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Regreso a la infancia en un colegio de curas en los noventa: la mala educación (sexual)
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Regreso a la infancia en un colegio de curas en los noventa: la mala educación (sexual)

El escritor Álvaro Ceballos recrea en 'La edad de tiza' la educación en un colegio masculino católico a comienzos de los noventa

Foto: Fotograma de la película 'La mala educación'.
Fotograma de la película 'La mala educación'.

A la infancia se la puede mirar con los ojos entornados y una sonrisa o escrutarla hasta el tuétano y descubrir sus aspectos menos dulces. Álvaro Ceballos (Madrid, 1977), profesor hoy de Filología Hispánica en la Universidad de Lieja (Bélgica), es de estos últimos. Ha puesto el microscopio y le ha salido ‘La edad de tiza’ (Alfaguara), una novela que nos traslada al año 1991 en Madrid, en un colegio concertado de curas solo para niños y una paranoia brutal entre los profesores-sacerdotes por una cinta de vídeo (un VHS) sobre la educación sexual. “Sí, quería mostrar esa cara un poco oscura de la supuesta buena educación de los colegios concertados confesionales”, comenta el escritor a este periódico. Zona oscura que, sobre todo, tenía que ver con lo sexual.

Ceballos ha escrito esta novela con conocimiento de causa. Él también fue a un colegio concertado confesional en el Madrid de inicios de los noventa. Él también vio cómo, en esa época —ya en democracia— y como contaba a su vez la película ‘Las niñas’, de Pilar Palomero, “los aspectos confesionales en esos sitios no estaban reducidos a una hora de religión, sino que permeaban toda la vida todos los días. En cualquier momento uno de los sacerdotes podía entrar e interrumpir una clase de matemáticas y darte una charla sobre sexualidad, que era el caballo de batalla constante, desde una perspectiva conservadora y bastante integrista”, asegura el escritor. De hecho, recuerda bien cómo en las clases de Filosofía de COU, “a nosotros nos explicaron por qué los filósofos no tenían razón en relación con la teología católica”. Así era la España que estaba a punto de celebrar los Juegos Olímpicos.

placeholder Álvaro Ceballos. (Alfaguara)
Álvaro Ceballos. (Alfaguara)

La parte segregadora —que solo fueran chicos— también era muy definitoria. En la novela, los chavales, de 12-13 años, no tienen amigas. No han jugado nunca con una niña. A la única chica que ven es quizás a la hermana de alguno cuando van a jugar a su casa. “Eran colegios hipermasculinizados donde había unos ideales de virilidad que los propios profesores fomentaban”, sostiene Ceballos, que tampoco olvida que aquello era un pasto brutal para la homofobia. “Eso es algo que cualquiera que haya pasado por un colegio concertado ha tenido que desmontar porque era la categoría de exclusión por defecto. Quien se saliera un poco del tiesto en algún sentido en nuestro colegio ya era el maricón, y era lo peor que te podían decir”, comenta. El escritor recuerda la crueldad de aquello: “Hubo gente a la que, no sé qué orientación sexual tendrían, pero por haberle puesto ese sambenito le arruinaron la vida. Fueron víctimas de acoso escolar”. Solo que entonces todavía ni se le daba un nombre ni se tenía en cuenta. Eran bromas. Risas.

De aquellos barros

A Ceballos le gusta que la literatura cree un debate social. Las novelas no son ensayos, pero, dice, pueden ayudar a pensar y reflexionar. A él le interesaba toda esta época de la infancia en colegios concertados hace no tantas décadas porque cree que apenas se ha abierto esa conversación en España. “Yo me preguntaba cómo es posible que una experiencia que ha sido tan definitoria para nosotros… y que hemos tenido que desmontar muchos prejuicios, reinventar nuestros roles de género, hemos tenido que superar ciertos miedos… Cómo es posible que esto no esté más cubierto”, manifiesta.

placeholder 'La edad de tiza'.
'La edad de tiza'.

Porque para él toda esa educación religiosa recibida —y que persiste hoy en día— tiene unas consecuencias que se están viendo ahora. “Es una educación que lo que hace es radicalizar ideas nacionalistas o religiosas de la gente. Mis padres no eran en absoluto católicos radicales, pero con la mejor de las intenciones estaban enviando a sus hijos a unas instituciones que les proponían un catolicismo mucho menos comprensivo y más radical que el de sus padres”, sostiene.

