Y Japón se suicidó atacando Pearl Harbor: el momento crucial en la historia del siglo XX
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Y Japón se suicidó atacando Pearl Harbor: el momento crucial en la historia del siglo XX

El almirante Yamamoto planificó la operación bajo la premisa de que la única manera de vencer a los estadounidenses era un primer golpe certero y decisivo

Foto: Ataque japonés a la base estadounidense de Pearl Harbor
Ataque japonés a la base estadounidense de Pearl Harbor

Quizá no hubo un momento igual en la Historia del siglo XX. El viernes 5 de diciembre de 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, los alemanes estaban en los arrabales de Moscú. Dos días más tarde, retrocedían no sólo por el famoso 'General Invierno' mientras Japón atacaba la base naval de Pearl Harbor, en Hawái, hasta hundir cuatro de los ocho acorazados estacionados en el puerto, destruir casi doscientas aeronaves y matar a más de dos mil cuatrocientos estadounidenses. Al día siguiente, los nipones lanzaron una ofensiva simultánea contra las posesiones británicas de Honk Kong, Malasia y Singapur.

Ejecutar este órdago supuso una escena ridícula, humillante y simbólico para sus protagonistas, los embajadores Nomura y Sokuru, este especial, quienes acudieron a las dos y veinte minutos del 7 de diciembre a entregar el comunicado de ruptura de las negociaciones al Secretario de Estado, Cordell Hull, indignado porque la sorpresa de Pearl Harbor había estallado una hora antes, además de conocer con anterioridad el contenido de la nota, descifrada por sus sistemas. Hull los mandó a freír espárragos, y sólo se dieron cuenta del nacimiento de la guerra entre ambos países cuando fueron recibidos en su embajada con evidentes muestras de hostilidad.

Foto: Barcos emergidos por la actividad volcánica en Japón. (ANN News)

Tres meses antes, en septiembre de 1941, el emperador Hirohito fue el primero de su estirpe en abrir la boca durante una Conferencia Imperial, donde se reunían miembros del gobierno, políticos retirados y, desde 1937, altos cargos del ejército con el soberano. La ruptura de su silencio obedeció a la incapacidad de los responsables del Estado Mayor a si daban prioridad a la estrategia o a la diplomacia. Tras su queja, leyó los siguientes versos de su abuelo, el gran emperador Meiji, Mutsuhito:

“En los cuatro mares,

Todos son hermanos.

En ese mundo,

¿por qué las olas embravecen,

Los vientos rugen?

Su proclama pacifista no sirvió de nada. El compromiso quedó estipulado en arrastrar a Japón a la guerra pese a las dudas e incluso el informe del Instituto de la Investigación de la Guerra Total, pesimista al haber analizado cómo el Imperio del Sol Naciente podría vencer en algunas batallas iniciales, condenándose a librar una guerra prolongada, agotadora de sus recursos, hasta la rendición y la derrota.

El camino hacia lo inevitable

La reformulación de la Historia a través del cine, lo elemental de la cultura contemporánea y el discurso oficial han sumido en una especie de olvido cómo el episodio de Pearl Harbor no surgió por ciencia infusa, acumulándose durante el quinquenio previo todos los síntomas proclives al desenlace, chispa para un suicidio a cámara lenta de fulgurante comienzo.

En 'Japon 1941. El camino a la infamia: Pearl Harbor' (Galaxia Gutenberg), la historiadora Eri Hotta nos sitúa en el país durante una temporada aciaga, con el simulacro de Democracia finiquitado, órdenes de austeridad, juzgándose mal lucir ropa occidental, y una siempre mayor penuria para una población desinformada de los tejemanejes shakesperianos, un drama entre la posibilidad rotunda, y nada utópica, de desactivar la bomba y la inevitabilidad de su dinamita, como si la contienda estuviera escrita en el destino de la Nación. En realidad, sus dirigentes demostraron ser una nulidad muy engullida por unas fuerzas de voluntad nada irracionales, con la cúspide militar, pese a cierto escepticismo de la Armada, como estandarte para precipitarse contra el gigante de las barras y estrellas.

placeholder 'Japón, 1941' (Galaxia)
'Japón, 1941' (Galaxia)

Entre ellos, destacaba el primer ministro Fumimaro Konoe. A lo largo de esa tensión hacia la guerra jugó el doble papel de adalid de la diplomacia y bufón de la corte para el estamento marcial. No sabía manejar las prerrogativas de su cargo y sus estériles cantos en pos de la negociación desentonaban con un legado causante de un punto casi de no retorno. En 1937, durante su primer mandato, se produjo el incidente del puente de Marco Polo, lanzadera para la segunda guerra sino japonesa. Konoe, en otra muestra más de negligencia en sus funciones, dio carta blanca al Ejército, desatado en la famosa masacre de Nankin y altivo al ser consciente de la consolidación de su preponderancia, clave para la creación de un Nuevo Orden Asiático, hermano del europeo.

