'Post mortem': ¿por qué antes guardábamos en casa fotografías de muertos?
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'Post mortem': ¿por qué antes guardábamos en casa fotografías de muertos?

En el siglo XIX se popularizó la fotografía de los fallecidos. Ahora Carlos Areces publica su colección personal

placeholder Foto: Gelatina RQ, 1890-1920. Tarjeta postal. (Titilante)
Gelatina RQ, 1890-1920. Tarjeta postal. (Titilante)

Buscador de Google: "Comprar fotografía post mortem". 542.000 resultados. La eternidad a la distancia de un click. Pero ninguno (o casi ninguno) de ellos enlaza a la venta de daguerrotipos o ferrotipos originales de mediados del siglo XIX, sino a copias más baratas (desde los nueve a los ciento y pico dólares) que exhiben un catálogo de rostros níveos y párpados a medio cerrar, retratos perturbadores de gente muerta colocada en posturas de vivos, como en un limbo schrödingeriano que nos recuerda que algún día moriremos. Como dijo Susan Sontag "todas las fotografías son 'memento mori'" -porque "hacer una foto es participar de la mortalidad, vulnerabilidad, mutabilidad de otra persona o cosa. Precisamente porque seccionan un momento y lo congelan, todas las fotografías atestiguan la despiadada disolución del tiempo", pero si hay unas fotografías más sobrecogedoras en este sentido sobre la finitud de la existencia es la fotografía post mortem, el espejismo de una vida pasada, el último intento fútil -o engañoso- de detener el tiempo antes de que el cuerpo amado acepte su naturaleza cadavérica.

Con la llegada del daguerrotipo, el ferrotipo y, en menor medida, el calotipo (más utilizado para registrar paisajes), la fotografía sustituyó a mediados del siglo XIX a la pintura como técnica más fidedigna a la hora de retratar a una persona. Ya no había que pasar por la interpretación y la pericia técnica del autor para conservar el espíritu y el recuerdo de la persona, sino que por fin podía conservarse la imagen del retratado de manera rápida -bueno, al menos más rápida que en la pintura- y precisa. Y aunque suponía un desembolso importante para cualquier familia, al menos la inmortalidad bidimensional no quedaba sólo al alcance de reyes y nobles, sino que el formato pequeño y el menor tiempo de exposición permitieron que la burguesía y las clases acomodadas también pudiesen permitirse, de vez en cuando, alguna fotografía de recuerdo. A veces la muerte llegaba antes de que la familia hubiese podido fotografiar al ser querido, con lo que no quedaba otra opción que hacerlo con la persona ya muerta.

Especialistas

Igual que hoy, el gran negocio de los fotógrafos de estudio fueron los grandes acontecimientos, las bodas, los bautizos y las comuniones, a lo que había que añadir la fotografía post mortem. "En el siglo XIX la fotografía post mortem era tan habitual como que los fotógrafos se anunciaban como especialistas en fotografía post mortem. Según empezamos a entrar en el siglo XX esta fotografía se va perdiendo", explica el actor Carlos Areces, que junto a la doctora en Historia del Arte Virgina de la Cruz Lichet ha publicado un fotolibro en el que recoge su colección particular de fotografía post mortem: 'Post Mortem. Collectio Carlos Areces' (Titilante, 2021).

placeholder Otra imagen de la colección de Areces. (Titilante)
Otra imagen de la colección de Areces. (Titilante)

