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'Ennio: el maestro': ¿fue Morricone el Beethoven del siglo XX?
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'Ennio: el maestro': ¿fue Morricone el Beethoven del siglo XX?

Giuseppe Tornatore le dedica un documental a su amigo y colaborador, un homenaje musical que repasa la carrera del compositor italiano, figura fundamental del cine y de la música

Foto: Ennio Morricone, en una imagen del documental. (Karma Films)
Ennio Morricone, en una imagen del documental. (Karma Films)

Tiendo a pensar en la capacidad del colectivo para transformar el mundo. Pero después de ver 'Ennio: el maestro', me preguntaron: "¿Te has planteado lo importante que puede ser un individuo? ¿Te has planteado cómo sería el mundo, tu vida, si Ennio Morricone no hubiese nacido?". El mundo sería un lugar menos bello, menos emocionante, menos sensible. Quienes entienden de música —no es mi caso— dicen de Morricone que, sin él, no podría entenderse la música del siglo XX. Quienes sabemos —algo— de cine somos conscientes de que no podría entenderse el cine sin Morricone. Porque el siglo XX fue el siglo del séptimo arte, cuando el cine desbancó a la ópera de su trono del "arte total". Dicen también quienes entienden de música que no puede haber un Mozart o un Beethoven si no han transcurrido, al menos, 200 años de su muerte. Morricone murió hará dos años, en julio. Se despidió con una carta en la que pidió un sepelio privado: "Yo no quiero molestar", dejó escrito, lo que dice mucho de su concepción del mundo y de sí mismo. Pero más importante, dejó como legado más de 500 ¡500! bandas sonoras de clásicos inolvidables, películas infames, directores consagrados, cineastas novatos. Entre ellos, Giuseppe Tornatore, con el que trabajó en 'Cinema Paradiso' y que ahora le dedica este documental íntimo y exhaustivo que llega este viernes a las salas de cine.

Tráiler de 'Ennio: el maestro'

Tornatore recuerda cómo a mediados de los 80, cuando era un cineasta imberbe, contactó con Morricone para proponerle la banda sonora de su segundo largometraje. Y cómo Morricone, a pesar de haberse prometido abandonar la música para cine, después de leer el guion, accedió y compuso una de las bandas sonoras más 'acongojantes' del cine moderno. Después llegaron otras diez películas juntos, en un acto de fidelidad casi anacrónico. Pero, ¿quién quiere sustitutivos cuando tiene al mejor? En 'Ennio: el maestro', se nota la reverencia, pero no hay genuflexión. Se nota el cariño, pero no hay empalago. Y el foco está colocado absolutamente en Morricone, sin que el director haya querido epatar ni subrayar su firma.

Tornatore equilibra la aproximación emocional a la figura del compositor con el análisis de su técnica, su carrera y de la aportación del italiano a la música, considerándolo —en boca de otros— no solo un gran autor de un 'género menor' como el de las bandas sonoras, sino un gran autor, a secas, sin menores epítetos. "Al principio pensaba que hacer música para el cine era humillante, pero poco a poco dejé de hacerlo. De hecho, hoy pienso que está al mismo nivel que la música contemporánea", reconoce, por fin, el propio Morricone en su documental.

placeholder Morricone, en su estudio. (Karma)
Morricone, en su estudio. (Karma)

El documental podría considerarse la prolongación audiovisual del libro de entrevistas que publicó el también compositor Alessandro de la Rosa, 'En busca de aquel sonido. Mi música, mi vida' (Malpaso, 2017), producto de una relación que intenta replicar aquella del aprendiz y el maestro, que en el caso de la música, y tal como retrata la película, supone un grado de filiación e idolatría difícil de encontrar en otras disciplinas, por aquello de la genialidad y su trasvase cuasi epigenético. Cuentan en el documental que a Morricone, cuando su apellido era archiconocido mundialmente, solo le importó el reconocimiento de Gofredo Petrassi, su maestro. Y de su esposa, Maria Travia, su mejor público, su mejor crítica.