Por si fuera poco, los chinos resistieron, enquistándose el aspecto bélico, con Japón como ocupante de una amplia zona con más de cien millones de habitantes. Chiang Kai-shek no estaba dispuesto a rendirse y aun así, a través de la mediación del embajador alemán Trautmann, accedió a conversar con los nipones. Cuando Konoe puso fin al diálogo se implementó un gobierno colaboracionista en Nankin, dificultándose hasta el infinito la posibilidad de un acuerdo, motivo de la dimisión del premier en enero de 1939, regresando al cargo en julio de 1940.

La alianza con el Tercer Reich y la Italia fascista no limitaba la independencia de Japón a la hora de pactar con la Unión Soviética

Le bastó el segundo semestre de ese año para invadir el norte de la Indochina francesa, sin resistencia de Vichy, fundar el Taisei Yokunkasai, a la postre partido único de tipo totalitario, y encabezar el gobierno rubricante del Pacto Tripartito del 27 de septiembre en Berlín. Esta alianza con el Tercer Reich y la Italia fascista no limitaba su independencia a la hora de pactar con la Unión Soviética, aunque su artículo tercero era peligrosísimo por esa “asistencia mutua en todos los medios políticos, económicos y militares si una de las naciones firmantes es atacada por una potencia que actualmente no esté involucrada en el conflicto europeo o el sino japonés.”

Estados Unidos era una tormenta en cualquier horizonte, y Konoe lo había enturbiado con saña, si bien Yosuke Matsuoka, en la cartera de Exteriores, desarrolló una actividad esencial para aupar la unión con Hitler y Mussolini. Era la némesis del primer ministro tanto por su currículum, con licenciatura en Estados Unidos, como por un tren de vida ampuloso, poco amigo de la discreción y, según las malas lenguas, aficionado a la cocaína. Matsuoka nadaba en un mar de irrealidad desde el sueño de poder estar bien con todas las potencias. En abril de 1941 protagonizó una esquizofrénica gira por el Viejo Mundo, con saludo romano junto a Hitler en la capital alemana y sello de un Pacto de Neutralidad en Moscú con la Unión Soviética.

placeholder El emperador Hirohito
El emperador Hirohito

Faltaba, y él en alguna de sus fantasías lo vislumbró como posible, la presa mayor de Estados Unidos. Roosevelt y, sobre todo, Hull aborrecían las maniobras japonesas, del tercer artículo de Berlín a la expansión sin freno por la esfera asiática. Pese a su desconfianza, acogieron de buen grado a dos sacerdotes, portadores de un mensaje conciliador de diplomáticos japoneses y estadounidenses. El texto exhibía el anheló nipón de recobrar las buenas relaciones de antaño.

Cara o cruz, sin matices

La Casa Blanca quiso dar con vías para desatascar la crisis, pero el gobierno Konoe, con Matsuoka como halcón de acuerdo con los jefes del Estado Mayor, no tenía lazos, más bien los rompía en mil pedazos.

El 22 de junio de 1941 el Tercer Reich emprendió la Operación Barbarroja contra la Unión Soviética. Matsuoka apostó por un ataque al norte, es decir, violar su propio acuerdo con la URSS y abrir un doble frente en ayuda a Hitler. En la Conferencia Imperial celebrada el 2 de julio, el Ejército y la Armada propugnaron cerrar el círculo de Indochina con la ocupación, sin derramamiento de sangre, del sur de la antigua colonia francesa. De este modo, además de conseguir arroz y caucho, tendrían una estupenda base para un ataque a la Malasia Británica y las Indias Orientales Neerlandesas.

Las tropas japoneses penetraron sin oposición en el sur de Indochina el 28 de julio de 1941. Estados Unidos, imitado por Reino Unido y Las Indias Orientales Neerlandesas, ordenó la congelación de los activos nipones. El primero de agosto se decretó el embargo petrolífero. Ambas medidas eran catastróficas para el Imperio de Hirohito, al privarse de dos tercios de su comercio exterior y a casi el 90% de su oro negro importado.

