'Otra vuelta de tuerca': un clásico de fantasmas inyectado de espíritu 'grunge'
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'Otra vuelta de tuerca': un clásico de fantasmas inyectado de espíritu 'grunge'

Floria Sigismondi traslada a los años noventa el relato de Henry James, en una propuesta interesante de base que tiende hacia la catástrofe

Foto: La institutriz y los niños de 'Otra vuelta de tuerca'. (EOne)
La institutriz y los niños de 'Otra vuelta de tuerca'. (EOne)

Publicado en 1898, 'Otra vuelta de tuerca' es un clásico que no se agota. Ahora mismo coinciden dos nuevas adaptaciones que trasladan a épocas más contemporáneas la novela de Henry James, la serie 'La maldición de Bly Manor' en Netflix y esta 'Otra vuelta de tuerca' que aterriza en los cines. A primera vista, el original literario podría parecer otro cuento gótico más en que una institutriz que cuida de dos huérfanos en una mansión se siente amenazada por los fantasmas de los antiguos sirvientes del lugar. Pero, a través del trabajo con el punto de vista narrativo, James plasmó inquietudes plenamente modernas al cuestionar las fronteras tradicionales entre la experiencia subjetiva y la realidad objetiva. En el cuento, no hay una perspectiva omnisciente que confirme la existencia de los fantasmas más allá de la percepción de la protagonista. Pero, al contrario de lo que sucede en tantas películas con supuesto giro sorpresa final, tampoco se certifica en ningún momento que los espectros no existan.

Desde el psicoanálisis, 'Otra vuelta de tuerca' se interpreta como un relato en que la institutriz, una mujer victoriana soltera y sin hijos, proyecta en esas figuras amenazantes su instinto de protección maternal frustrado. Y al mismo tiempo, el texto encierra muchos de los elementos a reivindicar desde el feminismo en la ficción gótica: la representación de los miedos y dificultades de una mujer que debe erigirse como figura de autoridad en una casa ajena, y cómo los afronta desde la soledad; la constatación de que el punto de vista y la subjetividad femenina siempre acaban cuestionadas; o la posible reivindicación de una hipersensibilidad femenina que captaría peligros y amenazas invisibles para el resto.

Tráiler de 'Otra vuelta de tuerca'

Floria Sigismondi, que se forjó como directora en el mundo del videoclip en los años noventa, traslada la trama de la novela a esta década, de manera que cuando la protagonista Kate (Mackenzie Davis) llega a Bly Manor, la mansión gótica no solo parece aislada en el espacio, también en el tiempo. De hecho, tras un prólogo en la casa, la película arranca con la noticia en la televisión del suicidio de Kurt Cobain. Estamos en 1994. La referencia a la muerte del líder de Nirvana no solo nos sitúa en el contexto temporal y anuncia el espíritu 'grunge' que preside la ambientación del filme y la banda sonora. También introduce el tema del trastorno mental como elemento clave en la narrativa. Para más inri, aquí la protagonista tiene a su madre ingresada en un centro psiquiátrico. La progenitora se representa a través de un imaginario lleno de tópicos: sola en una piscina vacía mientras pinta imágenes que plasman su psique atormentada. La opción de trazar desde el inicio el marco de la locura en la vida de Kate, tanto desde el entorno generacional como del familiar, resulta un retroceso respecto a la atractiva ambigüedad de la novela de Henry James. A menos que, piensas, la directora acabe subvirtiendo de alguna manera esta sugerencia inicial de que todo lo extraño que vamos a ver en la película sucede en la mente de la protagonista.

Mackenzie Davis en 'Otra vuelta de tuerca'. (EOne)
Mackenzie Davis en 'Otra vuelta de tuerca'. (EOne)

A Sigismondi le debemos algunos de los videoclips más sugerentes de su época. Con sus piezas audiovisuales contribuyó a fijar los imaginarios oscuros de grupos como Marilyn Manson. Su talento para la recreación de universos de una belleza decadente y perturbadora se hace notoria en la puesta en escena de 'Otra vuelta de tuerca'. La película no recurre a los efectos de postproducción para generar una atmósfera inquietante. Por el contrario, otorga fuerza y presencia a todos los objetos que conforman el ambiente de Bly Manor, desde la habitación de los juguetes a la de los trastos. La fotografía de David Ungaro tampoco cae en el expresionismo tenebrista habitual, sino que opta por un naturalismo que subraya la importancia de los pequeños detalles.

En la misma línea, Sigismondi trabaja con unos intérpretes cuya presencia electrifica la pantalla. Mackenzie Davis se convirtió en una de las actrices más atractivas del panorama norteamericano desde que la descubrimos en la serie 'Halt and Catch Fire'. Aquí resulta de lo más convincente como una joven institutriz moderna con un aire a Courtney Love. Con la niña protagonista, Brooklynn Prince, lloramos en 'The Florida Project'. Y el chico que encarna a Miles, Finn Wolfhard, se ha hecho famoso como el líder de la pandilla de amigos de 'Strangers Things', pero aquí está más cerca del Ezra Miller de 'Afterschool' o 'Tenemos que hablar de Kevin'. Wolfhard dota a su Miles de la perturbación propia de un adolescente en pleno despertar sexual que parece haber caído bajo el influjo tóxico del fantasma del antiguo profesor de equitación, Quinn. El chico además transmite esa actitud nihilista tan habitual en los jóvenes de los noventa.

Otro momento de 'Otra vuelta de tuerca'. (EOne)
Otro momento de 'Otra vuelta de tuerca'. (EOne)

Con todo ello, Sigismondi configura una película atractiva de base que sin embargo se tambalea a la hora de desplegarse como narrativa. Quizá porque se encontró con un proyecto que había pasado por muchas fases de guion, producción e incluso dirección (Juan Carlos Fresnadillo fue uno de los primeros nombres barajados para dirigir la película) antes de llegar a sus manos, la realizadora no parece haberse apropiado del todo de la película. De manera que su apuesta por un filme atmosférico e inquietante choca con la progresiva acumulación de sustos fáciles ligados a la presencia, o no, de fantasmas en la residencia. En esta 'Otra vuelta de tuerca', la subjetividad de la protagonista acaba reducida a un truco de guion tan subrayado como, a estas alturas, reaccionario. Y en su giro final, la película, más que sorprender, turbar o esclarecer todo lo que hemos visto hasta entonces, se precipita atropelladamente hacia el sinsentido.

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