Miquel Iceta: el ministro que lee ensayos, publica haikus y además baila... porque le gusta
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Miquel Iceta: el ministro que lee ensayos, publica haikus y además baila... porque le gusta

Repasamos las veleidades culturetas del nuevo titular de una de las carteras más denostadas del Consejo de Ministros

placeholder Foto: Iceta baila con Sánchez en un mitin en 2015. (EFE)
Iceta baila con Sánchez en un mitin en 2015. (EFE)

El baile, basta comprobarlo con la pandemia, es una suprema forma de expresión cultural, y el nuevo ministro de Cultura y Deportes saltó a la fama huidiza de nuestro siglo desatado junto a un no tan poderoso (entonces) Pedro Sánchez. De Miquel Iceta (Barcelona, 1960) podríamos decir muchas cosas. En Barcelona se ha comentado siempre su protagonismo en la nomenclatura del PSC, hasta ser decisivo, según muchas malas lenguas, para defenestrar a Pasqual Maragall cuando este era 'president' de la Generalitat, siempre por el bien del partido.

Este papel en la sombra, disipado cuando en 2014 ascendió a la Secretaría General de formación en Cataluña en sustitución del olvidado Pere Navarro, dificulta hasta cierto punto recorrer su biografía para con su nueva labor en el Consejo. Sin embargo, Iceta ha mostrado siempre un interés por la literatura, tanto en las redes sociales, donde colgaba un haiku diario, como en su vida personal.

El baile de Iceta y Sánchez.

El nuevo responsable de uno de los más denostados ministerios de los últimos tiempos ofrece un perfil distinto, y si seguimos su afición libresca podremos entender, más allá de los libros con su firma, su forja personal y política. En la infancia, influido por lo predominante del francés durante el franquismo como idioma extranjero, aunque a Pujol lo educaron en alemán, mostró querencia por 'El principito' de Antoine de Saint-Exupéry, clásico sentimental por excelencia, oda a la fantasía para cualquier ser humano con un mínimo de cordura.

De Salvador Espriu a Donna Leon

Una cosa son juegos de niños, otra bien distinta la adolescencia. En ese periodo Iceta conoce a referentes catalanes, como Salvador Espriu y su 'La pell de Brau', importante por una visión de España proclive al diálogo desde el entendimiento y la diversidad. No cabe duda que, quizá, la elección para el cargo no sea tan inocente, pues al fin y al cabo siempre ha mostrado una apuesta muy clara por el federalismo, y esto en cultura puede retrotraernos a ese momento mágico donde Miguel de Unamuno, además de acusar a los levantinos de perderse por la estética, leía en catalán a Joan Maragall, como Benito Pérez Galdós lo hacía con las novelas de Narcís Oller, uno de los acuñadores del género novela de Barcelona con 'La febre d’or'.

Un Ministerio de Cultura con hechuras federales contribuiría a disminuir la tensión y hasta podría resucitar, es una mera hipótesis, concordias perdidas y esgrimidas antaño, como por ejemplo en 1929, cuando los intelectuales castellanos apoyaron a sus homólogos del principado contra la dictadura de Primo de Rivera. Como es comprensible, dejemos claro todo, la situación no es ni mucho menos la misma, pero la virtud de Iceta de saber moverse con guante de seda por tantos y tantos pasillos puede derivar en un espectro más activo donde la cultura sea algo más que una imposición para no quedar mal ante la opinión pública.

Por lo demás, el ministro con pico de oro cultiva afición por muchos géneros, desde el 'noir' de Donna Leon hasta el humor de Lawrence Durrel, sin olvidar, otra afinidad generacional, la narrativa de Eduardo Mendoza, arquetipo de autor barcelonés para todos los públicos: ligero, dispuesto a la risa y con poco rigor para con los datos históricos, algo que Iceta subsana ante su gusto por los ensayos políticos, como los de Tony Judt, adalid socialdemócrata en pos de una revisión lúcida del pasado europeo 'La conjura de los irresponsables' (Anagrama), de Jordi Amat, crónica de urgencia de aquellos delirantes meses de 2017, cuando el socialista bregó en el Parlament y ante cualquier micrófono para condenar el nulo respeto de los procedimientos democráticos, leyes de desconexión mediante, de los líderes independentistas, a la postre condenados o en fuga extranjera.

La cultura es un magma difícil de definir. Esta devoción por los historiadores podría remediar, solo podría, el afán de la clase dirigente por usurpar el papel de los historiadores, a quienes se ha robado en demasía su función como custodios de la lógica de los acontecimientos pretéritos. Más allá de esto, la cultura en el siglo XXI tiene muchas componendas inéditas hasta no hace tanto. La defensa de la homosexualidad de Iceta, quien nunca ha ocultado su condición, se enmarca en este hecho al ser la identidad un caballo de batalla fundamental en este campo. Si le confiere su justa medida, si rebasa su jurisdicción para incidir en otras, podría alcanzar alturas inesperadas desde la transversalidad.

Miquel Iceta
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