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La tontería de los españoles: por qué dicen que tomamos malas decisiones
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La tontería de los españoles: por qué dicen que tomamos malas decisiones

Hay afirmaciones que, en cuanto se pronuncian, sabes que te están dando gato por liebre. Y una de ellas ha sido permanentemente repetida en las últimas décadas. Esta semana hemos tenido un nuevo ejemplo

Foto: Gente que se informa mal y paga de más. (EFE/Javier Belver)
Gente que se informa mal y paga de más. (EFE/Javier Belver)

"El futuro del mercado laboral español es brillante". Las declaraciones de Sánchez en Sagunto, en la presentación de la gigafactoría del coche eléctrico, dejan en el aire una sensación de incomodidad. El proyecto, del que afirma que aúna crecimiento económico, empleo de calidad y compromiso con la sostenibilidad, encaja bien con el discurso de Sánchez, pero poco con la realidad general española. Sabemos cuáles son los focos principales de empleo en nuestro país, que se alejan mucho de los expuestos por el presidente, por lo que la percepción común dista de la expresada, y tampoco hay muchas señales que hagan pensar que el futuro será diferente. En esa brecha entre lo que se afirma y lo que creemos hay todo un mundo.

Esa clase de exageraciones, cuando las cosas van bien, son fácilmente disculpadas. Cuando el momento es complicado, como es el caso, muestran una separación de la realidad que hace bastante daño a quien la enuncia. Podrán desarrollarse sectores como los señalados por el presidente, y ojalá sean muchos, pero hoy distan muchísimo de ser mayoritarios. Ocurre a menudo en el entorno político, que nos promete un futuro que tiene pocos visos de realizarse.

El desprecio

En el mundo económico ocurre algo muy diferente, porque su huida de la realidad es también profunda, pero circula por otro camino. Es el caso de Sánchez Galán cuando llama tontos a quienes están acogidos a la tarifa regulada, es decir, a 10 millones de españoles. Si los precios de la electricidad fueran bajos, su afirmación no habría sonado bien, pero tampoco habría tenido excesiva repercusión. Pero cuando son elevadísimos, es un desprecio que suena doblemente hiriente. Y más cuando proviene de personas que están ganando muchísimo dinero gracias a una situación complicada para las empresas y los ciudadanos de nuestro país.

El ser humano tolera muchas cosas, pero cuando el desprecio las corona, la situación se vuelve mucho más explosiva

Las huidas de la realidad por parte de las personas con poder en nuestra sociedad, si se combinan con la altivez y el desprecio, son enormemente dañinas para las democracias occidentales. Y este es un instante en que están lo suficientemente tensionadas como para no poder permitirse actitudes de esta clase. Si queremos encontrar una respuesta a por qué crece el malestar y a por qué las opciones antisistema van cobrando cuerpo, aquí tenemos una prueba evidente. Habrá derivadas culturales y sociales, pero este es el fermento que las hace crecer. El ser humano tolera muchas cosas, pero cuando el desprecio las corona, la situación se vuelve mucho más explosiva.

Los actores racionales y los irreflexivos

Claro que, mirado desde su perspectiva, lo que dice Sánchez Galán tiene mucho sentido, máxime cuando se trata de un razonamiento permanentemente utilizado en las últimas décadas. Es probable que su empresa esté ganando mucho dinero, los llamados beneficios caídos del cielo, y que él haya percibido un gran bonus como consecuencia, pero no es más que producto de la lógica. Al recolocar el problema del lado de personas que toman malas decisiones, se dibuja un escenario de justicia: hay actores racionales, como él, y hay otros que no se informan lo suficiente o que no hacen uso de la razón, y por eso se equivocan en sus decisiones. Eso explica por qué a él le va bien mientras los tontos pagan una factura elevada. Es el individualismo metodológico de toda la vida, ese que sirvió para explicar al mundo que el causante de la crisis de 2008 fue un insensato que compraba teles de plasma que no podía pagar.

Cuando hablamos de aumento de precios, conviene centrar el asunto en el aspecto esencial: quién tiene el poder y qué hace con él

Siempre que se enuncian las cosas en estos términos, deberíamos echar mano a la cartera: es un truco de ilusionista que se emplea para obviar lo estructural, lo que da forma real a las cosas, el poder. Y en Occidente, no solo en España, las empresas monopolísticas u oligopolísticas están obteniendo beneficios muy elevados a causa de su poder de mercado, no por las buenas o malas decisiones de los consumidores.

