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En busca de la Alejandría perdida en el multicultural Afganistán del XIX
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En busca de la Alejandría perdida en el multicultural Afganistán del XIX

En 1832, el desertor Charles Masson se embarcó en la ardua y alucinante tarea de encontrar la antigua ciudad que Alejandro Magno había fundado en su conquista del imperio persa

Foto: Grabado de Alejandro Magno en Afganistán
Grabado de Alejandro Magno en Afganistán

Alejandro Magno cruzó con su caballo Bucéfalo y sus hombres las altas cordilleras del Hindú Kush. Ni la climatología -nieve, ventisca- de la frontera que hoy se extiende al norte de Afganistán y Pakistán le detuvo. A sus pies se extendían grandes llanuras de un territorio al que no había llegado ningún occidental. El macedonio, impelido por el póthos o como los griegos llaman al deseo y anhelo, a la perseverancia más absoluta por el sueño imposible, siguió su camino en pos de conquistar todo el imperio persa. Bajó hacia aquellas explanadas del actual Afganistán, conquistó los dominios, se casó con una princesa afgana, Roxana, y fundó sus propias ciudades, las múltiples Alejandrías -más de 70, según Plutarco-, en las que, ya entonces y después, llegaron a confluir todas las religiones y etnias, desde el budismo, al cristianismo, hinduísmo e islam. Era el año 338 a.C y Sikandar, como le llamaban sus enemigos persas, había conseguido la gran confluencia entre Occidente y Oriente en la que es hoy una de las zonas más devastadas por guerras, intereses y religiones.

Más de veinte siglos después, hacia 1832, un desertor de la Compañía Británica de las Indias Orientales, James Lewis, ahora con el nombre de Charles Masson, llegaba a aquellas tierras escapando de su destino y espoleado también por el póthos que dominó a Alejandro. Instalado en Kabul, “en 1833 una de las ciudades más tolerantes del mundo” en la que habitaban musulmanes, judíos, cristiano e hindús que compartían comidas y celebraciones, y considerada “la mejor ciudad del mundo para beber vino”, su gran deseo era descubrir la Alejandría del Cáucaso, la ciudad de la que se decía que el gran héroe griego había fundado a unos 60 kilómetros al norte de la que es hoy la capital de Afganistán.

En 1833, Kabul era una de las ciudades más tolerantes del mundo” en la que habitaban musulmanes, judíos, cristiano e hindúes

Y lo consiguió. O, al menos, dejó la puerta abierta para futuros descubrimientos: de Bagram extrajo decenas de miles de monedas con efigies griegas y con un lenguaje parecido al griego antiguo, pero también miles de objetos adorados por budistas -Afganistán fue durante siglos uno de los mayores núcleos del budismo en el mundo- y otras religiones. Hasta no hace mucho Bagram fue una base del ejército de los EEUU en la que incluso hay documentadas torturas y abusos a prisioneros afganos. Más de dos mil años atrás, tal y como atestiguó Masson, había sido “la gran encrucijada del mundo antiguo”. El paradigma de que la línea de la Historia, con sus vaivenes geopolíticos, religiosos y económicos, no siempre va hacia mejor.

El héroe que pudo reinar

Todo esto lo cuenta el historiador Edmund Richardson en el fascinante ensayo Alejandría. En busca de la ciudad perdida (Shackleton Books), posiblemente uno de los libros de Historia y aventuras más estimulantes del año, ya que en él confluyen el afán de los exploradores del XIX, los paisajes ricos y fastuosos de una zona que hoy geográficamente no tiene nada que ver -Afganistán, Pakistán y parte de la actual India- los personajes -afganos, indios, británicos y hasta rusos- y las vicisitudes políticas que se vivieron en aquellas décadas y de las que quedan muchos rescoldos en la actualidad. Y todo bajo la mirada de las antiguas conquistas de Alejandro Magno e incluso de la novelita corta, El hombre que pudo reinar, que el diplomático y escritor Rudyard Kipling escribió en 1890 y que John Huston adaptaría al cine en 1975 con Sean Connery Michael Caine. Con una diferencia: Masson no quería imponer su occidentalidad sobre nadie ni se creía descendiente de Sikandar. Como Alejandro, no era un imperialista. Por eso tampoco acabaría despedazado, uno, ni internado en un asilo, el otro, como los dos pobres buscavidas británicos que retrató Kipling.

