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'Cafarnaúm': impúdica pornografía emocional

Un filme diseñado con la astucia necesaria para lograr que las audiencias del Primer Mundo salgan del cine convencidas de haber visto una película importante y necesaria

Foto: 'Cafarnaúm'.
'Cafarnaúm'.

Desde que se dio a conocer internacionalmente gracias a la comedia romántica 'Caramel (2007), Nadine Labaki se ha mostrado interesada ante todo en conmover al espectador, y en recurrir incluso a métodos marrulleros para lograrlo. En ese sentido, 'Cafarnaúm' es un desvío: en ella, la libanesa busca menos el sentimentalismo —aunque también— que el miserabilismo. Resumida en una sola frase, podría definirse como un ejemplo de la más impúdica pornografía emocional, diseñado con la astucia necesaria para lograr que las audiencias del Primer Mundo salgan del cine convencidas de haber visto una película importante y necesaria.

Explicada con más palabras, la historia que cuenta es la de un niño, Zain, que está en la cárcel en Beirut por haber apuñalado a alguien, y que al principio de la película lleva a sus padres a los tribunales por haberlo traído a un mundo tan cruel y despiadado como el que les ha tocado habitar a él y a sus aparentemente innumerables hermanos. Se trata de una premisa tan absurda que lo lógico sería usarla para hacer comedia, pero las intenciones de Labaki son muy distintas.

A partir de ahí, Labaki traza la historia de violencia que llevó la vida del chaval a ese punto. Obligado por sus abominables padres a abandonar el hogar familiar —de algún modo hay que llamarlo—, encuentra refugio en un barrio infestado de cucarachas junto a una refugiada etíope que hace malabarismos para poner algo de pan en la boca de su bebé. Pero la mujer no tiene papeles y, tras ser arrestada, Zain se verá obligado a cuidar de la criatura. Un niño maltratado de 12 años que vive en la calle, pues, asume la responsabilidad de evitar que uno de apenas un año se muera de hambre. Para partirse de la risa.

Durante ese segmento narrativo central en el que el protagonista sobrevive entre el mísero bullicio en busca de trabajo o una comida sólida, la imagen que Labaki ofrece de una ciudad enorme e implacable resulta avasalladora. Pero el espíritu neorrealista que esas escenas transmiten se ve saboteado por el exceso de sentimentalismo y la interminable sucesión de indignidades que pasean por la pantalla; de hecho, 'Cafarnaúm' parece empeñarse en dar argumentos a la defensa de Zain en el citado proceso judicial: la mayor parte de su metraje demuestra que lo mejor para el chico habría sido no haber nacido. Es el tipo de película que confunde la exhibición de atrocidades con la intensidad dramática.

'Cafarnaúm'.
'Cafarnaúm'.

Por la pantalla, pues, desfilan niños que son encadenados y dados en matrimonio a cambio de unas gallinas, y toqueteados y golpeados y revolcados en la mugre. Entre tanta barbaridad, viendo la película, uno casi espera que llegado el momento aparezca un perrete sin piernas que obligue a los pocos espectadores con los ojos aún secos a descargar su parte del caudal de lágrimas que esta película necesita para justificar su existencia.

Cartel de 'Cafarnaúm'.
Cartel de 'Cafarnaúm'.

Suele decirse que, de todas las emociones que el cine es capaz de provocar, la más barata es la lástima. Después de todo, a cualquier hijo de vecino le sale el instinto protector al contemplar a personas inocentes que sufren, especialmente si se trata de niños. Hace falta muy poca pericia para ganar nuestra simpatía manufacturando ese tipo de situaciones, especialmente si se nos hace asumir que son reflejo del mundo real. Es cierto que algunas de las películas que basan su pegada emocional en retratar miserias cotidianas son obras maestras. Pero si 'Ladrón de bicicletas' (1948) dejaba que su sentido de indignación moral surgiera de su austeridad formal y el amplio espacio que los personajes tenían para ir tomando forma, 'Cafarnaúm' se emplea demasiado a fondo en cada plano para hacernos polvo. Y es posible que hasta lo logre, pero recibir martillazos en la cara durante dos horas provoca el mismo efecto, y no por ello es algo bueno.

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