Un formato único y espectacular

Un ciclista busca a Jacq's montado en compresor: los Giros de Telecinco

Una cadena privada fue a por Miguel Induráin y el Giro de Italia y consiguió crear un formato único en la televisión española

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Si usted, amado lector, tiene más de 35 años sabrá exactamente a lo que me refiero. El compresor. “¿Te gusta el compresor?”. Ese, ese precisamente. El compresor. Qué coño es un compresor. En fin, yo no lo tengo muy claro, porque para los de mi época (ay) aquello significaba otra cosa. Italia. El Giro. Miguel Induráin. Y, claro, Telecinco.

Primavera de 1993. Un chico grandote que prefería los gestos a las palabras es el mejor ciclista del mundo. Indiscutible. Dos Tours, el último Giro, doblete mágico que solo un puñado de tipos tienen a lo largo de la historia. Coppi, Anquetil, Merckx, Hinault. También Roche, que ganó Giro, Tour, Campeonato del Mundo y el concurso de Miss Simpatía en Sappada. En fin, historias. Pero volvamos. Que Induráin es la estrella indiscutible del deporte español, figura que mueve masas, garantiza audiencias. Quizá por eso una cadena privada se decide a retransmitir el Giro de Italia. Nada menos. Lo que salió de ahí es ya icono generacional.

“Lo de Indurain pesó mucho, claro”, nos dice Jaime Ugarte, “pero también estaba lo otro. Telecinco tenía mucha relación con el país transalpino, tampoco vamos a extendernos aquí. Así que la cosa parecía hasta lógica, la clásica relación comercial en la que todos salen ganando”. Jaime Ugarte es periodista, de Sestao. Su voz acompañará a millones de españoles durante un bienio mágico que pareció durar tres siglos, tantos recuerdos lleva encima. Aun hoy, por teléfono, el tono, el ritmo, es inconfundible. Quién mejor que él para contarnos cosas y casos de aquel período.

Telecinco, a por Induráin

No era nuevo. Lo del ciclismo en la tele, vaya. No. En España la Vuelta venía emitiéndose desde, al menos, el año 1983. En directo, digo, los resúmenes y pinchazos ocasionales eran cosa más antigua. Ese mismo julio empezaron a verse las etapas del Tour, Arroyo y Perico mediantes. El Giro tardaría más, porque el Giro, aquí, era poco menos que desconocido, una carrerucha de italianos que nos quiere arrebatar el puesto de 'segunda grande'. Vaffanculo, que dirían ellos. Lo que pasa es que esas retransmisiones las hacía Televisión Española. Y entre que los ochenta eran como fueron (esos trajes espantosos, ese aire a lo “Carta de Ajuste”) y que el ente público es de arriesgar poco... pues eso, que la cosa era muy llana. Informativa, por así decir. Espectacular cuando la carrera era espectacular, ramplona cuando el pelotón se ponía en plan remolón. No era poco, no me entiendan mal, hoy en día se ve aquello con cariño. Pero como producto audiovisual queda, digamos, algo desfasado. Excesivamente sobrio.

El Giro tardaría más, porque el Giro, aquí, era poco menos que desconocido, una carrerucha de italianos que nos quiere arrebatar el puesto de 'segunda grande'

A estas alturas de la peli ustedes saben que las palabras “Telecinco” y “sobriedad” son un oxímoron. Algo así como “nieve negra” o “Borges pop”. Me entienden. Lo que iba a proporcionar la cadena privada era algo totalmente distinto. Tanto como para adueñarse de instantes que no son suyos. Como el primer Giro de Indurain. Ese que todo el mundo (casi todo el mundo, no se me pongan exquisitos) ha visto con la voz de Jaime Ugarte en los oídos... pero que echaron por Televisión Española. Pongamos contexto. En 1992 Miguel Induráin, vigente ganador del Tour de Francia, anuncia un calendario novedoso. Nada de Vuelta a España, la carrera que había abierto su año de “grandes” desde 1985. Miren ustedes, es que me viene fatal, con mal tiempo, y alergias, y que a veces como algunas alubias de más por febrero, y claro... No, yo prefiero ir al Giro, que se corre de una forma mucho más favorable para mis intereses, y además te deja un puntito, que diría el otro, riquísimo para la Grande Boucle. Si es que doblar Giro y Tour es lo mejor, está más que demostrado. Ya ven lo que ha cambiado el cuento, y solo hace... joder, hace ya treinta años. Retiren el “solo”. Qué viejos, amigos...

