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Tim Burton pierde la gracia
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el director estrena 'big eyes'

Tim Burton pierde la gracia

El director estrena 'Big Eyes', un filme basado en la vida de Margaret Keane, cuyo marido se apropió de sus cuadros durante años hasta su divorcio

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La historia tras esos cuadros tan populares en que niños y niñas de grandes ojos miran al espectador con una profunda tristeza era sin duda carne de película. La autora de los mismos, Margaret Keane, pintó decenas de ellos mientras su marido Walter Keane no solo se encargaba de venderlos sino que también se otorgaba su autoría. Los cuadros de los Keane se convirtieron en un fenómeno artístico y comercial en la misma época en que en Estados Unidos el Expresionismo abstracto era referencia obligatoria de cualquier galería de arte y Andy Warhol aupaba el Pop Art.

Margaret acabó separándose de su marido, huyo a Hawái y lo denunció. El juez decidió resolver el conflicto de una manera inapelable. Convocó a ambas partes a que pintaran un cuadro de ese estilo ante el tribunal para comprobar in situ quién decía la verdad...

La niña se mantiene durante casi toda la película en la misma posición: taciturna al lado o detrás de su progenitora. Margaret llega a San Francisco donde descubre un mundo totalmente diferente: un oasis de libertad y modernidad donde una mujer que acaba de abandonar a su marido, algo insólito en esos tiempos, puede encontrar su espacio.

Es en este momento en que Big Eyes deja de parecer una obra de Tim Burton. Algo que a priori no resulta ni beneficioso ni perjudicial para la película. De hecho, la historia de Margaret Keane sigue presentando elementos que eran fácilmente trasladables al universo creativo del director de Big Fish. Incluso en la gran ciudad, Margaret resulta un bicho raro como artista, uno de esos personajes que se mueven en un mundo que les es ajeno tan habituales en la filmografía del director.

En la era de la abstracción, del informalismo y el expresionismo abstracto, ella pinta cuadros figurativos que tienen al ser humano como centro. En una época donde la ironía se instala en el arte, Margaret trabaja desde la ingenuidad y la transparencia. Incluso sus pinturas desprenden un aire tan naíf como inquietante que conecta en parte con la estética propia de Burton.

Otra característica convierte a Margaret en una extraña en su nuevo hábitat: es una mujer en un mundo, el del arte, dominado también por los hombres. Y aquí aparece el desencadenante dramático del film. Margaret entabla amistad y no tarda en casarse con un pintor aficionado, Walter Keane. Su segundo esposo se convierte rápidamente en su agente comercial, al tiempo que usurpa su identidad artística con la excusa que la pintura femenina no se vende tanto.

Este seductor bocazas también proporciona un filón a explotar en lo que a comentario sobre el arte contemporáneo se refiere. Si Margaret ejerce un contrapunto a las tendencias estéticas del momento, Walter intuye por donde van a ir los tiros en el arte como negocio en la segunda mitad del siglo XX. En su mejor escena, la del supermercado, la película apunta cómo Keane se adelantó a Andy Warhol a la hora de comercializar las pinturas de su mujer como un objeto de consumo más: reproducido en serie y a precios asequibles en forma de postal o póster. Pero Walter en sí mismo también encarna a una figura muy representativa de la posmodernidad: la del impostor, la del fake, la del hombre capaz de venderse a partir de un relato ficticio que se hace pasar como real.

Con todo este sustrato, Tim Burton hubiera podido convertir Big Eyes en un cuento oscuro sobre un Barba Azul que mantiene encerrada a su esposa para explotarla artísticamente. Un cuento que además ofrece una evidente lectura sobre las dinámicas de dominación del hombre sobre la mujer tanto en la esfera privada como en el mundo del arte en una década de grandes mutaciones sociales y culturales. Una historia donde perversidad e ingenuidad constituirían las dos caras de la moneda de un insólito fenómeno artístico. Sin embargo, la película se queda en un drama en clave femenina desarrollado con escasa personalidad visual y cierta abulia narrativa. Burton prefiere acercarse a los dictados previsibles del telefilm basado en hechos reales que explotar su propia vena creativa a partir del potencial que ofrecía la historia.

La película también adolece de un desequilibrio interpretativo. Mientras que la gran Amy Adams consigue dominar un personaje complicado, el de una mujer con ansias de expresarse artísticamente que acaba anulada por su esposo, Christoph Waltz hace gala de un histrionismo desatado que acaba resultando de lo más cargante y efectista, sobre todo durante la larga secuencia del juicio, la arena donde se resuelve esta guerra de sexos artística. Big Eyes deviene así la oportunidad perdida de Tim Burton de explorar otros territorios cinematográficos, lejos de la estética gótica, a partir de una serie de temas afines como el del personaje hipersensible que siente pez fuera del agua en su entorno cotidiano.

Big Eyes

Duración: 106 min

Nacionalidad: EEUU

Dirección: Tim Burton

Género: Drama

Reparto: Amy Adams, Christoph Waltz, Danny Huston, Jason Schwartzman, Krysten Ritter

La historia tras esos cuadros tan populares en que niños y niñas de grandes ojos miran al espectador con una profunda tristeza era sin duda carne de película. La autora de los mismos, Margaret Keane, pintó decenas de ellos mientras su marido Walter Keane no solo se encargaba de venderlos sino que también se otorgaba su autoría. Los cuadros de los Keane se convirtieron en un fenómeno artístico y comercial en la misma época en que en Estados Unidos el Expresionismo abstracto era referencia obligatoria de cualquier galería de arte y Andy Warhol aupaba el Pop Art.

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