De manera que, cuando hablamos de aumento de precios, y más en un momento como este, conviene centrar el asunto en el aspecto esencial: quién tiene el poder y qué hace con él. Como se señala en 'The New York Times' podemos enredarnos con las cadenas de suministro, la escasez de productos, el aumento de los combustibles y demás, pero lo cierto es que estamos en un escenario idóneo para obtener ganancias extra: "Cuanto más dure la inflación y más generalizada esté, más cobertura tienen las empresas para subir los precios".

Los abusos de poder

El poder del monopolio es el que permite que un trayecto en Uber en Nueva York cueste más de 50 dólares, cuando un taxi prestaría el servicio por 14. Pero como estos son muy escasos ya, porque las nuevas empresas han expulsado a la competencia, fijan los precios según su interés. No es un ejemplo aislado, sino una constante. Cuando pocas firmas dominan el mercado, "la mayoría de los aumentos de precios no se justifican por el aumento de los costes". No insistiré en los problemas para trabajadores, proveedores, consumidores y gobiernos que causa esta estructura, que ya he tratado extensamente en otros artículos, pero sí hay que señalar que las pequeñas empresas también sufren con esta organización, porque son víctimas de los aumentos de costes y tienen poco margen para repercutirlos en los precios finales.

Este poder de mercado, en el caso de las empresas cotizadas, tiene un añadido peculiar. La influencia de los fondos de inversión pasiva, que están presentes como accionistas principales en muchas de ellas, debería estar alineada con sus proclamas expresas: los criterios ESG también tendrían que utilizarse para limitar esta clase de abusos de poder. Como bien señalan Michelle Meagher y Denise Hearn, en 'American Economic Liberties Project', no es así: es justo en este terreno en el que los fondos (caso de BlackRock, accionista de Iberdrola) mantienen el mayor silencio.

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De modo que podemos reformular la afirmación de Sánchez Galán de otro modo. Efectivamente, los españoles, como la mayoría de los occidentales, un grado de tontería tenemos, pero no tiene que ver con el tipo de tarifa eléctrica que escogemos, sino con la clase de acción política que obviamos. Si se quiere que este sistema se siga llamando capitalismo, habría que actuar para limpiar estos abusos. Un mercado concentrado, dominado por monopolios y oligopolios, es una forma de poder muy perniciosa a la que hay que poner coto: perjudica a los consumidores, a los trabajadores, a los proveedores y a la gran mayoría de pymes. Y, de paso, una acción de esa clase contribuiría a asentar las democracias frente a los autoritarismos. Como señala Rana Foroohar en 'Financial Times', citando a la profesora de Stanford, Anat Admati, "es probable que atribuyamos los males presentes a nuestros políticos, pero a la hora de reflexionar sobre por qué los gobiernos democráticos están fallando, no se repara en cómo las corporaciones y sus líderes contribuyen a este fracaso".

Pero dado que elegimos líderes políticos que prefieren contarnos lo brillante que es el futuro en lugar de arreglar los problemas del presente (y no es una mera crítica a Sánchez, es un mal común en Occidente), dejamos la casa sin barrer. Si adoptásemos el enfoque de Sánchez Galán y redujésemos todo a un problema de malas decisiones, tendríamos que señalar que nuestra elección perjudicial es la de no contar con políticos, y no articular sistemas, que pongan coto a este poder de una forma decidida. Eso daría mucha más solidez a nuestras sociedades y a nuestra economía. Pero es algo en lo que la izquierda no está interesada, porque cree que la única solución son los impuestos (esos que raramente cobran a las grandes compañías por la estructura global) mientras la derecha dice defender el libre mercado cuando no hace más que eliminarlo. La derecha liberal debería ser la primera en entender bien este tipo de asuntos, precisamente porque la esencia del liberalismo es la de controlar al poder.

"El futuro del mercado laboral español es brillante". Las declaraciones de Sánchez en Sagunto, en la presentación de la gigafactoría del coche eléctrico, dejan en el aire una sensación de incomodidad. El proyecto, del que afirma que aúna crecimiento económico, empleo de calidad y compromiso con la sostenibilidad, encaja bien con el discurso de Sánchez, pero poco con la realidad general española. Sabemos cuáles son los focos principales de empleo en nuestro país, que se alejan mucho de los expuestos por el presidente, por lo que la percepción común dista de la expresada, y tampoco hay muchas señales que hagan pensar que el futuro será diferente. En esa brecha entre lo que se afirma y lo que creemos hay todo un mundo.

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