"Con todos esos aspectos viriles que se fomentan, uno acaba de entender las consecuencias en términos de actitudes machistas"

De tal manera que no le sorprende “la pervivencia de unas ideologías a veces muy conservadoras en gente de mi edad”. Cree que eso se está viendo ahora en la política. “Cuando uno ve que el portavoz del Senado del PP estudió en un concertado, la presidenta de la Comunidad de Madrid estudió en un concertado, el candidato del PP estudió en un concertado, el alcalde de Madrid estudió en un concertado del Opus Dei. ¿Casualidad? No quiero decir que haya una causalidad, ir a un cole concertado no te convierte en tener unas ideas… Pero creo que la correlación es muy interesante y desde luego ese circulito privado y concertado está promoviendo unos prismas sobre la sociedad que necesariamente tiene consecuencias”, asegura. Con respecto a los colegios segregados, también lo ve claro: “Con todos esos aspectos viriles que se fomentan, uno acaba de entender las consecuencias en términos de actitudes machistas”.

La mejor de las intenciones

Como sucede en la novela, muchos padres enviaban a sus hijos a estos colegios con la mejor fe. En los noventa (y ahora), con la intención de que subieran en la escala social. El famoso ascensor. “Ya mucha gente empezaba a tener miedo de la educación pública porque temía que fuera de peor calidad, que sus hijos aprendieran malas maneras”, sostiene. Empezaba a crearse el mantra. Eso hizo también que estos colegios se llenaran de niños procedentes de diferentes clases sociales. “Sí, por ejemplo en mi colegio había de todo. La educación concertada no es una cosa de élites. Había gente para la que suponía un esfuerzo, pero creía que daba a sus hijos una educación mejor y los ponía en contacto con buenas compañías, pero al mismo tiempo ese contexto era muy clasista. Enseguida en mi colegio al que tenía menos dinero se le fichaba y se le chinchaba”, rememora Ceballos.

"La educación concertada no es cosa de élites. Había gente para la que suponía un esfuerzo, pero creía que daba una educación mejor"

No era de élites, pero ya ponía barreras. Mucho más para las familias más desfavorecidas. “A lo mejor era pagar unos 500 euros más. Pero ese pequeño extra excluye a los que ya no podían pagarlo”, mantiene el escritor. Y con una doble vuelta peor. Porque si aquello pasaba en los noventa, hoy sigue ocurriendo, dice, y además no se sostiene eso de que la educación que se recibe sea mejor: “Uno de los últimos informes de Pisa, el de 2019, llegaba a la conclusión de que la educación concertada no solo no es mejor que la pública, sino que en algunas comunidades es incluso peor en términos de resultados”.

La infancia, ese paraíso luminoso

Otra cosa que ocurre en la novela es que las famosas libertades de los ochenta o noventa se veían muy lejos desde un barrio periférico como Moratalaz. Aquí ni hay Rock-Ola ni hay Movida madrileña. Es un mundo que no existe. Y eso también, confiesa Ceballos, está en el origen de esta trama. “Ese famoso discurso de la libertad. Para mí era algo lejanísimo, como si fuera otro país. Algo que sale en la televisión y que no casa para nada con mi vida cotidiana que, como la de tantos niños de un barrio, era muy pobre de experiencias. Un niño urbano va de un apartamento pequeño a su colegio, y de allí a casa y como mucho se junta con unos vecinos en un patio”, afirma. Los padres —entonces treintañeros— tampoco olían mucho ni los conciertos ni las fiestas ni compadreaban con los que se convertirían años después en los adalides de la Movida. Como apunta el escritor, las miradas generalistas al pasado “ocultan las grandes diferencias que tenemos unos y otros”.

"Ese famoso discurso de la libertad de la Movida. Para mí era algo lejanísimo, como si fuera otro país. Algo que sale en la televisión"

No obstante, para Ceballos tampoco es un crimen la mirada luminosa hacia la infancia. “Es algo natural. Con 12-13 años, crees entender el mundo, tienes grandes amistades, todo un mundo que luego en la adolescencia empieza a desmoronarse. Es normal seleccionar los mejores aspectos de esa edad que tiene algo de inocente”. Pero avisa: “Como adultos, tenemos la obligación ética de mirarlo de forma algo crítica y no caer en el discurso de nosotros sí que aprendíamos, sí que estudiábamos, sí que leíamos… porque tampoco es verdad”.

A la infancia se la puede mirar con los ojos entornados y una sonrisa o escrutarla hasta el tuétano y descubrir sus aspectos menos dulces. Álvaro Ceballos (Madrid, 1977), profesor hoy de Filología Hispánica en la Universidad de Lieja (Bélgica), es de estos últimos. Ha puesto el microscopio y le ha salido ‘La edad de tiza’ (Alfaguara), una novela que nos traslada al año 1991 en Madrid, en un colegio concertado de curas solo para niños y una paranoia brutal entre los profesores-sacerdotes por una cinta de vídeo (un VHS) sobre la educación sexual. “Sí, quería mostrar esa cara un poco oscura de la supuesta buena educación de los colegios concertados confesionales”, comenta el escritor a este periódico. Zona oscura que, sobre todo, tenía que ver con lo sexual.

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