Roosevelt no quiso dar un portazo diplomático y sugirió la retirada de Indochina a cambio de considerar a Japón país neutral

El gobierno Roosevelt no quiso dar un portazo diplomático y sugirió la retirada de Indochina a cambio de considerar a Japón como un país neutral como Suiza. La misiva del embajador Nomura no fue recibida con ninguna clase de entusiasmo. La arrogancia e incompetencia de la clase política, en cierto sentido consecuentes con un credo determinista sin marcha atrás, contrastaba con las siempre más crecientes carestías para la población, ignorante de cómo sólo quedaban reservas petrolíferas para dos años.

La huida hacia adelante nipona se hilvanó con la firmeza estadounidense en tres cuestiones, intolerables para el Estado Mayor y discutibles, con apremio hacia una solución pacífica, para el gobierno. Para Washington, no encajaba la amistad por el idilio de Tokio con Roma y Berlín. Roosevelt y Hull, no sólo a través de la Ley de Préstamos y Arriendos, preparaban la pasarela para la entrada yanqui en la guerra, si bien los tiros apuntaban más al Atlántico, con leves escaramuzas submarinas en las proximidades de Islandia.

Esta afinidad fascista de Japón tampoco podía corresponderse con el apoyo a la Unión Soviética, más notorio desde el verano de 1941. Por último, los Estados Unidos eran partidarios activos de Chiang Kai-shek y exigían la retirada de las tropas japonesas de China. Lo inamovible de esta trilogía daba alas a los extremistas del Sol Naciente. La Conferencia Imperial de septiembre fue un alicaído tira y afloja entre pocos cuerdos y muchos señores con galones obstinados en un cara o cruz contra Estados Unidos. Desde enero de 1941 se estipuló el código soldadesco de rendirse antes de morirse.

Cálculo y desesperación

La desesperación japonesa tenía un elemento de cálculo. El almirante Isoruku Yamamoto planificó el ataque a Pearl Harbor desde finales de 1940, a su parecer la única manera de vencer a los americanos mediante un primer golpe certero y decisivo.

Más tarde, Yamamoto secundó en los debates a los favorables al entendimiento por juzgar como un milagro la posibilidad de ganar; pese a ello, no cejó en su empeño y lo mismo puede afirmarse de otros halcones, catapultados a la cúspide en octubre de 1940, cuando la dimisión de Konoe dio su puesto al general Ideki Tojo, a priori encomendado a contener los tambores bélicos, imparables desde la misma tónica de todo el proceso, con un sector desgañitado por la paz y otro embebido por la guerra, sin meditar un segundo siquiera en torno a la inferioridad en infinitos aspectos económicos y estratégicos, solventados por la inminencia del anunciado Nuevo Orden Asiático.

placeholder Isoruku Yamamoto, el almirante japonés artífice del ataque de Pearl Harbor
Isoruku Yamamoto, el almirante japonés artífice del ataque de Pearl Harbor

El 26 de noviembre de 1941 Cordell Hull se hartó del paripé nipón, con dos embajadores en misión especial mientras no cesaban los preparativos para un ataque, y les entregó una nota definitiva, inaceptable por ser un mazazo de exigencias, pues el acuerdo bilateral de no agresión debía serlo múltiple, integrándose Gran Bretaña, China, La Unión Soviética, Países Bajos y Malasia. Japón debía retirar sus tropas de China e Indochina, reconocer al gobierno de Chang Kai-shek como único, abandonar el Pacto Tripartito y reconocer la libertad de comercio y la igualdad de oportunidades.

Era dar carpetazo sin medias tintas. El día antes, había zarpado del archipiélago de las Kuriles la flota hacia Pearl Harbor. Los estadounidenses conocían las intenciones enemigas, esperándolas en otras latitudes. Las hostilidades del Pacífico pudieron extenuar más si cabe la prolongación de la Segunda Guerra Mundial. El recuerdo al día de la Infamia del discurso presidencial es muy efectista, perfecto para el patriotismo y un arma propagandística sin par. El verdadero viraje acaeció el 11 de diciembre, cuando tras la declaración de guerra nazi, su caída al abismo de los abismos, el Congreso y el Senado ratificaron la norteamericana contra el Tercer Reich. Entonces el rumbo de los acontecimientos de la Historia, sacudido con locura inédita durante una semana, se decantó hacia un vuelco absoluto.

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