Entonces... al Giro, que lo recibe con los brazos abiertos. Y Miguel corresponde. En rosa desde el tercer día, control sin apenas problema, culminación por todo lo alto doblando a Chiapucci camino de Milán. Objetivo cumplido, y casi sin torcer el gesto. Induráin es el primer ciclista español que vence en Italia. Meses más tarde será el primero en repetir victoria gala. El más grande. Y todo un fenómeno social. Por eso Telecinco se lanza a por él...

Un despliegue bestial

El Giro de 1993 será primero del trienio que emitió la cadena privada. Despliegue absoluto de medios. José Javier Santos en Madrid, siempre acompañado con uno o dos invitados. Antiguos ciclistas, directores, algunas veces hasta tipos de la farándula (más o menos). Vamos, que por allí solo faltó que pasase Jesús Gil y su jacuzzi, y sus cadenotas de oro, y sus pelos en el pecho, y sus mozucas en bikini, y su vergüenza ajena. Pero no, libramos esa imagen, al menos en horario vespertino.

"Con el Giro toda su programación giraba alrededor de las bicis. Se iba cebando al espectador, después lo hicieron con Gran Hermano"

Este de los invitados era uno de los puntos fuertes. Por nombres y actitud. Pasaron tipos como Ocaña, Bahamontes, José Manuel Fuente, Julio Jiménez o Ángel Arroyo. Y todos, todos, rajando como pocas veces se había visto en la tele. “Para nosotros era un lujo tenerlos allí, imagina... los ídolos de mi infancia”, dice Jaime, “y les dábamos libertad absoluta, así que luego decían las cosas que decían. Era un espectáculo”. Que uno lleve a Bahamontes y éste ponga a parir a los ciclistas de ahora, a los de los ochenta, al general Espartero y al sursum corda es algo que puedes esperarte. Qué coño, es algo que anhelas con ilusión. Pero es que los otros no se quedaban atrás. Ocaña repartía hostias con “erres” trasmutadas en “ges”, y Ángel Arroyo llegó a decir durante una etapa que aquello estaba pactado para no ir rápido, que había biscotto, que menuda vergüenza, que vaya putos vagos todos. El día del Mortirolo, nada menos. Ya ven...

J.J. Santos en España, dijimos. Y la otra parte del equipo cubriendo aquello en directo. Desde Italia. Cada tarde en una cabina junto a la meta. Primera persona. Para hacer las veces de comentarista principal en Telecinco llamaron a Jaime Ugarte. Hoy, casi tres décadas más tarde, aun está agradecido por ello. “Yo soy un seguidor acérrimo de los tres grandes deportes populares, Del ciclismo, del fútbol, del boxeo. Auténtico fanático. Y además era un narrador, un narrador nato. Y aquello... imagina. Tener cada día cerca a Miguel Indurain, que era un superclase, que era un tipo educadísimo, alguien que desprendía un aura majestuosa, siempre mirando hasta el último detalle. Para que te hagas una idea nosotros hacíamos toda la etapa antes en coche, independientemente del recorrido. Para poder hacer mejor nuestro trabajo, sí, pero también porque nos gustaba”. Ese nosotros hace referencia a su otro compañero, Osvaldo Menéndez, “Un periodista, sí, pero sobre todo un caballero”. Quizá iba más justo de conocimientos sobre esto de las bicis, pero... en fin. Las cosas son como son. El tiempo nos deja regustillos dulces.


