desde el principio de temporada yo sabía que iba a correr la Vuelta a España. Como cada año en la ONCE, porque es prueba importante en su mercado. Íbamos con toda la motivación del mundo y eso hace la diferencia”. Y añade. “Aquella temporada yo había hecho cuarto en el Tour, y me esperaban unos días de critériums muy jugosos después de la Grande Boucle. Para hacer caja, ya sabes. Pero Manolo Saiz cogió el teléfono y me convenció para que pasase de ellos, descansara un poco y me plantase en la Vuelta a España con ganas de competición. Lo hice así y salió bien”.

Y tanto. Victoria en la cuarta etapa, cima del Monte Naranco. Donde Fuente, donde, doce meses más tarde, Miguel. Agarra el liderato y ya no iba a soltarlo. Con todo, prudencia. “Yo no confiaba en mi rendimiento en las vueltas de tres semanas. Pese al Tour. Creía que en alguna montaña acabaría perdiéndolo todo. Las últimas jornadas, además, me dolía un poco la rodilla, así que me comía la cabeza, pensando que iba a quedarme, que no sería capaz. Fue muy duro mentalmente. Al coger el maillot amarillo todo es alegre, pero según pasan los días se hace más y más complicado. Por eso no fui al Mundial de Duitama. Estaba vacío, completamente agotado psicológicamente”.

Menos mal, podría pensar alguno. Jalabert va cogiendo segundos aquí y allá. También victorias. Llegará a Madrid con cinco en el zurrón. Más la general. Más la montaña. ¿La regularidad? También para él. ONCE ganando por equipos. Tres tíos entre los cuatro primeros. Puño de hierro. Hace que casi parezca fácil. “La mayor diferencia entre la Vuelta en mayo y septiembre es el buen tiempo. En primavera resulta mucho más complicado. Estás entero, pero los adversarios también. Septiembre... bueno, era más sencillo. Sobre todo este año, cuando la gente aun no estaba situada del todo. Después ya cambió”.

La Vuelta fue dejando momentos claves, imágenes para el recuerdo. Cagalera generalizada camino de Zamora, que es algo muy de su época. Fotos dantescas, no las busquen demasiado. El dominio de Olano en las cronos. Y, sobre todo, él. De nuevo. Laurent. Sentenciando la prueba en Serranillos, como debe ser. Si corres a lo Hinault juega donde Hinault. Jornada para el recuerdo, con diferencias de otro tiempo. Todo improvisado, curiosamente. “Teníamos previsto atacar, sí, pero no lo de irme en solitario desde tan lejos. Eso no”, dice Jalabert. Tan lejos es a ochenta kilómetros de meta. Primero acompañado del italiano Roberto Pistore. Luego, soledad absoluta. “Pero fue surgiendo sobre la marcha. Había un grupo pequeño, estábamos los grandes favoritos, y de esos tres o cuatro éramos de la ONCE. Así que subiendo Serranillos aproveché la situación y lancé un ataque. Pistore vino conmigo y luego explotó subiendo Navalmoral”. De allí a meta otros cuarenta kilómetros. Sin problemas. Exhibición. Tres minutos al transalpino, más de cuatro y medio a los otros. El siguiente en la general, Olano, por encima de cinco. Todo sentenciado.

De allí al final... gula. Con intrahistorias, no se vayan a creer. Como en Sierra Nevada, una de las imágenes recordadas. Bert Dietz, alemán con cuerpo de albañil, que ataca a un mundo de meta y empieza a subir el último puerto con opciones. Solo que va clavado, avanza a duras penas, tiene todas las muertes del mundo grabadas en el rostro. Y por detrás ataca otra vez Jalabert. “Era mi costumbre, pegar una arrancada en el último kilómetro y arañar unos segunditos. Pero yo pensaba que Dietz estaba más lejos, que no iba a pillarlo. Entonces doy una curva y me encuentro de bruces con el coche de su equipo. Miré de reojo y vi a su director. Casi iba llorando. Así que dejo de dar pedales con tanta fuerza y permito que gane”. Es la clásica foto que todo el mundo recuerda. Jalabert aporta aun dos elementos más a la intrahistoria. “Fue porque ya había logrado tres parciales. Si no hubiese levantado los brazos en aquella Vuelta creo el final es otro. Y, por cierto, si no lo cazo yo me da que quien gana es Olano, que llegó a un par de segundos. Al final todos contentos”.

Jalabert deja ganar a Dietz en Sierra Nevada.
Jalabert deja ganar a Dietz en Sierra Nevada.

Nada más. Los nombres que no pueden o no quieren. “Rijs era una sombra de lo que fue en el Tour, por ejemplo”, recuerda Laurent. Pantani ausente. Ullrich un pipiolo. Ugrumov sin ganas. Virenque asoma solo en el Tourmalet, camino de Luz Ardiden, el día que Jalabert tuvo miedo de perder la Vuelta. “Me levanté por la mañana con dolor de rodilla, y estaba aterrorizado. No tenía nada de confianza, creía que todo se acababa allí”. Terminó ganando, claro. Como (casi) siempre.

Desde entonces han pasado muchas cosas. La Vuelta ya está perfectamente incardinada en el mes de septiembre, y las temporadas ciclistas han encontrado otro ritmo, otra cadencia. No hay nadie en el pelotón que haya conocido aquellos tiempos (bueno, Rebellin, pero de él no toca hablar hoy) y los jóvenes ciclistas siempre han conocido la Vuelta veraniega, llena de bulla y animación. Por eso la de este año, tan rara, tan raro, tiene un valor adicional. El del recuerdo, la remembranza de otro tiempos en los que éramos más jóvenes. La huella de un carrera grande. Al fin y al cabo ya lo dice el propio Laurent Jalabert. “Es la única victoria que logré en una prueba de tres semanas. Soy el último francés que lo ha conseguido. Sin duda alguna mi mejor triunfo”...

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