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'Churchill': un cero a la izquierda en el desembarco de Normandía

Brian Cox y Miranda Richardson protagonizan un 'biopic' sobre el estadista británico aburrido y carente de emoción, aunque con un esforzado trabajo visual

Foto: Brian Cox es el protagonista de 'Churchill'. (A Contracorriente)
Brian Cox es el protagonista de 'Churchill'. (A Contracorriente)

¡Ay, el sino del jarrón chino!, como dijo Felipe González, la desdicha de los antiguos hombres de poder que acaban como un florero enorme en un apartamento pequeño. "Se supone que tenemos un valor, por lo tanto no quieren romper el puñetero jarrón y echarlo a la basura, pero donde quiera que lo pongan, estorba", 'lloraba' el expresidente hace unos años. Precisamente en el síndrome del jarrón chino de Winston Churchill se centra 'Churchill', uno de los dos 'biopics' sobre el ex primer ministro y exministro de Defensa de Reino Unido, entre otros cargos —como bien se encarga de recalcar una y otra vez el personaje—, que llegan a la cartelera con menos de seis meses de diferencia —'El instante más oscuro', con Gary Oldman en el papel del estadista, se estrenará el 12 de enero—, y que recoge las tribulaciones 'churchillianas' en los días previos a la operación Overlord, más conocida como el desembarco de Normandía.

Lo primero que sorprende de 'Churchill' es que, teniendo como contexto una de las operaciones militares más épicas de la Segunda Guerra Mundial —y eso que haber hubo para elegir—, el argumento se centra en los aspectos más burocráticos, soporíferos y tediosos de la misión. A lo que hay que sumar la falta de emoción de la que adolece la narración, algo que quizá tenga que ver con la decisión de haber encargado el guion a la historiadora Alex von Tunzelmann, que se estrena en el terreno cinematográfico y que, aunque probablemente sobresalga en el aspecto de la precisión histórica, no consigue dominar la materia prima básica del cine: la emoción.

La cinta busca sacar a la superficie la faceta más desconocida de uno de los británicos más relevantesY eso que la cinta busca sacar a la superficie la faceta más desconocida de un hombre al que todavía hoy se le considera como uno de los británicos más relevantes de la historia: su tendencia a padecer depresiones, su personalidad narcisista y el insignificante papel que jugó en la planificación del Día D, una misión a la que se opuso sin que los aliados tuviesen demasiado en cuenta su opinión. También aporta algunas pinceladas de su matrimonio con Clementine 'Clemmie' Churchill, una relación turbulenta pero que duró hasta la muerte del político y Premio Nobel de Literatura, pero que tampoco consigue integrar de manera orgánica en la narrativa de la película.

Brian Cox es Winston Churchill en el 'biopic' dirigido por Jonathan Teplitzky. (A Contracorriente)
Brian Cox es Winston Churchill en el 'biopic' dirigido por Jonathan Teplitzky. (A Contracorriente)

'Churchill' comienza en los días previos al desembarco de Normandía, con el entonces primer ministro (interpretado por un esforzado Brian Cox) oponiéndose a la estrategia con la que el mariscal Bernard Montgomery (Julian Wadham), el entonces general Eisenhower (John Slattery) —antes de convertirse en el trigésimo cuarto presidente de Estados Unidos— y el jefe del Estado Mayor Imperial Alan Brooke (Danny Webb) intentan convencer al rey Jorge VI (James Purefoy) de la necesidad de enviar a 200.000 soldados americanos y británicos a través del Canal de la Mancha hasta la costa francesa para obligar al ejército de la Alemania nazi a replegarse.

Churchill está convencido de que la misión será una carniceríaChurchill está convencido de que la misión será una carnicería y parece que es el único que se preocupa de que el plan se convierta en una sangría de vidas en balde. Sin embargo, hasta sus más estrechos colaboradores —como Brooke— piensan que el político sigue anclado en la forma de combatir en la Primera Guerra Mundial y que no entiende los vericuetos de la guerra moderna. "Llegada la hora, hasta el mejor de los dirigentes se topa con su propio límite", piensan de él. Churchill se encuentra de bruces con que su edad se ve más como un arma para el descrédito que como una fuente de experiencia. Churchill es en cierta manera la representación viva del cambio de poderes que sufre también el mundo: la decadencia de un Imperio Británico que, a su manera, también es un jarrón chino en una 'rave', y que pierde empuje ante la arrogancia y la vitalidad de un país joven como Estados Unidos.

Brian Cox y Miranda Richardson, en su papel del matrimonio Churchill. (Graeme Hunter Pictures)
Brian Cox y Miranda Richardson, en su papel del matrimonio Churchill. (Graeme Hunter Pictures)

Su matrimonio con Clemmie (Miranda Richardson) tampoco se encuentra en su mejor momento: su mujer tiene que aguantar sus cambios de humor, su despotismo, su indiferencia y su melancolía. Cox presenta un personaje atribulado e histriónico, ciertamente endiosado y, a veces, con poca empatía hacia la gente que lo rodea —algo que la película intenta suavizar con un arco positivo de transformación del personaje, no vaya a ser que se caiga un mito—. También plantea, con una leve pincelada, que afrontó diligentemente su deber patriótico a pesar de la depresión que sufría entonces, al mismo tiempo que intentaba derrotar a Hitler al otro lado del Canal.

Dentro de una película fría y en la que la intención dramática se intuye pero no se siente, los mejores momentos son aquellos en los que al menos el humor hace acto de presencia: Churchill, whisky en mano, se encomienda al 'Altísimo' para que mande la madre de todas las tormentas sobre la costa francesa y así obligar a los destacados aliados a volverse a Inglaterra y salirse con la suya. También se agradece que el director, Jonathan Teplitzky, haya optado por romper la convencionalidad del relato con, de vez en cuando, una composición de cuadro original y expresiva, lo que demuestra una intención estética más allá del plano contraplano y los 'travellings' laterales.

Cartel de 'Churchill'.
Cartel de 'Churchill'.

Además, Brian Cox se mete de lleno —con una estupenda caracterización mediante— en el papel, a veces hasta el punto de pararse justo en el límite de la parodia, una apuesta arriesgada pero que funciona. Entre whisky y whisky, puro y puro, diatriba y diatriba —siempre bien salpicada—, la película permite hacerse cierta idea de Churchill en su intimidad y fragilidad. Sin embargo, el guion no acaba de encontrar el verdadero punto de interés de la historia. Porque la burocracia pura solo puede llegar a drama dentro de una administración de Hacienda.

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