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'La vida de Calabacín': una animación extraordinaria a la conquista de Hollywood

El primer largometraje del suizo Claude Barras, toda una perla de la animación 'stop motion', se aproxima al dolor de la orfandad desde la más infinita de las ternuras

Foto: Los protagonistas de 'La vida de Calabacín'.
Los protagonistas de 'La vida de Calabacín'.

El pequeño Calabacín —el protagonista de la película prefiere este mote a su nombre real, Ícaro— se adapta a una realidad dolorosa a través del dibujo y la imaginación. Su padre ausente cobra vida en la imagen de un superhéroe perfilada en las paredes del dormitorio y también en esa cometa que vuela como un espíritu protector sobre el niño. Con las incontables latas de cerveza que vacía su madre, construye su propio rompecabezas. 'La vida de Calabacín', este pequeño largo (apenas dura 60 minutos) franco-suizo que ha conseguido colarse entre las nominadas al óscar al mejor filme de animación, parte de una situación de extrema dureza. Calabacín se queda solo porque provoca, sin querer, la muerte accidental de su madre. En la residencia donde lo acogen, el resto de niños no puede presumir de biografías más felices.

'La vida de Calabacín': una animación extraordinaria a la conquista de Hollywood

Cada menor encarna una herida diferente. Simon transforma su dolor en una rabia que a veces dirige hacia el resto de compañeros. Como no quiere sentirse solo en su desgracia, se conoce al dedillo los historiales de todos. Alice, con su rostro semioculto por el flequillo, tiende a sufrir movimientos compulsivos; Simon sabe que su padre le hacía cosas malas, pero no cuáles exactamente. Jujube siempre necesita una tirita porque le duele la cabeza; mientras, su progenitora recibe tratamiento psiquiátrico. A Bea la ha dejado desamparada la política: su madre fue expulsada del país y retornada a África. Ahmed se hace pis en la cama desde que su padre está en la cárcel: el hombre fue detenido durante un atraco para conseguir dinero a fin de regalarle unas zapatillas Nike a su hijo. A Camille, la última en llegar, su papá le enseñó a utilizar una pistola... antes de disparar contra la madre delante de la niña. En este ambiente marcado por el dolor y el sentimiento de abandono, Calabacín aprende a rehacer los vínculos de afecto, compañerismo y filiación.

Imagen de 'La vida de Calabacín'.
Imagen de 'La vida de Calabacín'.

'La vida de Calabacín' es el primer largo de Claude Barras, un suizo que lleva años trabajando en el campo de la animación de cortometraje. Aquí se ha distanciado del peso de la influencia de Tim Burton, que se hacía notar en alguno de sus trabajos anteriores (por ejemplo, en 'Au pays des têtes', de 2009), y se ha aliado con la cineasta Céline Sciamma, que se encarga de dotar a la película de un esqueleto narrativo. Sciamma ya había demostrado su sensibilidad para acercarse a personajes infantiles o adolescentes en situaciones delicadas en títulos como 'Tomboy' (2011) o 'Girlhood' (2014), y sin duda parte del mérito de conseguir un tono a la vez realista y tierno ante una tema tan espinoso es suyo. Pero, como lleva a cabo el propio Calabacín, es Barras quien demuestra que la animación puede convertirse en el recurso perfecto para plasmar una realidad demasiado frágil para ser abordada desde una ficción convencional con personajes de carne y hueso.

'La vida de Calabacín' es el primer largo de Claude Barras, en colaboración con la guionista Céline Sciamma

"Se nota en sus ojos que presenció la escena", constata Calabacín cuando junto a Simon leen a escondidas la ficha de Camille. Claude Barras ha dotado a todos sus muñecos-actores de unos ojos enormes a través de los cuales se cuelan sus aflicciones. La cámara y (la perspectiva general del filme) se mantiene siempre a la altura de los niños, de manera que su propia inocencia, su sentido del humor y su capacidad para regenerar los lazos afectivos se convierten en los principales antídotos ante el horror que han experimentado.

Fotograma de 'La vida de Calabacín'.
Fotograma de 'La vida de Calabacín'.

En las antípodas de esos dramas con niño sufriente sobrecargados de elementos lacrimógenos, 'La vida de Calabacín' esquiva la cursilería sin ahuyentar la emoción y se adentra en un problema social sin explotar el amarillismo. Con unas dosis infinitas de ternura y una delicadeza extraordinaria, la película consigue atravesar con éxito el campo de minas que supone un tema como el del desamparo y el dolor infantil.

Cartel de 'La vida de Calabacín'.
Cartel de 'La vida de Calabacín'.

Y, aunque no se ajuste a las rutinas del realismo social, en 'La vida de Calabacín' subyace una defensa de las infraestructuras que, como el albergue donde residen los niños, intentan compensar el desamparo al que se han visto sometidos los personajes a través de un trato humano que va más allá de cumplir el expediente administrativo. Aunque los adultos no sean los protagonistas, la responsabilidad afectiva que asumen (casi) todos ellos, también el policía reconvertido en figura paternal, resulta clave para el bienestar de los pequeños. Uno de las mejores escenas de la película es aquella en que los profesores se llevan a los niños de excursión a la nieve y, por la tarde, el maestro los hace bailar al ritmo de un éxito pospunk de los ochenta, 'Eisbär' de Grauzone, uno de los últimos temas que te esperarías encontrar en una película infantil. Pero es que 'La vida de Calabacín' no es una cinta para menores cualquiera...

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