placeholder 'Alejandría. En busca de la ciudad perdida', de Edmund Richardson
'Alejandría. En busca de la ciudad perdida', de Edmund Richardson

El desertor había sido un soldado de artillería que formaba parte de la Compañía Oriental de las Indias en Bengala y que había llegado a La India en 1822. La vieja empresa británica, “el dios hambriento del capitalismo”, como la describe Richardson, se dedicaba a comerciar en lo que hoy es La India, Bangladesh, Pakistán y Afganistán. Eran empresarios que manejaron todo el negociado hasta que la Corona Británica asumió el control directo de La India con el Raj británico creado en 1858.

Pero en 1827, todavía mucho antes de que aquello ocurriera, Masson desertaba en Agra huyendo hacia las montañas del Punyab -hoy India y parte de Pakistán- y hacia Afganistán. Y es a partir de entonces cuando empiezan sus aventuras y encuentros con personajes que pudieran parecer de una novela, pero que están absolutamente documentados. Para empezar, su propia vida es una novela, ya que a los pocos días de haber desertado debería haber muerto o como poco acabar en una prisión casi el resto de sus días.

Bulliciosa Kabul

Tras atravesar las montañas y descubrir las ruinas de Harappa -hoy Pakistán-, Masson, gracias a inventarse identidades e historias falsas sobre su vida como si fuera un cuentacuentos, acaba estableciéndose en la bulliciosa y disfrutona Kabul. No hay nada como la novelística para sortear obstáculos y ser un buen relaciones públicas.

En Kabul se encuentra Dost Mohammed, que acabaría siendo emir de Afganistán. Este veía con agrado las influencias británicas por lo que aquella década de los treinta fue muy factible para que Masson llevara a cabo sus excavaciones después de haber oído hablar tanto de la ciudad mítica de Alejandro. También contó con la ayuda financiera de Henry Pottinger, un entusiasta de los descubrimientos arqueológicos que también era administrador colonial de las Compañía Británica de las Indias Orientales, pero que desconocía que Masson era, en realidad, James Lewis, el desertor. Por suerte.

placeholder Retrato de Charles Masson
Retrato de Charles Masson

Pottinger es, precisamente, otra pieza clave en otro de esos momentos del libro en los que la mirada al pasado produce desazón visto desde hoy. Él es quien apoya a Masson en sus exploraciones por Bamiyan, donde se hallan las famosas cuevas que alojaban a los budas gigantes que fueron aniquilados por los talibanes a finales del siglo XX. El descubridor británico llega a toparse con ellos y admirarlos como una de las más bellas reliquias del mundo antiguo. Y, de hecho, como un grafitero cualquiera, dejó escritas estas palabras en la piedra que fueron descubiertas décadas después.

“Si algún necio explora esta cueva,

que sepa que Charles Masson ha estado aquí antes”

Hoy, tras el desastre talibán, ya no quedan los budas ni nadie que pueda admirar esta belleza artística del pasado.

Durante aquella década de los treinta del XIX a Masson le causaban enormes dolores de cabeza dos cosas: la posibilidad de quedarse sin financiación para las excavaciones y ser descubierto. Y le sucedieron ambas, pero con un estupendo giro de guión en el que una tiene que ver con la otra: pese a que en Gran Bretaña se llegó a saber que había desertado del ejército también entusiasmaron sus exploraciones por lo que decidieron convertirle en espía, muy a su pesar. No era para menos, ya que venían unos años que iban a ser de los más calientes del siglo en la zona y que determinarían mucho de lo que pasó después.

