Coppi y Bartali en el desierto de los tártaros
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dino buzzati cubrió el giro de italia de 1949

Coppi y Bartali en el desierto de los tártaros

Dino Buzzati (1906-1972) nunca abandonó la guerra. En el El desierto de los tártaros (1940) colocó al teniente Giovanni Drogo al frente de una fortaleza que cubría la visión

placeholder Foto: Gino Bartali y Fausto Coppi comparten agua en la ascensión al Alpe d 'Huez, en el Tour de 1952, que lideraba Coppi (en primer término). (CARLO MARTINI)
Gino Bartali y Fausto Coppi comparten agua en la ascensión al Alpe d 'Huez, en el Tour de 1952, que lideraba Coppi (en primer término). (CARLO MARTINI)

Dino Buzzati(1906-1972) nunca abandonó la guerra. En elEl desierto de los tártaros(1940) colocó al teniente Giovanni Drogo al frente de una fortaleza que cubría la visión inhóspita de un desierto por el que llegaría el enemigo. Así perdió su vida esperando a los tártaros, apostado en su puesto y soñando con la gloria de lo que vendría. El éxito es el fracaso. Una escena tan actual como aquel Giro de Italia de 1949, la batalla que enfrentaría al discípulo convertido en campeonísimo contra el maestro en pleno ocaso: Fausto Coppi (1919-1960) contra Gino Bartali (1914-2000).

El último Giro antes de la parálisis de la Segunda Guerra Mundial, el de 1940, lo ganó Coppi, con 20 años –el vencedor más joven de la historia de la carrera–, mientras era gregario de Bartali. Al regreso del conflicto mundial, los choques de ambos corredores, ya en equipos distintos, protagonizarían una de las épocas –cuatro años– más gloriosas de la carrera, y las páginas políticas y sociales más polémicas: Bartali representaba a la democracia cristiana y católicos, Coppi a la Italia de izquierda y laica.

El veterano se vengó con el triunfo en 1946. Los duelos se repetirían tres años más, todos ellos a favor de Coppi. El último tuvo un testigo de lujo: el perito de la novela del absurdo cubrió la exigente carrera ciclista para el Corriere della Sera,y Buzzati demostró que su absoluto desconocimiento de este deporte incomprensible era lo más apropiado para cantar la épica de los ciclistas, rebozados en barro y desperdigados por las carreteras de gravilla que suben y bajan los Dolomitas y los Alpes.

En esta guerra no hay víctimas mortales, pero Buzzati no pierde oportunidad para lucir metáfora bélica en las 25 crónicas que publicó en el diario –y que tan acertadamente recupera y traduce al castellano la editorial Gallo Nero–, donde los deportistas son soldados y el enemigo las montañas, las tormentas de granizo, la velocidad, el cansancio, los pinchazos, etc.

Más romanticismo, por favor

“Así pues, ¿sirve de algo una cosa tan estrafalaria y absurda como dar la vuelta a Italia en bicicleta? Por supuesto que sí: es una de las últimas provincias de la fantasía, un baluarte del romanticismo, que, sitiado por las sórdidas fuerzas del progreso, se niega a darse por vencido”, escribe el autor en su última crónica, después de 19 etapas y toneladas de epopeya con las que cubre su ingenuidad.

Buzzati regresa desde el pasado para ponerle acción y emoción a las imágenes en blanco y negro. Descongela las estampas con la retórica de lo que no se ve. A este curioso cronista no le interesa tanto el desarrollo de la carrera como lo que piensan los protagonistas, lo que ocurre en los márgenes de la carretera. Él mismo entiende el Giro como una novela a la que ha llegado para escribir sus capítulos a diario.

Circula en uno de los coches que abren carrera y recrea la galería de la humanidad exaltada. “Se olvidan de todo, de quiénes son, del trabajo que les espera, de los dolores de cabeza, del amor, de todo menos del hecho memorable de que Fausto Coppi va en cabeza y Bartali retrasado, perdiendo cada vez más terreno”.

Pero cuando llega la alta montaña despliega toda la artillería novelera para sellar a los ciclistas el pasaporte a la tierra de los héroes: “Iba sucio de fango, con la cara gris y cubierta de tierra, inalterable a pesar del esfuerzo”, escribe sobre el derrotado Gino Bartali, “terco”, “duro”, “implacable”. “Pedaleaba y pedaleaba como quien sabe que algo terrible lo persigue y que, si se deja atrapar, no cabe ninguna esperanza. El tiempo y nada más que el tiempo ineluctable era lo que lo perseguía. Qué gran espectáculo el de un hombre solo en mitad de esa salvaje garganta, librando una lucha desesperada contra los años”.

Hace años que la lucha ha sido desenmascarada y el romanticismo cubierto de trampas. Las de aquellos titanes de tubulares cruzados sobre los hombros, las de los livianos de titanio de hoy. Buzzati, que reconoce no haber visto una carrera de ciclismo en ruta hasta ésta, se atreve a meterles mano a los semidioses, para comprobar la parte carnal, y lo que encuentra es la pena máxima: “Todos tienen a punto sus pequeñas armas secretas que los demás no deben conocer”. Habla de talismanes con la fotografía de los niños, de una medalla de su virgen predilecta… “menos imaginativo, uno de los corredores se ha metido en el bolsillo del maillot un tubo de anfetaminas, y otro una infusión energética elaborada especialmente por el farmacéutico del pueblo”.

Buzzati es el verdadero héroe de todo esto, por no comulgar con más crónicas de lo visto. Prefiere jugar a combinar la realidad con lo que no ve: “La bicicleta tiene dos ruedas, una que dirige y otra que gira, una que obedece al cerebro cuando hay que decidir si ir para aquí o para allá, y otra que obedece a las piernas, esas piernas de profesional que al tocarlas uno exclama: ¡Pero si son de madera!”,apelando al sentimiento del deportista y del espectador. Las de Buzzati son crónicas invisibles, con momentos gloriosos nacidos en la gran contradicción del espectáculo ciclista, donde se enfrentan el paisaje con la velocidad. Enemigos irreconciliables.

Giro de Italia