¿Qué come un dictador para vivir tanto tiempo?
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¿Qué come un dictador para vivir tanto tiempo?

Un ensayo de Witold Szablowski reúne a los cocineros que trabajaron a las órdenes de Castro, Pol Pot, Enver Hoxha, Sadam y Idi Amin, cuya afición al canibalismo es una leyenda

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Idi Amin en pleno almuerzo

Tiene sentido preguntarse en qué consiste la dieta de los dictadores, más todavía considerando la insólita longevidad de muchos de ellos. Se diría que la tiranía fomenta la esperanza de vida propia a costa de la ajena. Pongamos los casos de Enver Hoxha, de Fidel Castro, de Sadam y de Pol Pot, protagonistas de un ensayo de Witold Szablowski - 'Cómo alimentar a un dictador' (Oberón)- que presenta como reclamo extravagante la personalidad depredadora de Idi Amin.

Reconozco que he empezado la lectura del libro por la página 65. Que es donde comienza el capítulo dedicado al dictador ugandés. Y que alude a la leyenda del canibalismo. ¿Era verdad o mentira la antropofagia de Idi Amin? ¿Bebía sangre humana? ¿Devoraba las vísceras de sus rivales? ¿Se deleitaba con el corazón de los enemigos a los que sacrificó?

Negativo. Es la respuesta del cocinero que trabajó a las órdenes del último rey de Escocia, señor de las bestias de la tierra y de los peces del mar. Se llamaba y se llama Otonde Odera. Ha cumplido más de 80 años. Y sobrevivió a la ferocidad del caudillo ugandés gracias a las artes de la hechicería gastronómica. Cocinaba con esmero la cabra asada. Entera. Rellena. Pero Otonde nunca tuvo entres sus fogones un hígado humano ni unos riñones de sapiens sapiens.

“El hambre hace enloquecer a la gente, lo he visto muchas veces”

“El hambre hace enloquecer a la gente, lo he visto muchas veces”, confiesa Odera al periodista Szablowski, aunque más interés revisten las vicisitudes de su propia biografía. Nació rodeado de hienas dispuestas a devorarlo. Su madre enterró la placenta para ahuyentarlas. Y transcurrió con su criatura una noche atroz entre los matojos, pensado que su decimocuarto hijo moriría como lo hicieron los trece anteriores, en los aledaños de una aldea donde residían los Obama. Y no es una coincidencia con el apellido del presidente americano. El padre de Barack era vecino la de familia Odera. Pertenecían a la misma tribu. Y terminó marchándose a EEUU, igual que Otonde Odera encontró trabajo de cocinero en Kampala a las órdenes de Idi Amin.

Un trabajo peligroso

No había trabajo más peligroso que alimentar a un presidente tan propenso a las comilonas como a las conspiraciones. Ni oficio más allegado a la hipótesis de un envenenamiento, aunque los dictadores que desfilan marcialmente en el libro de Szablowski compartieron la figura del funcionario especializado en probar la comida y obligado al sacrificio. Sucedía en la aberrante dictadura de Enver Hoxha. Para matar al tirano albanés hubiera valido o servido un par de terrones de azúcar. Porque era diabético. Y porque el cocinero reclutado para alimentarlo tenía que restringirse a una dieta equilibrista y equilibrada de 1200 calorías.

No se atreve a confesar su nombre verdadero el maestro de los fogones albanés, pero sus valoraciones retratan con bastante precisión el delirio del régimen comunista. Los funcionarios que le vigilaban. Los funcionarios que vigilaban a los funcionarios que le vigilaban. Los funcionarios que vigilaban a los funcionarios que vigilaban a los funcionarios que vigilaban al cocinero: “Lo cierto es que mi vida dependía del sabor de mis platos”.