Rescoldos políticos hasta hoy

En La venganza de la geografía, el historiador Robert Kaplan señala que el contexto geográfico y las realidades naturales de los imperios y las naciones son determinantes para los conflictos internacionales. Afganistán es una muestra fatal de ello como se ve en el libro de Richardson. A finales de los años treinta del XIX estaba asediado por los rusos al norte, por los persas, desde el oeste y por los británicos y chinos desde el este. Todo ello más las alianzas y desencuentros que se podían establecer entre diferentes líderes de todo el territorio. Todo este meollo -sobre todo ese enfrentamiento entre rusos y británicos con Afganistán en medio- Kipling lo denominó, de forma mucho más sofisticada, El gran juego, según aparece en su novela Kim, cuyos estertores siguieron inflamando la Guerra Fría del XX y posteriores conflictos (ahora con otro jugador, los EEUU).

placeholder Vasili Vasílyevich Vereshchaguin, “Ataque repentino” (1871) óleo sobre lienzo. Tretyakov Gallery, Moscú.
Vasili Vasílyevich Vereshchaguin, “Ataque repentino” (1871) óleo sobre lienzo. Tretyakov Gallery, Moscú.

Masson estuvo en medio de aquel episodio que derivaría en la primera guerra anglo-afgana en 1839 y que enfrentaba directamente a Dost Mohammed, el emir que había sido aliado de los británicos y amigo del explorador, pero que acabó apoyando a los rusos; y Shuja Shah, el emir exiliado en 1833 y que fue el que finalmente apoyaron los británicos. Por suerte, Masson pudo salir a tiempo de Kabul antes de que quedara arrasada.

En 1842, veinte años después de haber llegado a La India, el descubridor abandonaba el país a través del puerto de Mumbai. Su amigo, el también explorador Alexander Burnes, no había tenido la misma suerte y había sido asesinado a golpes por los afganos en Kabul. Pero, como cuenta Richardson, Masson se fue siempre con la vista puesta en regresar a Afganistán. Su idea era escribir un libro sobre la guerra y lo que había vivido y que se convirtiera en bestseller, que los objetos descubiertos pudieran exhibirse en el British Museum y financiarse así posteriores excavaciones. No pudo ser. El libro que escribió apenas vendió unos pocos ejemplares: era un alegato antibélico en el que los que no quedaban muy bien eran los británicos y el pacifismo todavía no estaba de moda; el British Museum tampoco le hizo mucho caso… Los hallazgos de Masson, como el hoy famosísimo Relicario de Bimarán, aún tuvieron que esperar hasta la década de los noventa del siglo XX para ser contextualizados y darles un lugar destacado.

El gran explorador de Afganistán murió en 1853 en Londres casi sin dinero. El British Museum no resaltó sus hallazgos hasta los 90 del siglo XX

El desertor y luego gran explorador de Afganistán murió en 1853 en Londres casi sin dinero y sin ninguna repercusión. Está enterrado en una tumba sin nombre de la Iglesia de Todos los Santos, en Edmonton. A día de hoy solo queda su memoria, rescatada ahora por Edmund Richardson en un libro que hará las delicias de aficionados a la Historia, la literatura de viajes y a los que creen en vidas que, más que reales, son alucinantes.

Alejandro Magno cruzó con su caballo Bucéfalo y sus hombres las altas cordilleras del Hindú Kush. Ni la climatología -nieve, ventisca- de la frontera que hoy se extiende al norte de Afganistán y Pakistán le detuvo. A sus pies se extendían grandes llanuras de un territorio al que no había llegado ningún occidental. El macedonio, impelido por el póthos o como los griegos llaman al deseo y anhelo, a la perseverancia más absoluta por el sueño imposible, siguió su camino en pos de conquistar todo el imperio persa. Bajó hacia aquellas explanadas del actual Afganistán, conquistó los dominios, se casó con una princesa afgana, Roxana, y fundó sus propias ciudades, las múltiples Alejandrías -más de 70, según Plutarco-, en las que, ya entonces y después, llegaron a confluir todas las religiones y etnias, desde el budismo, al cristianismo, hinduísmo e islam. Era el año 338 a.C y Sikandar, como le llamaban sus enemigos persas, había conseguido la gran confluencia entre Occidente y Oriente en la que es hoy una de las zonas más devastadas por guerras, intereses y religiones.