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'El instante más oscuro': ¡cállate de una vez, Churchill!

Sería lamentable que Oldman obtuviese el Oscar por este mediocre trabajo, en el que el director, Joe Wright, no sabe qué película tiene entre manos

Foto: Gary Oldman es Churchill en 'El instante más oscuro'. (Universal)
Gary Oldman es Churchill en 'El instante más oscuro'. (Universal)

Seguro que hay quienes, mientras veían 'Dunkerque', pensaron: "Esto está muy bien, pero, en lugar de batallas por mar y aire, ¿no podríamos ver lo que los políticos británicos hacían mientras tanto?". Para todos ellos, ahora llega 'El instante más oscuro'. De hecho, la película de Christopher Nolan y la de Joe Wright funcionan como obras complementarias, en parte porque la una es increíblemente vibrante y la otra no lo es nada.

A decir verdad, 'El instante más oscuro' no habla solo de la operación Dinamo: es otra cosa. Es, a estas alturas todos lo sabemos ya, la película que finalmente le proporcionará a Gary Oldman su primer Oscar. En ella, interpreta a Winston Churchill sirviéndose de prótesis y kilos de maquillaje y una sobreactuación inconmensurable. Se trata de un trabajo actoral sin duda enérgico. Todo lo que hay alrededor de ella, y en especial de los momentos en que Churchill escupe alguna frase famosa, es un sopor.

La película se sitúa en mayo de 1940. Recién llegado al poder en Reino Unido, los nazis a las puertas del país, Churchill tiene un dilema. ¿Debería escuchar a sus asesores y sus rivales políticos, que defienden la necesidad de negociar con Hitler? ¿O debería echar mano de su incomparable oratoria para agitar el espíritu nacional británico y combatir al maniaco dictador? El resultado, lo sabemos, fue uno de los discursos más famosos de la historia.

Gary Oldman es Churchill en 'El instante más oscuro'. (Universal)
Gary Oldman es Churchill en 'El instante más oscuro'. (Universal)

Explicada así, 'El instante más oscuro' suena bien. Podría haber sido un emocionante canto a la perseverancia y el coraje. Pero no lo es. La mayor parte de su metraje es gastada observando a señores estirados que hablan y hablan, y conspiran en jardines, y discuten en cuartuchos insuficientemente iluminados, con los ceños fruncidos e intercambiando miradas de soslayo, mientras una guerra se libra muy lejos de allí.

Su argumento, de hecho, puede resumirse así: todo el mundo odia a Churchill

Es, en efecto, una película bélica en la que la retórica importa mucho más que el campo de batalla. A excepción de un par de exuberantes planos del frente, permanece confinada en interiores londinenses. Vemos a Churchill en su sombría alcoba, alumbrado solo por la cerilla con la que enciende su puro. Lo seguimos por los interiores solemnes pero caóticos de Buckingham, donde mantiene agarrotados almuerzos con el rey; nos sumergimos con él en el centro de comando situado en los sótanos de Westminster, donde discutirá con su consejo de guerra y enviará a miles de muchachos a morir para salvar a cientos de miles más. Mientras encadena esas escenas, la película carece de arco narrativo alguno. Su argumento, de hecho, puede resumirse así: todo el mundo odia a Churchill, y él se mantiene firme en sus convicciones y da un discurso increíble, pero todo el mundo sigue odiándole, así que él se mantiene aún más firme y da otro discurso aún más increíble, y entonces todo el mundo le quiere.

Otra imagen de 'El instante más oscuro'. (Universal)
Otra imagen de 'El instante más oscuro'. (Universal)

Para contar eso, como es costumbre en él, Wright en ningún momento deja de recordarnos lo importante que su película es, exhibiendo elaboradísimas composiciones y virgueros movimientos de cámara, y en este caso también convirtiendo los debates parlamentarios en vistosos 'tableaux vivants' en los que chorros de luz entran por la ventana y, moteados por el polvo, iluminan a los diputados —¿es que en 1940 no había bombillas en Westminster?— con el fin de dotar al relato de cierto jugo. Pero, en parte porque cualquiera que esté interesado en esta historia lo suficiente como para ver la película sabrá de antemano cómo acaba —en parte porque el cine la ha contado hasta la saciedad últimamente—, la intensidad dramática brilla aquí por su ausencia.

Joe Wright exhibe elaboradísimas composiciones y virgueros movimientos de cámara

Para suplirla, Wright recurre a palabras. Escena a escena, Churchill no para de hablar, ni de dictar ni de dar discursos. No hay un solo momento en toda la película en que el primer ministro se calle y piense. De hecho, no parece tener pensamientos, solo una boca soportada por una papada obviamente prostética. Y, mientras, Wright pretende hacernos creer que su retrato humaniza a su héroe, pese a que en realidad lo que hace es sacudir vigorosamente de su figura cualquier aspecto que pudiera sembrar dudas acerca de su grandeza. Por un lado, sugiere que Churchill era la única persona en la política mundial capaz de entender la amenaza nazi, y por otro sostiene que lo único malo que aquel gran hombre hizo en su vida fue hacer llorar a sus secretarias.

Churchill, en el metro de Londres. (Universal)
Churchill, en el metro de Londres. (Universal)

Por lo que respecta a Oldman, aunque escondido bajo tanto látex y tanto potingue resulta prácticamente irreconocible, su versión de Churchill no es ni más ni menos que la caricatura que lleva tiempo instalada en el imaginario popular: un ser bovino que arenga y menea la cara y oscila entre la jovialidad y la furia en cuestión de segundos. Sea como sea, decimos, se trata de un intento descarado de diseñar una interpretación con el fin expreso de ganar un Oscar. Y probablemente dé sus frutos. En todo caso, es lamentable que Oldman obtenga el premio por este mediocre trabajo y no por alguna de las estupendas interpretaciones que ha dado a lo largo de más de 30 años en películas tan distintas como 'Sid & Nancy' (1986) o 'El topo' (2011).

Cartel de 'El instante más oscuro'.
Cartel de 'El instante más oscuro'.

¿Sirve 'El instante más oscuro', por último, para algo más que llenar la vitrina de Oldman? Wright asegura haberla hecho para inspirar a los espectadores a que combatan ideologías basadas en el odio y la intolerancia, y eso invita a pensar que en realidad no tiene muy claro qué película tiene entre manos. Después de todo, retrata a un acaudalado líder político proclive al populismo y a la agitación, y resuelto a determinar por su cuenta el curso de la historia mientras alarma a su pueblo contra la llegada de los malvados extranjeros. Es fácil imaginarse a los votantes de Trump —o, al menos, a aquellos que van al cine— tomándola como un apoyo a su causa.

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