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'Final Portrait. El arte de la amistad': Giacometti se estampa contra un lienzo

Stanley Tucci recrea los 18 días de 1964 que el pintor y escultor Alberto Giacometti pasó pintando el retrato del escritor James Lord

Foto: Geoffrey Rush en el papel de Giacometti.
Geoffrey Rush en el papel de Giacometti.

El cine biográfico tiene mala reputación, y se la ha ganado a pulso. Hubo un tiempo en el que, sistemáticamente, los 'biopics' se dedicaban a contar las vidas enteras de sus protagonistas y a embutir todos los momentos esenciales en dos horas de metraje, e inevitablemente las películas resultantes casi siempre carecían de textura. Afortunadamente, ese tiempo ha pasado: hoy el tipo de aproximación mayoritaria al género apuesta por poner el foco en un episodio o periodo aislado de la existencia del personaje.

Ese es también el enfoque adoptado por el actor Stanley Tucci en su quinta película como director. En ella recrea los 18 días de 1964 que el pintor y escultor Alberto Giacometti pasó pintando el retrato del escritor James Lord, y que el propio Lord evocó luego con una mezcla de afecto y frustración en su libro de memorias 'A Giacometti Portrait'. El objetivo de 'Final Portrait', decimos, es acercarse a la filosofía y el proceso creativos del artista sin trazar líneas biográficas claras y recurriendo en cambio a una sucesión de pinceladas rápidas.

Al principio de la película Lord está a punto de regresar a Nueva York. Giacometti le hace saber que le gustaría pintar su retrato antes de su marcha. Solo llevará unas pocas horas, le asegura. Sin embargo, una vez agotado ese tiempo el dibujo apenas ha sido empezado. A lo largo de los siguientes días el modelo se verá obligado a posponer su vuelo una y otra vez para seguir sentándose frente a un artista que cada vez se muestra más obsesivo en su empeño de perfeccionar el retrato. El problema, no tarda en quedar claro, es que la perfección que busca es inalcanzable. Vemos a Giacometti dar forma al dibujo solo para borrarlo poco después con un par de golpes de pincel y así poder volver a empezarlo, y en el proceso descubrimos que, en realidad, es incapaz de finalizar ninguna de sus obras; a su juicio, incluso las que lo han hecho famoso están inacabadas.

El modelo y el pintor.
El modelo y el pintor.

Asunto principal de 'Final Portrait', de hecho, es la idea de que algunas obras de arte necesitan serles arrebatadas a sus autores para poder ser consideradas como completas. Oímos al suizo confesarse incapaz de identificar en qué momento la sucesión de líneas que traza sobre el lienzo pueden empezar a considerarse un dibujo, y no es descabellado imaginarse a Tucci diciendo algo parecido acerca de esta película hecha de pequeñas líneas y trazos leves que de forma casi imperceptible llegan a convertirse en un boceto.

Asunto principal del filme: algunas obras de arte necesitan serles arrebatadas a sus autores para poder ser consideradas como completas

Escena a escena acompañamos a Giacometti mientras bebe cafés de dos en dos en el mismo bar de siempre, da paseos con su amante prostituta y mantiene sinuosas charlas con un confundido Lord en las que pone verde a Chagall y a Picasso. Pero sobre todo lo vemos en su estudio, una estancia ruinosa situada en un callejón parisino de la que nadie diría que pertenece a uno de los artistas más celebrados de su tiempo: un lugar de paredes desconchadas y lleno de escombros y restos de pintura y arcilla, y en el que esculturas exageradamente esbeltas se desperdigan de forma aparentemente arbitraria.

El propio Giacometti es también puro desorden. Vestido como un vagabundo, la arcilla adherida a su ropa y su piel, despliega un generoso catálogo de gestos y tics nerviosos mientras fuma furiosamente un pitillo tras otro y las volutas de humo se elevan sobre su ingobernable mata de pelo rizado. Mitad atormentado y mitad hedonista, mitad autocrítico y mitad ególatra, sus maneras de hecho se ajustan como un guante al estereotipo del genio loco -no es la única obviedad en la que incurre una película que llena la banda sonora de acordeones para recordarnos que transcurre en París-. En su piel, cómodamente instalado en el exceso, el actor Geoffrey Rush aporta mucho más colorido que profundidad. En todo caso, es en su perfil de Lord donde la película se muestra especialmente superficial: Tucci ni siquiera hace el ademán de explorar el elemento de vanidad que muy probablemente impulsó a Lord mientras aceptaba someterse al caótico y tedioso proceso de Giacometti; tal y como Arnie Hammer lo encarna, el personaje permanece de principio a fin instalado entre la curiosidad y la perplejidad. Aparte de eso, su mayor rasgo distintivo es lo bien que le quedan los trajes.

En última instancia, la película en su conjunto aqueja la misma falta de hondura y de progresión que sus personajes. Sí, Tucci evita los clichés del cine biográfico, pero por otro lado no los reemplaza con una fuente alternativa de energía e intensidad dramáticas. Al final, no llega a ofrecer razones convincentes que justifiquen qué le llevó a decidir que la forma idónea de aproximarse a la figura de Alberto Giacometti era a través de este episodio y no de otro.

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