Todo giraba alrededor de las bicis e Induráin

Y empezó a funcionar. Tenía un estilo nuevo. Más dinámico, más moderno. Con aspectos totalmente novedosos para la época y que ahora se nos aparecen como familiares. “Telecinco no ha cambiado su forma de actuar desde entonces”, cuenta Jaime, “tan solo el producto. Con el Giro toda su programación giraba alrededor de las bicis, nosotros entrábamos en los informativos, se daban noticias en otros programas de la cadena, se iba cebando al espectador... era un círculo vicioso. Años después lo hicieron con Gran Hermano, pero la idea era similar”. Su estilo tampoco dejaba indiferente a nadie. Naturalidad, excesos en ocasiones, un puntito “pop”. Tan llamativos que, a veces, la organización del Giro ponía en los altavoces de meta su retransmisión. No Rai, sino Telecinco. Voces en español para un público italiano disfrutando de ocurrencias y chascarrillos. Que salían de forma natural. “Lo importante es dejarse llevar, no tener morcillas pensadas para incrustar a cada momento, porque entonces el público se da cuenta y desconecta”.

Y otras cosas. La publicidad, por ejemplo. Imposible olvidarla. Primero por lo “erótico-festivo” del asunto, que aquella fue otra época, y se nos colaban señoritas en motos con estética “Cincuenta sombras de Grey” a la mínima. Y luego por la mala hostia. Las ganas de matar. La ira irrefrenable. Esos anuncios en el último kilómetro. Jaime se ríe, y apunta un dato que luego compruebo como real. “No eran tan largas, apenas diez segundos, lo que pasa es que magnificamos todo en la memoria”. Y luego añade. “Nosotros éramos una cadena privada, vivíamos de eso. Intentaba dar paso a publi de forma natural, sin hacer dramas ni despreciar los comerciales como hacen algunos compañeros”. No importa, olvidaré sus palabras en unos meses y aquello del compresor me parecerá más largo que una crono del Chava. Lo sé.

En la Merano-Aprica se llegaron a superar los siete millones de espectadores por momentos. Cifras de fútbol o realitys gordos

E Indurain, claro. Sobre todo Indurain. Todo giraba alrededor de él. En eso también fueron pioneros los de Telecinco. Le ponían un pequeño camerino en su estudio móvil. Para asearse, tomar aire, cambiar ese maillot sudado por otro seco que evite catarros y fríos. Luego grababa una cuña diaria, pero con lo otro te asegurabas sacarle algo. Algo. Unas palabras, un gesto, una mirada. Centrarlo todo alrededor de la gran figura. ¿Entienden ahora que lo de la Fórmula 1 y Fernando Alonso no fue sino remedo de esto? Y luego que Miguel ganaba. Ganaba mucho. Ganaba siempre. Casi.

Audiencias por las nubes. Líderes indiscutibles en su franja horaria un día tras otro, ocasionalmente vanguardia, o muy cerquita, de los datos totales. Con picos que hoy nos parecen algo irreal, absolutamente imposible. En la Merano-Aprica se llegaron a superar los siete millones de espectadores por momentos. Cifras de fútbol o realitys gordos o la boda de Lolita. Ese plan.

J.J. Santos, conductor de los Giros de Tele 5 (Telecinco)
J.J. Santos, conductor de los Giros de Tele 5 (Telecinco)

El espectáculo, digo, acompañaba. El Giro de 1993, Indurain contra la legión italiana. Chiapucci que da sus últimos coletazos, aunque él no lo sepa. Bugno que sube la Marmolada muerto, cadáver. Porque aquel tío había fallecido, a mí que no me engañen, solo tenías que ver su rostro, sus ojos de hielo convertidos en ojos de mar. Un difunto. Sucede que Gianni Bugno difunto era más elegante que todos nosotros vivos, recién salidos de casa y estrenando maillot. Cosas de la clase, que se tiene o no se tiene. Y él tenía. Yo no, por eso escribo. Gianni pilota aviones, protagoniza libros y ganó un par de cosas en este bendito deporte.