De Morricone siempre se ha escrito sobre su legendario mal carácter. Pero en 'Ennio' Tornatore, con la confianza de dos personas que se admiran y se respetan, consigue introducirnos en la intimidad del hombre. Testarudo, obsesivo y metódico, pero también emocional. Le vemos, incluso, hacer un poco de gimnasia en la alfombra de su estudio para ejercitar los músculos, una concesión extraña y desprendida. En varios momentos del documental, a Morricone se le empañan las gafas de lupa, desvelando probablemente por segunda vez en público —la primera podría datarse en la recogida de su Oscar honorífico en 2007— que debajo de la máquina de precisión se parapeta un alma sensible. Una obviedad para quienes se han detenido a escuchar de verdad su música.

placeholder Clint Eastwood y Eli Walach, en 'El bueno, el feo y el malo', con música de Morricone. (Karma)
Clint Eastwood y Eli Walach, en 'El bueno, el feo y el malo', con música de Morricone. (Karma)

La voz de Morricone hila el relato de una película que probablemente ya sonaba a elegía cuando se rodó. Morricone murió a los 91 años con las botas puestas, dirigiendo a su orquesta alrededor del mundo. A su gira, premonitoria, la llamó 'The Last Concerts World Tour', 'La gira mundial de los últimos conciertos', que contó con dos paradas en España. Él mismo repasa sus orígenes humildes, hijo de un trompetista y de una sastra, y cómo consiguió entrar en unos estudios limitados a la élite. Cuenta cómo empezó a tocar la trompeta en sustitución de su padre cuando este enfermó, cómo tocaba para poder llevar comida a casa, cómo su carrera fue un ascenso desde la cara menos académica de la música, escogiendo lo que nadie quería, lo que nadie apreciaba —programas de televisión, arreglos de canciones ligeras, películas—, y cómo su falta de soberbia —que no de prejuicios— le colocó en una posición a la que, hasta que él llegó, jamás había llegado nadie. Nunca hubo un trabajo demasiado pequeño, un artista demasiado desconocido con los que colaborar. Su única cláusula radicalmente innegociable: utilizar música de otros en sus bandas sonoras.

El recorrido también es musical, y uno detrás de otro, en sus trabajos se aprecia la necesidad de experimentar, de no repetirse, de evolucionar. De su Gruppo di Improvvisazione Nuova Consonanza, absolutamente experimental, a la música de 'La misión' o 'Los odiosos ocho' —por esta última ganó su Oscar, el único más allá del honorífico— hay un camino de libertad en el que un silbido, un chasquido de látigo, un choque entre latas de hojalata fueron tan instrumentos como una decena de violines.

Su narración la amplía Tornatore con entrevistas —de archivo y 'ad hoc'— de Leone, Bertolucci, el propio Tornatore y una lista tan amplia como ecléctica de artistas con los que trabajó y a los que ha influido. Me pregunto cómo percibiría el italiano las estridencias de Metallica, que siempre abren sus conciertos con 'L'estasi dell'oro'. El ascetismo para consigo mismo contrasta con la generosidad para con los demás. Parece que hasta casi el final Morricone no percibió —o aceptó— la importancia de su trabajo. Tampoco sus coetáneos. Y 'Ennio: el maestro' viene a reivindicar ya no la trascendencia de un solo hombre, sino la trascendencia de este hombre en la larga historia de las artes. Morricone vive en su música y, muy a su pesar, parece que lo hará eternamente.

Tiendo a pensar en la capacidad del colectivo para transformar el mundo. Pero después de ver 'Ennio: el maestro', me preguntaron: "¿Te has planteado lo importante que puede ser un individuo? ¿Te has planteado cómo sería el mundo, tu vida, si Ennio Morricone no hubiese nacido?". El mundo sería un lugar menos bello, menos emocionante, menos sensible. Quienes entienden de música —no es mi caso— dicen de Morricone que, sin él, no podría entenderse la música del siglo XX. Quienes sabemos —algo— de cine somos conscientes de que no podría entenderse el cine sin Morricone. Porque el siglo XX fue el siglo del séptimo arte, cuando el cine desbancó a la ópera de su trono del "arte total". Dicen también quienes entienden de música que no puede haber un Mozart o un Beethoven si no han transcurrido, al menos, 200 años de su muerte. Morricone murió hará dos años, en julio. Se despidió con una carta en la que pidió un sepelio privado: "Yo no quiero molestar", dejó escrito, lo que dice mucho de su concepción del mundo y de sí mismo. Pero más importante, dejó como legado más de 500 ¡500! bandas sonoras de clásicos inolvidables, películas infames, directores consagrados, cineastas novatos. Entre ellos, Giuseppe Tornatore, con el que trabajó en 'Cinema Paradiso' y que ahora le dedica este documental íntimo y exhaustivo que llega este viernes a las salas de cine.

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