Cuenta Areces que, cuando descubrió la existencia de esta disciplina, fue consciente del tabú que hay respecto a la representación y el contacto con la muerte como algo natural, mucho más integrado en el día a día de una sociedad que estaba acostumbrada a una alta mortalidad infantil, a las guerras, a una esperanza de vida de, por ejemplo en la España de 1850, 42 años. Antes de que subcontratásemos el rito mortuorio y reconvirtiésemos los tanatorios en una suerte de centros comerciales con suelos de mármol y escaleras mecánicas, el trato con la muerte revestía de un carácter más íntimo y cercano. "En el siglo XIX no estaba instaurada esta maquinaria que tenemos hoy en día para que, una vez que se muere un ser querido, tú no tengas que ocuparte de nada. Tú ahora firmas unos papeles y lo siguiente que haces es encontrarte con un ataúd tras un cristal. Algo muy aséptico, con el ataúd generalmente cerrado, y, cuando está abierto, no ves mucho más allá de un rostro asomando tras un raso blanco en un cristal. Tú no has tenido que encargarte de nada", explica el actor (y cantante y humorista y dibujante). "Antes, cuando moría una persona, se ocupaban las vecinas del pueblo. Cuando alguien se moría, tus propias vecinas te ayudaban a lavar y vestir el cuerpo. Al muerto se le velaba en la cama donde dormía… Era muy diferente".

Ya en el siglo II, en la provincia romana que es el actual Egipto, el rostro de algunas momias se cubrió con el retrato de los finados pintados después de muertos en tablas de madera, como es el caso de las pinturas de El Fayum. Más tarde, durante el Antiguo Régimen, los nobles y los altos cargos eclesiásticos también pusieron 'de moda' los retratos de difuntos. Con el Romanticismo una corriente sentimental y melancólica llegó la exaltación de los sentimientos, el simbolismo y la mística, lo que, unido a los avances tecnológicos, supuso el caldo de cultivo ideal para este tipo de fotografía. Según Virginia de la Cruz, en su tesis doctoral 'Retratos fotográficos post-mortem en Galicia (siglos XIX y XX)', este tipo de retratos se dividían en tres clases: aquellos en los que se colocaba a la persona fallecida en posturas y situaciones que emulaban las de alguien vivo, los que querían representar al protagonista como si estuviese dormido y los que no intentaban ocultar el deceso del retratado, utilizando elementos funerarios como ataúdes o flores.

placeholder Otra imagen de la colección. (Titilante)
Otra imagen de la colección. (Titilante)

En la colección que muestra Areces en 'Post Mortem' se suceden, sobre todo, niños y mujeres. En el borde de muchas de las instantáneas, una fecha y el nombre del estudio que tomó la foto. "Estudio Milne, Aboyne y Cambuslang en Escocia", estudio "Raymond Garnier en Niort, Francia", "Emil Fischer Zwenkau, en Groitzsch, Alemania". Una detrás de otra, 150 retratos a partir de los que se ha intentado, en lo posible, reconstruir la historia que hay detrás. "Mis joyas de la corona tienen que ver con la calidad de conservación, con una cierta estética y con el impacto dramático que causan. Una de ellas es la foto de una niña de unos cinco o seis años, que ha fallecido y la llevan en un ataúd portado por otras cuatro niñas. Esta foto, por ejemplo, da una medida bastante aproximada sobre cómo ha cambiado nuestra relación con la muerte. Hoy sería impensable que ninguno de nosotros permitiésemos la foto de un niño al lado de una persona fallecida", admite Areces. "Otra de las fotos tiene una carga dramática muy evidente, que es la de unos trillizos. Enseguida piensas en una epidemia, en alguna enfermedad contagiosa. Porque que mueran tres niños de la misma edad… Hay otra que tengo que, aparte de la foto, se conservaban mechones de los rizos del niño. Cuando lo recibí me impactó sobremanera. Conservar una parte material, física, tan concreta, me causó mucha impresión".

Pero, ¿cómo llega alguien a ser coleccionista de algo tan particular como fotos de muertos? " Fue de una forma muy pop: vi ‘Los otros’, que es de 2001, con esa escena en la que Nicole Kidman está ojeando ese álbum de fotos de gente que su personaje, Grace, cree que está dormida, pero el ama de llaves le saca de su error y le revela que esa gente, en realidad, está muerta. Yo me quedé extrañado, porque yo ya coleccionaba fotografía antigua pero nunca había escuchado hablar de ella. Pensé: '¿Será verdad?'". en su búsqueda se encontró con un mercado relegado a los sótanos y las cortinas traseras a causa del tabú. "El tema de la fotografía post mortem ha sido ninguneado y más soslayado por la historia oficial. Y muy controvertido, lo que ha hecho que se destruyeran muchas fotografías. Hay mucha gente aficionada al coleccionismo de fotografías que no conocía la práctica post mortem, que era tan habitual en el siglo XIX como que había fotógrafos que se anunciaban como especialistas en retratar a los muertos".

