Por qué Ana Iris Simón se ha convertido en un fenómeno de feria
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Por qué Ana Iris Simón se ha convertido en un fenómeno de feria

La escritora manchega remueve la sociedad y la vida literaria con un memorial iconoclasta y lúcido que reniega de la asepsia y mojigatería contemporáneas

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Noria de feria

No existía 'Feria' antes de lo que escribiera Ana Iris Simón. Parece una perogrullada decirlo tratándose de una novedad, de una 'opera prima', pero la inflación de memorias y de novelas onanistas ha precipitado una suerte de canon uniforme. Libros que se asemejan demasiado entre sí. Y que responden al hábitat de las reivindicaciones convencionales, normalmente para enfatizar el victimismo o para responder a las gratificación oportunista de la actualidad.

Por eso no existía 'Feria'. Y por la misma razón se ha convertido en un fenómeno comercial, informativo y literario. Comercial, porque ya está en las máquinas la séptima edición (Círculo de Tiza). Informativo, porque Ana Iris Simón se ha convertido en pretexto bastante arbitrario de los debates emergentes (el feminismo, la España vacía, el tabú de la masculinidad, la sociedad amanerada). Y literario... porque se trata de un memorial extraordinario.

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Ana Iris Simón.

No existía 'Feria' antes, decíamos. La originalidad de este viaje a la Mancha —“la alfombra de esparto”— es tan elocuente como la naturalidad y la audacia con que escribe Simón. No solo por la brillantez con que se desenvuelve en todos los registros —de la crónica a la lírica, del ensayo a la prosa corpulenta— sino por la reconstrucción de unas vivencias que deambulan entre el meta-costumbrismo y la imaginación. La biografía es un género de ficción tan evidente como las novelas del espacio. No hacemos otra cosa que distorsionar el pasado a fuerza de recordar. Kierkegaard definía las memorias como un ejercicio continuo de intuición creativa.

Por eso no existía 'Feria' antes de escribirlo Ana Iris Simón, nieta de feriantes, hija de carteros en un pueblo que parece inventado. Ontígola, se llama. Un topónimo del Peloponeso, parece. Una esdrújula aguda como la aguja del campanario de una iglesia de pueblo. Un lugar cercano y remoto que la escritora convierte en un híbrido de Macondo y Amarcord. Será por el viento. Por la rugosidad de la tierra. Por las voces de ultratumba. Y por el retrato de una España en extinción donde se ha ocultado la noción de la muerte... y de la vida. Negando la primera, hemos sacrificado la segunda. O la hemos expuesto a una concepción aséptica, inodora, insípida.

Simón se retrata en sus encrucijadas, como si fuera la guardagujas remota de la estación de Alcázar de San Juan. Un cruce de vías y de caminos que le sorprende con 30 años de edad, una carrera titubeante de periodista y un cuaderno entre las manos. Y que plantea sus problemas de ubicación a semejanza de una extranjera: la generacional, la cultural, la social, la política y hasta la familiar, habiendo sido ella misma un punto de colisión entre la vida nómada de los feriantes y la existencia arraigada de la tierra donde los molinos coreografían el metrónomo del tiempo.

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Portada de 'Feria'.

Ha escrito Ana Iris Simón un libro arrebatador y controvertido. Algunas feministas la consideran una esquirol. Y le reprochan haberse desentendido del dogmatismo vigente. Será porque la ¿novela? reivindica las viejas artes de la seducción femenina y porque enfatiza la apología del macho protector-proveedor. No es tan sencillo el debate, pero sí es interesante la paradoja que sobrentiende la 'Feria' de la escritora: el combate contra el machismo —necesario, urgente— ha precipitado un deterioro de la masculinidad. Y ha redundado en las ambiciones de una sociedad uniforme y uniformada, cuando no encorsetada en su esnobismo y en su mojigatería.

'Feria' no es un ensayo de sociología, pero sí un relato clarividente de las frustraciones del mundo 'moderno'. Y un inventario de las razones explícitas o implícitas que estimularon la vida de las generaciones anteriores pese a la depresión del franquismo y pese a la precariedad de las comodidades. Se diría que Simón ha encontrado en el historial de su familia una escapatoria para sobreponerse al desengaño, pero el memorial no incurre en el narcisismo ni en la vanagloria. Ni siquiera recae en la espesura de la nostalgia. Prevalece la mirada hacia un mundo rural en estado de agonía donde los gigantes se están transformando no ya en molinos de viento, sino en una energía eólica pura y limpia que recubre con un sudario la crudeza y entereza de la tierra.

Toma partido Ana Iris Simón. Y no me refiero a la valentía con que resuelve sus objeciones a la cultura dominante y al folclorismo esnob con que los urbanitas tararean la música de Kamela. Ana Iris Simón toma partido por Don Quijote en la epidemia del sanchopancismo. Y evoca una vida que igual realmente no tuvo, pero que diferenciaba los colores, los olores, el sudor y la sangre, la sirenas del tiovivo, el disparo de un cazador, el fulgor de un traje de luces, el duelo de las plañideras, los ojos azules de un padre y las grietas de las manos de los vendimiadores.

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