A Himmler le horrorizó la sanguinolencia de la corrida de toros que presidió en 1940

Era la misma sensación que describe que define a la cocinera favorita de Pol Pot, genocida camboyano cuya propensión al derramamiento de sangre no parece contradecir el escrúpulo de la dieta vegetariana. Le pasó a Himmler cuando estuvo en Las Ventas. Le horrorizó la sanguinolencia de aquella corrida de toros que presidió en 1940. La dieta de Hitler era tan frugal como la de Pol Pot, lo cual invita a recelar de quienes piden ensalada de papaya en un restaurante postinero. Era el plato que el líder de los Jemeres Rojos reclamaba con más asiduidad a Yong Moeun. Szablowski la ha encontrado en una aldea camboyana. Y se la ha encontrado en un estado de permanente sonrisa.

Nunca se propuso envenenar al monstruo. Todo lo contrario, se había convertido en una réplica de Mr. Chance. Le pedía opinión y juicio el dictador. “¿Pol Pot y yo? Sé que me tenía afecto, y mucho. En ocasiones hasta me pedía consejo sobre distintos temas porque sabía que yo siempre le diría sinceramente lo que pensaba”, evoca Yong Moeun enfatizando que el timonel del comunismo camboyano era un hombre dulce, alegre, sonriente, un tipazo.

Los mecanismos compensatorios explican la ferocidad con que mató a sus compatriotas, valiéndose de las armas y valiéndose del hambre. El hambre servía para castigar la desobediencia y la casta social. El hambre servía para represaliar a los enfermos y los tullidos, pero también se recomendaba como un camino de perfección. El ayuno forzado y forzoso. Y el fracaso de un colectivismo al que no podían poner remedio la dieta de la sopa de hierbajos, la carne de rata, las tarántulas del bosque, los murciélagos y hasta los delfines del río Irawidi.

De buen comer

Son de buen comer los dictadores. Se conceden sus caprichos y sus excentricidades, muchas veces obsesionados por la fantasía de la inmortalidad. Que se lo digan a Fidel Castro. Medio siglo en el poder y una afición desmedida a las angulas. No eran fáciles de conseguir, ni sobreponerse a los embargos, pero Castro comía como el más hedonista de los gallegos. Se ocupaban de abastecerlo Flores y Erasmo, cocineros ilustres del régimen a quienes desconcertaron siempre los horarios y los desplazamientos del patriarca. No había forma de establecer rutinas ni consolidar recetas. Fidel era más vegetariano que carnívoro. Acaso condescendía con el cordero en salsa de coco, pero su perdición consistía en los helados. Podía comerse 15 o 20 bolas. Y reclamaba versiones insólitas. Incluida la leche de hembra de bisonte.

Puede que allí estuviera el elixir de la inmortalidad, aunque el mayor interés del relato de Flores y Erasmo, y de Erasmo y de Flores, no es tanto lo que dicen en términos de devoción y de mitomanía, sino en todo aquello que ocultan por miedo a las represalias.

Castro tenía una afición desmedida a las angulas y no eran fáciles de conseguir

Más tranquila y aseada es la situación de Abu Alí. Así se llama el cocinero de Sadam Huseín. O el único de los seis que ha sobrevivido al tirano de Bagdad. Empezó a trabajar durante la guerra de Irán y alimentaba al presidente frugalmente a bordo de una autocaravana que funcionaba como sala de operaciones ambulante. Le gustaba cocinar a él mismo. Y no es que anduviera muy dotado, pero la excusa de una parrilla le sirvió de excusa para poner a prueba la resistencia al tabasco de los comensales. Les hizo llorar. Y quiso restregarles el pavor hacia la desobediencia.

Un nacionalista era Sadam en términos gastronómicos. Se alimentaba únicamente de los alimentos que proveía la tierra de Irak. El calabacín, la sopa de ocra, las lentejas. Y la basturma, una manera de preparar la carne de vaca secándola al aire y sometiéndola a la misma presión con que Huseín gobernó a sus compatriotas durante un cuarto de siglo. Sacándoles el aire y bajo presión.

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