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'El secreto de Marrowbone': cine de terror que recicla la fórmula Bayona

Sergio G. Sánchez, el guionista de cabecera de Bayona en sus comienzos, se estrena en la dirección con una película de fantasmas muy al estilo de 'El orfanato'

Foto: Sergio G. Sánchez dirige 'El secreto de Marrowbone'. (Universal)
Sergio G. Sánchez dirige 'El secreto de Marrowbone'. (Universal)

'El secreto de Marrowbone', la primera incursión de Sergio G. Sánchez en la dirección de cine, no es una mala película. Pero tampoco es memorable y, mucho menos, está destinada a dejar huella ni en el espectador ni en la historia del cine de terror: es el peaje que hay que pagar cuando una película prefiere reutilizar una fórmula cuyo éxito ya ha quedado demostrado que arriesgarse a ser original y pegarse un batacazo en taquilla. La paternidad de 'El secreto de Marrowbone', con todos los ingredientes de la factoría Sánchez-Bayona —el director catalán es uno de los productores—, es obvia: el guion de Sánchez vuelve a centrarse en un edificio que oculta un pasado dramático, una historia con elementos sobrenaturales propios de la novela gótica, y está contada desde el punto de vista de los niños —y no tan niños— protagonistas. Precisamente, esa sensación de 'déjà vu' y de una trama confeccionada a medida y con demasiadas vueltas de tuerca son los principales hándicaps de una película que no deja de ser entretenida y que puede presumir de una buena factura visual.

Sánchez se traslada esta vez hasta la América rural de finales de los sesenta con una película rodada en inglés y con vocación de llegar al mercado internacional. Una madre y sus cuatro hijos huyen de Inglaterra —y de una experiencia traumática— para instalarse en la mansión Marrowbone, un caserón decadente y aislado propiedad de la familia que ha permanecido abandonado durante décadas. Los primeros momentos de felicidad por la perspectiva idealizada de una nueva vida se rompen cuando la madre (Nicola Harrison) cae enferma y muere. Y para que no los separen los servicios sociales, los hermanos deciden recluirse en la casa hasta que Jack (George MacKay) cumpla la mayoría de edad y pueda hacerse con la custodia del resto.

La película, rodada en inglés y con vocación de llegar al mercado internacional, se sitúa en la América rural de finales de los sesenta

En 'El secreto de Marrowbone', Sánchez construye un cuento de terror a la antigua usanza a través de la superposición de diferentes tipos de miedo en el que, al final, lo sobrenatural acaba siendo inocuo ante las monstruosidades que campan en el plano real. También contrapone la importancia del dolor emocional, a veces menos obvio, y del dolor físico, cuyas huellas, aunque más visibles, muchas veces se borran antes. El director vuelve sobre los principales 'leitmotivs' de su trabajo como guionista: la destrucción de la familia, la pérdida, la reconstrucción del hogar, y la violencia que entraña crecer y entrar inevitablemente en un mundo adulto agresivo y peligroso, donde los códigos de la infancia han dejado de funcionar.

Un fotograma de 'El secreto de Marrowbone'. (Universal)
Un fotograma de 'El secreto de Marrowbone'. (Universal)

El hermano más pequeño, Sam (Matthew Stagg), representa la inocencia más pura y el juego; Jane (Mia Goth), la calidez maternal de una joven que tiene que adoptar el papel de madre sin apenas transición —aquí radica uno de los misterios más confusos de la película— y que ha conseguido enterrar un pasado de abusos a diferencia de sus dos hermanos mayores, Billy (Charlie Heaton) y Jack, que conviven con unos sentimientos reprimidos que derivan en ira, en uno, y en idealización de la nueva realidad, en el otro.

El director recurre a Henry James, al gótico sureño y a los colores y los paisajes de Andrew Wyeth

Y para construir el entorno en el que surge la fantasmagoría, el director y guionista recurre a Henry James, al gótico sureño, a los colores y los paisajes de Andrew Wyeth, una de las principales referencias visuales de una película que tiene como gran baza un trabajo visual pictórico y sugerente, con mucha textura. El paisaje, los contornos, los edificios se mueven en ese espacio ambiguo entre la belleza nostálgica y la hostilidad, una dualidad perfectamente encapsulada en la figura de la casa familiar, que representa a la vez la seguridad del refugio y el lugar donde se esconden los monstruos, en una extensión arquitectónica del espacio de fantasía de debajo de la cama.

Anya Taylor-Joy, Matthew Stagg, Charlie Heaton, George MacKay y Mia Goth. (Universal)
Anya Taylor-Joy, Matthew Stagg, Charlie Heaton, George MacKay y Mia Goth. (Universal)

Sin embargo, a 'El secreto de Marrowbone' le pesa el no haberse podido despegar del todo de sus referentes. Primero, resulta algo anticuada, utilizando una fórmula de terror que necesita modernizarse —los diálogos y la forma de tratar los temas son poco contemporáneos— y empleando recursos manidos, como los espejos, las fotografías, los álbumes de recuerdos. Y segundo, basa gran parte de su personalidad en un primer giro argumental que el espectador inevitablemente relaciona con filmes muy concretos —especificar títulos, llevaría al 'spoiler'—, como un trasunto en que el modelo es demasiado reconocible como para tener identidad propia. Un problema del que Sánchez es consciente y que intenta arreglar con un triple salto mortal que acaba dejando peor sabor de boca. Un cierre que desmerece una película que, hasta sus compases finales, consigue lo que se propone, que es entretener, asustar y emocionar.

Cartel de 'El secreto de Marrowbone'.
Cartel de 'El secreto de Marrowbone'.

La película de Sergio G. Sánchez es una muestra de que en España se puede hacer cine con vocación internacional, con una factura que puede competir directamente con otras producciones de Hollywood. Pero también es la muestra de que al modelo de cine 'de masas' de nuestro país le falta riesgo y ganas de innovar. Que es un cine conservador que solo da oportunidad a nuevos talentos cuando la recuperación de los ingresos está prácticamente asegurada. Que las grandes sorpresas, las que hacen que una película quede en la memoria, que trascienda los límites que se autoimpone la industria, solo pueden sobrevivir refugiadas en los márgenes.

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