Pero eso, que victoria. Sufrimiento al final con Ugrumov, que tenía motor Ferrari bajo una de esas calvas tan de Europa del Este. Vamos, que corría en la Mecair-Ballan pero hubiese podido jugar de extremo en la Bulgaria de EEUU´94, ustedes me entienden. Apuros no tan grandes por Oropa, aunque en aquel momento (la retransmisión ayudaba, ya les dije que tendía a la exageración) se provocasen varias paradas cardiacas...

El biscotto de 1994 y adiós a Telecinco

Y al año siguiente... apoteosis. La carrera que no ganó Indurain, por cierto, y la más recordada por muchos, porque ganar es cosa muy apreciable, pero perder bonito tiene bastante más mérito. Aquella etapa inolvidable, la Merano-Aprica. Un biscotto, que decía Arroyo, y J.J. Santos asentía, poco menos que indignado ante aquella vergüenza. Pero luego se animó. Un poquito nada más, vaya. Récord de audiencia, ya dijimos. Y el Mortirolo. “El puerto más duro, más impactante, que yo jamás haya visto. Por sus rampas, sí, pero también por su soledad. Todo igual, entre árboles, curva y contracurva, perdiendo rápidamente la referencia de los de delante. Tú vas solo, y vas jodido, porque es imposible subir aquella pared de otra forma. Y, encima, no ves que los demás van igual o peor...”, recuerda Jaime. Ciclismo sin pinganillos, recuerden. Remontada de Indurain, nacimiento del mito Pantani (los calvos estaban muy de moda en la época), hundimiento del navarro, Berzin que recupera. Al final el Giro lo gana aquel ruso rubito que parecía invencible. Poco más sumó a su palmarés, y años más tarde se retiró para abrir un concesionario de coches, convirtiéndose en uno de ellos. Ah, también llevaba motor Ferrari.

Y después... nada. Giro de 1995, el último que va a emitir Telecinco. Ausencia de Indurain, que ya es un golpe fuerte. Victoria de Rominger (mismo proveedor de mecánica que los dos anteriores), quien, encima, era visto poco menos que como el archirrival de Miguel. Y un equipo que se desbarata. Allí ya no estaba Jaime Ugarte, sino que la retransmisión la llevaba el pipiolo Antonio Lobato (en contra de la tónica general del artículo, Antonio Lobato aun no estaba alopécico). Demasiado joven, quizá. Pero es que en la cadena también habían cambiado un par de cosas. La dirección, por ejemplo. Difícil venderle a los nuevos ese producto que parecía caer en picado. Sin Indurain nada, pero ¿usted ha visto la diferencia de datos? Imposible, esto cuesta mucho dinero, demasiado. Nada, recojan sus cosas y a casa. A ver, aquel del fondo, meta el compresor en la cajita, ande, que ya está haciendo el ridículo. Y la jovenzuela de Jacq´s... última vez que entra aquí en moto, que lo pone todo perdido de humo. Venga, venga, hay que dejar esto limpio que mañana empezamos a grabar Compact DYC (lo juro).

Terminamos con la pregunta obligada a Jaime Ugarte. ¿Crees que se podría intentar algo parecido hoy en día? Es decir, una cadena privada poniendo toda la carne en el asador por un producto como el ciclismo. Él no duda. “Yo pienso que sí, la bicicleta tiene un público muy fiel. Quizá habría que reinventarse un poco... pero reinventarse para volver al pasado. Acudir de nuevo a las carreras, cuando se pueda, por ejemplo. Y actualizar el formato, mimarlo, tratarlo como se merece. Pero yo creo que funcionaría”. Qué tiempos aquellos, amigos.

Pd: el autor de este artículo confiesa que aun no sabe qué es un compresor...

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