placeholder Otra de las fotografías. (Titilante)
Otra de las fotografías. (Titilante)

Areces, gran conocedor de la historia de la fotografía, corrige a quien lo entrevista cuando relaciona el nacimiento de la fotografía con el registro de la muerte en conflictos bélicos: Crimea (1853-1856) supuso el nacimiento del fotoperiodismo de guerra. "Precisamente me acabo de leer un libro de Susan Sontag que se llama ‘Ante el dolor de los demás’ y que habla de cómo nos afecta el sufrimiento y el dolor de los demás a través de las fotografías. Habla de los enviados a la Guerra de Crimea, que fue la primera vez en la que el Gobierno británico encargó a fotógrafos cubrir un conflicto con fines propagandísticos, para contrarrestar los artículos que salían en la prensa criticando la pérdida de vidas de los soldados. En aquel momento la técnica fotográfica era muy diferente, porque preparar una foto requería de varios minutos. Tú no podías sacar la cámara y captar un instante casual, sino que había que pedir a los soldados que posasen. Cuando tú ves esas reconstrucciones son prácticamente cuadros fotografiados estudiadísimos. El más famoso, Roger Fenton, recibió el encargo concreto de no fotografiar muertos. Con lo cual, en este caso no está relacionado con la muerte y la fotografía post mortem".

"Sin embargo, los que fueron a cubrir la Guerra de Secesión Americana unos años después (1861-1865) sí fueron de los primeros reporteros de guerra que cubren un conflicto en el que no ocultan la muerte.", continúa. "Pero si bien estas fotografías trataban de mostrar el horror de la guerra desde una perspectiva no exenta de cierta estética -porque una de las cosas que cuenta Sontag en su libro es que no tenían ningún reparo en recolocar a los muertos para que, compositivamente, quedaran mejor-, pero no dejaban de captar un momento dramático para provocar una respuesta en el público. Sin embargo, la foto postmortem cubre otra necesidad totalmente diferente, que es la de mantener el recuerdo lo más fiel posible de tus seres queridos que te han abandonado. Por eso en el libro nos hemos querido centrar en este tipo de fotografía, porque dentro de mi colección también tengo otro tipo de fotografías post mortem, pero que entran dentro de la temática médica, de autopsias, por ejemplo. Lo que a mí me interesa tiene que ver más con la intimidad familiar y el recuerdo del ser querido".

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(Titilante)

Junto con De la Cruz y una amiga llamada Cecilia, Areces fue catalogando las fotos que ha ido adquiriendo en los últimos 20 años, fechándolas y ordenándolas. Y como todo mercado oculto da lugar a la pillería, también se ha dado cuenta de que hay quienes venden como post mortem retratos de niños que simplemente estaban dormidos. "La fotografía entonces era muy cara y no estaba al alcance de todo el mundo. Y de los que sí se la podían permitir no se sacaban una al mes porque costaba una pasta. Entonces, por lógica, pensé: “Si le sacas una foto a tu hijo tu mayor interés es que salga lozano y vital”. Por eso pensé que cada foto en la que salía un niño con los ojos cerrados en una cama era post mortem. Sin embargo, Cecilia me dijo que como el daguerrotipo tardaban tanto tiempo en tomarse -varios minutos-, en el caso de niños pequeños aprovechaban que estaban dormidos para que no se moviesen. Así que me encontré con varias fotos en mi colección que me planteaban dudas. Como es una disciplina muy específica y no muy conocida, algunos vendedores hacen pasar por postmortem fotos que no lo son. Por eso dejamos fuera las que no podíamos garantizar que lo fueran. Aunque la foto no sea explícita, en muchas fotos sí tienes los datos de cuándo nació y cuándo murió la persona retratada".

