Críticas de cine: La fábrica de nada: la clase obrera baila sobre su propia tumba
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'La fábrica de nada': la clase obrera baila sobre su propia tumba

El portugués Pedro Pinho dirige un lucidísimo 'musical neorrealista' protagonizado por unos trabajadores a los que, de la noche a la mañana, les cierran la fábrica

Foto: Este drama musical del portugués Pedro Pinho ganó el Fipresci en Cannes. (La Aventura)
Este drama musical del portugués Pedro Pinho ganó el Fipresci en Cannes. (La Aventura)

Los parajes por los que discurre 'La fábrica de nada', en las afueras de Lisboa —aunque podría ser la periferia industrial de cualquier ciudad europea e, incluso, cualquier núcleo urbano occidental—, podrían formar parte del paisaje fílmico de una distopía posapocalíptica. Lo traumático es que, "cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". Bienvenidos al neorrealismo del siglo XXI. Monstruos de hormigón y hierro abandonados recortan el horizonte de las pequeñas colmenas de pisos suburbiales de donde, en época de bonanza, salía la mano de obra de la que se alimentaba la industria. "Un espectro asola Europa", avisa una voz en 'off'. "Un espectro de su fin, un final sin fin, suspensión indefinida, estado permanente de excepción". El capitalismo agoniza enganchado al respirador artificial, pero nadie pide la eutanasia.

Y el director portugués Pedro Pinho acota en su última película la historia reciente de la Europa en crisis al entorno controlado de una empresa portuguesa fabricante de ascensores que, de la noche a la mañana, se enfrenta al cierre: los trabajadores se encuentran a la administración desmantelando la planta, llevándose la maquinaria y parapetada tras un silencio férreo. Un drama social que Pinho cuenta de la manera más insólita: en una película rodada en 16mm, con una fotografía naturalista y una fórmula que pasa de la narrativa más convencional al musical —sí, musical, con canciones y bailes—, pasando por el documental, el ensayo político e incluso el cine autorreferencial: en una escena del filme, uno de los personajes lo define como "un musical neorrealista".

Uno de los momentos musicales de 'La fábrica de nada'. (La Aventura)
Uno de los momentos musicales de 'La fábrica de nada'. (La Aventura)

Con el aval del premio Fipresci, de la Quincena de realizadores de Cannes, y del Giraldillo de oro, del Festival de Sevilla, 'La fábrica de nada' representa ese cine de autor europeo y vanguardista que, además, no pierde el contacto con la crítica social ni se limita a las tribulaciones de una cierta clase burguesa de prozac, retrato familiar al óleo en la pared del salón y botella de 'sherry' bajo el somier. Aquí, los protagonistas son de clase trabajadora no cualificada que, antes de la crisis financiera, mantenía un nivel de vida y unas perspectivas de mejora social que, de pronto, desaparecieron. Desde la primera secuencia, el director contrapone en montaje la frialdad del proceso productivo en cadena —la máquina que prensa, la radial que corta— a la máxima expresión del contacto humano, el acto de amor físico de uno de los protagonistas y su pareja.

La cinta representa ese cine de autor europeo y vanguardista que, además, no pierde el contacto con la crítica social

Aunque al principio los responsables de la fábrica niegan la mayor, pronto comienzan a llamar a los trabajadores —uno a uno, no sea que se unan— para ofrecerles una pequeña compensación a cambio de una firma con la que renuncien a su puesto de trabajo. Como ya hiciera el brasileño Kleber Mendonça Filho en 'Doña Clara', Pinho apunta a las maneras suaves de quienes representan un neoliberalismo voraz —deslocalización a países baratos como China, en este caso— y que tras su aparente amigabilidad y retórica afable y eufemística ocultan métodos de persuasión mafiosos y amenazantes. Si ese "¿qué tal está la familia?", "¿cómo está tu rodilla?" no consigue su objetivo, el 'tiburón' da paso a la amenaza burocrática. La asepsia con la que dos, tres, 20, 30 años de trabajo se convierten en un "¿me acompaña un momento?", "serán 15 minutos", "tómeselo como una oportunidad", una rúbrica, una indemnización y a otra cosa.

Otro momento de 'La fábrica de nada'. (La Aventura)
Otro momento de 'La fábrica de nada'. (La Aventura)

Como en 'El desierto de los tártaros', de Dino Buzzati, pero apelando a la dignidad de quienes luchan por la supervivencia a pesar de saberse el eslabón más débil, los trabajadores de la fábrica deciden seguir acudiendo a sus puestos de trabajo, seguir cumpliendo sus horarios, mantener encendida la cadena de producción de la planta aunque ya no haya nada que producir. Lo único que piden los que muchos llaman 'vagos' es, paradójicamente, que les dejen trabajar. Acongoja cuando Pinho pasa al formato entrevista documental y pregunta a dos de sus actores —no profesionales, con la cara curtida y los dedos deformados de años de trabajo manual— qué esperan del futuro. "Cuanto más lo necesitas, que es cuando envejeces, es cuando el país se va al traste. ¿Y mis contribuciones? ¿Y los 17 años en los que trabajé en la panadería de Machado? ¿Y los tres años de militar? ¿No cuentan?", contestan.

Pero 'La fábrica de nada' no se deja arrastrar por la solemnidad, sino que enseguida contrarresta con el humor irónico

Pero 'La fábrica de nada' no se deja arrastrar por la solemnidad, sino que enseguida contrarresta con el humor irónico y la distancia consciente. Pinho añade un personaje que se presenta como un artista que pretende rescatar a la izquierda europea a través del arte —¿un trasunto satírico de sí mismo?— y cuyo debate circunda la imposibilidad —o no— de abandonar un sistema al que todos pertenecemos y que no tiene oposición posible. El personaje describe el capitalismo como un sistema irracional que se nutre del trabajo y la energía humana, y que permanece indiferente al contenido mientras la máquina siga en funcionamiento. Exacto, como la propia fábrica.

Cartel de 'La fábrica de nada'.
Cartel de 'La fábrica de nada'.

'La fábrica de nada' se toma a sí misma tanto en serio como en broma. Monta, desmonta y rehace las piezas. Apela al espectador, al cineasta, al agitador cultural, al currito. Dice y se desdice, rodea, circunvala y penetra en el debate sobre la deriva política y social de nuestro tiempo. Es esperanzadora y a la vez pesimista. "Si quieres dividir el mundo en dos grupos opuestos, no deberías dividirlo entre izquierda y derecha", propone uno de los lúcidos trabajadores. "Si no entre los que aceptan este mundo como es por un lado y por otro los que están dispuestos a renunciar a las comodidades, a los móviles, a los viajes a la Luna, a los 'tupperwares'. Y tengo malas noticias: nadie quiere renunciar a eso".

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