"Lamento no tener más información directa sobre los protagonistas de las fotos, porque se tomaron hace casi 150 años, algunas", prosigue Areces. "Es prácticamente imposible, porque estas fotografías llegan a mí a través de innumerables manos. Además, estas fotos llegan desde todas las partes del mundo, gracias a Internet. Es un mosaico bastante interesante y que a la hora de comparar en algunas ocasiones llama la atención cómo se percibe la muerte en una parte del mundo y en otra".

Apasionado del pasado

La vocación coleccionista de Areces no se circunscribe a la fotografía post mortem: el actor se confiesa como un obseso de los objetos del pasado como una puerta intertemporal para comprender quiénes fuimos y de dónde venimos. ahora mismo se encuentra en medio del rodaje de la serie 'El pueblo', en Valdelavilla, en Soria. "He estado en un museo de uno de los pueblitos que hay aquí alrededor y simplemente ver todos los materiales y artículos de principios de siglo XX me alucinaba. Me gustan todos esos objetos porque son ventanas a cómo se vivía antes.Una de las cosas que más me han alucinado es preguntarme qué se hacía en las casas de pueblo de principios de siglo en invierno después de comer cuando no había televisión ni tenían radio. ¿Qué hacían? ¿Hablaban? ¿Leían? No creo que leyesen, por el analfabetismo que había. Siempre he tenido un pie en el pasado".

Sus colecciones van desde la fotografía hasta el cómic ("tengo publicaciones de cómic o de revistas de ilustración desde 1870"), pasando por afiches y carteles de películas y muñecos de cualquier época pasada. Otra de sus grandes colecciones (ésta con más de 6.000 ejemplares) es la de retratos de comunión. "No hay mucha gente que coleccione fotografías de comunión por lo fácil, por lo asequible y por lo vulgar, pero también por lo difícilmente abarcable", explica. "Vayas al mercadillo que vayas, al rastro que vayas o al anticuario que vayas te vas a encontrar tropecientas fotos de comunión. Hay algo en la mezcla de la liturgia religiosa que roza lo tétrico, para mí casi más que la fotografía postmortem, en cuanto a esa imposición a unos niños de un espíritu y una manera de sentir el mundo que nos rodea, todo revestido de esa rigurosidad que tenían las comuniones de principios del siglo XX. Me gustan, sobre todo, las de antes de la guerra; luego se democratiza y deja de haber tanta rigidez. Yo, cuando hice la comunión de niño, lo recuerdo como algo divertido".

placeholder Carlos Areces. (Titilante)
Carlos Areces. (Titilante)

"Una comunión, entonces, no era algo accesible a todo el mundo, sino que la hacían los niños ricos, así que había un añadido como de 'tú eres el elegido, puedes hacer la comunión, otros niños no pueden'", prosigue. "Me fascinan esos trajes, esas poses, todo ese boato que envuelve el rito: las telas, las caras de los niños, muy serias, mirando al fotógrafo esperando a recibir a Dios. Las niñas van vestidas con mucho encaje, mucho bordado, especialmente historiadas, con velos. Me parece angustioso y constreñido, porque detrás del decorado, debajo de todas las telas, de los velos, de la puesta en escena y de la seriedad hay un niño que parece pedir auxilio. Hay una imposición y gravedad que oprimen, que asfixian". Pequeñas cápsulas del tiempo que permiten viajar a otro tiempo tan lejano y tan ajeno a una sociedad saturada por las imágenes, donde el valor de una fotografía se pierde entre miles de impactos visuales diarios. Una fotografía bulímica que busca más demostrar al mundo que estamos vivos que, realmente, guardar un instante para el recuerdo (la mayoría de las fotografía que se toman con el móvil no vuelven a verse al cabo de un año, ni siquiera las que colgamos en redes sociales).

Por eso, la colección de Areces es, más que nunca, una pausa, 'memento mori': recuerda que morirás.

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